El acompañamiento como práctica artística y curatorial

HAWAPI es una asociación cultural independiente que cada año lleva a un grupo de artistas interdisciplinarios a lugares que se encuentran en el eje de distintas problemáticas políticas, sociales o ambientales. La misión principal de HAWAPI es desafiar a los artistas invitados a profundizar en sus obras relacionadas a los conflictos sociales con el fin de generar conversaciones públicas, matizadas sobre temas que afectan a las comunidades alejadas de los centros urbanos; generar una plataforma para que los y las artistas tengan la oportunidad de trabajar en estos contextos, lo que les obliga a lidiar con las complejidades del lugar y así comprender mejor las críticas problemáticas regionales.

HAWAPI cree que el arte que tiene intención de abordar temas relacionados a los conflictos sociales debe comenzar por hacer un esfuerzo por acercarse y escuchar a las personas que habitan los entornos más afectados. Solo a partir del encuentro con los espacios, y las personas que los habitan, uno puede desarrollar obras, estrategias, propuestas y conversaciones. Luego de llevar a cabo estos encuentros la asociación crea oportunidades para conectar los trabajos, la investigación y el pensamiento que emergieron en el lugar con un público más amplio, a través de estrategias como exposiciones, programaciones públicas, publicaciones y conversaciones.

En 2019, el encuentro HAWAPI se llevó a cabo en Tragadero Grande, en una pequeña parcela de 25 hectáreas que Máxima Acuña y su esposo, Jaime Chaupe, compraron de la Comunidad de Sorochuco hace más de 25 años. Dicho lugar se encuentra dentro de la concesión de un controversial megaproyecto minero que generó grandes protestas, los que resultaron en su paralización indefinida. Cuando propusimos llevar a diez artistas a acampar en el terreno de la familia Chaupe-Acuña, y trabajar allí durante dos semanas, anticipamos que el interés de la familia en el proyecto estaría relacionado con una necesidad de visibilizar su difícil situación. Sin embargo, la visibilidad parecía ser precisamente lo que menos deseaban en ese momento. El hijo de Máxima, Daniel, a menudo se quejaba mucho que los medios de comunicación y los políticos instrumentalizaban a su madre en busca de una oportunidad para una foto o una historia, y que se quedaban en el lugar apenas el tiempo suficiente para capturar sus imágenes antes de regresar a la ciudad. Además, sometidos a una vigilancia constante por parte de las fuerzas de seguridad de la mina y la policía local, la familia sobrelleva una condición de hipervisibilidad y, a su vez, una falta de proximidad o compañerismo. Daniel estaba comprensiblemente agotado por estas circunstancias, y lo que él y su familia ansiaban (en lugar de visibilidad) era acompañamiento. Fue este deseo de acompañamiento que Daniel nos manifestó en diversas ocasiones lo que nos llevó a reevaluar la relación entre HAWAPI y las comunidades en las que opera.

Las raíces del acompañamiento, como estrategia social, se pueden encontrar en la teología de la liberación latinoamericana de los años setenta y ochenta, y uno de sus defensores más conocidos fue Mons. Oscar Romero, arzobispo de El Salvador. El acompañamiento que defendió Romero era una práctica de escucha y aprendizaje junto a los oprimidos y desposeídos para lograr las metas de liberación mutua y un nuevo orden social. Romero pidió a sus compañeros sacerdotes que apliquen esta práctica para comprender mejor la realidad del sufrimiento de los campesinos a manos de un sistema social y político injusto durante la guerra civil del país. “Acompáñenlos,” dijo “tomen los mismos riesgos que ellos”[1]. Lo que Romero describió como el efecto de practicar el acompañamiento se ve reflejado en lo que el teólogo de la liberación negra, James Cone, ha como “una reorientación radical de la propia existencia en el mundo”[2]. Como uno se podrá imaginar, tal reorientación exige pensar de nuevo sobre lo que uno sabe, e incluso la forma en la que uno practica este saber, abriendo así la capacidad para que surjan nuevas ideas e interpretaciones[3]. En el caso de Romero, eso lo llevó a interpretar la Biblia de otra manera[4] y precipitó su dramática transformación de aliado de la élite conservadora y poderosa a teólogo de la liberación radical, lo que terminó con su asesinato en 1980.

Desde la muerte de Romero, el acompañamiento como estrategia de interdependencia radical ha sido asumido en otros campos como la salud global, la psicología de la liberación, los estudios de paz, los movimientos de justicia migratoria y las luchas por los derechos a la tierra en las Américas y en todo el mundo. Barbara Tomlinson y George Lipsitz, académicos de Estudios Americanos, han ofrecido dos metáforas para describir el acompañamiento: “Participar junto a, y aumentando, una comunidad de viajeros en un sendero [y] participar con otros para crear música”[5]. La práctica del acompañamiento consiste principalmente en estar presente, no intervenir ni tratar de resolver el problema de otra persona. Rechaza posiciones problemáticas como ‘ayudar’ o las ‘lógicas carcelarias de la inocencia y la culpabilidad’ inherentes en las nociones del aliado. Más bien propone que al estar presente, al caminar al lado, se puede generar una especie de conocimiento colectivo que permite una reformulación de dinámicas de poder[6].

Integrantes de HAWAPI vuelan la cometa que formó parte de la acción de Sandra Nakamura en Tragadero Grande.

Mozhde Matin construyendo su obra, un playground escultural para los nietos de Máxima, junto al campamento.

