Primeros (¿y últimos?) meses del gobierno de Pedro Castillo

Pedro Castillo termina el 2021 con una fuerte caída en su popularidad (según IEP apenas 25% lo aprueba mientras que 64% lo desaprueba) y enfrentando un pedido para iniciar un proceso de vacancia en su contra. Si bien hoy parecieran no haber votos para vacar al presidente, en la situación de debilidad actual todo dependerá de que el escándalo en curso no traiga sorpresas o no explote uno nuevo. ¿Cómo hemos llegado aquí en apenas cuatro meses de gobierno?

Para entender el momento actual vale la pena pensar en algunas particularidades de nuestra política post-transición del año 2000. Si bien no tenemos partidos fuertes, sí tenemos una división territorial del voto bastante estable que lleva a elecciones polarizadas. Cambian los rostros, pero se repiten los fraccionamientos. Las campañas del 2006 y 2011 (y aunque en menor medida, también la del 2016) mostraron una división estructural del sufragio con Lima y la costa norte aglutinando un voto más conservador, de protección del modelo económico, y el sur y centro con un voto más crítico. La primera vez ganó Alan García con una posición de cambio moderado (aunque luego gobernara más a la derecha). El 2011 gana Humala como el candidato del cambio, pero tras moderarse y reducir su percepción de radical.

Este año se volvió a mostrar esa división en la elección, pero en segunda vuelta no hubo mucha moderación por ninguno de los lados. La derecha Fujimorista fue agresiva, macartista, y buscó solucionar con promesas de bonos su lejanía de los sectores más pobres y espacios rurales. La izquierda de Castillo y Vladimir Cerrón tampoco hicieron mucho por bajar el tono. Nadie se corrió mucho al centro. Esta segunda vuelta dejó un país bastante polarizado, con una derecha dura que negó la legitimidad de la elección y un partido de gobierno, Perú Libre, que se marcó como el socio radical que cuidaría la pureza ideológica del presidente.

La campaña se concentró en estas diferencias ideológicas con acusaciones mutuas de ser peligros autoritarios. Ambos lados despertaban, con razón, temores. Pero ese foco en la polarización escondía un segundo problema también muy grande que nos acompaña desde el 2016 y que también complicaría al nuevo gobierno. Un problema ya no estructural, sino institucional. Dados los cambios en el sistema político peruano, lo más probable era que, ganase quien ganase, el siguiente gobierno sería inestable. El periodo 2016-2021 nos dejó un nuevo “sistema político” con la particularidad de que ese cambio se dio sin reformas constitucionales. El conflicto entre el Ejecutivo y el Congreso, sumado a la progresiva concentración de poder del segundo, construyó una suerte de parlamentarismo achorado en el que las palabras “vacancia” y “cuestión de confianza” se han normalizado. La debilidad en el Congreso del partido de gobierno en el 2016 y la ausencia de bancada de gobierno el 2020 debilitaron al Ejecutivo en el Congreso. Nos dejaron formas nuevas de pelear políticamente.

Así, ganara quien ganara el 2021, probablemente tendríamos un gobierno presionado por el Poder Legislativo por temas presupuestales y donde los conflictos se resolverían con amenazas mutuas. La polarización, además, puede coexistir con enormes coincidencias en otros temas. No olvidemos que el fragmentado y supuestamente polarizado congreso anterior nos mostró acuerdos enormes al momento de lanzar leyes populistas y defender intereses informales en contra de las reformas. Como sea, era más fácil predecir el desgobierno y el ataque a las reformas en curso (transporte, educación, servicio civil) que un zarpazo antidemocrático.

Pues bien, a esta polarización política y a un Congreso empoderado tenía que enfrentarse Castillo si quería gobernar. El momento requería ponerse muy, muy arriba para lograr estabilidad y sobrevivir. No era lo esperable: si algo dejaba la campaña de Perú Libre era improvisación, debilidad organizativa y una forma simplona de ver la política y el Perú. Todo eso se reforzó en las semanas previas a la juramentación. Pedro Castillo no reconoció lo complejo de este escenario, o, si lo hizo, no actuó en consecuencia. Tenía que dar seguridades de que su gobierno no sería ni radical ni improvisado. Su debilidad lo requería, sus enemigos no le perdonarían errores o abusos. Y fue poco lo que se hizo para lanzar estas señales. La improvisación vista en campaña se hizo más evidente al formar gobierno. Lo que se vio en esos días fue opacidad, silencios, reuniones en su zona de confort, en un momento que se requería apertura y tender puentes. Tampoco es que fuera hostil; en esos días clave Castillo no fue nada.

Luego vino lo peor, porque de ser precario pasó a levantar de nuevo la sospecha de radicalismo. El primer gabinete de Castillo fue, con algunas excepciones, un error colosal. Le regaló el que debía ser su primer gran gesto de unidad, su gabinete, a Perú Libre, incrementando todas las alertas de sus opositores. Guido Bellido, su primer premier, era un radical, con declaraciones polémicas sobre la violencia terrorista en el país, machista, sin experiencia de gobierno. Además, fue un gabinete de cuotas, basándose en otras organizaciones de izquierda para gobernar, pero con enormes deudas en términos de calidad. Es decir, despertó todas las alarmas. Mostró además que sus socios aceptaban el papel de subordinados. Salvo un par de ministros, que demoraron su juramentación, el resto aceptó un gabinete con Bellido a cargo y con otros nombres cuestionados, entre radicales e inexpertos.

