Efectos de la migración venezolana

Efectos migración venezolanaSin lugar a dudas la migración venezolana ha generado todo tipo de comentarios, algunos a favor y otros en contra; lo que tienen en común la mayoría de ellos es la ausencia de datos que los respalden. Seamos concretos: el problema que muchos aducen es que le quita el trabajo a un peruano. ¿Qué tan cierto es? Este artículo tiene como objetivo realizar un análisis lo más neutro posible con la información disponible.

En primer lugar, la población económicamente activa (PEA) en el Perú está compuesta por cerca de 17 millones de personas. De ellas, cerca del 45% está subempleada, 6% desempleada y 49% tiene empleos adecuados. El subempleo tiene dos acepciones, pero la mayoría de subempleados son aquellos que tienen un empleo, pero el ingreso que obtienen no les permite satisfacer un conjunto de necesidades establecidas en una canasta de referencia. Perú tiene un problema de bajos ingresos asociados a los empleos existentes; y ello, es consecuencia de la baja productividad de aquellos empleos.

En segundo lugar, y hasta la fecha, el número de venezolanos que ha ingresado al Perú bordea los 400,000. De ese total, solo 6 mil, es decir, el 0.2% de la PEA, ha logrado un empleo formal, por lo que el efecto sobre el sector formal es casi nulo.

En tercer lugar, del resto (394 mil), más del 70% se encuentra en el sector informal y, de ellos, la gran mayoría se ha creado su propio empleo, sea vendiendo alimentos o cualquier actividad similar; está claro que este grupo no ha desplazado a ningún peruano en su trabajo. El 30% restante no encuentra empleo, ubicándose en la categoría de desempleado.

En cuarto lugar, el 50% de los migrantes tiene estudios universitarios, por lo que a largo plazo mejorará el nivel de capacitación de la fuerza laboral, sin que el Perú haya invertido un sol en su capacitación.

En quinto lugar, los 400 mil tienen que vivir y para ello tienen que gastar, cada uno de acuerdo con sus posibilidades. El gasto de uno es ingreso de otro. Si un migrante gasta 10 soles en comprar alimentos, pues ello significa ingreso para las empresas que venden alimentos, y así sucesivamente. La mayor demanda incentiva la producción de bienes y servicios que compra la población migrante. Las remesas todavía son enviadas solo por el 30% de los venezolanos, pues el resto recién se está estableciendo.

En sexto lugar, la mayoría de venezolanos se encuentra en los sectores comercio y servicios, y son parte del sector informal.

Note el lector que ninguno de estos argumentos se refiere a lo más importante: es una crisis humanitaria, en la que los venezolanos huyen debido a la fenomenal crisis económica y social de su país; de otro modo no hubieran venido. La escasez de alimentos, medicinas y la desaparición de las libertades civiles generan una combinación en la que solo queda huir.

Esto no quita que haya ciertos efectos negativos que, aunque menores, generan toda una ola de opinión contraria. Parece que nos olvidamos que existen más de 3 millones de peruanos fuera que salieron por razones más o menos parecidas. Lo que impacta es el poco tiempo (más o menos 6 meses) en que se ha producido el ingreso de venezolanos. Sin embargo, los comentarios, sin datos, no tienen ningún respaldo más allá de la evidencia anecdótica.

Aun así, ¿qué se puede hacer? Una opción es ubicarlos en aquellas zonas del país que requieran personas con la preparación que tienen. Nos faltan profesores y médicos en lugares alejados; si orientamos ahí a los migrantes, todos ganamos, pues un buen profesional encuentra un empleo adecuado que beneficia a las poblaciones locales.migración venezolana

Verano 2018-2019


Carlos Parodi Trece

Profesor – Investigador de la Universidad del Pacífico. Departamento académico de Economía y Centro de Investigación (CIUP).




Perú, de emisor a receptor de migrantes

Perú ha recibido diversos migrantes en los últimos añosLa sociedad peruana está atravesada y configurada por el fenómeno de las migraciones. ¿Cuántas de las personas residentes en Lima no tienen un familiar cercano, originario de otra provincia de Perú?, o ¿cuántas de ellas no tienen relación con alguien que está viviendo en el extranjero?, y ¿cuántas personas de provincia conocen a alguien que haya salido a otros lugares en busca de una vida mejor? Muy pocas personas en Perú no han vivido, de una manera u otra, la migración de cerca.

