Juegos infantiles: formas suaves de inculcar conductas duras

conductas aprendidasUno de los temas más candentes en las últimas décadas es la denuncia, por parte de diferentes movimientos de mujeres, contra la violencia sexual y de género. Gracias a su impulso este problema ingresó al temario de los organismos internacionales en el transcurso de la década del 80[1]. Una de sus constataciones más importantes es que, cuando se enfoca la violencia doméstica y el abuso físico y sexual de niños, los hombres son los principales perpetradores. Más aún, la violencia contra la mujer es tan generalizada que ya no se la percibe como tal sino como una de las tantas incomodidades que las mujeres deben soportar[2]. Asimismo, se ha hecho evidente que las nociones corrientes sobre masculinidad consideran “natural” su asociación con el dominio y reacciones impulsivas. Diversos estudios han llamado la atención sobre la asociación entre masculinidad y conductas de riesgo, tales como consumo excesivo de alcohol y drogas y con el vandalismo[3]. Ello ha llevado a que se revisen actitudes, fórmulas de trato y concepciones sobre la masculinidad que las personas -hombres y mujeres- internalizamos desde la infancia y consideramos como parte de nuestra naturaleza. Estas últimas se adquieren durante la formación inicial en el hogar, con los pares, la escuela, etc. De allí que sea importante analizar este fenómeno con el fin de desarrollar estrategias que nos permitan ensayar nuevas formas de vivir la identidad masculina y las relaciones entre varones y mujeres.

En el presente ensayo presento los resultados de varias investigaciones sobre masculinidades que realicé desde la década de los 90 hasta la actualidad (Fuller 1997, 2000, 2002, 2011). Analizaré solo un aspecto de la socialización masculina: los juegos infantiles en la familia y entre pares del barrio y la escuela. He escogido este tema porque se trata de un aspecto de la vida de las personas aparentemente inocuo. Sin embargo, precisamente porque no aborda una problemática dramática, nos permite entender cómo ciertos aspectos de la masculinidad: su asociación con la fuerza y el dominio sobre las mujeres, se transmiten de una manera aparentemente natural y van siendo internalizados de manera que forman parte de los hábitos mentales y corporales de varones y mujeres.

La socialización de género

Desde el momento del nacimiento en que se inicia el proceso de socialización, a todos los seres humanos se les clasifica como hombres y mujeres, dejando fuera a los seres cuya anatomía es ambigua (personas intersexuales). A partir de una característica biológica se asume que las personas desarrollarán características psicológicas y culturales. Esta clasificación marcará el resto de sus vidas, ya que a partir de ahí comienzan a ser tratadas y comportarse como hombres y mujeres. Por ejemplo: las acciones de la vida cotidiana, la ropa, el trabajo y las relaciones familiares, entre otros, les dan a las niñas y a los niños los elementos para comportarse de acuerdo con el género asignado y para elaborar su autoimagen. Ambos, niños y niñas, aprenderán también la valoración desigual que la sociedad confiere a lo masculino (altamente valorado) y lo femenino (devaluado). Incluso esta diferencia de valor, como muchas otras, quedará registrada como algo natural y casi nunca será reconocida como una construcción social.

Durante este período no se escoge a las personas encargadas de la socialización. La sociedad presenta al sujeto un conjunto ya definido de personajes. Él (ella) tiene que aceptarlos tal como son y no tiene ninguna posibilidad de escoger otra opción. Esto trae como consecuencia que, a pesar de que el infante no es inherentemente pasivo, son los adultos los que establecen las reglas del juego[4]. Por la misma razón, la interiorización de la versión de la realidad de sus padres, los socializadores primarios, es casi inevitable. La niña/niño no interioriza los contenidos primarios como uno de muchos mundos posibles, sino como el único mundo existente o concebible.