Y no digo que ese nombramiento fuese un error porque no me gusta lo que Bellido representa. Vamos un paso atrás: si Castillo tuviera una bancada propia y mayoritaria, si hubiese ganado ampliamente y no gobernara en Lima, quizás pudo buscar una estabilidad radical, apelando a lo que han hecho otros gobernantes populares de izquierda en el poder. Si el Perú fuera Bolivia quizás un cuoteo corporativo entre organizaciones le daría estabilidad. Me hubiese parecido pésimo para la democracia y la economía, pero hay casos donde los presidentes se han empoderado con esas tácticas y han logrado conseguir estabilidad. Pero Castillo no era Chávez, ni Evo ni Correa. En el Perú, el voto territorializado del que hablamos, el peso de Lima, la debilidad de la izquierda, hacía la estrategia de colocar un radical y hacer un cuoteo de los míos, suicida. Castillo ganó con las justas, carecía de organizaciones de apoyo, no tenía (tampoco Perú Libre) experiencia de gobierno y el votante que lo rechazó rodea palacio de gobierno. Ese era el contexto.

Tampoco considero un error que fuera un gabinete de izquierda y con un mayor número de políticos y actores regionales. Si no lo era, perdía apoyo entre sus votantes. Y sin ese apoyo se volvía más vulnerable frente al Congreso. Pero era posible ser un gabinete de izquierda, abierto a nuevos actores regionales, con más vínculos con el centro político, sin ese nivel de precariedad. Es más, el argumento de que era un gabinete político y de regiones insulta a los buenos políticos y técnicos que hay en regiones.

Los costos de este nombramiento los vimos en estos meses. Tuvimos un gobierno improvisado, que desconocía como gobernar. La dificultad de comunicación del presidente se hizo más patente con un premier que peleaba con la prensa y tuiteaba lo que creía bueno para su agenda, no la del gobierno. Los malos nombramientos eran bombas de tiempo. Además, se veía en ministerios clave agendas particularistas, vinculadas a la informalidad, que afectaban reformas en curso. Se fueron sucediendo los escándalos, por inexperiencia o por claros avances anti reformistas. Y mientras eso pasaba, a Castillo se le veía atrapado en una agenda pequeña: su sindicato, su región, sus conocidos.

A los pocos meses de gobierno, Castillo presenta un segundo gabinete ministerial presidido por la política de izquierda Mirtha Vásquez.

Excepciones hay, por supuesto. Ciertas garantías de responsabilidad económica. No sabemos si Castillo mantuvo técnicos en el MEF y el BCR por convicción o porque la crisis económica le dejaba poco margen. Pero lo hizo. Un buen proceso de vacunación, que además ha ido mejorando. El lanzamiento de ciertas agendas que responden a sus votantes. En general, sin embargo, el anunciado primer gobierno de izquierda mostró enormes limitaciones. Y no por errores de buena fe, sino una pésima selección del personal, con alta tolerancia a la mediocridad, las agendas particulares y la improvisación.

El segundo gabinete, nombrado a inicios de octubre, pretendió ser un nuevo comienzo. Lo preside Mirtha Vásquez, una política de izquierda más centrada y con vocación de diálogo. Salieron ministros cuestionados, especialmente uno que, con seguridad, iba camino a la primera censura, abriendo la discusión sobre la cuestión de confianza. Sin embargo, Vásquez no nombró a su gabinete. Hereda mucho del anterior, e incluso con un nuevo ministro del interior más problemático. Comienzan a aparecer otros conflictos de interés del gabinete, con intentos de retroceso en la reforma de transporte y de la educación superior. Crisis por los ascensos militares. Explota otro escándalo con el Secretario de Palacio de Gobierno por sus desembozados pedidos por whastapp al jefe de la Sunat. Hasta mediados de noviembre del 2021 el gobierno había cambiado diez ministros. Todo un record nacional. Vásquez se aprecia desbordada por toda esta dinámica.

El gobierno ha logrado cierta estabilidad por tres razones. Por un lado, durante los primeros meses los votantes de Castillo en sectores socioeconómicos bajos y en sectores rurales lo mantuvieron con una popularidad estable. Castillo comenzó su gobierno con aproximadamente 40% de popularidad, bastante bajo frente a sus predecesores, pero se mantuvo allí por un par de meses a pesar de sus errores y ataques. La segunda razón está en las bancadas con mayor presencia regional, como Alianza por el Progreso y Acción Popular, que han apoyado la posición del gobierno en votaciones clave.  Es errado decir que esto es una pelea del Congreso contra el Ejecutivo. Todavía no lo es; es más bien del Ejecutivo contra un tercio del Congreso que no concede nada al gobierno y busca la vacancia desde el primer día. Y eso lleva a una tercera fuente de estabilidad: cercanía con sectores interesados en desbaratar reformas presentes en el Congreso también parecen darle un poco más de oxígeno. Estas coincidencias le dieron por tres meses cierto teflón al gobierno.