Pero también es cierto que las migraciones son un fenómeno sumamente cambiante. Así, hemos visto en nuestro país cómo hace unas décadas lo fundamental era la migración interna, que tenía su origen sobre todo en el campo, en la sierra, y cuyo destino eran las ciudades, especialmente la capital.  Posteriormente, en los últimos años del siglo pasado y el comienzo de este, vivimos un proceso de emigración muy fuerte. Las personas, por la situación que el país vivía en ese momento, veían necesario salir del Perú para progresar y, por ello, emprendían su viaje hacia otros países buscando un futuro mejor. En los últimos años, debido al crecimiento económico que ha experimentado el país, y los procesos de integración regional, hay una tendencia a configurarnos también como país de acogida y de tránsito para ciudadanos extranjeros.

Además, dentro de este proceso de convertirnos en un país donde residen cada vez más personas provenientes de otros países, también se han vivido diversas facetas. La primera se produjo con la crisis económica internacional de 2008. Durante esa etapa se trasladaron a residir a Perú fundamentalmente personas originarias de España y Colombia. Ambos países cuentan con facilidades para el acceso a la documentación requerida para la residencia y trabajo; en el caso de España, por el Tratado de doble nacionalidad; y en el caso de Colombia, por ser parte de la Comunidad Andina. Entre estas personas había un gran número de profesionales que fueron insertándose poco a poco en el mundo laboral.

Igualmente, durante estos años, vivimos un flujo importante de personas haitianas que transitaban por el país en dirección a Brasil, provocado especialmente por el terrible terremoto que vivieron el 12 de enero del año 2010. Ante el aumento del número de haitianos ingresantes, en el año 2012 se determinó la obligatoriedad de la visa para el ingreso al país. Esto tuvo como consecuencia un agravamiento de la vulnerabilidad en la que estas personas se encontraban al realizar su viaje para atravesar Perú.

Motivos de los migrantes para iniciar viajeEstos primeros flujos pusieron en alerta al Estado sobre el hecho de que las instituciones y la normativa no estaban adaptadas para recibir extranjeros, provocando que se comenzaran a tomar las primeras acciones para abordar este tema dentro de la política pública. Así, ya en el año 2011, se creó la Mesa Intersectorial para la Gestión de las Migraciones, que depende del Ministerio de Relaciones Exteriores y agrupa a diversos sectores del Ejecutivo, y en la que también participa la sociedad civil. Se comenzó también a ver la necesidad de modificar la entonces vigente Ley de Extranjería, que era del año 1991 y que aún no contaba con reglamento.

Sin embargo, como ocurre en muchas ocasiones, en especial en relación a las migraciones, la realidad se adelantó a los cambios. Así, a partir del 2015 y, fundamentalmente, del 2016 comenzó a aumentar la llegada de personas provenientes de Venezuela que se veían obligadas a salir por la crisis que vivía dicho país. Por ello, a inicios del 2017 el Estado creo el Permiso Temporal de Permanencia, para permitir su regularización. Este mecanismo fue aplaudido por instituciones supranacionales que lo valoraron muy positivamente.

Actualmente, según datos de Migraciones, aproximadamente 353 mil venezolanos se encontrarían en Perú. De ellos, a junio de 2018, casi 52 mil cuentan con el Permiso Temporal de Permanencia (PTP) (15%) y 13 mil cuentan con calidad migratoria de Ciudadano Residente (3,8%). Además, según la Comisión Especial para Refugiados, hasta junio del 2018, casi 12 mil personas venezolanas habían solicitado asilo[1]. Estos números han hecho que el sistema se colapse y, a pesar de los esfuerzos de las diversas instituciones por mejorar e implementar nuevas iniciativas que mejoren la respuesta, los plazos para conseguir la documentación se han ampliado mucho, generando mayores situaciones de vulnerabilidad.

En lo referente al perfil de la población venezolana residente en el país, tal y como refiere la OIM[2], el 65% cuenta con un nivel educativo superior, ya sea completo o incompleto, y dentro de ellos casi el 50% ha concluido estudios universitarios. Por lo tanto, se trata que en un alto porcentaje son profesionales, sin embargo, no pueden o tienen grandes dificultades para acceder a puestos acordes con dichas calificaciones.

