La riqueza de la diversidad, ¿podremos vivir juntos?

Riqueza en la diversidadLa vida está llena de encuentros que nos configuran como personas. De hecho, es frente a lo diverso como vamos construyendo nuestra propia identidad personal. Una de las grandes riquezas que vivimos en nuestro mundo es la diversidad. Una gran variedad de culturas, de acentos, de religiones, de alimentos, de interpretaciones de la realidad, etc. Una diversidad que a su vez plantea un reto a la convivencia, a la creación de identidad y a la construcción de una ciudadanía plural y abierta.

Ante la pregunta, ¿podremos vivir juntos?, en muchas ocasiones nos movemos entre dos extremos. Los que ven en lo diverso una amenaza, y la única solución para la convivencia en un refuerzo de la identidad nacional y de las fronteras; y aquellos que descubren en la diversidad una oportunidad para nuestras sociedades plurales, en las cuales el acento se centra en la acogida y la integración, sentando las bases de una verdadera cohesión social.

Hoy en día, este debate está a flor de piel en muchos rincones de nuestro planeta. Las deportaciones en Estados Unidos y la construcción del muro que -según Trump- costearán los mexicanos, atentados de grupos extremistas en diversas partes del mundo, la presión de refugiados y migrantes en la frontera sur de Europa, la guerra en Siria, el éxodo del pueblo venezolano huyendo del hambre y de una ausencia de horizonte vital, los conflictos en diversos barrios con alto grado de diversidad cultural de las grandes urbes del mundo, los continuos asesinatos de periodistas o políticos que defiende el Estado de derecho y denuncian las injusticias, las maras y la violencia generalizada entre algunos colectivos… todas parecen señales de que no podemos vivir juntos. Y, escudados en estas señales, sembramos de miedo y de odio nuestros contextos más cercanos, jugando el mismo juego de la violencia y de cerrar filas, en lugar de preguntarnos por las causas, intentando revertirlas.

De este modo, generamos mecanismos de exclusión que asocian al pobre, al extranjero, al que es distinto a mí, como el terrorista o violento; en el fondo abriendo una brecha cada vez más acuciada entre ricos y pobres, entre “legales e ilegales”, y así un largo etcétera. Todo para perpetuar un sistema que mantiene a un estrato social cada vez más pequeño, controlando el poder económico, político y de manejo de la información, entre otros.

Pero, aunque no salgan en los titulares de los periódicos, hay personas que han revertido esta manera de comprender el mundo y la vida: Jesús, Gandhi, Mandela, Luther King, Romero, Madre Teresa… Personas que no buscan la fuerza y la violencia como el camino a seguir en contraposición al miedo y el odio, que descubrieron en el encuentro, en la integración, en la construcción de puentes y de vínculos, en el amor, un camino sólido para la convivencia social, para la gestión de la diversidad y para el desarrollo de la humanidad.

En nuestro mundo hay muchos signos de esperanza, muchos más que de odio y violencia. Millones de padres y madres se levantan cada día buscando un futuro mejor para los suyos, millones de profesores, de educadores, buscan cómo generar una cultura crítica de la vida y de la realidad en sus alumnos, educando en el respeto y la diversidad, millones de médicos, policías, basureros, bomberos… intentan hacer de las ciudades, de los pueblos, espacios sanos, limpios, seguros donde convivir, encontrarnos y jugar en nuestras plazas… Millones de líderes políticos, religiosos, comunitarios, que se desviven por sus comunidades y feligreses, sumando en la arena pública, soñando y generando las bases de una ciudadanía inclusiva y de sociedades solidarias, donde se respire paz.

El miedo ante lo nuevo es algo que no podemos controlar. Podemos decir que es lícito sentir temor cuando salimos de nuestra zona de confort, cuando abrimos nuestro campo de acción, cuando gestionamos otras ideas, cuando compartimos con otros un mismo espacio, etc. Ante esa ansiedad, existen tendencias que buscan simplificar, caminando hacia un horizonte homogéneo y unidimensional. Miran sobre todo el corto plazo y una respuesta “fácil”. Pero nos vamos dando cuenta que si construir muros, además de simplificar nuestra vida, ayudara a crecer como sociedad, este elemento sería la solución definitiva a la convivencia. Sin embargo, en la actualidad, esta solución cortoplacista “rompe aguas” por todos lados. Lo queramos o no, la diversidad es algo constitutivo de nuestra existencia.

Y ante estas situaciones alimentamos discursos que, además de ser falsos, minan nuestra propia estructura social y la convivencia. Se escucha: “los inmigrantes vienen a invadirnos y a quedarse con nuestro trabajo”, “colapsan nuestro sistema de salud y educación”, “son la causa de la conflictividad social en nuestros barrios”, “son un gasto que va a arruinar nuestro país”. Estos son algunos de los discursos que venimos escuchando, tanto en algunos medios de comunicación como en la parada del autobús, o incluso en diversos mítines políticos.