Pero las fuentes de inestabilidad son varias y se acrecentarán si la sensación de desorden o corrupción crece. La primera es la alta sensibilidad al tema de la corrupción. La excusa de “el Fujimorismo lo hizo también” es la peor defensa para un gobierno que se sostiene en la idea de ser distinto. Se está instalando la imagen de un gobierno corrupto. Luego, una oposición dura y un sector importante de la prensa que golpea lo que haga el gobierno, no le conceden nada. Se mantiene la posición dura de segunda vuelta. Tercero, el cúmulo de intereses pequeños, informales, y los vínculos con actores anti reformas, o buscando acceder al poder, incrementan la posibilidad de nuevos escándalos.

El gran problema de todo esto es que el gran problema está a en Palacio de Gobierno. Poner orden en este contexto requería enormes habilidades políticas y mirada de largo plazo. O cuando menos saber rodearse y escuchar. Quedó grande el encargo. Ahora la situación de Castillo es muy frágil. Si la corrupción lo toca, aunque sea de ladito, o un hecho trágico es atribuible al gobierno (protestas que se salen de control), puede llegarse a un acuerdo entre los duros, el centro e incluso Perú Libre, distante de Castillo tras la salida de Bellido, para la vacancia.

El inicio del actual proceso de vacancia ha mostrado todas estas debilidades. Parece difícil, por todo lo narrado, que Castillo ahora sí reaccione. Hoy su gobierno parece más cerca de terminar devorado por el uso excesivo de la vacancia presidencial que de ser relanzado. Sin embargo, lo tumultoso y errático de estos cuatro meses no debe hacernos olvidar una pregunta fundamental: ¿qué de todo esto se explica por las malas decisiones de gobierno y qué es más permanente, parte ya de la forma que se hace política tras el quinquenio anterior? Intentar construir un sistema más estable, donde palabras como vacancia o disolución vuelvan a ser excepcionales, pasa por entender esta diferencia.

Verano 2021/2022


Eduardo Dargent

Pontificia Universidad Católica del Perú – PUCP




Niñez y adolescencia en contextos andinos y amazónicos

La diversidad cultural que le da fama al Perú abarca también a la niñez y la adolescencia. Hay muchas maneras de ser niño, niña y adolescente en el país. Esto se puede afirmar pese a grandes vacíos en nuestro conocimiento sobre cómo se viven los procesos asociados a estas etapas de la vida en los pueblos de los Andes y la Amazonía. Ellos cuentan con estudios de la vida adulta, aunque esos también son escasos. Sin embargo, conocer a profundidad la situación de la niñez y adolescencia en grupos humanos presenta desafíos excepcionales. Exige investigaciones cuidadosas, prolongadas, de terreno y realizadas en la lengua materna de cada lugar. Sin un conocimiento fino de ese tipo, demasiadas veces se pretende aplicar supuestas leyes universales de desarrollo infantil que se basan principalmente en poblaciones europeas.

Afortunadamente, hay esfuerzos en curso que buscan llenar los vacíos. Algunos estudios comparativos ofrecen pistas que nos ayudan a entender qué hay de diferente y específico de crecer en contextos como los que caracterizan a los pueblos indígenas de la Amazonía y a las comunidades andinas (Lancy, 2008; Hewlett y Lamb, 2005; Rogoff, 2003; Valsiner, 2007).

El entorno ecológico es uno de los primeros factores en saltar a la vista, por los efectos que tiene sobre las formas de organizar la vida. Las zonas tropicales húmedas y las zonas de gran altura sobre el nivel del mar figuran entre los hábitats que plantean los retos más extremos para la existencia humana (Wiley 2004). Si eso vale para las personas adultas, tiene el doble de impacto en los infantes y niños. De hecho, la mortalidad neonatal e infantil ha sido y sigue siendo alta en ambas zonas. En los Andes, conservar el calor del cuerpo del bebé es vital. Los cuidadores han desarrollado sistemas de protección mediante el waltado (fajado), la manta, y la cercanía al cuerpo de la madre. En la Amazonía, además del contacto con el agua sucia, el gran peligro son los insectos que causan heridas e infecciones. El poco uso de ropas facilita el monitoreo y los constantes baños refrescan y reaniman. Aun así, los riesgos de parásitos, desnutrición, diarreas y deficiencias de micronutrientes no encuentran respuesta suficiente en los sistemas médicos locales (el chamanismo, el curanderismo) con su poca elaboración de la especialidad de pediatría. El sistema médico oficial, demasiadas veces, minusvalora los beneficios de las prácticas locales y tampoco ofrece la ayuda que se requiere.

Un rasgo muy difundido entre los pueblos no occidentales de todo el mundo es la distribución de la responsabilidad por el cuidado de los niños entre múltiples personas. Es un patrón que se relaciona con la fuerte participación de las mujeres en los sistemas de producción, y se halla tanto en los Andes como la Amazonía. Los niños y las niñas amazónicas acompañan a sus madres, abuelas, tías y hermanas mayores a la chacra en el bosque. Los niños y las niñas andinas asisten a sus madres al pastoreo y en las largas caminatas de sus familiares en tareas de cultivo. Muchas veces, sus cuidadores directos son otros niños; así, tenemos la icónica imagen de la niña andina con su hermanito en la espalda. Algunos han analizado la importancia estructural del núcleo de hermanos, varones y mujeres, y la solidaridad generacional horizontal que organiza el sistema de parentesco andino, como un resultado de este sistema de crianza (Ortiz, 1994). Los niños mayores cuidan y enseñan a sus menores. La misma lógica se reproduce cuando los hermanitos asisten como estudiantes “espontáneos” en las escuelas rurales.

