Agenda joven: proyecto articulador para el bicentenario

agenda jovenEn dos años, el Perú celebrará 200 años de vida republicana. Vida que recuerda los desafíos, los avances y los retos pendientes para construir una vida en común. Y quizás, sin duda, el reto más grande es construir una agenda conjunta de país hacia el futuro. Este articulo propone tres ideas generales como esbozo de una propuesta de agenda articuladora para el país y que atienda las demandas de los jóvenes. Porque es mirando a los jóvenes que podemos hacer énfasis en las brechas que perduran y en el fortalecimiento institucional que requerimos para atender las demandas de esta generación en un momento en que como país nos deberíamos beneficiar del bono demográfico.

La retribución de derechos a los ciudadanos es un deber del Estado. Para analizar las dificultades de atender las demandas de la juventud es necesario pensar en el marco institucional que debería garantizar la retribución de esos derechos. El Perú es lo que Fareed Zakaria llamó una democracia iliberal. Se trata, sobre todo, de “Regímenes electos democráticamente (…) (que) ignoran los límites de su poder, privando a los ciudadanos de derechos y libertades básicos” (Zakaria, 1997).

Las democracias iliberales son, dicho brevemente, regímenes que pretenden ser liberales pero cuya historia ha demostrado que el desempeño de los actores políticos institucionaliza ciertas prácticas que no garantizan, entre otros, una representación efectiva y una retribución de derechos a los ciudadanos. Así, cada característica de la democracia liberal, como pueden ser la existencia de una oposición política y contestación, garantías para la libertad de expresión o para las libertades cívicas, igualdad legal para los ciudadanos, concepción igualitaria de la ciudadanía, estatus cívico con neutralidad de género se encuentran formalizadas en las normas, pero no puestas en práctica por las instituciones públicas.

Así, se podría decir que la característica principal de nuestra democracia, ad portas de su bicentenario, es la desigualdad institucionalizada.

Para dar cuenta de ello, nos centraremos en tres condiciones que se hacen necesarias para que pensemos en la necesidad de enfocarnos en reducir la desigualdad, si queremos contar otra historia en la llegada del bicentenario: (1) las desiguales condiciones básicas de vida de los jóvenes, (2) las desiguales oportunidades para construir su futuro: el acceso a educación superior y (3) desiguales condiciones de representación para garantizar derechos.

Desiguales condiciones básicas

Se considera que el Perú está en el tránsito a ser un país de renta media. Sin embargo, las desigualdades entre las zonas urbanas y rurales persisten, afectando la vida de 1,7 millones de jóvenes que viven en el ámbito rural.

En primer lugar, desigualdades vinculadas al aspecto étnico. De estos jóvenes, 45% se identifica como mestizo y 34% como quechua, siendo las demás adscripciones étnicas menores al 5%[1]. Asimismo, 65% de jóvenes tiene como lengua materna al español y 27% al quechua. La construcción étnica pasa pues por otros factores no exclusivamente vinculados a la lengua. Pertenecer a un grupo étnico determinado, implica conocer mayores retos al momento de acceder a servicios públicos y a posibilidades de desarrollo personal[2]. Por ejemplo, en educación, se considera que el Perú es un “país libre de analfabetismo” ya que 98,9% de la población joven sabe leer y escribir. Sin embargo, si miramos más en detalle las cifras, constatamos que esta cifra desciende a 91,8% para los jóvenes autoidentificados como nativos de la Amazonía. De este grupo, 5,7% de jóvenes hombres no sabe leer ni escribir, y la cifra se duplica para las mujeres (10.5%). Si miramos los de este grupo que viven en zonas rurales la cifra es 7.4% para los hombres y 13.6% para las mujeres. Se trata de un problema interseccional que vincula género, ruralidad y etnicidad.

El acceso a servicios universales no es el único reto pendiente. A pesar de los avances en el acceso a servicios básicos, el Estado tiene pendiente llegar a la “última milla” en zonas rurales. Según el mismo estudio de Urrutia y Trivelli, sabemos que “1 de cada 5 viviendas rurales no cuenta con ningún servicio básico, mientras que en el área urbana la proporción de las viviendas con el mismo nivel de precarización es diez veces menor”.  Si se consideran los tres servicios como un conjunto: agua, luz y desagüe, el número es equivalente. Si se suma el teléfono, en el ámbito urbano, no se habla ni del 1% de hogares que no cuentan con estos servicios, es decir, se trata de servicios universales. Sin embargo, en la zona rural, en hogares donde viven jóvenes, el porcentaje es 10,7% de hogares que no cuentan con esos servicios. Si bien ha habido avances, vivir en el ámbito rural implica tener menos garantías para la vida cotidiana para los jóvenes. De acuerdo con el documento, de los jóvenes rurales que “viven en esas condiciones, más del doble del promedio no cuenta con estudios”.