“Vienen a invadirnos, a quedarse con nuestro trabajo”. Si miramos las estadísticas, en cada país hay un tipo de trabajo que siempre cuesta cubrir por mano de obra autóctona. Este es el nicho de mercado al cual acuden las personas migrantes: trabajo en el campo, en las minas, en la construcción, en el cuidado de nuestros mayores o niños, entre otros. Sin estos trabajos, la economía de un país y la misma realidad social no podría avanzar.

La llegada masiva de venezolanos al país ha iniciado la reflexión sobre convivencia y diversidad“Colapsan nuestro sistema de salud y educación, además de todos los servicios sociales”. Las personas migrantes, en su mayoría, son personas jóvenes que se incorporar al sistema productivo, por lo que generalmente son las que menos hacen uso del sistema de salud. Las grandes partidas que acrecientan los gastos sanitarios son las operaciones y tratamientos crónicos o terapias prolongadas, propias de personas de edad avanzada. Justo en esa franja no se encuentra la población migrante. En cuanto al sistema educativo, en algunos países debido a la baja natalidad, la migración ha posibilitado que el sistema de educación se refuerce.

“Son la causa de la conflictividad en nuestra sociedad”. Con estadísticas en nuestras manos vemos que esta es otra falacia que a veces se genera en nuestras sociedades. En general es más fácil encontrar un “chivo expiatorio” al cual poder culpar de los males sociales. Esto suele ocurrir con los migrantes más desfavorecidos. La conflictividad suele ir asociada a una falta de recursos, de posibilidades que promoción social, y no a la condición de migrante.

“Son un gasto que va a arruinar nuestro país”. Hay estudios realizados por las universidades más prestigiosas del mundo, y por los propios Estados, que demuestran que la migración genera riqueza tanto en el país que recibe, como en el de origen. Los migrantes aportar sus impuestos, tanto directos como indirectos, que sostienen nuestro entramado social tanto de salud y educación, como el sistema de pensiones. Por no decir que se incorporan al mercado laboral a puestos de difícil cobertura y, en muchos casos, realizan una función social de cuidado de nuestros mayores y de nuestros hijos. Asimismo, abren nuevos mercados, atraen nuevos productos y generan vínculos y relaciones internacionales.

Si miramos en nuestros propios contextos, rara es la familia que no tiene alguno de sus miembros que ha tenido que emigrar en algún momento de su historia. Situaciones económicas muy complicadas que no permiten un futuro para los más pequeños de la casa, violencia generalizada o conflictos armados, desastres naturales, una situación política y social insostenible… Todos conocemos esta realidad en mayor o menor medida. En el fondo, todos somos migrantes, peregrinos en un camino que van construyendo nuestras familias, pueblos y nuestra humanidad.

Todos sabemos que nadie deja su tierra, arriesga la vida de sus hijos, abandona todo lo que tiene -hasta sus propias raíces- por gusto. ¿Qué tendrá que pasar en la vida de una persona para que tenga que dejar lo más querido atrás en la búsqueda de un futuro digno, en ocasiones para no perecer? ¿Nos lo hemos planteado? ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? ¿De verdad que la única solución para vivir juntos es alimentar el miedo, reforzar la seguridad y la exclusión?

Lo veamos más o menos claro, lo cierto es que estamos llamados a convivir. Sería una pena no enriquecernos de lo diverso. Lo diverso nos abre a lo más esencial del ser humano. Cada persona va construyendo su identidad en relación con los demás, convirtiéndola en un ser único. Así, la diversidad se convierte en condición de posibilidad para la recreación de una sociedad que es múltiple, abierta, flexible y compleja. Lo diverso, en cierta manera, es un horizonte, una cierta utopía, que se va haciendo cuerpo, camino, proceso y realidad.

Mi experiencia personal es que las personas migrantes son portadoras de esperanza. Esperanza de un mundo en paz, de que es posible una vida mejor. Al llegar a los países de destino buscan seguridad y trabajo, pero, sobre todo, reconocimiento y respeto. Una sociedad que se cierra sobre sí misma se empobrece. Una sociedad que se abre a la posibilidad del encuentro y a la diversidad, se enriquece, construye futuro.

Retomando la pregunta, ¿podremos vivir juntos? Yo estoy convencido de que sí. De hecho, ya lo venimos haciendo desde hace mucho tiempo, pero tenemos que tomarnos en serio la diversidad, trabajando en revertir las causas que provocan estos grandes movimientos forzados de personas, pero, sobre todo, en integración y en cohesión social.

Primavera 2018


Alberto Ares, SJ

Adjunto a la Coordinación del Servicio Jesuita al Migrante – SJM España. Director del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones de la Universidad Pontificia Comillas.