Los sistemas de enseñanza y aprendizaje definen otro ámbito; donde los pueblos indígenas amazónicos y andinos se asemejan a la generalidad de pueblos indígenas en el mundo, y contrastan con la situación de niñas, niños y adolescentes en sociedades donde la mayoría acumula muchos años de asistencia a la escuela. En estos pueblos, la transmisión de conocimientos y habilidades de las personas mayores a la nueva generación se apoya en la observación, la imitación y el ensayo y error por parte de los aprendices (Lancy, Bock y Gaskins, 2010). Se usa, sobre todo, una estrategia de “open observation (observación abierta)” (Gaskins y Paradise, 2010). Premia la capacidad de recoger información de escenarios amplios. Su valor de sobrevivencia en contextos como la selva amazónica es evidente. El fomento en la escuela de estilos radicalmente diferentes de aprendizaje explica muchas de las dificultades que tienen los niños, niñas y adolescentes – más allá de la pobre calidad de las escuelas que están a su alcance y la dudosa relevancia de mucho de lo que se enseña en ellas.

La agricultura familiar practicada en la selva y los Andes supone la participación de todos los miembros del hogar, incluidos los niños y las niñas; quienes hacen una contribución económica desde muy temprana edad.

La niñez amazónica se tipifica con frecuencia como “indulgente”: se exige poco de los niños y las niñas en términos de colaboración en las tareas del hogar y las actividades de subsistencia. En la niñez y adolescencia se goza de grandes márgenes de libertad de movimiento (Anderson, 2016). Eso puede acarrear cierto grado de auto aprovisionamiento; por ejemplo, recogiendo frutas para comer o practicando con la cerbatana, o el arco y flecha, la caza de lagartijos y pájaros. No se castiga; pero, empleando métodos más sutiles, se fomenta la iniciativa y la autonomía.

En cambio, “indulgente” no es un descriptor que se aplica a la niñez y adolescencia en los Andes; salvo raras excepciones, como podría ser el hijo único de una pareja de edad avanzada. La clave es el sistema de producción. La agricultura familiar practicada en los Andes presupone la participación de todos los miembros del hogar. Los niños y las niñas hacen una contribución económica desde muy temprana edad. A la vez son accionistas, con parcelas, animales y eventualmente otras propiedades que están reservadas para afrontar las demandas de su educación y porvenir.

Veamos la situación de los dos hijos de una familia que se halló en un pueblo de la provincia de Yauyos, región Lima[1]:

Ximena (seudónimo), de 9 años, divide su día entre las mañanas, cuando asiste a la escuela, y las tardes, cuando lleva a pastar el rebaño familiar de media docena de ovejas y un par de cabras. Los fines de semana y por ratos entre juegos ayuda a atender en la tienda familiar. La bodega de su familia está lejos de ser la más grande, surtida o concurrida en el pueblo, pero da alguna ganancia gracias al esfuerzo de los dos padres de Ximena. Cada quincena su madre viaja a Cañete para abastecerla de novedades además de artículos de primera necesidad. Los sábados y domingos, y algunas noches cuando hay movimiento en el pueblo, se estaciona un carrito salchipapero delante de la tienda. Ximena ayuda a su mamá despachando los platos y cobrando el sol que cuesta la porción.

Esto era, por supuesto, la vida de Ximena antes de la pandemia. Aun en ese entonces, su rendimiento en la escuela había bajado, dice su mamá, debido a una caída que tuvo del techo de su casa. Otros podrían decir que la sobrecarga de trabajo jugaba un papel. De hecho, Ximena llevaba sus cuadernos al campo y hacía la tarea escolar mientras vigilaba a los animales. Sus padres le inculcaban la importancia de cuidarlos bien ya que el rebaño representaba la posibilidad de ejecutar su plan para el futuro de la familia: comprar un terreno en Lima, trasladarse a la capital, encaminar a Ximena y su hermano menor en estudios secundarios y post secundarios. La familia poseía terrenos en las afueras del pueblo, y cosechaba habas y otros productos para el autoconsumo y para la venta. El hermano de Ximena ayudaba al papá en la chacra, pero, a sus 6 años, no tenía la fuerza para las tareas de otros niños mayores frente a la chaquitaclla, la pala y la barreta. No se le podía enviar para manipular compuertas en los canales de regadío, incluso durante la noche cuando el puma vagaba por los cerros. Sí, como casi la totalidad de las niñas y los niños del lugar, podía colaborar en tareas como recolectar leña en zonas de bosque y traer forraje para los cuyes en casa.

Los recursos que explotan los pueblos de caza, recolección y horticultura – es decir, la economía tradicional amazónica – requieren de conocimientos y habilidades que se adquieren lentamente y que demandan un notable madurez física y mental. Si los niños acompañaran a sus padres, abuelos y tíos en expediciones de caza sería un estorbo antes que una ayuda. Las niñas que observan a sus madres, abuelas y tías en el cultivo de la chacra o la búsqueda de alimentos del bosque demoran mucho en adquirir la capacidad para seleccionar las plantas y no tienen la fuerza para cargar productos pesados como la yuca y los plátanos de vuelta a la aldea. Su aporte probablemente se limitará a cargar palitos y hojas para alimentar el fuego de la cocina.