Mirar lo que ocurre con los jóvenes rurales nos permite relatar los desafíos para el Estado peruano en su agenda de desarrollo, y repensar en la historia que estamos contando sobre la juventud y el futuro que puede tener en este país.

Desiguales oportunidades de futuro

agenda joven

Según datos del Censo 2017, un 64% de jóvenes no accede a educación superior. Del grupo que logra continuar estudios superiores, tres de cada diez jóvenes no pueden continuar por motivos económicos.

Así como la historia es distinta si se mira según dónde viven los jóvenes, la historia también es diferente si miramos a qué se dedican los jóvenes en una edad donde deberían principalmente formarse.

En el Perú, según el Censo 2017, 64% de peruanos no accede a educación superior a pesar de que la cifra se ha multiplicado por más de 100 si se mira el número de peruanos que ingresa a la Universidad desde mediados del siglo pasado. De ese 30% que logra acceder, tres de cada 10 jóvenes abandonan la educación superior. En San Marcos, según una investigación realizada por la misma universidad, 44% de los jóvenes que abandonan sus estudios señalan que se debe a motivos económicos. En proyectos educativos dirigidos a primeras generaciones de estudiantes, la gestión cotidiana nos enfrenta a que las familias muchas veces no cuentan con recursos para garantizar la educación superior de sus hijos.

Los recursos que las familias brindan a sus hijos se traducen, en el ámbito académico, en capacidades del estudiante. Así, no sólo se trata de recursos económicos, sino también de capital humano y social que luego repercute en el desempeño académico y en oportunidades de corte profesional para los alumnos. Los estudiantes con mayores recursos son los estudiantes que provienen de familias que han accedido a educación superior previamente.

Como espacios formativos, con la evidencia de una democratización en el acceso a la formación, no estamos mirando los nuevos retos que enfrentan los jóvenes de “primera generación”, que hoy tienen que ver con disponibilidad de tiempo para el estudio: en vez de estudiar pasan horas en transporte, trabajando para poder pagar los gastos universitarios y haciéndose cargo de algún familiar. El perfil del estudiante es entonces distinto y es un reto para los docentes gestionar esa diversidad de perfiles al momento de enseñar y exigir para garantizar un correcto progreso académico.

Dicho de otra manera, el acceso a la universidad y su permanencia es un reto individual, familiar y nacional que no estamos logrando superar. De cara al 2021, se debe pensar la ruta para que la educación superior sea también un servicio universal, y cuya culminación y no acceso sea la manera que tenemos de medir los avances como país.

Desiguales condiciones de representación

Para cambiar las reglas de juego es necesario cambiar a quienes las piensan. Por ello, es necesario renovar la representación política. En el año 2006, se aprueba la ley 28869, Ley que promueve la participación de la juventud en la lista de regidores provinciales y municipales, en la que se estipula que las listas electorales deben estar compuestas de por lo menos 30% de candidatas mujeres, 20% de candidatos jóvenes, y 15% de candidatos representantes de comunidades nativas o indígenas. En el proceso electoral para elegir autoridades regionales y municipales del año 2018, 15% de los candidatos electos tenían menos de 29 años, es decir eran jóvenes[3]. Asimismo, se observa que la mayor presencia de jóvenes se encuentra en cargos de menor responsabilidad. De los 1918 jóvenes electos en un cargo representativo, 1621 eran regidores distritales o provinciales. Ningún gobernador o vicegobernador y ningún alcalde provincial era joven. Solo 25 alcaldes a nivel nacional fueron jóvenes[4]. Con lo cual, podemos hablar de un relego de los jóvenes en términos de espacios representativos.

En la misma línea, si miramos de manera interseccional quienes acceden a puestos representativos, la tarea sigue pendiente. Mirar el cruce de ciertas cuotas, como la de género y joven, o nativo y joven, nos hace ver que la representación sigue fallando. En este periodo de tiempo sólo han participado 16% de mujeres jóvenes en las listas electorales. Y si se considera mujeres jóvenes indígenas, no se llega al 1%. Más allá de las cifras, es necesario que se piense en los espacios de representación como espacios que reflejen nuestra diversidad. Hay mucha agenda pendiente para que eso suceda.

Mirar lo que ocurre con los jóvenes nos permite entender de manera distinta los procesos de fortalecimiento de la democracia peruana hoy. Cerrar brechas es resignificar la situación de quienes viven en democracia y deberían confiar en ella. Y el bicentenario debería ser una oportunidad para comprender nuestras desigualdades y asumir los desafíos para reducirlas. La agenda de Estado debe constituirse desde una mirada a quienes ven limitadas sus oportunidades porque no se prioriza reducir la desigualdad en nuestra democracia: los jóvenes. La esperanza como nación será renovada el día que el Estado logre generar oportunidades ahí donde históricamente no lo había podido hacer. La esperanza será renovada el día que la agenda pública sea una agenda portadora de necesidades y demandas de renovación que surgen desde los propios ciudadanos, jóvenes que aspiran a poder contribuir en sus comunidades y en su país.