La universidad en tiempos difíciles

Campus universitarioComo en el título de la célebre novela Tiempos difíciles (1854) de Charles Dickens, no es una exageración señalar que la universidad se encuentra atravesando también por ‘tiempos difíciles’, aunque algunos prefieren llamarla crisis y otros, más radicales todavía, aluden a un estado de enfermedad terminal. Nuevas y crecientes demandas han puesto en cuestión su razón de ser profunda, pese a que se reconoce en ellas a una institución esencial para el desarrollo de una sociedad y de una economía donde el conocimiento debe jugar un papel central en la promoción del bienestar. Los efectos de esta dinámica han traído como consecuencia un cuestionamiento y una nueva priorización de las materias educativas y de las disciplinas consideradas como relevantes para enfrentar los colosales desafíos contemporáneos y, desde luego, los de un futuro no muy lejano. Es claro que en el discernimiento de este asunto se pone en juego la legitimidad social, el prestigio intelectual y la autoridad moral de la universidad. Pero no está demás señalar que se trata de una compleja tensión que, lejos de ser exclusiva al caso peruano o a la región latinoamericana, tiene alcances mundiales.

Como consecuencia de esta tumultuosa nueva realidad, se ha producido confusión e inseguridad acerca de cómo y en dónde plantear los términos de la discusión. De hecho, la educación superior se ha convertido en un campo de batalla entre posiciones enfrentadas, militancias radicales y narrativas contrapuestas. Uno en el que la discusión acerca de los valores y propósitos de la universidad ha sido un tema recurrente que ha dado origen a interminables debates, cuyos argumentos pocas veces han encontrado puntos de encuentro sobre ciertos objetivos comunes. Esta polarización ha hecho cuesta arriba el camino para obtener consensos mínimos que aproximen las posiciones extremas. Una breve taxonomía de esas tensiones las he examinado en otro lugar, pero lo esencial de esa controversia puede ser resumido de la manera siguiente. Para algunos, esta época está siendo testigo de la muerte lenta de la universidad: la mercantilización de su vida intelectual, la burocratización cada vez más jerarquizada de su estilo de gestión, la progresiva privatización de la educación superior en desmedro de la pública, la pérdida de la capacidad de autogobernarse democráticamente, la declinación del ethos colegiado para tomar decisiones institucionales, el explosivo crecimiento de los colaboradores administrativos, el excesivo productivismo académico de los investigadores y la paralela declinación en el prestigio de la actividad docente, entre otras evidencias, constituyen el testimonio más elocuente de esta sensación generalizada que ha transformado la universidad en un lugar poco agradable y estimulante para desarrollar el trabajo académico concentrado. De hecho, los más severos críticos consideran que se ha extraviado ese ‘honorable linaje’ que la convertía en un espacio privilegiado de las sociedades modernas para someter toda ideología y construcción intelectual a un severo escrutinio y a una crítica sistemática.

Desde la otra orilla, se encuentran quienes sostienen que el lucro y la competencia entre las universidades por la ‘excelencia académica’ conducirán a un uso social óptimo de los recursos públicos disponibles -que siempre son escasos frente a las crecientes necesidades-, pues la oferta tenderá a ajustarse a una demanda cada vez más diversa, exigente y sofisticada proveniente de estudiantes que actúan como si fueran consumidores operando frente a un commodity más, exactamente igual a como lo harían en cualquier otro mercado. Desde esta perspectiva, que no sin una cierta arrogancia reclama hablar en nombre de la realidad y de las urgencias del mercado laboral, la función central de la universidad es la de servir a fines económicos y entrenar a los estudiantes, considerados como consumidores, en carreras altamente demandadas que atiendan las necesidades de una economía que se diversifica y especializa. En este marco, los objetivos instrumentales adquieren una mayor preeminencia que los valores cívicos y republicanos de la que es portadora la universidad.

En este contexto, ha ganado un mayor terreno el interés por examinar el contenido y propósito de la educación y de los planes de estudio que los estudiantes reciben en las aulas universitarias. Algunos autores han abordado en profundidad el tipo de conocimientos pertinente para formar jóvenes cuyas vidas discurrirán en un mundo de complejidad creciente y en el que la tecnología jugará un papel central en su educación. Para eso, han tenido que ir contra la corriente y abrirse paso en una jungla de conceptos y categorías instrumentales que han alentado falsas creencias y colonizado el debate contemporáneo sobre la educación superior con un lenguaje utilitario. Para ellos, la educación liberal puede convertirse en un antídoto contra la indefensión a la que nos empuja el mundo contemporáneo, pues proporciona a la juventud el poder de controlar sus propias vidas, contribuye a una mayor capacidad para ser trabajadores productivos, pero también estimula a estar interesados en ser buenos compañeros, amigos, padres y ciudadanos. Más aún, ayuda a construir vidas más elaboradas, introspectivas e integrales, menos sometidas a las pasiones materiales, más interesadas en las consecuencias morales de sus actos y en el cultivo de virtudes como la bondad, la honestidad y la belleza.