Además, de las personas encuestadas en Lima Metropolitana para el mencionado estudio de la OIM, el 66% envían remesas a sus familiares y/o conocidos en Venezuela. Es decir, son personas que trabajan, en parte, para ayudar a solventar las necesidades de sus familiares que no han abandonado su país de origen. Este hecho les hace permanecer atentos a todo aquello que suceda en dicho territorio.

En cuanto a su barrio de residencia en Lima, de los encuestados, donde mayor número se agrupan son en los distritos de Los Olivos (11%), San Martín de Porres (9%), La Victoria (9%) Santiago de Surco (6%) y San Juan de Miraflores (5%).

Ahora, sí se puede afirmar que el número ascendente de personas venezolanas residiendo y trabajando entre nosotros nos ha hecho más conscientes de la necesidad de cambios estructurales para que las instituciones, tanto públicas como privadas, puedan atender las necesidades de dicha población. Por ejemplo, si bien el Reglamento de la Ley de Migraciones establece que el Ministerio de Salud tiene que hacer las gestiones necesarias para que las personas extranjeras, tanto en situación administrativa regular como irregular, tengan acceso al derecho a la salud, hoy en día, las personas venezolanas que cuentan con el PTP no pueden inscribirse al Seguro Integral de Salud ya que es necesario contar con un Carnet de Extranjería. El PTP no es suficiente. Y situaciones similares se repiten en diversos ámbitos de la vida cotidiana de las personas extranjeras.

Además, vemos cómo se están incrementado las noticias que intentan promover el racismo y la xenofobia ante estas personas. Por ejemplo, cuando alguna persona de origen venezolano ha cometido algún delito, los periódicos resaltan su nacionalidad. Igualmente se va promoviendo la idea de que estas personas están copando el mercado de trabajo.

En este sentido es importante y necesario resaltar algunas cifras y compararlas con nuestros países vecinos. Actualmente, según los datos que se poseen, los extranjeros en Perú suponen, aproximadamente el 1,5% de la población en el país, mientras que en Chile son el 4,3% y en Argentina 7,8%. Por lo tanto, aún estamos muy lejos de alcanzar a algunos de nuestros países vecinos donde, además, nuestros connacionales residen.

En cuanto a la población trabajadora que se encuentra en planilla en el sector privado, a junio de 2018 los extranjeros suponen solamente el 0,7%. Este dato permite realizar dos afirmaciones. Por un lado, en cuanto al trabajo formal, aún hay un número muy escaso de personas extranjeras trabajadoras y, por otro, se intuye que, al igual que la población nacional, están insertándose en el sector informal de trabajo, sector donde el riesgo de la vulneración de derechos es mucho mayor.

Por lo tanto, frente a los rumores y las noticias tendenciosas que se van produciendo, es necesario promover investigaciones rigurosas y análisis de datos existentes que nos permitan desmontarlas. Esto con el fin de promover procesos de integración social positivos que permitan ir creando un país que, siendo aún más diverso, tenga una convivencia pacífica y sea cada vez más incluyente. Ojalá seamos capaces de mantener este espíritu de acogida que se ha vivido en el Perú frente a la llegada de venezolanos. Es importante lograr que, tanto la sociedad como el Estado, traten a los extranjeros que residen en Perú de la misma manera que nos gustaría que tratasen a nuestros connacionales que fueron a otros países buscando una vida mejor.Migrantes venezolanos en el mundo

—————————-

[1] OIM (2018) Matriz de Seguimiento del Desplazamiento OIM PERÚ. Julio 2018, en https://reliefweb.int/sites/reliefweb.int/files/resources/DTM_R3_FlowMonitoring_OIMPeru.pdf
[2] Ibidem.

Primavera 2018


Isabel Berganza Setién

Decana de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Directora de la Escuela Profesional de Derecho. Abogada y Socióloga por la Universidad de Deusto (España). Doctora por la Universidad del País Vasco (España).




La riqueza de la diversidad, ¿podremos vivir juntos?

Riqueza en la diversidadLa vida está llena de encuentros que nos configuran como personas. De hecho, es frente a lo diverso como vamos construyendo nuestra propia identidad personal. Una de las grandes riquezas que vivimos en nuestro mundo es la diversidad. Una gran variedad de culturas, de acentos, de religiones, de alimentos, de interpretaciones de la realidad, etc. Una diversidad que a su vez plantea un reto a la convivencia, a la creación de identidad y a la construcción de una ciudadanía plural y abierta.