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[1] TRIVELLI, Carolina y Carlos URRUTIA. Juventud rural en el Perú: lo que nos dice el Censo 2017. (Documento de Trabajo, 257. Estudios sobre el desarrollo, 32). Lima, IEP, 2019
[2] Idem.
[3] Infogob, Reporte ERM 2018
[4] Idem.

Primavera 2019


Adriana Urrutia Pozzi-Escot

Directora de la Escuela de Ciencia Política de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.




“Considero que las crisis son espacios que permiten regresar a las raíces”

Entrevista a Antonella Tucto Delgado, joven activista política

Por Diana Tantaleán C.
Apostolado de Justicia Social y Ecología

Antonella Tucto tiene 23 años, es egresada de Ciencia Política de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y se siente parte activa de la realidad política del país. Participa en espacios de diálogo, como el grupo de fe y política “Viscardo y Guzmán”, conformado por estudiantes y algunos egresados donde reflexionan sobre la situación actual y cómo tener incidencia social a través de actividades en conjunto. También es integrante de la Plataforma “Comadres”, un espacio que busca visibilizar el trabajo de mujeres y posicionarlas en los medios de análisis políticos. Añadido a esto, desde el año pasado está comprometida en un proyecto que trabaja la violencia sexual infantil en una comunidad llamada Chacapampa, a dos horas de Huancayo, junto a un grupo de jóvenes en formación, con el respaldo de la Compañía de Jesús y del Arzobispado de Huancayo. La idea de este proyecto es generar un tejido social que se pueda hacer cargo de la problemática en la misma zona.

Hemos querido entrevistar a esta joven para que, en sus propias palabras, pueda expresar su vinculación a la política del Perú, sus motivaciones, y lo que busca con todo ello.

¿Por qué te vinculas en estas actividades políticas?

Creo que está estrechamente vinculado con mi formación. Vengo de una educación escolar más tradicional, donde son un poco impuestas las cosas; entonces, al tener un espacio universitario que te da instrumentos para poder cuestionarlo todo, he podido darme cuenta de algunas situaciones, ser consciente de otras y poder analizarlas desde otro punto de vista, y saber que tengo ciertas herramientas que pueden ayudar a modificar ese escenario.

Por ejemplo, docentes en la carrera han sido vitales para cuestionarme el tema de género; el aprendizaje de la teología, de una forma muy diferente a lo estudiado en la escuela, me permite cuestionarme mi formación espiritual. Todo esto en espacios donde ha habido otras personas que también se cuestionan, y nos hemos podido ir agrupando para sumar esfuerzos.

Que tu grupo sea de “fe y política” puede ser contradictorio para algunos, ¿por qué crees que pueden ir de la mano?

Nosotros también nos cuestionábamos un poco eso. Pero fe no es religión, pues el vínculo entre la religión y la política sí puede generar disputas; pero el vínculo entre la fe, comprendida desde la espiritualidad y cuáles son esos principios internos que te movilizan, producen acciones que tienen incidencia pública y de esta forma son convergentes.

jóvenes y política

Los y las jóvenes van encontrando nuevos espacios de participación política que reflejan sus intereses y necesidades. En la foto: Plataforma “Comadres” en manifestación por el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

En este grupo, ¿cuáles son los mayores cuestionamientos que tienen con respecto al país?

Esta opción por el vulnerado y vulnerada que terminan siendo los últimos. En el discurso están pensados y puestos como público objetivo, pero en la praxis vemos que hay una brecha increíble para llegar a ellos y ellas. Por esto, a raíz de la lectura del Evangelio, tratamos de repensar de qué manera nos podemos aproximar más y ser conscientes de nuestras propias acciones.

¿Te percibes informada de la realidad política del país?, ¿qué piensas de ella?

Me siento parcialmente informada porque los medios de comunicación son, de alguna forma, sesgados.

Sobre la política institucional se dice que estamos en crisis, pero creo que está visto de una forma un tanto negativa, como que no avanzamos. Sin embargo, considero que las crisis son espacios que permiten regresar a las raíces. Para mí, lo que estamos viviendo, es una oportunidad, el saber que las cosas pueden darse de otra manera, que el status quo implementado puede tener cambios. El hecho de haber llegado a una crisis significa que las cosas no están funcionando, y que diferentes actores claves y la sociedad civil nos damos cuenta que puede haber otros caminos.

¿Crees que los jóvenes están más informados en temas políticos o que se interesan?

Informados, sí y no. En mi entorno se discute más sobre política, pero no entendida desde las autoridades o las instituciones, más bien son nuevas formas de repensarla, desde espacios comunales, distritales y barriales, o desde ciertas luchas que forman identidades.

Interesados sí. Veo una mayor cantidad de jóvenes que les interesa participar de la política, pero de otra forma. Los espacios tradicionales están agotados, los que se generan son nuevos espacios en la sociedad civil, ya sean las luchas contra la violencia o la comunidad LGTB. Espacios en donde una, o grupos, encuentra afinidad y reciprocidad.