Debido al complejo sistema de articulación entre su medio y la sociedad mestiza, la niñez y adolescencia en los Andes y Amazonía seguirán siendo un procesos diferenciados del resto del país.

Los pueblos amazónicos y andinos vuelven a converger en torno a las expectativas de autovalía que guardan para las niñas, niños y adolescentes y en el entrenamiento que ofrecen para la misma. En todos ellos, la niñez termina tempranamente. La madre de Ximena afirmaba que ella dejaría de jugar a los 12-13 años, y esas fueron las edades que la mayoría de padres en los pueblos yauyinos mencionaban como el fin de la infancia (Anderson y Leinaweaver, en preparación). El emparejamiento suele ser precoz en la Amazonía, especialmente para las mujeres (UNFPA / Plan International, 2019). Un día están jugando con sus amigas y mascotas, y al año siguiente están con un bebé. En los Andes se produce una intensificación gradual del rol proveedor y gerencial de adolescentes varones y mujeres. Antes de cumplir los 20 años, la mayoría está en condiciones de conducir una casa y la unidad agropecuaria asociada a ella.

Muchos de estos patrones están siendo trastocados por la escuela, la oferta de trabajo en las ciudades del entorno (servicio doméstico para las mujeres; construcción civil y vigilancia particular en el caso de los varones), cambios en las bases económicas de las comunidades y cambios en las aspiraciones de niños, niñas y adolescentes en el conjunto del país. Es previsible que la niñez y la adolescencia en las zonas indígenas de los Andes y la Amazonía seguirán marcadas como procesos diferentes del resto del país. La nueva generación forma parte de un complejo sistema de articulación entre su medio (físico, social, político) y la sociedad mestiza envolvente. Las niñas, los niños y adolescentes tendrán que hacer uso de todas sus capacidades creativas y de pensamiento independiente para trazar un camino hacia un futuro no solo diferente, sino de “aumento”[2] y feliz.

Referencias

Anderson, Jeanine. 2016 Las infancias diversas. Estudio fenomenológico de la niñez de cero a tres años en cuatro pueblos indígenas de la Amazonía peruana. Lima: UNICEF Perú.

Anderson, Jeanine y Leinaweaver, Jessaca. En preparación. Niñez en Yauyos (título tentativo).

Gaskins, Suzanne y Paradise, Ruth. 2010 “Learning through observation in daily life”. En: Lancy, David F., Bock, John y Gaskins, Suzanne, editores. The Anthropology of Learning in Childhood. Walnut Creek, CA: AltaMira Press, pp. 85-117.

Hewlett, Barry S. y Lamb, Michael E., editores. 2005 Hunter-Gatherer Childhoods. Evolutionary, Developmental and Cultural Perspectives. New Brunswick, NJ: AldineTransaction.

Lancy, David F. 2008 The Anthropology of Childhood. Cherubs, Chattel, Changelings. Cambridge, UK: Cambridge University Press.

Lancy, David F., Bock, John y Gaskins, Suzanne, editores. 2010 The Anthropology of Learning in Childhood. Walnut Creek, CA: AltaMira Press.

Ortiz Rescaniere, Alejandro. 1994 Un estudio sobre los grupos autónomos de niños a partir de un trabajo de campo en Champaccocha, Andahuaylas. Lima: Fundación Bernard Van Leer / Ministerio de Educación. Proyecto de Innovaciones Pedagógicas No Formales, Documento de Trabajo.

Rogoff, Barbara. 2003 The Cultural Nature of Human Development. Oxford, UK: Oxford University Press.

UNFPA / Plan International. 2019 Las adolescentes peruanas en matrimonio o unión. Tradiciones, desafíos y recomendaciones. Lima: Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

Valsiner, Jaan. 2007 Culture in Minds and Societies. Foundations of Cultural Psychology. Los Angeles, CA: Sage Publications.

Wiley, Andrea S. 2004 An Ecology of High-Altitude Infancy. Cambridge, UK: Cambridge University Press.

_____________________________________________

[1] Extracto del manuscrito en proceso que contiene los resultados de un estudio de campo en seis localidades rurales de la provincia de Yauyos, al sur de Lima, en el 2008. Anderson y Leinaweaver, en preparación.
[2] El “aumento” expresa un valor primordial de los pueblos indígenas amazónicos. Alude a procesos deseables de crecimiento, florecimiento y prosperidad.

Verano 2021/2022


Jeanine Anderson

Pontificia Universidad Católica del Perú – PUCP




Las madres adolescentes de Quispicanchi

A mediados del 2019, desde la Asociación Wayra, obra social de la Compañía de Jesús, iniciamos un proyecto de acompañamiento psicosocial a madres adolescentes denominado Wiñasunchis (Creceremos).  Esta iniciativa nace con el objetivo de generar en las participantes mecanismos de protección y autoprotección, desde un trabajo con enfoque sistémico, que integra el ámbito legal con el acceso para la tutela y restitución de sus derechos y el de sus hijos e hijas; el acompañamiento psicosocial  para el fortalecimiento de su autoestima y el vínculo afectivo madre-infante, y en una resiente línea de acción para que se promueva  el desarrollo de habilidades ocupacionales que faciliten el autoempleo y emprendimiento.

Es a través de la historia de más de 45 mujeres y sus familias, y las evaluaciones periódicas de los proyectos, que queremos analizar y reflexionar sobre los desafíos de este problema de salud pública que tiene un impacto en el desarrollo integral de las adolescentes.