Ante la pregunta, ¿podremos vivir juntos?, en muchas ocasiones nos movemos entre dos extremos. Los que ven en lo diverso una amenaza, y la única solución para la convivencia en un refuerzo de la identidad nacional y de las fronteras; y aquellos que descubren en la diversidad una oportunidad para nuestras sociedades plurales, en las cuales el acento se centra en la acogida y la integración, sentando las bases de una verdadera cohesión social.

Hoy en día, este debate está a flor de piel en muchos rincones de nuestro planeta. Las deportaciones en Estados Unidos y la construcción del muro que -según Trump- costearán los mexicanos, atentados de grupos extremistas en diversas partes del mundo, la presión de refugiados y migrantes en la frontera sur de Europa, la guerra en Siria, el éxodo del pueblo venezolano huyendo del hambre y de una ausencia de horizonte vital, los conflictos en diversos barrios con alto grado de diversidad cultural de las grandes urbes del mundo, los continuos asesinatos de periodistas o políticos que defiende el Estado de derecho y denuncian las injusticias, las maras y la violencia generalizada entre algunos colectivos… todas parecen señales de que no podemos vivir juntos. Y, escudados en estas señales, sembramos de miedo y de odio nuestros contextos más cercanos, jugando el mismo juego de la violencia y de cerrar filas, en lugar de preguntarnos por las causas, intentando revertirlas.

De este modo, generamos mecanismos de exclusión que asocian al pobre, al extranjero, al que es distinto a mí, como el terrorista o violento; en el fondo abriendo una brecha cada vez más acuciada entre ricos y pobres, entre “legales e ilegales”, y así un largo etcétera. Todo para perpetuar un sistema que mantiene a un estrato social cada vez más pequeño, controlando el poder económico, político y de manejo de la información, entre otros.

Pero, aunque no salgan en los titulares de los periódicos, hay personas que han revertido esta manera de comprender el mundo y la vida: Jesús, Gandhi, Mandela, Luther King, Romero, Madre Teresa… Personas que no buscan la fuerza y la violencia como el camino a seguir en contraposición al miedo y el odio, que descubrieron en el encuentro, en la integración, en la construcción de puentes y de vínculos, en el amor, un camino sólido para la convivencia social, para la gestión de la diversidad y para el desarrollo de la humanidad.

En nuestro mundo hay muchos signos de esperanza, muchos más que de odio y violencia. Millones de padres y madres se levantan cada día buscando un futuro mejor para los suyos, millones de profesores, de educadores, buscan cómo generar una cultura crítica de la vida y de la realidad en sus alumnos, educando en el respeto y la diversidad, millones de médicos, policías, basureros, bomberos… intentan hacer de las ciudades, de los pueblos, espacios sanos, limpios, seguros donde convivir, encontrarnos y jugar en nuestras plazas… Millones de líderes políticos, religiosos, comunitarios, que se desviven por sus comunidades y feligreses, sumando en la arena pública, soñando y generando las bases de una ciudadanía inclusiva y de sociedades solidarias, donde se respire paz.

El miedo ante lo nuevo es algo que no podemos controlar. Podemos decir que es lícito sentir temor cuando salimos de nuestra zona de confort, cuando abrimos nuestro campo de acción, cuando gestionamos otras ideas, cuando compartimos con otros un mismo espacio, etc. Ante esa ansiedad, existen tendencias que buscan simplificar, caminando hacia un horizonte homogéneo y unidimensional. Miran sobre todo el corto plazo y una respuesta “fácil”. Pero nos vamos dando cuenta que si construir muros, además de simplificar nuestra vida, ayudara a crecer como sociedad, este elemento sería la solución definitiva a la convivencia. Sin embargo, en la actualidad, esta solución cortoplacista “rompe aguas” por todos lados. Lo queramos o no, la diversidad es algo constitutivo de nuestra existencia.

Y ante estas situaciones alimentamos discursos que, además de ser falsos, minan nuestra propia estructura social y la convivencia. Se escucha: “los inmigrantes vienen a invadirnos y a quedarse con nuestro trabajo”, “colapsan nuestro sistema de salud y educación”, “son la causa de la conflictividad social en nuestros barrios”, “son un gasto que va a arruinar nuestro país”. Estos son algunos de los discursos que venimos escuchando, tanto en algunos medios de comunicación como en la parada del autobús, o incluso en diversos mítines políticos.