¿Qué piensas de los partidos políticos?

Estoy más familiarizada con las “nuevas entradas a la política”, por lo que me he desvinculado un poco del debate tradicional sobre la política y sus actores. Creo que son necesarios, pero han olvidado a esta población que tuvo que recurrir a nuevos espacios para generar un impacto en la política pública.

Estos partidos institucionalizados podrían dar mayor cabida a los jóvenes en su agenda, en su representación, en su inclusión; pero creo que siguen en una lucha tradicional por el poder.

Has escuchado de la “cuota de jóvenes” en los partidos políticos, ¿crees que esto ayuda a su participación y representación o simplemente es un pretexto para ser los partidos más visualizados?

Creo que es una estrategia. Las “cuotas” buscan generar espacios que, de alguna forma, son cortados por actores tradicionales, pero la manera en que se han dado no ayuda a los objetivos de incluir a jóvenes y su representación.

La “cuota” consiste en incluir un 20% de jóvenes a nivel regional. Ahí hay toda una discusión: de qué manera llegas al poder y, llegando, qué puedes hacer, o simplemente es para ser un rostro visible.

Otro punto es: ¿de qué manera se genera este 20% de representación? ¿de qué manera son parte de una identidad de la población juvenil que representa el 25% de la población del Perú?

Pero, sobre todo, por la manera como está establecida la organización de los partidos políticos, finalmente no llegan al poder. Tenemos un Congreso en donde no hay jóvenes de 18 a 29; a nivel regional es muy bajo, y no tienen ninguna capacidad de acción.

Me parece que se ha llegado a un punto en donde se necesita repensar la norma para generar realmente esa representación, si realmente eso es lo que se buscaba cuando se planteó.

Hace dos o tres años el tema de la violencia contra la mujer no era tan difundido como ahora, ¿qué piensas de esto?

Algo real es que cada vez hay más denuncias, y se podría decir que, si hay más denuncias, no se está manejando el tema. La verdad es que una denuncia evidencia que el tema tiene posición pública. Antes se desconocía que esos hechos podían ser penalizados.

Esos indicadores pequeños me dan bastante satisfacción porque me hacen saber que las cosas van cambiando. El que sea un tema cada vez más público genera mayor impacto en las personas, te das cuenta de la magnitud del problema; porque cuando no son dichas públicamente, desconoces la proporción en las que se encuentran.

¿Conoces otros grupos de jóvenes que también estén activos políticamente?

Conozco jóvenes con nuevas entradas en la política. En espacios barriales, donde buscan ser representados a través del arte, a través de la identidad LGTB. También a nivel regional, pequeñas agrupaciones de mujeres que tienen su propia lucha. Veo que hay bastante trascendencia, igual con las comunidades originarias en su lucha por sus derechos.

¿Qué crees que define tu participación política?, el ser joven, el ser mujer, limeña…

joven política

Las reuniones y conversatorios son algunos de los espacios que utilizan los jóvenes para informarse y debatir la coyuntura nacional. En la foto: Conversatorio “Fe y Política”, organizado por el grupo Viscardo y Guzmán, con Rosa María Palacios y José Mantecón SJ.

Son varias cosas. El hecho de ser joven, sentir ese ímpetu de poder cambiar el mundo y la realidad, esa energía. Tampoco me siento sola, siento que somos varias, y eso está estrechamente ligado con el ser mujer, porque las condiciones en una sociedad machista hacen ver esas diferencias. Por eso, cuando se lucha por algo, uno se da cuenta de que es en conjunto, y que uno aspira a principios de igualdad.

También está vinculado a mi formación, una formación crítica que te permite repensar y replantear escenarios. También creo que está vinculado a mi formación espiritual deconstruida, donde me pongo a pensar en la imagen de Jesús, que fue el primer revolucionario. Entonces, ¿por qué hay que aceptar las cosas? Igual pasa con el entorno en el que vivía, siento que uno está en escenarios que le permiten hacer cambios, generar alguna modificación. Por ahí va mi identidad hacia la política y mi participación hacia ella.

Alguna idea o mensaje que quisieras compartir…

Invitaría a las y los jóvenes a que se animen a tener una voz. Hay diferentes canales y medios donde se pueden manifestar y, de esa forma, dar a conocer lo que pensamos y generar estos lazos colectivos que tienen impacto social.

Para ti, la palabra “Política”, en relación a los jóvenes ¿con qué la asocias?, ¿cómo la defines?

Lucha colectiva.

Primavera 2019


Antonella Tucto Delgado

Egresada de Ciencia Política por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Miembro del grupo Fe y Justicia “Viscardo y Guzmán”, integrante de la Plataforma “Comadres”.