En el 2018, el porcentaje de madres adolescentes y embarazadas por primera vez es del 12.6%, y según ámbito geográfico en la zona urbana representa un 10.01%, mientras que en la zona rural alcanza a 22.7%[1].  Asimismo, en el 2020, se evidencia una destacable disminución al 8.3%[2], 7% en la zona urbana y 12.4% en la zona rural[3].

El embarazo y la maternidad adolescente son problemáticas con mayor predominancia en los niveles socioeconómicos más pobres. Según la Encuesta Nacional Demográfica y de Salud Familiar – ENDES (2019), en el quintil más pobre (20% de la población con los menores ingresos) la proporción de mujeres en edad adolescente que están embarazadas o ya son madres es 24.9%, mientras que en el quintil más rico (20% de la población con los mayores ingresos) esta proporción es solo 3.2%. Es así que, el embarazo y la maternidad adolescente contribuyen a la transmisión intergeneracional de la pobreza, la vulnerabilidad, la exclusión, la discriminación y la desigualdad de género.

Cada vez se hace más visible que miles de niñas y adolescentes son víctimas de diversos tipos de violencia, tanto en el ámbito intrafamiliar como en espacios públicos. Una de las consecuencias recae en que muchas de ellas terminan siendo madres adolescentes; y no sólo de la agresión sexual que trae como consecuencia un embarazo, sino de la violencia psicológica y física que sufren en sus hogares y por parte de quienes deberían ejercer el rol de protección y soporte emocional, como son los padres y madres de familia. Esto termina ocasionando una situación de riesgo en las adolescentes, siendo vulnerables a hechos de seducción por quienes les ofrecen un mejor ambiente de confianza y seguridad.

En zonas rurales, la causa del embarazo adolescente suelen ser las uniones forzadas a consecuencia del rol machista que asigna y empuja comúnmente a las mujeres a convertirse en madres desde muy jóvenes. Desde el 2009, uno de los programas institucionales de Asociación Wayra es la Prevención de la Violencia de Género y la Trata de Personas en instituciones educativas secundarias de cinco distritos en la jurisdicción de la provincia de Quispicanchi. Uno de nuestros principales hallazgos es el limitado o inexistente proyecto de vida por parte de las adolescentes, así como del normalizado deseo por parte de los padres y madres de familia de que sus hijas tengan como principal logro la conformación de un hogar con un buen hombre que tenga suficientes recursos para sostenerla a ella y a sus hijos. Este tipo de plan de vida termina dejando al margen el importante logro que implica la conclusión de los estudios básicos y una posible continuidad de estudios superiores, así como el desarrollo de su autonomía económica. Estos roles son reforzados por la comunidad en su conjunto y representa una gran barrera al momento en que las mujeres que denuncian hechos de violencia de género puedan asumir las medidas de protección de alejamiento o posterior separación de sus victimarios; sintiéndose obligadas por sus familiares y comunidad a continuar con la relación porque no las consideran con los medios materiales ni emocionales para asumir un rol de madre soltera en su hogar y en su comunidad.

Los efectos del embarazo adolescente repercuten en diversas dimensiones. La más visible es la obstaculización en su desarrollo psicosocial como el riesgo de mortalidad maternas y neonatales. En la dimensión educativa, estas adolescentes tienen problemas para permanecer en la escuela y concluir su educación. Pese a las normas que garantizan la continuidad tanto en la etapa de gestación y maternidad, prevalecen más las actitudes de exclusión, generalmente asumidas por los padres y madres de familia de la comunidad educativa; quienes las califican como “malos ejemplos” y que el embarazo adolescente es “contagioso”. Estos hechos, al no ser tratados adecuadamente por los docentes, son efectivos para que las madres adolescentes se retiren voluntariamente o soliciten su traslado a otras instituciones educativas. Finalmente, las restricciones en el desarrollo de habilidades y competencias psicosociales, así como el acceso a oportunidades laborales, representan algunas de las situaciones de mayor exclusión e imposibilidad de desarrollo en su autonomía y seguridad económica.

La población adolescente y joven del país enfrenta desafíos de desarrollo, agravados y profundizados por los efectos de la COVID-19, donde se ha evidenciado un alza en la violencia de género, las brechas de acceso a salud, deserción escolar y la carga de labores en el hogar, sobre todo asumidas por las mujeres. De este modo, enfatizando previamente las situaciones de violencia en la que viven inmersas las niñas y adolescentes en sus hogares, era la escuela el espacio seguro, de orientación y atención oportuna frente a hechos de riesgo y que, a casi dos años de las clases no presenciales, se ha convertido en nula la posibilidad de soporte para ellas. Mientras no se tomen medidas urgentes para el retorno presencial a la escuela, una de las muchas consecuencias seguirá siendo el estado de abandono que enfrentan los y las escolares al no recibir de la mano de educadores y especialistas una educación sexual y afectiva que les permita reconocer sus derechos, identificar los mecanismos para su promoción y defensa, y la toma de decisiones informadas y libres de violencia.