“Vienen a invadirnos, a quedarse con nuestro trabajo”. Si miramos las estadísticas, en cada país hay un tipo de trabajo que siempre cuesta cubrir por mano de obra autóctona. Este es el nicho de mercado al cual acuden las personas migrantes: trabajo en el campo, en las minas, en la construcción, en el cuidado de nuestros mayores o niños, entre otros. Sin estos trabajos, la economía de un país y la misma realidad social no podría avanzar.

La llegada masiva de venezolanos al país ha iniciado la reflexión sobre convivencia y diversidad“Colapsan nuestro sistema de salud y educación, además de todos los servicios sociales”. Las personas migrantes, en su mayoría, son personas jóvenes que se incorporar al sistema productivo, por lo que generalmente son las que menos hacen uso del sistema de salud. Las grandes partidas que acrecientan los gastos sanitarios son las operaciones y tratamientos crónicos o terapias prolongadas, propias de personas de edad avanzada. Justo en esa franja no se encuentra la población migrante. En cuanto al sistema educativo, en algunos países debido a la baja natalidad, la migración ha posibilitado que el sistema de educación se refuerce.

“Son la causa de la conflictividad en nuestra sociedad”. Con estadísticas en nuestras manos vemos que esta es otra falacia que a veces se genera en nuestras sociedades. En general es más fácil encontrar un “chivo expiatorio” al cual poder culpar de los males sociales. Esto suele ocurrir con los migrantes más desfavorecidos. La conflictividad suele ir asociada a una falta de recursos, de posibilidades que promoción social, y no a la condición de migrante.

“Son un gasto que va a arruinar nuestro país”. Hay estudios realizados por las universidades más prestigiosas del mundo, y por los propios Estados, que demuestran que la migración genera riqueza tanto en el país que recibe, como en el de origen. Los migrantes aportar sus impuestos, tanto directos como indirectos, que sostienen nuestro entramado social tanto de salud y educación, como el sistema de pensiones. Por no decir que se incorporan al mercado laboral a puestos de difícil cobertura y, en muchos casos, realizan una función social de cuidado de nuestros mayores y de nuestros hijos. Asimismo, abren nuevos mercados, atraen nuevos productos y generan vínculos y relaciones internacionales.

Si miramos en nuestros propios contextos, rara es la familia que no tiene alguno de sus miembros que ha tenido que emigrar en algún momento de su historia. Situaciones económicas muy complicadas que no permiten un futuro para los más pequeños de la casa, violencia generalizada o conflictos armados, desastres naturales, una situación política y social insostenible… Todos conocemos esta realidad en mayor o menor medida. En el fondo, todos somos migrantes, peregrinos en un camino que van construyendo nuestras familias, pueblos y nuestra humanidad.

Todos sabemos que nadie deja su tierra, arriesga la vida de sus hijos, abandona todo lo que tiene -hasta sus propias raíces- por gusto. ¿Qué tendrá que pasar en la vida de una persona para que tenga que dejar lo más querido atrás en la búsqueda de un futuro digno, en ocasiones para no perecer? ¿Nos lo hemos planteado? ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? ¿De verdad que la única solución para vivir juntos es alimentar el miedo, reforzar la seguridad y la exclusión?

Lo veamos más o menos claro, lo cierto es que estamos llamados a convivir. Sería una pena no enriquecernos de lo diverso. Lo diverso nos abre a lo más esencial del ser humano. Cada persona va construyendo su identidad en relación con los demás, convirtiéndola en un ser único. Así, la diversidad se convierte en condición de posibilidad para la recreación de una sociedad que es múltiple, abierta, flexible y compleja. Lo diverso, en cierta manera, es un horizonte, una cierta utopía, que se va haciendo cuerpo, camino, proceso y realidad.

Mi experiencia personal es que las personas migrantes son portadoras de esperanza. Esperanza de un mundo en paz, de que es posible una vida mejor. Al llegar a los países de destino buscan seguridad y trabajo, pero, sobre todo, reconocimiento y respeto. Una sociedad que se cierra sobre sí misma se empobrece. Una sociedad que se abre a la posibilidad del encuentro y a la diversidad, se enriquece, construye futuro.

Retomando la pregunta, ¿podremos vivir juntos? Yo estoy convencido de que sí. De hecho, ya lo venimos haciendo desde hace mucho tiempo, pero tenemos que tomarnos en serio la diversidad, trabajando en revertir las causas que provocan estos grandes movimientos forzados de personas, pero, sobre todo, en integración y en cohesión social.