Jóvenes rurales: una propuesta más allá de la edad

Jóvenes ruralesEn el Perú, como en otros países, se considera joven a la persona cuya edad se ubica entre los 15 y 29 años. De acuerdo a los resultados del último censo poblacional realizado en el país (INEI 2017), hay más de 7 millones de peruanos que pueden ser considerados como jóvenes y que representan un cuarto de la población nacional (24.9%). La mayoría de ellos habita en zonas urbanas (81.6%), en línea con la tendencia nacional en el área de residencia. No obstante, al ser mirados al interior de cada zona, es posible hallar diferencias: mientras que en las ciudades representan un cuarto o más de la población urbana, en las áreas rurales representan el 22.2% de la población. Esta diferencia expresa claramente el fenómeno de abandono del campo por parte de los jóvenes; sin embargo, también nos muestra que aún permanecen en el área rural. De hecho, según el censo, se trata de más de 1 millón 300 mil jóvenes rurales.

¿Quiénes son los jóvenes rurales? Esta es una pregunta que ha sido abordada desde dos aristas: juventud y sector rural. Desde el lado de los estudios rurales, es mucho lo que se ha avanzado en la comprensión de los cambios ocurridos en el mundo del campo, como consecuencia del aumento de la cobertura de los servicios públicos, del surgimiento de nuevas actividades económicas en la zona, del incremento de su conexión con las ciudades, entre otros. Sin embargo, más allá del impacto de estos cambios en el contexto rural en el que viven los jóvenes, es poco lo que se ha hecho por entender a esta población. Más aún, las problemáticas asociadas a la juventud han sido abordadas, frecuentemente, desde una perspectiva urbana.

En el marco del programa “Work 4 Progress”[1], de innovación social para el fomento del empleo y el incremento de los ingresos de jóvenes y mujeres, implementado en tres distritos de la provincia de Quispicanchi (Cusco), se realizó una fase de escucha o diagnóstico participativo con esta población de cinco comunidades de la provincia, a fin de recoger y analizar sus expectativas, dificultades y estrategias en materia de desarrollo económico. Durante el trabajo de campo se hizo evidente que los jóvenes “solteros” eran diferentes de sus pares que ya eran padres. Asimismo, que una pareja de jóvenes padres resultaba similar a otra pareja que le duplicaba la edad y que, según este criterio, era considerada como adulta. Si bien la edad era una manera de poner atención sobre esta parte de la población, resultaba insuficiente para comprender a los jóvenes rurales.

La información recogida y analizada durante la etapa de diagnóstico en Quispicanchi permite proponer que el factor clave para entender las aspiraciones, dificultades y estrategias económicas de las actividades realizadas por los jóvenes rurales, es la carga familiar; aunada con una distinción entre las actividades económicas realizadas según una lógica de manutención y las realizadas según una lógica de generación de excedentes. Las primeras corresponden al ámbito doméstico y se encuentran destinadas a cubrir los gastos diarios y básicos del hogar, en particular la educación de los hijos, su alimentación y el sustento de las actividades productivas de la casa. Las segundas, en cambio, persiguen la rentabilidad y su objetivo es generar dinero extra para el ahorro o la inversión familiar. Lo interesante es que ambas lógicas se encontraban presentes en todos los casos estudiados.

De esta manera, para responder a la pregunta de quiénes son los jóvenes rurales, planteamos 7 tipologías, divididas en jóvenes con hijos y jóvenes sin carga familiar.

Jóvenes rurales con hijos

I. Familias con roles complementarios

En estas familias la mujer trabaja en las actividades productivas correspondientes al ámbito de la casa, mientras el esposo se ocupa en empleos, por lo general, fuera de la comunidad. El cuidado de los hijos, como también de los animales y la chacra, son deberes asociados a la “casa” y recaen en la mujer. Los trabajos de ambos miembros resultan complementarios y, si bien el varón se suele hacer cargo de los momentos del trabajo agrícola que demandan más esfuerzo físico o colabora en los gastos del hogar, lo interesante es la diferencia de sus lógicas: los ingresos de las actividades a cargo de la mujer buscan cubrir los gastos cotidianos del hogar (son de manutención), mientras que los del hombre persiguen disponer de ahorros para la familia (son de generación de excedentes). Esta tipología de familia es la más extendida en las comunidades de Quispicanchi.

II. Familias con roles convergentes

En este tipo de familia, el diferencial consiste en que la mujer comparte sus actividades destinadas a la manutención con actividades que tienen como objetivo la generación de excedentes, ya sean dentro de la casa o fuera de ella. Si bien esta familia es la menos extendida en la provincia de Quispicanchi, ha sido posible identificar tres condiciones que favorecen el surgimiento de madres vinculadas a emprendimientos o empleos en que persiguen generar excedentes: (a) el apoyo en el cuidado de los hijos, que libera de tiempo a las mujeres y les permite destinarlo hacia una nueva actividad; (b) la experiencia de trabajo previa a la maternidad, asociada a una valoración positiva respecto a la generación de ingresos propios; y (c) un reparto distinto de las responsabilidades de gasto al interior de la pareja, donde el hombre puede asumir gastos de manutención, lo que posibilita a las mujeres disponer de capital y tiempo para iniciar un emprendimiento.