La socialización se facilita con el soporte de las instituciones sociales que reproducen, refuerzan y controlan la transmisión de estos patrones de género, tales como la familia, el sistema educativo, la religión y los medios de comunicación. Durante la niñez la familia tendrá un papel preponderante en la conformación del género, ello ocurre no sólo a través de las observaciones y el trato directo con los familiares; las niñas y los niños por su parte también aprenden a través de la observación de las relaciones de género que desarrollan los adultos entre sí. Estas relaciones pueden ser más o menos equitativas y se expresan en prácticas de la vida cotidiana ante la presencia de los pequeños que los van asimilando. Así, por ejemplo, un niño que observe violencia por parte de su padre hacia su madre aprenderá que la agresión física es una forma de vincularse con las mujeres. Por otro lado, una niña a la que se le enseña desde pequeña que debe servir la comida y tender la cama a sus hermanos, aprende que a ella le corresponden estas labores más que a los hombres, lo que puede marcar la manera en que se distribuye las tareas domésticas con futuras parejas.

En la segunda infancia el mundo de los niños y niñas se amplia. La escuela y los pares serán agentes socializadores cruciales. Durante este período los niños, ayudados por sus pares y por los adultos, irán alejándose de la influencia materna para ingresar a una categoría aparte: la masculina. Los pares, los amigos, serán uno de los transmisores de la cultura masculina y quienes contribuyen a desarrollar el sentido de pertenencia a la cofradía de los varones y la oposición de esta última con las mujeres.

Entre las vías más importantes para la trasmisión de las concepciones y normas de género están los juegos, los cuentos infantiles y los juguetes, así como de todo aquello que rodea a niñas y niños. A través de estas actividades el niño internaliza los rudimentos de un aparato legitimador, esto es, los valores que justifican y legitiman las representaciones que orientan su conducta y sus interpretaciones del mundo. En consecuencia, el juego infantil no es una simple expansión, sino un cuidadoso proceso de asimilación de las representaciones colectivas de cada cultura.

Los juegos en la primera y segunda infancia

En la cultura peruana, los juegos infantiles están cuidadosamente diferenciados y catalogados según el género y se dividen en femeninos, masculinos y mixtos. Los juegos masculinos, representados por la manipulación de objetos definidos como tales (carros), asociados a tareas masculinas en la división sexual del trabajo (herramientas), a la guerra y al fútbol, establecen un corte preciso entre lo masculino y lo femenino. Estas actividades lúdicas se identifican con la guerra, la aventura, la libertad y la calle. Los niños se entrenan para controlar el mundo externo, mientras que las niñas serán entrenadas para adaptarse a la casa. De este modo, lo masculino se identifica con el dominio y la competencia.

conductas infantiles aprendidas

La infancia es la etapa donde niños y niñas van aprendiendo cómo la sociedad valora lo masculino y lo femenino, siendo esta valoración muy desigual.

Al pasar la primera infancia el juego masculino se traslada, real y simbólicamente a la calle. El grupo de pares (los amigos) pasa a ser una de las instancias de transmisión de nociones sobre la masculinidad más importante, compitiendo con los del hogar y la escuela. Los niños aprenden el lenguaje masculino, hermético a las niñas y cargado de hostilidad intergénero. Las cualidades más valoradas son valentía, fuerza, arrojo, rudeza. De este modo, el juego transmite valores centrales para la constitución de la identidad masculina hegemónica: pericia, competencia, complicidad entre varones, hostilidad hacia las mujeres y oposición casa/calle. En el lenguaje de los amigos, la sensibilidad o empatía, cualidades que caracterizan a los valores de la casa, adquieren un signo invertido y deben ser cuidadosamente suprimidos. Un verdadero hombre tiene que ser duro y no debe preocuparse por los sentimientos de los otros. Para sobrevivir y ser aceptado, un niño debe encontrar una manera de desarrollar algún nivel de agresividad. La sumisión se asocia con el peligro de feminización. Así, por ejemplo, el ganador de una pelea de chicos ocupa la posición activa dominante y pone al perdedor en una posición pasiva, femenina. Esto último constituiría el máximo peligro y fuerza a los niños a entrar dentro de los moldes prescritos.