Esa forma de educación supone cultivar entre los estudiantes una inteligencia que expanda su potencial de aprendizaje, que utilice la tecnología a su disposición como un medio y no como un fin en sí mismo, que sea capaz de examinar la complejidad de la realidad de una manera sistémica y que no sucumba frente a los riesgos esterilizadores de la hiper-especialización. Esto impedirá que el ‘despotismo tecnocrático o comercial’ reduzca a los individuos a llevar la vida del hormiguero, empobrecida en cuanto a la obtención de conocimientos más amplios, alienada de su sentido más permanente, mecanizada en sus aprendizajes y deshumanizada en sus búsquedas espirituales. La historia está llena de ejemplos acerca de cómo la acumulación de poder en manos de quienes se consideran expertos ha conducido a que se vuelvan relativamente inmunes al control democrático.

Universidad en la mira

Diversos autores proponen que solo a través del cultivo de la propia humanidad, el pensamiento crítico, el asumir los sentimientos de vulnerabilidad y de finitud, se desarrollarían las virtudes que cimienten instituciones democráticas, con ciudadanos moralmente equilibrados.

Autores como Martha Nussbaum, Edgard Morin y Howard Gardner han escrito obras específicamente dedicadas a pensar acerca del tipo de educación que será necesario desarrollar en los sistemas de educación superior contemporáneos, si queremos fortalecer nuestros sistemas democráticos. Su denominador común está asociado a la idea de que es necesario impulsar un pensamiento crítico entre los estudiantes, uno que no se someta al poder avasallador de la autoridad y a un seguimiento ciego de la tradición. Desde su perspectiva, solo a través del cultivo de nuestra propia humanidad, de desarrollar hábitos mentales críticos, de hacernos cargo de nuestros sentimientos de vulnerabilidad y de finitud, se podrán desarrollar las virtudes que sean el cimiento de instituciones democráticas cuya defensa estará a cargo de ciudadanos moralmente equilibrados.

¿Qué y cómo ha cambiado lo que los profesores enseñamos? ¿Qué y cómo ha cambiado lo que los estudiantes aprenden? ¿Es posible desactivar las comprensibles resistencias y el conservadurismo de las disciplinas para innovar la manera en que son transmitidos sus contenidos? ¿Cuáles deberían ser las características más importantes de una pedagogía dirigida a estimular la comprensión razonada de las incertidumbres que genera la producción continua de conocimiento? ¿Es irresoluble la tensión que se genera entre una educación especializada y otra más general?; es decir ¿entre la educación vocacional orientada a lo práctico y la liberal más interesada en la argumentación, el cultivo de la imaginación y el desarrollo del pensamiento crítico? ¿Cómo estimular en los jóvenes el interés y la pasión por comprender los procesos mentales que organizan nuestro pensamiento, el efecto inmensamente liberador que produce el conocimiento, esa ‘aventura de las ideas’ a la que hacía referencia el matemático y filósofo inglés Alfred N. Whitehead? ¿Las respuestas a las preguntas anteriores deberían estar determinadas por las demandas económicas exteriores a la universidad o por la originalidad, curiosidad y el desarrollo interno de las distintas disciplinas que la conforman? Se trata de asuntos frente a los cuales es ineludible ensayar respuestas que rompan con la inercia que parece aprisionar a las instituciones de educación superior en la actualidad.

Invierno 2018


Felipe Portocarrero Suárez

Profesor principal y jefe del Departamento Académico de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad del Pacífico




Becas para la educación superior: avances y tensiones en equidad educativa

Beca 18 los primeros graduados - Becas educaciónDesde su creación el año 2012, el Programa Nacional de Becas y Crédito Educativo del Ministerio de Educación (PRONABEC) implementa un conjunto de modalidades de asignación de becas orientadas a promover el acceso, permanencia y culminación de estudios superiores de jóvenes con talento en situación de pobreza y pobreza extrema. Las becas integrales cubren los costos académicos y un estipendio al estudiante a lo largo de los años de estudios, una vez que logró el ingreso a la institución educativa. Los estudios pueden ser de pregrado, para estudios de una carrera universitaria o técnica en el Perú, o de posgrado en instituciones del extranjero.