III. Familia con actividad rentable dentro de la casa

También se da el caso en que una actividad doméstica, destinada originalmente a la manutención, pueda transitar a ser una actividad que genere excedentes. Este cambio trae consigo nuevas exigencias para las mujeres, en particular, una mayor demanda de tiempo y una necesidad de adquirir conocimientos técnicos más especializados. Ante esta situación, los hombres suelen regresar a casa para apoyar a las mujeres y liderar el negocio familiar, toda vez que ahora les es posible adquirir en casa los excedentes que antes conseguían en empleos fuera de la comunidad.

IV. Familia de madre soltera

Las madres solteras son aquellas que no cuentan con el apoyo económico del padre de sus hijos. En ellas recae tanto la necesidad de cubrir los gastos cotidianos, como de hacer realidad las aspiraciones por contar con mejores opciones de ingreso. Si bien la mayoría de ellas cuenta con el apoyo de sus propios padres (los abuelos) para el cuidado de sus hijos o el desarrollo de alguna actividad productiva, por lo general se dedican a actividades de manutención y les es difícil encontrar en la comunidad una actividad donde generar excedentes. Al tener que hacerse cargo de ambos, los deberes de manutención y generación de excedentes, con la limitante de ser la única responsable de los hijos, las madres solteras son un grupo vulnerable en la medida en que disponen de menos posibilidades para hacer realidad las aspiraciones familiares.

Jóvenes rurales sin carga familiar

A. Jóvenes que migran

Se trata jóvenes que salen del campo para cumplir sus expectativas de trabajo y condiciones de vida. Hay tres explicaciones que reúnen las razones por las que estos jóvenes migran: (i) motivaciones económicas, (ii) tipo de trabajo y (iii) prestigio. Las motivaciones económicas se refieren a situaciones de carencia dentro del hogar, o a aspiraciones por tener mejores ingresos que los que se suelen hallar dentro de la comunidad o el distrito. El tipo de trabajo se refiere a la búsqueda de ocupaciones que no involucren esfuerzo físico; esto se explica porque, en base a su experiencia y a la de sus familias, los jóvenes rurales buscan escapar de la dureza del trabajo agrícola y pecuario. Por último, existe un factor de prestigio, donde el trabajo de oficina y de ciudad es mejor valorado. Los jóvenes que migran por estas razones, no suelen tener en su horizonte regresar.

B. Jóvenes con expectativas de migración truncas

Se trata de jóvenes que tenían razones para migrar pero que, por distintos motivos, no pudieron concretar sus planes de salir. Estos motivos pueden ser varios, entre ellos: no haber culminado los estudios básicos, la muerte de uno de los padres y el deber de hacerse responsable de la familia, la dificultad para ingresar a un centro de educación superior en repetidas ocasiones, la falta de medios económicos, entre otros. A pesar de estas situaciones, se ha visto que cuando estos jóvenes encuentran una oportunidad interesante de emprendimiento dentro de la comunidad, son capaces de sacarlos adelante.

C. Jóvenes que salen con una idea de emprendimiento futuro dentro de la comunidad

Esta tipología corresponde a los jóvenes, hombres o mujeres, que tienen una idea de negocio rural en mente y salen con el objetivo de buscar empleos que les permitan ahorrar o ganar experiencia, a fin de regresar a sus comunidades y hacer realidad el emprendimiento que, por lo general, cuenta con apoyo familiar. Hay tres hechos que destacar sobre estos jóvenes y sus emprendimientos. El primero es que se interesan por ideas de emprendimiento en la medida en que generen excedentes. De esta manera, se inclinan por escalar un eslabón dentro de la cadena de valor de un producto tradicional –no por realizar la actividad tradicional de manutención de la familia–, o apuestan por introducir productos que tengan mayor demanda o precio en el mercado. El segundo, es que no solo cuentan con el apoyo familiar, sino que articulan a sus familiares y las actividades que realizan dentro del diseño del negocio, dando pie a lo que podría ser un emprendimiento o empresa familiar. Además, en esta medida, es importante señalar que estos emprendimientos podrían tener el potencial de transformar la lógica de las actividades tradicionales, desde una lógica de manutención hacia una de generación de excedentes. Por último, el tercer hecho a destacar se refiere a que, si bien se trata de apuestas familiares, es innegable que son cambios motivados por la agencia de los jóvenes y, en particular, por sus nuevas aspiraciones.

Las tipologías aquí presentadas pretenden ser una guía a la intervención del programa “Work 4 Progress” en la provincia de Quispicanchi (Cusco) como también, en la medida de sus limitaciones, servir de aporte al desarrollo de nuevas propuestas de trabajo con jóvenes rurales en otras realidades. El programa “Work 4 Progress” ha diseñado prototipos de empleo y mejora de ingresos económicos para jóvenes y mujeres rurales de la provincia de Quispicanchi (Cusco) en función a estas tipologías. Esperamos que los resultados de su implementación contribuyan a validar o mejorar estas categorías, que se encuentran en permanente construcción.