En conclusión, el análisis de algunas características de la socialización masculina nos puede dar pistas para entender algunos rasgos de las conductas masculinas asociados a la violencia de género: la tendencia a subestimar a las mujeres, la competencia a través de formas de dominio, tanto entre varones como hacia las mujeres, y la asociación con conductas de riesgo, a menudo violentas.

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[1] La recomendación General del Comité para la eliminación de la discriminación contra la mujer CEDAW (1992), marcó un hito en el tratamiento a la problemática de la violencia contra las mujeres al declarar que la violencia basada en el género es una forma de discriminación que inhibe seriamente la capacidad de las mujeres para disfrutar sus derechos y libertades (FULLER, Norma. “Políticas públicas contra la violencia conyugal. ¿Dónde estamos veinte años después? En: Sexualidad, Salud y Sociedad, Revista Latinoamericana Nº 4, pp. 10-27, Centro Latinoamericano de Sexualidad y Derechos Humanos. 2010).
[2] En el Perú, 7 de cada 10 mujeres han sufrido violencia por parte de su pareja o expareja (Instituto Nacional de Estadística e Informática. 2015. Encuesta Demográfica y de Salud Familiar. ENDES 2014. INEI: Lima. Recuperado de www.inei.gob.pe/media/MenuRecursivo/publicaciones_digitales/Est/Lib1211/pdf/Libro.pdf).
Los casos de feminicidio se han incrementado en 26,4% respecto al mismo periodo del año anterior. Durante enero – abril 2017, los casos de este delito consolidados por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) sumaron 34, mientras que en el mismo rango de meses (enero – abril 2018), estos fueron 43 en total (El Comercio. Junio 2018: https://elcomercio.pe/peru/26-incremento-cifra-feminicidios-peru-respecto-periodo-anterior-noticia-524699)
[3] DE KEIJZER, Benno. “Paternidades y transición de género.” En: Fuller, Norma (Editora) Paternidades en América Latina. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 2000. pp. 215-240.
FULLER, Norma. Identidades Masculinas. Varones de clase media en el Perú, Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, Perú 1997
FULLER, Norma Masculinidades, cambios y permanencias. Varones de Cuzco, Iquitos y Lima. Fondo Editorial Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima 2001.
FULLER, Norma. Difícil ser hombre. Nuevas masculinidades latinoamericanas. Fondo Editorial, PUCP. Lima 2018.
[4] BERGER, Peter y Thomas LUCKMANN. La construcción social de la realidad. Amorrortu, Madrid 1968.

Otoño 2019


Norma Fuller

Profesora principal del Departamento de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). PhD Universidad de Florida Gainesville .



Los jóvenes: entre el individualismo y la apertura al otro

jóvenes en equipoVivimos en una época difícil. Atravesamos por lo que Bauman llama la sociedad de consumo en la modernidad líquida, una época en la que lo que cuenta es sobre todo el disfrute personal y la acumulación, en la que se le rinde culto al individuo y lo privado, en la que los vínculos humanos son pasajeros y precarios, y las relaciones sociales parecen haberse desintegrado, hasta el punto en que las persona no se responsabilizan ya por los demás, sino solamente por sí mismas. Los jóvenes deben lidiar con este tipo de sociedad, porque los atributos que antes mencionamos son propios del capitalismo en su versión neoliberal, sistema económico que impera en la actualidad y que fomenta la inmediatez y el máximo interés individual por sobre lo colectivo, un sistema de creencias, relaciones sociales e instituciones que fomentan valores y prácticas asociadas con tomar mayores recursos para uno mismo y menos para otras personas, otras especies y las generaciones futuras.

¿Cuáles son las tareas de vida que un joven debe afrontar en una sociedad así, en la que lo importante es consumir y disfrutar? ¿Cómo se desarrolla una persona en un mundo como este?, ¿cómo se desarrolla, finalmente, una buena persona?