Las diferentes modalidades de becas que implementa el programa se organizan en dos grandes categorías: Becas de Inclusión Social y Becas de Capital Humano; las primeras se orientan a jóvenes en situación de pobreza o vulnerabilidad (Beca 18, Reparación por Educación REPARED, Beca VRAEM, Comunidades Nativas, Beca Huallaga, Beca FFAA, Beca Albergue); las segundas son becas para estudios de pregrado específicas (Beca Excelencia Académica y Beca Vocación de Maestro), becas de posgrado en universidades del extranjero en el marco de las políticas de Investigación y Desarrollo del país (Beca Presidente de la República, Beca Técnico Productiva, Beca APROLAB II, Beca Alianza Pacífico y otras becas menores), becas específicas para docentes (Beca de Especialización Docente y Beca de Posgrado Docente). Posteriormente se agregaron un conjunto de becas para estudio de idiomas, para quienes no concluyeron estudios secundarios (Beca Doble Oportunidad), para estudiantes con alto rendimiento académico e insuficientes recursos económicos (Beca Permanencia) y otras modalidades especiales. En el conjunto, el PRONABEC entregó más 69 mil becas en el periodo 2012 a 2015[1].

La modalidad más importante del PRONABEC, por el número de becas entregadas, es el Programa Nacional BECA 18: aproximadamente 45 mil becas hasta el año 2015, lo que representa el 65% del total de asignaciones del programa. Entonces, lo primero a destacar es que, a la fecha, siguiendo la progresión, al menos 50 mil jóvenes -hombres (55%) y mujeres (45%), la gran mayoría de origen indígena que proviene de zonas rurales y migra a Lima para estudiar-, han accedido a estudios superiores gracias a una beca integral que les habría permitido al menos tres cosas muy importantes. Primero, eliminar el tiempo de espera entre el término de los estudios secundarios y el inicio de estudios de una carrera; en ese tiempo de espera se pierden oportunidades de proseguir estudios por la inserción en el mercado laboral o la maternidad, en el caso de las mujeres. Segundo, tener más y mejores opciones para realizar estudios superiores, técnicos o universitarios, en instituciones de mayor prestigio y mejor infraestructura que las que suelen tener las universidades e institutos públicos de las regiones de procedencia de los y las becarias. Tercero, tener la posibilidad de dedicarse exclusivamente a estudiar y poder culminar en el tiempo previsto.

Generalmente, un joven con el perfil socioeconómico del becario del programa sólo puede aspirar a la universidad pública de su región, enfrentando los altos costos de las barreras del ingreso (academia preuniversitaria); ello debido a la fuerte competencia, dada la alta demanda y pocas vacantes disponibles. Todo esto fruto del abandono de décadas de la universidad pública por parte del Estado, el mismo abandono que se refleja en la falta de inversión en equipos, bibliotecas e infraestructura en general. Ese mismo joven tiene, por lo general, que combinar estudios y trabajo -la universidad pública no es totalmente gratuita y él o ella son parte de la economía familiar desde la infancia-, y alargar el periodo de estudios. La implementación, por las instituciones educativas, de exámenes de admisión gratuitos y descentralizados en las regiones, facilitó la postulación y bajó considerablemente los costos para las familias.

Lo segundo a destacar es el avance en equidad de género, el que guarda relación con la tendencia general observada en el país y en otros países de la región, la “feminización de la educación superior”. En efecto, en un artículo anterior publicado en esta misma revista[2], destacaba el incremento de la participación femenina en BECA 18: de 27% en el primer año del programa (2012) a 45% en el 2015[3]; en 2017 esta participación se habría elevado significativamente[4], en lo que habría contribuido la descentralización de la aplicación de las pruebas de ingreso entre otros factores.

Sin embargo, no disponemos de información actualizada que nos indique si, como fue identificado anteriormente, la mayoría de las mujeres becarias permanece en la región de origen para proseguir estudios superiores frente a los hombres que, en su mayoría, migran a Lima, en donde se concentra la oferta educativa de mejor calidad. Esto indicaría la generación de una inequidad que merece la atención de las instituciones encargadas de la implementación del programa y de la ciudadanía. El fenómeno es complejo; si de un lado puede ser beneficioso para las jóvenes optar por una universidad en su región y no tener que alejarse de su red familiar, de otro lado podrían estar optando por credenciales educativas obtenidas en universidades menos valoradas por el mercado laboral.

Uno de los aspectos críticos del Programa BECA 18 es la heterogeneidad de instituciones de educación superior que participan como receptoras directas del financiamiento de la matrícula y los costes académicos por becario. Las universidades e institutos técnicos de gestión privada, con y sin fines de lucro, forman la mayor parte de las instituciones educativas participantes y son las que acogen el mayor número de becarios. Los niveles de calidad de esta oferta educativa son muy variados -exigencia, infraestructura, equipos y capital físico, calidad de docentes-, así como su nivel de empleabilidad. Es preciso que el Programa BECA 18 fortalezca los criterios y el procedimiento de selección de las instituciones participantes.