En este sentido, la práctica del acompañamiento llama a los participantes a lidiar con lo que la geógrafa y abolicionista Laurel Mei-Singh ha llamado “las complejidades, ideologías incoherentes y experiencias que surgen de relaciones de poder desiguales”[7]. Esto no quiere decir que el acompañamiento no tenga sus propios inconvenientes. Todavía puede sucumbir al riesgo de reinscribir las disparidades de poder existentes, trabajando desde dentro de dinámicas comprometidas que crean las condiciones para que algunas personas acompañen mientras que otras son acompañadas. Con este fin, la práctica en sí misma exige tener en cuenta los tipos de relaciones de poder desiguales en el trabajo, e insiste en la reciprocidad, en el sentido de aportar plenamente la voluntad de uno para la reflexividad crítica y la interdependencia radical.

Es este compromiso de enfrentar las complejidades, lidiando con la interdependencia y la reflexividad crítica en el cual “el acompañamiento redefine el conocimiento y las relaciones de poder que lo constituyen, rechazando el dominio mientras abraza la experimentación”[8], el que de alguna manera plantea como condición HAWAPI a sus participantes. Al sacar a los artistas de sus zonas de confort y pedirles que trabajen en un entorno diferente (donde a veces las condiciones son desafiantes, especialmente para artistas acostumbrados a trabajar en un estudio en centros urbanos), el proceso apunta a desestabilizar un sentido de “dominio”. Y pide a los artistas que experimenten con otras formas de trabajar, pensar y comunicar sus ideas a públicos muchas veces muy diferentes a los que encuentran en el mundo del arte contemporáneo urbano. En este sentido, HAWAPI, como la práctica del acompañamiento, exige una apertura a aquel que uno no conoce.

El acompañamiento ofrece una forma de “conocer con” en lugar de “conocer sobre”[9]. Insiste en un compromiso con lo que Suely Rolnik ha llamado “el cuerpo conocedor”, que exige un “trabajo sutil y complejo que implica hacer que el propio cuerpo [de uno] sea vulnerable a las fuerzas circundantes y escuchar sus efectos”[10]. Así como las experiencias de Romero con el acompañamiento le permitieron leer la Biblia de otra manera, el acompañamiento como práctica en el campo artístico y curatorial tiene el potencial no solo de generar nuevos conocimientos, sino también de comprender de manera diferente las categorías, historias e ideas dominantes y que, a veces, se establecen como dogmas, atrincherando no solo los conocimientos, sino también los métodos y modos utilizados para generarlos y expresarlos.

En la medida en que el arte genera conocimiento y espacios para hacer y deshacer conocimiento, también se preocupa por la justicia cognitiva. Es decir, lo que se entiende como conocimiento útil o válido, las formas que adopta el conocimiento y, fundamentalmente, quién puede afirmar saberlo. Reorientar el enfoque desde una concepción del arte productiva, orientada a procesos o resultados para tener también en cuenta su capacidad de acompañar, es un desafío interesante y que se siente particularmente relevante para HAWAPI dados los tipos de lugares y situaciones en las que trabajamos.

El acompañamiento propone una relación con la creación y el intercambio de conocimientos y el reequilibrio de las relaciones de poder, que es parcial, acumulativo, duradero, experimental y se basa fundamentalmente en “la horizontalidad en vez de la verticalidad… enfrentando una tendencia a operar como individuos atomizados”[11]. No limitado a las relaciones humanas, el acompañamiento también puede entenderse como una forma de estar con los lugares, lo no humano, lo más que humano y lo invisible. A menudo la gente nos pregunta sobre el “impacto positivo” que tiene HAWAPI en los lugares y comunidades donde trabaja. Aparte de que es imposible hablar por los demás sobre un impacto que podríamos nosotros percibir desde nuestro punto de vista, también reconocemos que es poco realista y arrogante asumir cualquier “impacto” homogéneo en toda una comunidad o lugar. Lo que HAWAPI alienta y defiende es un enfoque uno a uno, la humildad al reconocer que en tan poco tiempo no podemos pretender comprender o conocer en su totalidad un lugar, su comunidad y todas las complejidades de su historia. Pero lo que sí podemos intentar es acompañar al lugar, tal vez a algunos de sus habitantes, y mediante ese proceso intentar hacer obra que piense y actúe desde ese encuentro.

El llamado de Daniel al acompañamiento, no solo marcó y guio la séptima edición de HAWAPI, sino que continúa ofreciéndonos una manera de pensar y articular nuestros métodos y prácticas.

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[1] LÓPEZ VIGIL, María Oscar Romero: Memories in Mosaic (London: Darton, Longman, and Todd, 2000), 213.
[2] CONE, James. A Black Theology of Liberation (Maryknoll, NY: Orbis, 2013), 103.
[3] TOMLINSON, Barbara and George LIPSITZ. “American Studies as Accompaniment”. American Quarterly 65, no. 1 (2013): 1-30, 11.
[4] TOMLINSON et al., American Studies, 11.
[5] TOMLINSON et al., American Studies, 9.
[6] MEI-SINGH, Laurel. “Accompaniment Through Carceral Geographies: Abolitionist Research Partnerships with Indigenous Communities”. Antipode, 2020, Antipode, 2020-01-28, 9.
[7] MEI-SINGH, Accompaniment Through Carceral Geographies, 11.
[8] MEI-SINGH, Accompaniment Through Carceral Geographies, 7.
[9] DE SOUSA SANTOS, Boaventura. The End of the Cognitive Empire: The Coming of Age of Epistemologies of the South (Durham: Duke University Press, 2018), 15.
[10] ROLNIK, Suely. “The Knowing-body Compass in Curatorial Practices”. Theater 47, no. 1 (2017): 116-38, 131.
[11] MEI-SINGH, Accompaniment Through Carceral Geographies, 9.

Otoño 2021


Susie Quillinan

Integrante de la Asociación Cultural Independiente HAWAPI