Una idea difundida es que el desarrollo de las personas, y especialmente el desarrollo de sus capacidades morales, es un proceso de internalización de las normas culturales y/o parentales externas. Por ejemplo, Freud plantea que los individuos se convierten en seres morales y sociales en virtud de la transformación paulatina de la coerción externa en coerción interna, por acción de la instancia psíquica llamada “Súper Yo”. Otro grupo de teorías, a las que muy genéricamente podemos llamar “sociales”, entienden la adquisición de la moral como un medio de inserción de los individuos en la sociedad, sea por mecanismos biológicos de adaptación o por procesos de socialización, identificación o condicionamiento. Bajo este punto de vista la moral no depende tanto de la conciencia individual como de la presión social externa que reciben las personas.

Sin embargo, si seguimos cualquiera de estas perspectivas, las personas estarían condenadas a ser seres egoístas, dado que el contexto en el que viven fomenta el individualismo más extremo y desalienta los lazos comunitarios. La presión por consumir nos haría a todos consumidores, así como la presión por ser “exitosos” de manera individual nos desvincularía a todos de nuestros lazos sociales. Felizmente esto no es así.

Hay otra manera de entender el desarrollo humano en general, y el desarrollo la moral en particular, que lejos de asumir algún tipo de determinismo propone que los seres humanos vamos creciendo gradualmente en nuestra comprensión de lo justo y lo bueno, a medida que tenemos oportunidades de sopesar nuestras valoraciones, contrastarlas con las de otros, analizar sus razones y sus consecuencias no solo para nosotros mismos sino para los demás, y ponernos en el lugar de otras personas para ver el mundo desde sus particularidades y contextos. Como se ve, esta es una tarea que debe asumirse de manera explícita y dirigida, porque no ocurrirá por sí sola.

La educación, tanto la formal como la que ocurre en contextos no formales, es el espacio de desarrollo humano más importante. A través de ella las personas construyen su conocimiento y su conciencia del mundo, desarrollan sus más altas capacidades, tanto cognitivas como afectivas, y construyen su identidad. Sin embargo, por razones históricas, económicas, políticas y sociales diversas y complejas, esta tarea formativa fundamental tiene vacíos y fracturas que le impiden cumplir sus metas a cabalidad. En un mundo que exige inmediatez, y que deja poco espacio para la reflexión y el análisis de la propia vida, resulta hoy más importante que nunca ayudar a los jóvenes a pensar en el largo plazo, a entender nuestra sociedad, y a construir metas de vida valiosas, que vayan más allá de las gratificaciones individuales de corto plazo. Esto es lo que, en términos psicológicos, se conoce como sentido de propósito, una intención estable y generalizada de alcanzar metas significativas para uno mismo, pero a la vez, importantes para el mundo, más allá de uno mismo.

El sentido de propósito puede cultivarse, los padres pueden hacer mucho para ayudar a sus hijos a cuestionar las presiones de la sociedad actual y a lidiar creativamente con ellas. Ante la incertidumbre y el temor por el futuro, y debido a la presión por tener y consumir de la que son víctimas, a menudo las personas se sienten inclinadas a darse gratificaciones inmediatas, especialmente cuando atraviesan por períodos de angustia o de estrés. Además, experimentan gran frustración cuando no pueden hacerlo, porque en la época en la que vivimos la identidad de muchas personas se ha formado a través de sus posesiones. No consumir, para muchos, es igual a no existir.