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[1] Work 4 Progress (W4P) es un programa de innovación social para el fomento del empleo e incremento de los ingresos para jóvenes y mujeres de sectores vulnerables de India, Mozambique y Perú. Es un programa promovido por la Obra Social “la Caixa”. En Perú, el Programa W4P es implementado en las provincias de Quispicanchi (Cusco) y Condorcanqui (Amazonas) por la red de instituciones conformada por la Fundación Entreculturas, Fe y Alegría del Perú, la Asociación Jesús Obrero CCAIJO, la Fundación AVSI, la ONG SAIPE y la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. El Programa W4P propone una metodología en 4 fases: Escucha (Diagnóstico), Co-creación, Prototipado y Escalado.

Primavera 2019


Giacomo Bassilio Elliott

Antropólogo. Coordinador del Programa Work 4 Progress en Quispicanchi, Cusco.




Dilemas de la juventud indígena amazónica en el Perú

juventud amazónicaHoy en día, ser joven e indígena originario de la Amazonía peruana no es nada fácil. Los y las jóvenes indígenas amazónicos enfrentan diversos desafíos que les impiden vivir de manera más integral su condición de ciudadanos peruanos modernos y, al mismo tiempo, continuar con las tradiciones y la riqueza de su herencia cultural. Todos los días enfrentan numerosas presiones: por parte de otros jóvenes no indígenas, por parte de sus maestros o empleadores, por parte de los medios de comunicación, del Estado o de la sociedad mestiza; e incluso, a veces también, por parte de sus parientes y familiares que les dicen, de distinta forma, que “no vale ser indígena”, “no puedes ser indígena y profesional al mismo tiempo”, “no sirve hablar en tu propio idioma”, “si quieres vivir bien, deja de ser indígena”, “ser indígena es vivir en el pasado”, etc.

Para muchas sociedades amazónicas, además, la experiencia de la juventud o de la adolescencia constituye un fenómeno relativamente reciente. Hasta hace algunas décadas, en estas sociedades, se pasaba directamente de la niñez a la adultez luego de cumplir con los rituales correspondientes de pubertad. Apenas un niño o niña estaba físicamente en condiciones de tener hijos, y de demostrar su capacidad para obtener los alimentos necesarios para sobrevivir, ya podían convertirse en padres o madres y asumir todas las responsabilidades propias de la adultez. Por ello, lo que hoy consideramos adolescentes y jóvenes, recién aparecieron en la Amazonía junto con la escolaridad, la vida urbana y la cultura moderna.

En algunos casos se trata de un fenómeno tan novedoso que muchas veces ni los padres ni los adolescentes saben cómo lidiar con esta nueva situación, a diferencia de lo que ocurre en otros sectores, donde hay una mayor experiencia para lidiar con estas tensiones, y en donde se puede contar con especialistas en psicología o pedagogía que organizan escuelas para padres y talleres para adolescentes.

Además, los desajustes pueden ser tan grandes que tengan como consecuencia efectos terribles, como el suicidio. En los últimos años, este problema es uno de los más graves que enfrentan las sociedades indígenas. Al respecto, las Naciones Unidas han expresado su alarma frente al alto número de suicidios entre jóvenes y adolescentes indígenas, que es mucho mayor, proporcionalmente, al que existe en el resto de sectores sociales. Precisamente, una de las principales razones para el suicidio entre jóvenes indígenas es su imposibilidad de encontrar un lugar adecuado, ya sea en el mundo moderno o en el mundo tradicional de sus padres y antepasados.

La educación y la vida urbana han traído para los pueblos amazónicos nuevas costumbres y formas de vida, tanto positivas como negativas. Por un lado, ofrecen espacios y experiencias que les permite acceder a herramientas y conocimientos que pueden servirles, no solo para ganarse la vida, sino también para eventualmente defender sus derechos y territorios en permanente amenaza; pero, al mismo tiempo, pueden generar el debilitamiento y hasta la destrucción de los valores, creencias y relaciones sociales que constituyen las bases mismas de las sociedades indígenas.

En la ciudad, los y las jóvenes indígenas no solamente aprenden nuevas ideas o valores en las instituciones educativas, también enfrentan desafíos y situaciones para los que no siempre están preparados adecuadamente. En los contextos urbanos, el contacto constante con la sociedad mestiza les exige a estos jóvenes adaptarse, no siempre de una manera positiva, eventualmente intensificando o acelerando los procesos de transformación o de pérdida cultural. Y en el caso de vivir en sus propias comunidades, también reciben muchas presiones para ser buenos estudiantes para luego migrar y convertirse en profesionales; ideal al que, además, no siempre logran acceder.