Una dimensión que se evidenció como problemática desde el inicio de la implementación del programa, y que no ha recibido la atención necesaria ni adecuada por parte del Estado ni de las universidades, es la dimensión emocional y afectiva de los y las estudiantes. De manera particular en el caso de las mujeres, pero no sólo de ellas, la lejanía de la familia por largos periodos y la ausencia de una red de apoyo son factores fundamentales de riesgo de abandono y/o fracaso académico (perder un curso por notas), como lo comprueba la literatura internacional; esto es particularmente importante en el primer semestre y hasta el primer año de estudios. Los niveles de abandono y/o fracaso -que no son más altos en la población de estudiantes becarios que en los otros estudiantes-, se relacionan con factores de orden afectivo-emocional que repercuten en el rendimiento académico. Las razones de salida del sistema, de otro lado, obedecen a que los costos de llevar un curso en segunda matrícula deberán ser asumidos por la familia, que es de escasos recursos, sin dejar de anotar que el becario debe mantener un promedio de notas para renovar la beca. La importancia de esta dimensión en el logro de los objetivos de los becarios, y por tanto del programa, ha sido abordada en estudios y evaluaciones de programas de acción afirmativa implementados décadas atrás en universidades públicas en el país[5]; lamentablemente las lecciones aprendidas no parecen haber sido tomadas en cuenta.

Crece Beca 18 - Becas educación

BECA 18 ha sido muy exigente en las condiciones impuestas a los becarios, como la prohibición de viajar a su lugar de origen en vacaciones o la de compartir vivienda, pudiendo afectar esto su ánimo y desempeño universitario.

Los estudios y evaluaciones de programas previos, antes mencionados, también identificaron que la discriminación en las universidades constituyó la experiencia de los becarios de dichos programas. Un estudio de cómo se generan y operan el estereotipo y el prejuicio sobre los becarios de BECA 18 en las comunidades universitarias[6] nos permite comprender las bases de las conductas discriminatorias y racistas hacia los becarios. Su atención, tanto por el Estado como por las universidades, co-responsables de la implementación del programa, es absolutamente imprescindible.

Una característica del programa BECA 18 es su rigidez desde la perspectiva de las exigencias y condiciones impuestas a los becarios. La marcación diaria del ingreso y salida del campus en el “huellero” (además de la marcación de la asistencia a clase), la rendición frecuente de informes de gasto del estipendio mensual, la prohibición de viajar a su lugar de origen en vacaciones (por temor a que “no regresen”), de compartir vivienda (“porque se van a distraer”), así como de cambiar de carrera al inicio de los estudios (aunque cualquier otro estudiante puede hacer esto en cualquier momento) entre otros mecanismos de vigilancia, parecen poner en evidencia la sospecha permanente sobre la capacidad del becario para tomar decisiones razonables. Entre la realidad que se impone con las prácticas de los becarios, asumiendo sus márgenes de libertad, y el programa que flexibiliza algunas normas, parece que se han operado mejoras en este sentido, como la eliminación del “huellero”; compartir la vivienda no sólo permite a los becarios ahorrar sino, algo tan sustantivo como compañía y una red de protección.

BECA 18 tendrá sus primeros egresados este 2018. Las trayectorias educativas de estos estudiantes merecen la atención debida; ellos y ellas han enfrentado una serie de obstáculos y barreras que supieron encarar, desarrollando una serie de estrategias para adaptarse a la vida universitaria. El ciclo debe cerrarse con la obtención de las correspondientes credenciales, académica y profesional; estas los habilitará para una inserción en el mercado laboral que reconozca y valore el esfuerzo desplegado. En ello tiene una responsabilidad la sociedad, en particular las empresas e instituciones, en la generación de empleo adecuado.

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[1] MINISTERIO DE EDUCACIÓN DEL PERÚ. Memoria Institucional 2012 al 2015 del Programa Nacional de Becas y Crédito Educativo. Lima: Ministerio de Educación, (s/f), p. 49
[2] RODRÍGUEZ, Yolanda. “A propósito de BECA18”. Intercambio. Lima, Nº 30. 2015, pp. 7-10 (http://intercambio.pe/a-proposito-de-beca-18/)
[3] MINISTERIO DE EDUCACIÓN DEL PERÚ, óp. cit., p. 58
[4] El Comercio on line del 8/03/2017, “Seis de cada diez becarias del Pronabec son mujeres.” Recuperado de https://elcomercio.pe/economia/negocios/seis-diez-becarias-pronabec-son-mujeres-143606
[5] SANBORN, Cynthia y Alonso ARRIETA. Universidad y acción afirmativa: balance y agenda pendiente. Lima: Universidad del Pacífico, 2011
[6] RODRIGUEZ, Yolanda y Sandra AZAÑEDO. “Avances y tensiones en la promoción de la equidad en la educación superior en Perú”. En XXXI Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología, ALAS. 2017. http://alas2017.easyplanners.info/opc/tl/0821_yolanda_rodriguez.pdf

Invierno 2018


Yolanda Rodríguez González

Socióloga, Doctora en Educación, Maestra en Ciencias Políticas, con estudios de post graduación en Políticas Educativas. Profesora del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la PUCP.