Fortalecer el buen desarrollo de los niños y jóvenes, en un contexto como este, resulta más importante que nunca. Los adultos no podemos darles directamente un propósito de vida a los jóvenes, porque cada persona debe encontrar y construir el propio, pero sí podemos enseñarles qué significa tener una vida con propósito. Además de las connotaciones morales involucradas en la búsqueda del bienestar y la justicia para todos, la psicología ha demostrado que tener sentido de propósito les hace bien a las personas ya que, cuando lo tienen, estas viven más y lo hacen de manera más feliz y saludable. Como afirma William Damon, el sentido de propósito es crítico porque está ligado a la dedicación, la fortaleza y a la energía motivacional; este proviene de creer que el mundo necesita ser mejor, y que uno, como persona, puede contribuir a esa mejora.

niños y jóvenes

En la sociedad actual, consumista e individualista, es muy importante que los padres sepan acompañar a sus hijos, desde pequeños, con una relación afectiva y cercana, lo que les ayudará a enfrentrarse a las presiones cotidianas.

Es cierto que, dadas las características de las sociedades de hoy, encontrar un propósito de vida resulta mucho más difícil para las generaciones actuales que para las de antes. Pero precisamente por eso, los padres, madres y docentes deben dirigir sus acciones de acompañamiento al desarrollo de los niños y jóvenes de manera mucho más estratégica y explícita. Una primera tarea es enseñar a los niños y jóvenes a analizar críticamente los procesos sociales, ayudándolos a identificar sus causas y consecuencias, pero también a reconocer los principios que los sustentan, o que deberían sustentarlos. Es importante que se les anime también a ponerse en el lugar del otro, haciendo por ejemplo que el niño preste atención a los sentimientos de los demás e imagine cómo se sentiría en su lugar. Es crucial que se les ayude a tomar conciencia del impacto de sus actos en los sentimientos de las otras personas y en los suyos propios, y a entender las razones que hacen que las personas piensen y sientan de una determinada manera.

Ahora, es importante señalar que este proceso de acompañamiento debe ocurrir en determinadas condiciones afectivas. En primer lugar, los componentes afectivos de la interacción entre padres e hijos (amabilidad y calidez en el trato, etc.) incrementan la probabilidad de que los niños escuchen los mensajes parentales. En segundo lugar, y no menos importante, las reacciones afectivas parentales frente a una trasgresión, junto con el razonamiento acerca de ella, sirven de guía y facilitan la comprensión de las reglas morales y sociales por parte de los niños y jóvenes. Hay que recordar que existen niveles óptimos de expresión afectiva; demasiada ira es contraproducente, pues produce emociones defensivas orientadas hacia uno mismo (ansiedad, etc.) y, por lo tanto, disminuye la capacidad de los niños y jóvenes de enfocarse en los sentimientos y las experiencias de los demás.

La sociedad actual está desvinculada de la ética, privilegia los intereses económicos por sobre otras valoraciones, rompe los lazos comunitarios y desalienta la autonomía de las personas. En este contexto, la educación que demos a los niños y jóvenes necesita ser trasformadora y no funcional al sistema. Fomentar el pensamiento crítico sobre la sociedad en la que se vive, así como promover la toma de conciencia sobre la subjetividad de los demás, son tareas necesarias y urgentes sin las cuales no hay desarrollo humano saludable que sea posible.

Otoño 2019


Susana Frisancho

Profesora Principal del Departamento de Psicología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Coordinadora Grupo de Investigación en Cognición, Aprendizaje y Desarrollo.




Entre la desilusión y la esperanza

Marcha - Desilusion por corrupciónLa imagen que hoy hay de la política, y los políticos en general, es sumamente negativa. Solo un aproximado del 10% de la población dice sentirse representado por algún partido o personaje de la política, y los niveles de aprobación de instituciones como el Congreso o el Poder Judicial están entre los porcentajes más bajos que se han registrado.

Esta percepción, que tiene un indudable peso real en la relación del ciudadano con la política, no solo está vinculada a temas de ineficiencia o falta de propuestas legislativas. Para el peruano promedio la política se asocia al Congreso, y este último se termina vinculando a la gestión de intereses personales antes que de asuntos de interés público. Esta situación se ha visto empeorada en los últimos tiempos con las denuncias de corrupción vinculadas a todos los presidentes desde la vuelta a la democracia luego de la dictadura militar de Velasco.