Esto mismo sucede con la restricción de los servicios de salud, especialmente los de planificación familiar que, si bien afecta directamente a las mujeres en etapa de fertilidad y en edad adulta, también se limita en los servicios diferenciados para adolescentes; los cuales han sido instalados en los centros de salud como consecuencia de acciones de sensibilización e incidencia generalmente asumidas por organizaciones de la sociedad civil. Esto se debe a la presencia de creencias por parte de la comunidad que afirma que informar y orientar sobre los derechos sexuales y reproductivos a los y las adolescentes es incentivarles al inicio de sus experiencias sexuales. Los servicios diferenciados son servicios de salud adecuados localmente a las necesidades de salud integral de las y los adolescentes, diseñados e implementados con su participación, bajo los principios de privacidad y confidencialidad, y son atendidos por personal idóneo. Estos servicios aún no retomaron su atención y continuidad en un escenario aún priorizado por la emergencia sanitaria.

Generalmente, son los padres y madres de familia de quienes asumen actitudes de exclusión hacia la madres adolescentes; quienes, al no recibir correcto apoyo docente, terminan trasladándose o desertando de sus instituciones educativas.

Somos conscientes que el trabajo de acompañar a las madres adolescentes es una acción de respuesta frente a la problemática ya constituida, caracterizado por los hondos desafíos que enfrentan las adolescentes en la continuidad de sus proyectos de vida junto a sus hijos e hijas, y en un porcentaje mínimo junto a sus parejas. Muchas de ellas con el apoyo de sus familias logran construir mejores condiciones para salir adelante, pero también hay un grupo de ellas que viven en abandono familiar, abandono de sus parejas y sin los recursos personales, educativos ni laborales que las lleva a enfrentan situaciones extremas de vulnerabilidad que las obliga a abandonar a sus hijos y hasta pensar en el suicidio. Son historias duras que nos toca acompañar y que creemos importante visibilizar porque, si bien las relaciones sexuales pueden ser consentidas, hay factores familiares, culturales y de desinformación que las posiciona en este escenario y que repercute para siempre en sus vidas.

Necesitamos seguir trabajando como sociedad civil en incidir para el cierre brechas de acceso, mejora de la calidad y pertinencia en la educación para que se asuma plenamente la perspectiva de género, especialmente el principio de empoderamiento y autonomía de las mujeres desde edades tempranas y que cuenten con los recursos financieros, técnicos y de conocimientos que se ofrecen para el desarrollo y mejora de los sistemas educativos en nuestro país.

________________________________________________________

[1] INEI 2019,  Perú Brechas de Género – Avances hacia la igualdad de mujeres y hombres. Pág. 143.
[2] ENDES 2020, Capítulo III. Fecundidad. Pág. 100.0

 Verano 2021/2022


Karem Farfán

Asociación Wayra




Ser niña, niño y adolescente en el Perú en tiempos de la COVID-19

Desde que, en el mes de marzo del pasado año 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que el mundo enfrentaba una pandemia causada por la COVID-19, considerado un virus altamente contagioso y letal, y habiéndose confirmado el primer caso en Perú en ese mismo mes, el gobierno decretó una cuarentana nacional, que implicó, entre otras medidas, el confinamiento en casa, el trabajo remoto y el cierre de escuelas.

A partir de entonces todo pareció girar en torno al coronavirus, desatándose un clima de mucha incertidumbre, angustia y miedo. A este escenario contribuyó tanto las medidas y declaraciones del gobierno (incluyendo mensajes presidenciales diarios), como los medios de comunicación, centrando la información y colocando los reflectores sobre las estadísticas de contagio, internamientos en Unidades de Cuidados Intensivos y muertes por COVID-19.

En este escenario, se prestó muy poca atención a la situación de las niñas, niños y adolescentes, asumiendo que el virus afectaba principalmente a personas adultas y que la prevalencia se concentraba en adultos mayores varones y con enfermedades pre-existentes. A un año y ocho meses del inicio de la pandemia se han hecho evidentes los efectos que el confinamiento, aislamiento social y el reemplazo de clases presenciales por clases remotas han tenido en la socialización, los aprendizajes, y el estado físico y emocional de las niñas, niños y adolescentes.

Siendo un país social y económicamente muy desigual, en el Perú no se puede hablar en términos generales de la situación de la niñez y la adolescencia. El impacto de la pandemia en la vida de este grupo de población ha sido y sigue siendo diferente según un conjunto de variables. No es lo mismo ser niño o adolescente hombre, que ser niña o adolescente mujer; pertenecer a una comunidad amazónica o andina, que vivir en un distrito limeño de sectores de altos ingresos; hablar una lengua nativa como lengua materna, que hablar al castellano; así como vivir con alguna discapacidad.

Si bien hay elementos comunes en la vida de niñas, niños y adolescentes según el ciclo de vida, los factores sociales, económicos, culturales, familiares y personales han determinado mayor o menor capacidad para asimilar y responder a los desafíos que ha representado vivir en un contexto de pandemia. Dentro de ello, los más afectados han sido los grupos en situación de pobreza, precariedad y en contextos de violencia y dentro; y de este conjunto, quienes residen en áreas rurales y urbano marginales, y en razón de la desigualdad de género, las niñas y adolescentes mujeres.

La pérdida de ingresos y de medios de vida en hogares pobres y el impacto en menores

La medida de confinamiento general, cierre de establecimientos comerciales, servicios sociales y centros laborales, colocó en una situación de emergencia extrema a aquellas familias que dependían de ingresos diarios derivados de comercio a pequeña escala, servicios personales, y con imposibilidad de realizar trabajo remoto.