Primavera 2018


Alberto Ares, SJ

Adjunto a la Coordinación del Servicio Jesuita al Migrante – SJM España. Director del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones de la Universidad Pontificia Comillas.



La universidad en tiempos difíciles

Campus universitarioComo en el título de la célebre novela Tiempos difíciles (1854) de Charles Dickens, no es una exageración señalar que la universidad se encuentra atravesando también por ‘tiempos difíciles’, aunque algunos prefieren llamarla crisis y otros, más radicales todavía, aluden a un estado de enfermedad terminal. Nuevas y crecientes demandas han puesto en cuestión su razón de ser profunda, pese a que se reconoce en ellas a una institución esencial para el desarrollo de una sociedad y de una economía donde el conocimiento debe jugar un papel central en la promoción del bienestar. Los efectos de esta dinámica han traído como consecuencia un cuestionamiento y una nueva priorización de las materias educativas y de las disciplinas consideradas como relevantes para enfrentar los colosales desafíos contemporáneos y, desde luego, los de un futuro no muy lejano. Es claro que en el discernimiento de este asunto se pone en juego la legitimidad social, el prestigio intelectual y la autoridad moral de la universidad. Pero no está demás señalar que se trata de una compleja tensión que, lejos de ser exclusiva al caso peruano o a la región latinoamericana, tiene alcances mundiales.

Como consecuencia de esta tumultuosa nueva realidad, se ha producido confusión e inseguridad acerca de cómo y en dónde plantear los términos de la discusión. De hecho, la educación superior se ha convertido en un campo de batalla entre posiciones enfrentadas, militancias radicales y narrativas contrapuestas. Uno en el que la discusión acerca de los valores y propósitos de la universidad ha sido un tema recurrente que ha dado origen a interminables debates, cuyos argumentos pocas veces han encontrado puntos de encuentro sobre ciertos objetivos comunes. Esta polarización ha hecho cuesta arriba el camino para obtener consensos mínimos que aproximen las posiciones extremas. Una breve taxonomía de esas tensiones las he examinado en otro lugar, pero lo esencial de esa controversia puede ser resumido de la manera siguiente. Para algunos, esta época está siendo testigo de la muerte lenta de la universidad: la mercantilización de su vida intelectual, la burocratización cada vez más jerarquizada de su estilo de gestión, la progresiva privatización de la educación superior en desmedro de la pública, la pérdida de la capacidad de autogobernarse democráticamente, la declinación del ethos colegiado para tomar decisiones institucionales, el explosivo crecimiento de los colaboradores administrativos, el excesivo productivismo académico de los investigadores y la paralela declinación en el prestigio de la actividad docente, entre otras evidencias, constituyen el testimonio más elocuente de esta sensación generalizada que ha transformado la universidad en un lugar poco agradable y estimulante para desarrollar el trabajo académico concentrado. De hecho, los más severos críticos consideran que se ha extraviado ese ‘honorable linaje’ que la convertía en un espacio privilegiado de las sociedades modernas para someter toda ideología y construcción intelectual a un severo escrutinio y a una crítica sistemática.

Desde la otra orilla, se encuentran quienes sostienen que el lucro y la competencia entre las universidades por la ‘excelencia académica’ conducirán a un uso social óptimo de los recursos públicos disponibles -que siempre son escasos frente a las crecientes necesidades-, pues la oferta tenderá a ajustarse a una demanda cada vez más diversa, exigente y sofisticada proveniente de estudiantes que actúan como si fueran consumidores operando frente a un commodity más, exactamente igual a como lo harían en cualquier otro mercado. Desde esta perspectiva, que no sin una cierta arrogancia reclama hablar en nombre de la realidad y de las urgencias del mercado laboral, la función central de la universidad es la de servir a fines económicos y entrenar a los estudiantes, considerados como consumidores, en carreras altamente demandadas que atiendan las necesidades de una economía que se diversifica y especializa. En este marco, los objetivos instrumentales adquieren una mayor preeminencia que los valores cívicos y republicanos de la que es portadora la universidad.