Alfabetización digital y medios sociales

Redes sociales bajo la lupaTras el escándalo Cambridge Analytica[1] resulta evidente que la actitud frente a los medios digitales, las “redes” o medios sociales, y la manera como vivimos nuestra vida digital, requiere una evaluación crítica. Indiscutiblemente, parte de la vida diaria de muchas personas (pasar tiempo usando medios como Facebook o Instagram) resulta en riesgos y transformaciones significativas que no solemos considerar como tema de discusión, y menos como un asunto que requiere formación. Elaborar estos asuntos puede permitir un avance en esa dirección.

Primero, el caso Cambridge Analytica (CA) muestra tanto el enorme poder de empresas como Facebook, como su tremenda fragilidad. Los miles de millones de usuarios de esta red generamos cantidades ingentes de datos a cada momento; estos datos son usados por Facebook como base de un negocio altamente rentable: agregar información que sirve para construir publicidad y servicios altamente precisos, dirigidos exactamente a las personas que le interesan a los anunciantes y proveedores. Basta que Facebook tenga la información personal de cada usuario para que sea posible que aparezcan anuncios respecto a actividades que ni siquiera se han realizado en la red, sino durante el tiempo que la hemos tenido abierta mientras hacíamos otra cosa. La publicidad es muy pertinente, y por ello, atractiva.

El costo de recibir esta publicidad a cambio de un servicio gratuito y conveniente -como Facebook- es entregar el control de nuestra actividad digital y, a la larga, de nuestra privacidad a una empresa que vive de vender nuestra información. ¿Qué información? Revise este artículo del New York Times[2], que describe al detalle lo que Facebook extrae de nuestra actividad cotidiana, para que estime el costo que pagamos por la conveniencia de nuestro entretenimiento y comunicación.

No es solo Facebook: Google guarda también mucha información de cada acto que realizamos a través de sus muchos servicios; otras empresas como Spotify o Uber lo hacen con los aspectos respectivos a su actividad. Así es: el modelo de negocios se basa en esa cesión de información, y descansa en nuestra complacencia o disposición a hacerlo.

La situación se vuelve más compleja cuando una empresa permite que terceros extraigan información, como fue el caso CA. A través de una aplicación sencilla, CA logró conseguir información de muchas personas; usando herramientas desarrolladas por Facebook, a disposición de los anunciantes y sus aliados programadores, se logró extraer información de los contactos de las personas que inicialmente habían sido objeto de extracción. El resultado fue información de 87 millones de personas, la que fue usada con fines políticos, para apoyar la elección de Donald Trump: a los que podían simpatizar con ese candidato, se les ofrecía información favorable, mientras que aquellos que no simpatizaban o podían hacerlo, se les daba información que generara dudas o resistencia sobre la otra candidata, Hillary Clinton.

La herramienta usada fue una encuesta, una de esas que muchas veces aparecen en el muro de Facebook, y que parece inofensiva o apenas un juego banal: preguntando algo ligero, o directamente humorístico, pero solicitando acceso a los datos personales del que responde. Muchos ni siquiera fueron conscientes de lo que hacían, y otros simplemente aceptaron por no tener presente el riesgo que implicaba.

Sin embargo, esto no fue un “hackeo”, es decir un ingreso ilegal, no autorizado, a los servicios de Facebook: fue complemente legal, hecho usando herramientas y funciones que Facebook pone a disposición de cualquier desarrollador; es decir, de cualquier experto en crear aplicaciones y servicios dentro de Facebook. La enorme cantidad de datos disponibles permitió extraer mucha información y darle un uso, cuando menos, discutible desde un punto de vista ético. Pero no fue hecho con herramientas ilegales o informales.

Ahí reside la parte más importante de la conversación: nada de lo que ha pasado es formalmente incorrecto, sino apenas, quizá, un abuso de confianza de parte de Facebook. Todo lo que pasó era posible gracias a las reglas que Facebook ha diseñado y puesto a disposición del público por años, y si bien los aspectos más técnicos y relacionados con los desarrolladores son algo opacos y difíciles de entender para el consumidor en general, no es que sean mucho más complejos que las condiciones de una tarjeta de crédito o de un contrato de telefonía móvil.

La pregunta obvia es qué tanto los consumidores somos capaces de entender estas cosas y, sobre todo, de reconocer los riesgos de nuestras decisiones y actividades en espacios como Facebook. Si bien el grueso de las interacciones no es peligroso, en el sentido convencional del término, sí implican consecuencias complejas y, por lo general, indeseables.