Fuera del segundo gobierno de Belaúnde, que en la memoria ciudadana se vincula poco o nada a temas de corrupción, se tiene que la imagen del primer y segundo gobierno de García, los dos mandatos de Fujimori, Toledo, Humala, y ahora el depuesto PPK, se vinculan a sospechas y denuncias diversas de corrupción. Algo semejante ocurre con los últimos alcaldes de Lima (Castañeda y Villarán), así como con muchos de los que han sido o son a la fecha gobernadores regionales (algunos de ellos fugados y con orden de captura).

Todo esto ha generado en la población no solo un sentimiento de rechazo (alrededor de un tercio de la población), sino de distancia y desafecto (casi la mitad de la ciudadanía). La gran mayoría de peruanos ni siquiera se molesta ya. Tal es la frustración que, en su cotidianeidad, han decidido prestar atención a otros temas y dejar de seguir la política, salvo en casos extremos. Lamentablemente, esto último ha ocurrido con las denuncias sobre el comportamiento de los jueces, el escándalo llamado “Lava Juez”, que no ha hecho más que profundizar la desconfianza y desafecto hacia la política y las instituciones de la democracia.

Todo esto es sumamente dañino para la política, pero también abre una oportunidad. Es dañino porque el desprestigio es tal que lleva a que cerca de tres cuartas partes de la población, especialmente en lo que es lucha contra la corrupción y la delincuencia, apoye lo que cotidianamente se denomina políticas de “mano dura”.

Es cierto que, cuando se profundiza en lo que entiende la gente por estos términos, se menciona “la aplicación de la ley”, “que se haga justicia”. Dicho de otra manera, por “mano dura” la gente entiende firmeza en la aplicación de la ley para todos, que es como se suele entender qué significa la democracia. Tenemos así que, aunque suene sumamente paradójico, la gente percibe que para que la democracia se haga presente (la igualdad de la ley para todos), una “mano dura” es necesaria. El riesgo, como es evidente, es que esta demanda de firmeza, que se suele hacer a una persona antes que a una institución, termine llevando a la arbitrariedad, al abuso y, muchas veces, al uso indebido del poder y la corrupción consecuente. No importa que el gobierno se presente como de derecha, de izquierda o independiente.

Esa ha sido la historia del país desde los 90, en que la esperanza de cambio se derivó de los partidos hacia los líderes o movimientos independientes (Belmont, luego Fujimori, las diversas organizaciones que en las regiones han desplazado a los partidos políticos). La resultante ha sido una profundización en la frustración y un desgaste de la democracia que se refleja en indicadores como los que tiene el Barómetro de las Américas donde el estudio del 2017 indicó que un 63% de los peruanos se ubican en actitudes que el estudio tipifica como de democracia en riesgo (40%) o inestable (23%)[1]. Esto lleva a que la llamada percepción de eficacia política externa (la percepción de que los políticos se preocupan de los temas ciudadanos) sea muy baja.

En los estudios que hemos realizado hay una clara relación entre esta actitud política y el bajo interés por los asuntos públicos. Esto quiere decir que la percepción de falta de interés de los políticos por la gente lleva a que los ciudadanos respondan con la misma moneda: la falta de interés de los ciudadanos por lo que ocurre con los políticos o la política. Se genera un clima de anomia que poco ayuda. Sin embargo, toda esta situación de desesperanza no está del todo generalizada.

Hay sectores ciudadanos que, a pesar de los sentimientos descritos, declaran que si encontrasen algún tipo de líder político o institución que muestre mayor apertura o talante democrático, sí estarían interesados en apoyar. Es cierto que estas mismas personas, de no ver alternativas, pueden apoyar estilos autoritarios, pero hay quienes todavía mantienen la esperanza, dependiendo de la oferta existente. A nuestro entender, esto es lo que ha ocurrido en Lima en la reciente elección municipal.

La inesperada eleccion de Muñoz da un aliento de esperanza

La inesperada elección de Jorge Muñoz en el sillón Municipal es el reflejo del desinterés político de la población en las primeras semanas de la campaña electoral y la búsqueda de una alternativa diferente.