En este contexto, ha ganado un mayor terreno el interés por examinar el contenido y propósito de la educación y de los planes de estudio que los estudiantes reciben en las aulas universitarias. Algunos autores han abordado en profundidad el tipo de conocimientos pertinente para formar jóvenes cuyas vidas discurrirán en un mundo de complejidad creciente y en el que la tecnología jugará un papel central en su educación. Para eso, han tenido que ir contra la corriente y abrirse paso en una jungla de conceptos y categorías instrumentales que han alentado falsas creencias y colonizado el debate contemporáneo sobre la educación superior con un lenguaje utilitario. Para ellos, la educación liberal puede convertirse en un antídoto contra la indefensión a la que nos empuja el mundo contemporáneo, pues proporciona a la juventud el poder de controlar sus propias vidas, contribuye a una mayor capacidad para ser trabajadores productivos, pero también estimula a estar interesados en ser buenos compañeros, amigos, padres y ciudadanos. Más aún, ayuda a construir vidas más elaboradas, introspectivas e integrales, menos sometidas a las pasiones materiales, más interesadas en las consecuencias morales de sus actos y en el cultivo de virtudes como la bondad, la honestidad y la belleza.

Esa forma de educación supone cultivar entre los estudiantes una inteligencia que expanda su potencial de aprendizaje, que utilice la tecnología a su disposición como un medio y no como un fin en sí mismo, que sea capaz de examinar la complejidad de la realidad de una manera sistémica y que no sucumba frente a los riesgos esterilizadores de la hiper-especialización. Esto impedirá que el ‘despotismo tecnocrático o comercial’ reduzca a los individuos a llevar la vida del hormiguero, empobrecida en cuanto a la obtención de conocimientos más amplios, alienada de su sentido más permanente, mecanizada en sus aprendizajes y deshumanizada en sus búsquedas espirituales. La historia está llena de ejemplos acerca de cómo la acumulación de poder en manos de quienes se consideran expertos ha conducido a que se vuelvan relativamente inmunes al control democrático.

Universidad en la mira

Diversos autores proponen que solo a través del cultivo de la propia humanidad, el pensamiento crítico, el asumir los sentimientos de vulnerabilidad y de finitud, se desarrollarían las virtudes que cimienten instituciones democráticas, con ciudadanos moralmente equilibrados.

Autores como Martha Nussbaum, Edgard Morin y Howard Gardner han escrito obras específicamente dedicadas a pensar acerca del tipo de educación que será necesario desarrollar en los sistemas de educación superior contemporáneos, si queremos fortalecer nuestros sistemas democráticos. Su denominador común está asociado a la idea de que es necesario impulsar un pensamiento crítico entre los estudiantes, uno que no se someta al poder avasallador de la autoridad y a un seguimiento ciego de la tradición. Desde su perspectiva, solo a través del cultivo de nuestra propia humanidad, de desarrollar hábitos mentales críticos, de hacernos cargo de nuestros sentimientos de vulnerabilidad y de finitud, se podrán desarrollar las virtudes que sean el cimiento de instituciones democráticas cuya defensa estará a cargo de ciudadanos moralmente equilibrados.

¿Qué y cómo ha cambiado lo que los profesores enseñamos? ¿Qué y cómo ha cambiado lo que los estudiantes aprenden? ¿Es posible desactivar las comprensibles resistencias y el conservadurismo de las disciplinas para innovar la manera en que son transmitidos sus contenidos? ¿Cuáles deberían ser las características más importantes de una pedagogía dirigida a estimular la comprensión razonada de las incertidumbres que genera la producción continua de conocimiento? ¿Es irresoluble la tensión que se genera entre una educación especializada y otra más general?; es decir ¿entre la educación vocacional orientada a lo práctico y la liberal más interesada en la argumentación, el cultivo de la imaginación y el desarrollo del pensamiento crítico? ¿Cómo estimular en los jóvenes el interés y la pasión por comprender los procesos mentales que organizan nuestro pensamiento, el efecto inmensamente liberador que produce el conocimiento, esa ‘aventura de las ideas’ a la que hacía referencia el matemático y filósofo inglés Alfred N. Whitehead? ¿Las respuestas a las preguntas anteriores deberían estar determinadas por las demandas económicas exteriores a la universidad o por la originalidad, curiosidad y el desarrollo interno de las distintas disciplinas que la conforman? Se trata de asuntos frente a los cuales es ineludible ensayar respuestas que rompan con la inercia que parece aprisionar a las instituciones de educación superior en la actualidad.

Invierno 2018


Felipe Portocarrero Suárez

Profesor principal y jefe del Departamento Académico de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad del Pacífico