Usar los medios digitales, sean cualesquiera que sean, es una transacción singular. No se trata de servicios malignos, pero sí son empresas inmensas que existen para generar ganancias para sus accionistas. Todos los actos están orientados a la ganancia, y sin importar el grado de seriedad y responsabilidad con el que actúen, habrá momentos en que tengan que priorizar el modelo de negocios frente al bienestar de los consumidores. Además, al ser empresas transnacionales, pero que se relacionan directamente con el consumidor de cada país, sin intermediarios locales, la posibilidad real de recurrir a instancias legales locales es baja. El Estado Peruano tiene poca capacidad efectiva para influenciar el curso de las acciones de estas empresas, y aunque puede multarlas o sancionarlas, o quizá incluso expulsarlas, la retribución para el usuario local afectado será mínima, si llega a existir.

Ante los medios digitales se necesita considerar dos cuestiones: la ingenuidad de los adultos y la naturalidad de los jóvenes. Los primeros no usan de manera crítica los medios porque no tienen el tiempo o la disposición para hacerlo, porque el entorno les ofrece consejos y prácticas que no son muy sofisticadas, o porque replican las prácticas de comunicación más convencionales, adquiridas en otros contextos, sin darse cuenta de la diferencia. Los jóvenes asumen que los medios digitales son su espacio natural, y aceptan las sugerencias implícitas de cómo comportarse y cómo relacionarse con otros que los medios les hacen, puesto que estas sugerencias son acogidas en momentos en que no se cuenta con visiones alternativas o críticas de la vida social. Aunque el resultado es el mismo, las fuentes de los malos hábitos son distintas; pero la ausencia de visiones criticas produce que ambos grupos, adultos y jóvenes, no cuenten con las herramientas comunicativas que les permita saber en qué se están metiendo y qué deben evitar hacer, no porque no sea conveniente o entretenido, sino porque tiene consecuencias de largo plazo.

A un nivel práctico, hay varias acciones que se pueden tomar. Hay que poner lo menos posible de información personal; ciertamente, evitar enunciar en la sección “familia” a familiares o amigos cercanos, puesto que esta información no es relevante sino como forma de conectar a la gente con fines de marketing. Tampoco es bueno poner mayor mención de asuntos personales, como viajes, visitas, check-ins, compras; en todo caso, se puede hacer luego del hecho, y evitando identificar claramente los lugares visitados para que los medios no rastreen nuestra actividad.

Es sano diversificar: usar medios distintos para distintos propósitos (WhatsApp es mejor que Facebook Messenger por razones técnicas), poner fotos en Instagram pero no en Facebook, no usar servicios de música o video en un solo sitio (como en FB o Google) sino en otros (Spotify, Amazon). Al mismo tiempo, no se debe hacer clic en publicidad, nunca; y por ello tampoco se debe contestar encuestas o usar juegos o cualquier cosa que parezca inofensiva pero que requiera “dar acceso a todo tu perfil”, que fue el método usado por CA.

No es difícil controlar el muro: nada de etiquetas sin permiso y nada de muros libres para que cualquier pueda poner algo sin autorización; esto se bloquea con facilidad usando los controles de privacidad disponibles en la parte superior de la página de Facebook. Todo lo que parezca sospechoso, todo lo que provenga de sitios o páginas que no reconocemos, o que no nos son familiares, debe ser evitado; no debemos colocar en nuestros muros información o enlaces que no sean realmente confiables, y esto implica evitar noticias de apariencia oficial pero que en realidad provienen de sitios con mucha publicidad o con enlaces que se abren automáticamente. Todas esas son formas de intentar capturar nuestra información.

Pero la medida más crítica es no aceptar amigos que no son claramente reconocibles; en muchos casos, se trata de bots; es decir, de software que automáticamente busca gente que tiene perfiles de ciertas características y trata de convencerte que le dejes acceder a tus datos como “amigo”. A veces aparecen pedidos de alguien que ya se tiene como amigo: esto suele ser un intento de conseguir información. Lo llamamos “hackeo”, pero es apenas un engaño.Acciones a realizar

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[1] En marzo, la empresa consultora fue acusada de adquirir, de forma indebida, información de millones de usuarios de Facebook para manipular psicológicamente a los votantes en las elecciones de EEUU de 2016. [N. del E.]

[2] www.nytimes.com/es/2018/04/12/facebook-index-informacion/?rref=collection%2Fsectioncollection%2Fnyt-es&action=click&contentCollection=brian-x-chen&region=stream&module=stream_unit&version=latest&contentPlacement=1&pgtype=undefined

Invierno 2018


Eduardo Villanueva-Mansilla

Profesor asociado del departamento de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Sus temas: nuevos medios, vida digital, informática comunitaria, aplicaciones y usos sociales de la tecnología de información y comunicación; derechos digitales.