Durante buena parte de la campaña los candidatos punteros en las encuestas eran tres personas (Reggiardo, Urresti y Belmont) que tenían sobre todo presencia mediática y un estilo o discurso donde se priorizaba algún aspecto de lo que se puede entender como “mano dura”. Reggiardo planteaba que era necesaria la presencia del ejército para poner orden en la ciudad de Lima, Urresti aseguraba que su experiencia en el Ministerio del Interior era fundamental para ser un buen alcalde y Belmont consideró que criticar a los migrantes venezolanos (en tanto amenaza laboral para los limeños) era una forma de mostrar firmeza y voluntad de orden. Como se sabe, hasta aproximadamente unas dos semanas antes de la elección, el candidato Muñoz estaba alrededor de un 4% de intención de voto.

Toda esta situación fue reflejo de lo antes descrito: una población desconectada de la política, en este caso de la campaña electoral, que ante las encuestas de intención de voto lo más probable es que respondía más en función a la memoria de nombres que les sonaban que a una preferencia electoral específica. El desinterés político mostrando sus frutos. Al acercarse la fecha de la elección el interés aumentó y este coincidió con un primer debate donde impactó no solo la ausencia de Reggiardo (que debido a esta decisión terminó simbolizando al “político ausente” que la gente tiene en su mente), sino que permitió que el mensaje y estilo de Muñoz, distante del modo “mano dura”, llegara a diversos sectores de la población. Es cierto que hay otros factores que influyeron en el voto (la viralización en redes sociales, su asociación con personajes “populares” y otros), pero lo cierto es que su estilo y discurso terminó conectando con ese sector de la población que anda en búsqueda de una alternativa política más inclusiva o, en todo caso, menos populista.

Algo semejante pasó en el 2014, donde un 50% dijo, desde el comienzo de la campaña municipal en Lima, que votaría por Castañeda (y así fue) mientras que la otra mitad de Lima no definía su voto. Fue recién en la última semana, luego del debate municipal, que un sector del electorado depositó sus expectativas en Cornejo, que pasó de un 3% de intención de voto a cerca de 17% en la preferencia limeña. No le alcanzó, pero puso de manifiesto la sed de algo.

En esta última elección, Muñoz terminó siendo el depositario de una expectativa más que el vencedor que ha convencido y captado un electorado. Casi podríamos decir que más que un alcalde es una suerte de emergente grupal que expresa la necesidad de alternativas que generen la expectativa de una buena gestión que se aleje de la imagen de corrupción que impera asociada a la política. Lo mismo ocurre con el repunte en las encuestas del presidente Vizcarra. Su popularidad comenzó a remontar cuando decidió liderar una propuesta de reforma judicial y política que en el fondo la población la entiende como una lucha contra la corrupción presente en el sistema judicial y político. No hay otra forma de interpretar el apoyo a la reforma del CNM, la regulación del financiamiento a los partidos políticos, así como los cambios propuestos con relación al Congreso.

El presidente, a través de la propuesta de referéndum, le dice al ciudadano que se queja de no ser escuchado, que sí puede opinar directamente sobre qué se debe hacer con dos instituciones sumamente cuestionadas. Que la ciudadanía recupere lo que podríamos llamar un sentimiento de autoestima política, la capacidad de influir en las decisiones políticas, puede ser criticado por algunos como populista, pero tiene la virtud de avivar las cenizas del interés por lo público.

Una sociedad civil activa y preocupada por el bien común es fundamental para el control y el recambio político. Una sociedad civil más articulada y empoderada, se interesa más por la política y, es de esperar, escoge mejor a sus representantes. No todo está perdido.

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[1] CARRIÓN, J.F, F. BOIDI, E. ZECHMEISTER. Cultura Política de la Democracia en Perú y las Américas, 2016/2017. Lima. Instituto de Estudios Peruanos.

Verano 2018-2019


Hernán Chaparro Melo

Jefe del área Estudios de opinión del Instituto de Estudios Peruano (IEP)




Efectos de la migración venezolana

Efectos migración venezolanaSin lugar a dudas la migración venezolana ha generado todo tipo de comentarios, algunos a favor y otros en contra; lo que tienen en común la mayoría de ellos es la ausencia de datos que los respalden. Seamos concretos: el problema que muchos aducen es que le quita el trabajo a un peruano. ¿Qué tan cierto es? Este artículo tiene como objetivo realizar un análisis lo más neutro posible con la información disponible.

En primer lugar, la población económicamente activa (PEA) en el Perú está compuesta por cerca de 17 millones de personas. De ellas, cerca del 45% está subempleada, 6% desempleada y 49% tiene empleos adecuados. El subempleo tiene dos acepciones, pero la mayoría de subempleados son aquellos que tienen un empleo, pero el ingreso que obtienen no les permite satisfacer un conjunto de necesidades establecidas en una canasta de referencia. Perú tiene un problema de bajos ingresos asociados a los empleos existentes; y ello, es consecuencia de la baja productividad de aquellos empleos.

En segundo lugar, y hasta la fecha, el número de venezolanos que ha ingresado al Perú bordea los 400,000. De ese total, solo 6 mil, es decir, el 0.2% de la PEA, ha logrado un empleo formal, por lo que el efecto sobre el sector formal es casi nulo.

En tercer lugar, del resto (394 mil), más del 70% se encuentra en el sector informal y, de ellos, la gran mayoría se ha creado su propio empleo, sea vendiendo alimentos o cualquier actividad similar; está claro que este grupo no ha desplazado a ningún peruano en su trabajo. El 30% restante no encuentra empleo, ubicándose en la categoría de desempleado.

En cuarto lugar, el 50% de los migrantes tiene estudios universitarios, por lo que a largo plazo mejorará el nivel de capacitación de la fuerza laboral, sin que el Perú haya invertido un sol en su capacitación.

En quinto lugar, los 400 mil tienen que vivir y para ello tienen que gastar, cada uno de acuerdo con sus posibilidades. El gasto de uno es ingreso de otro. Si un migrante gasta 10 soles en comprar alimentos, pues ello significa ingreso para las empresas que venden alimentos, y así sucesivamente. La mayor demanda incentiva la producción de bienes y servicios que compra la población migrante. Las remesas todavía son enviadas solo por el 30% de los venezolanos, pues el resto recién se está estableciendo.

En sexto lugar, la mayoría de venezolanos se encuentra en los sectores comercio y servicios, y son parte del sector informal.

Note el lector que ninguno de estos argumentos se refiere a lo más importante: es una crisis humanitaria, en la que los venezolanos huyen debido a la fenomenal crisis económica y social de su país; de otro modo no hubieran venido. La escasez de alimentos, medicinas y la desaparición de las libertades civiles generan una combinación en la que solo queda huir.

Esto no quita que haya ciertos efectos negativos que, aunque menores, generan toda una ola de opinión contraria. Parece que nos olvidamos que existen más de 3 millones de peruanos fuera que salieron por razones más o menos parecidas. Lo que impacta es el poco tiempo (más o menos 6 meses) en que se ha producido el ingreso de venezolanos. Sin embargo, los comentarios, sin datos, no tienen ningún respaldo más allá de la evidencia anecdótica.

Aun así, ¿qué se puede hacer? Una opción es ubicarlos en aquellas zonas del país que requieran personas con la preparación que tienen. Nos faltan profesores y médicos en lugares alejados; si orientamos ahí a los migrantes, todos ganamos, pues un buen profesional encuentra un empleo adecuado que beneficia a las poblaciones locales.migración venezolana

Verano 2018-2019


Carlos Parodi Trece

Profesor – Investigador de la Universidad del Pacífico. Departamento académico de Economía y Centro de Investigación (CIUP).