Una parte fundamental del dilema que enfrentan los y las jóvenes indígenas radica en que no queda del todo claro qué significa ser un indígena moderno. Es decir, ¿cómo ser un indígena que no corresponde a los estereotipos e imaginarios generalizados a través del tiempo y de los medios de comunicación, y que presentan a los indígenas como desnudos o emplumados salvajes, cazando o pescando en medio de un bosque amazónico idealizado?

¿Qué hacer, pues, frente a un imaginario tan fuerte que no corresponde con la realidad? Una realidad en la que cada vez son menos los pueblos indígenas que pueden dedicarse exclusivamente a la caza o pesca, ya que los animales han sido depredados, los ríos contaminados y los bosques deforestados. Pero, además, este imaginario no corresponde tampoco a la población indígena amazónica que hoy en día vive en centros urbanos, que estudia o ha estudiado en institutos superiores o universidades, usa celulares, viaja en avión y está conectada a internet.

Juventud amazónica

“Soy awajun, tengo orgullo de mi lengua y mis conocimientos”. El pueblo awajún es uno de los identificados con su cultura y su etnia.

Frente a este imaginario resulta difícil para los y las jóvenes indígenas encontrar su propio lugar y la forma adecuada de vida que les permita encontrarse a gusto consigo mismos como individuos “modernos” y, al mismo tiempo, como parte de pueblos con una fuerte y rica herencia cultural. Evidentemente, no existe una respuesta única para resolver esta inquietante pregunta que se formulan muchos jóvenes indígenas. Y, en algunos casos, la pregunta es tan angustiante que, ante las presiones mencionadas, muchos jóvenes no quieren pensar en ello. Ante esta situación resulta necesario y urgente generar espacios para discutir sobre este tema al interior de las familias o los colegios, pero también debería ser una prioridad para las organizaciones indígenas en la medida en que son las nuevas generaciones las que van a continuar manteniendo vivas sus tradiciones y formas de vida.

Las respuestas y opciones que asumen los y las jóvenes indígenas dependen de varios factores, tanto personales como sociales, incluyendo la historia de relaciones de su comunidad con el Estado, así como la relación que estos jóvenes mantienen con las propias tradiciones y valores de sus propios pueblos. A pesar de estas diferencias, hoy se pueden apreciar tres tendencias importantes:

  • Por un lado, algunos grupos de jóvenes de pueblos con una fuerte autoestima en relación a su identidad étnica, como los shipibo-konibo o los awajún, buscan formas creativas de combinar sus tradiciones culturales con las formas de vida modernas. Un ejemplo de ello es la intensa participación de jóvenes shipibos en la producción y conducción de programas radiales bilingües.
  • Una segunda tendencia busca establecer una mayor distancia frente a las prácticas culturales de sus pueblos y antepasados, pero sin romper definitivamente con sus orígenes. Este sería el caso, por ejemplo, de grupos de jóvenes kukama o yánesha, que antes que definirse como tales prefieren optar por la fórmula de autoidentificarse como “descendientes kukama” o “descendientes yánesha”. Al utilizar el término “descendiente” se distancian más de sus padres y abuelos, pero sin romper con ellos; además, pueden seguir demandando para ellos o ellas, si así lo desean, que se les reconozcan sus derechos indígenas, ya que la legislación nacional e internacional utiliza también este término.
  • Finalmente, están los y las jóvenes que buscan distanciarse más de sus orígenes, en algunos casos llegando a negar o rechazar su identidad étnica. En muchos casos, sin embargo, esta actitud de rechazo dura solamente algunos años. Existen varios casos de líderes indígenas que cuentan cómo cuando fueron más jóvenes rechazaron su identidad debido al “bullying”, basado en la discriminación y racismo, o por diferentes presiones sociales, pero una vez que llegaron a convertirse en adultos más maduros, volvieron a sus raíces y se convirtieron en activistas culturales y políticos que defienden y promueven los derechos de sus pueblos.

En última instancia, las opciones que vayan tomando los y las jóvenes indígenas marcarán el derrotero que seguirán sus comunidades y pueblos en el futuro. Por supuesto, es muy difícil predecir cuáles van a ser estos derroteros. Durante más de un siglo se ha venido señalando la inminente desaparición de los pueblos indígenas. Sin embargo, la historia ha mostrado que este no es el caso y que, a pesar de que efectivamente esto ha ocurrido con algunas sociedades, un número importante de pueblos indígenas siguen viviendo, creciendo demográficamente y siendo cultural y políticamente creativos. En todo caso, es responsabilidad no solamente del Estado, sino de toda la sociedad peruana, ayudar a los y las jóvenes indígenas de hoy en sus búsquedas para encontrar la posibilidad de vivir como ciudadanos peruanos modernos sin tener que renunciar a la riqueza de las tradiciones culturales heredadas de sus padres y antepasados.

Primavera 2019


Oscar Espinosa de Rivero

Docente del Departamento de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP)