La riqueza de la diversidad, ¿podremos vivir juntos?

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Riqueza en la diversidadLa vida está llena de encuentros que nos configuran como personas. De hecho, es frente a lo diverso como vamos construyendo nuestra propia identidad personal. Una de las grandes riquezas que vivimos en nuestro mundo es la diversidad. Una gran variedad de culturas, de acentos, de religiones, de alimentos, de interpretaciones de la realidad, etc. Una diversidad que a su vez plantea un reto a la convivencia, a la creación de identidad y a la construcción de una ciudadanía plural y abierta.

Ante la pregunta, ¿podremos vivir juntos?, en muchas ocasiones nos movemos entre dos extremos. Los que ven en lo diverso una amenaza, y la única solución para la convivencia en un refuerzo de la identidad nacional y de las fronteras; y aquellos que descubren en la diversidad una oportunidad para nuestras sociedades plurales, en las cuales el acento se centra en la acogida y la integración, sentando las bases de una verdadera cohesión social.

Hoy en día, este debate está a flor de piel en muchos rincones de nuestro planeta. Las deportaciones en Estados Unidos y la construcción del muro que -según Trump- costearán los mexicanos, atentados de grupos extremistas en diversas partes del mundo, la presión de refugiados y migrantes en la frontera sur de Europa, la guerra en Siria, el éxodo del pueblo venezolano huyendo del hambre y de una ausencia de horizonte vital, los conflictos en diversos barrios con alto grado de diversidad cultural de las grandes urbes del mundo, los continuos asesinatos de periodistas o políticos que defiende el Estado de derecho y denuncian las injusticias, las maras y la violencia generalizada entre algunos colectivos… todas parecen señales de que no podemos vivir juntos. Y, escudados en estas señales, sembramos de miedo y de odio nuestros contextos más cercanos, jugando el mismo juego de la violencia y de cerrar filas, en lugar de preguntarnos por las causas, intentando revertirlas.

De este modo, generamos mecanismos de exclusión que asocian al pobre, al extranjero, al que es distinto a mí, como el terrorista o violento; en el fondo abriendo una brecha cada vez más acuciada entre ricos y pobres, entre “legales e ilegales”, y así un largo etcétera. Todo para perpetuar un sistema que mantiene a un estrato social cada vez más pequeño, controlando el poder económico, político y de manejo de la información, entre otros.

Pero, aunque no salgan en los titulares de los periódicos, hay personas que han revertido esta manera de comprender el mundo y la vida: Jesús, Gandhi, Mandela, Luther King, Romero, Madre Teresa… Personas que no buscan la fuerza y la violencia como el camino a seguir en contraposición al miedo y el odio, que descubrieron en el encuentro, en la integración, en la construcción de puentes y de vínculos, en el amor, un camino sólido para la convivencia social, para la gestión de la diversidad y para el desarrollo de la humanidad.

En nuestro mundo hay muchos signos de esperanza, muchos más que de odio y violencia. Millones de padres y madres se levantan cada día buscando un futuro mejor para los suyos, millones de profesores, de educadores, buscan cómo generar una cultura crítica de la vida y de la realidad en sus alumnos, educando en el respeto y la diversidad, millones de médicos, policías, basureros, bomberos… intentan hacer de las ciudades, de los pueblos, espacios sanos, limpios, seguros donde convivir, encontrarnos y jugar en nuestras plazas… Millones de líderes políticos, religiosos, comunitarios, que se desviven por sus comunidades y feligreses, sumando en la arena pública, soñando y generando las bases de una ciudadanía inclusiva y de sociedades solidarias, donde se respire paz.

El miedo ante lo nuevo es algo que no podemos controlar. Podemos decir que es lícito sentir temor cuando salimos de nuestra zona de confort, cuando abrimos nuestro campo de acción, cuando gestionamos otras ideas, cuando compartimos con otros un mismo espacio, etc. Ante esa ansiedad, existen tendencias que buscan simplificar, caminando hacia un horizonte homogéneo y unidimensional. Miran sobre todo el corto plazo y una respuesta “fácil”. Pero nos vamos dando cuenta que si construir muros, además de simplificar nuestra vida, ayudara a crecer como sociedad, este elemento sería la solución definitiva a la convivencia. Sin embargo, en la actualidad, esta solución cortoplacista “rompe aguas” por todos lados. Lo queramos o no, la diversidad es algo constitutivo de nuestra existencia.

Y ante estas situaciones alimentamos discursos que, además de ser falsos, minan nuestra propia estructura social y la convivencia. Se escucha: “los inmigrantes vienen a invadirnos y a quedarse con nuestro trabajo”, “colapsan nuestro sistema de salud y educación”, “son la causa de la conflictividad social en nuestros barrios”, “son un gasto que va a arruinar nuestro país”. Estos son algunos de los discursos que venimos escuchando, tanto en algunos medios de comunicación como en la parada del autobús, o incluso en diversos mítines políticos.

“Vienen a invadirnos, a quedarse con nuestro trabajo”. Si miramos las estadísticas, en cada país hay un tipo de trabajo que siempre cuesta cubrir por mano de obra autóctona. Este es el nicho de mercado al cual acuden las personas migrantes: trabajo en el campo, en las minas, en la construcción, en el cuidado de nuestros mayores o niños, entre otros. Sin estos trabajos, la economía de un país y la misma realidad social no podría avanzar.

La llegada masiva de venezolanos al país ha iniciado la reflexión sobre convivencia y diversidad“Colapsan nuestro sistema de salud y educación, además de todos los servicios sociales”. Las personas migrantes, en su mayoría, son personas jóvenes que se incorporar al sistema productivo, por lo que generalmente son las que menos hacen uso del sistema de salud. Las grandes partidas que acrecientan los gastos sanitarios son las operaciones y tratamientos crónicos o terapias prolongadas, propias de personas de edad avanzada. Justo en esa franja no se encuentra la población migrante. En cuanto al sistema educativo, en algunos países debido a la baja natalidad, la migración ha posibilitado que el sistema de educación se refuerce.

“Son la causa de la conflictividad en nuestra sociedad”. Con estadísticas en nuestras manos vemos que esta es otra falacia que a veces se genera en nuestras sociedades. En general es más fácil encontrar un “chivo expiatorio” al cual poder culpar de los males sociales. Esto suele ocurrir con los migrantes más desfavorecidos. La conflictividad suele ir asociada a una falta de recursos, de posibilidades que promoción social, y no a la condición de migrante.

“Son un gasto que va a arruinar nuestro país”. Hay estudios realizados por las universidades más prestigiosas del mundo, y por los propios Estados, que demuestran que la migración genera riqueza tanto en el país que recibe, como en el de origen. Los migrantes aportar sus impuestos, tanto directos como indirectos, que sostienen nuestro entramado social tanto de salud y educación, como el sistema de pensiones. Por no decir que se incorporan al mercado laboral a puestos de difícil cobertura y, en muchos casos, realizan una función social de cuidado de nuestros mayores y de nuestros hijos. Asimismo, abren nuevos mercados, atraen nuevos productos y generan vínculos y relaciones internacionales.

Si miramos en nuestros propios contextos, rara es la familia que no tiene alguno de sus miembros que ha tenido que emigrar en algún momento de su historia. Situaciones económicas muy complicadas que no permiten un futuro para los más pequeños de la casa, violencia generalizada o conflictos armados, desastres naturales, una situación política y social insostenible… Todos conocemos esta realidad en mayor o menor medida. En el fondo, todos somos migrantes, peregrinos en un camino que van construyendo nuestras familias, pueblos y nuestra humanidad.

Todos sabemos que nadie deja su tierra, arriesga la vida de sus hijos, abandona todo lo que tiene -hasta sus propias raíces- por gusto. ¿Qué tendrá que pasar en la vida de una persona para que tenga que dejar lo más querido atrás en la búsqueda de un futuro digno, en ocasiones para no perecer? ¿Nos lo hemos planteado? ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? ¿De verdad que la única solución para vivir juntos es alimentar el miedo, reforzar la seguridad y la exclusión?

Lo veamos más o menos claro, lo cierto es que estamos llamados a convivir. Sería una pena no enriquecernos de lo diverso. Lo diverso nos abre a lo más esencial del ser humano. Cada persona va construyendo su identidad en relación con los demás, convirtiéndola en un ser único. Así, la diversidad se convierte en condición de posibilidad para la recreación de una sociedad que es múltiple, abierta, flexible y compleja. Lo diverso, en cierta manera, es un horizonte, una cierta utopía, que se va haciendo cuerpo, camino, proceso y realidad.

Mi experiencia personal es que las personas migrantes son portadoras de esperanza. Esperanza de un mundo en paz, de que es posible una vida mejor. Al llegar a los países de destino buscan seguridad y trabajo, pero, sobre todo, reconocimiento y respeto. Una sociedad que se cierra sobre sí misma se empobrece. Una sociedad que se abre a la posibilidad del encuentro y a la diversidad, se enriquece, construye futuro.

Retomando la pregunta, ¿podremos vivir juntos? Yo estoy convencido de que sí. De hecho, ya lo venimos haciendo desde hace mucho tiempo, pero tenemos que tomarnos en serio la diversidad, trabajando en revertir las causas que provocan estos grandes movimientos forzados de personas, pero, sobre todo, en integración y en cohesión social.

Primavera 2018


Alberto Ares, SJ

Adjunto a la Coordinación del Servicio Jesuita al Migrante – SJM España. Director del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones de la Universidad Pontificia Comillas.
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