Según datos oficiales, el 70% de la PEA en Perú se ubica en el sector informal (ENAHO, 2018). En este contexto, muchas madres y padres de familia, de hogares en pobreza y pobreza extrema, se vieron forzados a decidir entre quedarse sin salir de casa y evitar el contagio por la COVID-19, o salir para asegurar la subsistencia básica diaria. Esta última decisión prevaleció a pesar de las sanciones previstas para quienes no se acogían al confinamiento y la cuarentena. Poco a poco, las medidas fueron flexibilizándose para permitir la reactivación económica, mientras que la ayuda económica efectiva para contribuir a la subsistencia de las familias de bajos ingresos tardó mucho más[1].

En otros casos, la decisión de los padres de retornar a sus lugares de origen o de migrar a otras ciudades en búsqueda de ingresos tuvo como consecuencia la separación de las familias, optando por permanecer la madre o el padre con las hijas o hijos menores para garantizar su cuidado y su asistencia a las sesiones de Aprendo en Casa, estrategia implementada por el MINEDU para llevar las clases a través de medios virtuales o remotos (radio y televisión). Esta separación también ha tenido un fuerte impacto en la salud emocional de los menores, expresándose en conductas de rebeldía o reforzando la sensación de inseguridad e incertidumbre.

Las dificultades para acceder a clases remotas y la pérdida del vínculo con la escuela

La prioridad de asegurar la alimentación familiar, que llevó a algunas familias a retornar a sus comunidades de origen, representó para algunas niñas, niños y adolescentes perder el vínculo con la escuela, debido a que, en muchas zonas del Perú, mayoritariamente en zonas rurales, no hay acceso a internet. Incluso algunas comunidades carecen de energía eléctrica.

En el 2019 solo el 39.5% de los hogares peruanos tenían acceso a internet. En las áreas rurales este porcentaje es del 4.8% (INEI, 2019), mientras que sólo el 1% de menores que se ubican en el quintil 1 tiene acceso a internet en su vivienda (ENAHO, 2020), evidenciando otra de las grandes brechas sociales que persisten en el Perú.

Las limitaciones para acceder a internet, las interrupciones de la señal y/o la falta de dispositivos digitales para conectarse (teléfonos celulares o computadores) o de dinero para recarga de datos, además de las grandes dificultades que representa atender a clases virtuales, entender las explicaciones del docente, cumplir con las tareas y envío de las evidencias, desmotivaron a un buen número de estudiantes que finalmente dejaron de conectarse, según reportan varios docentes en el país. De más de ocho millones de estudiantes en el país, según el MINEDU entre el 2019 y el 2020 interrumpieron sus estudios 705 mil niñas, niños y adolescentes, la mayoría cursaba secundaria.

Según el MINSA, 4 de 10 estudiantes no lograron adaptarse a las sesiones escolares en modalidad virtual, repercutiendo en su menor desempeño académico (MINSA, 2020). Por ello se habla de pérdida de aprendizajes debido a la pandemia, aunque de otro lado se empiezan a valorar los otros aprendizajes que han adquirido relacionados con la subsistencia y las formas creativas de enfrentar la pandemia.

Recarga de tareas y trabajo infantil y adolescente oculto

A medida que las tasas de contagio y de muertes por la COVID-19 fueron reduciéndose de manera sostenida en el segundo año de pandemia, consecuentemente disminuyó también el temor de las familias al contagio y algunas incorporaron a sus hijas e hijos como “apoyo” o “acompañantes” en sus actividades económicas. En el área rural, el promedio de trabajadores adolescentes pasó de 388 mil en el primer trimestre del 2020, a 485 mil en el mismo período del 2021[2]. Este trabajo no suele visibilizarse, por lo que se puede hablar de la existencia de trabajo infantil y adolescente oculto.

La participación económica de niñas, niños y adolescentes es uno de los factores que determina la interrupción de su participación en la escuela: 4% de estudiantes que cursaban secundaria dejó de estudiar por estar trabajando (ENAHO, 2020).

De otro lado, según un estudio de UNFPA que comprendió a 211 adolescentes y jóvenes indígenas, 57% incrementó la realización de tareas domésticas durante la pandemia. En el caso de las mujeres, el porcentaje fue de 67% y en varones, 47% (UNFPA, 2020). Debido a los roles de género tradicionales, a las niñas y adolescentes mujeres, además de labores domésticas, se les asigna el cuidado de otros integrantes del hogar.

El dolor de la muerte y la orfandad

Según un estudio global reciente que comprendió a 21 países, y entre ellos el Perú, 98 mil 975 menores en todo el país quedaron en la orfandad al morir la persona adulta a su cargo, es decir 10 de cada 100 niñas, niños y adolescentes (The Lancet, 2021). Según este mismo estudio, Perú ocupa el indeseable primer lugar en la tasa de menores que perdieron a su cuidador principal[3].

Lo que esta pérdida representa para cada menor es enorme en términos de seguridad afectiva, material, económica y personal, además del impacto en su salud emocional y mental. Con lo relevante que es esta situación, no está en la agenda pública del país.

Confinamiento, conflictos y violencia intrafamiliar

Durante la pandemia, los conflictos y situaciones violentas se han incrementado en buen número de hogares de niñas, niños y adolescentes. En el año 2020, el Centro de Emergencia Mujer reportó la atención a 35 mil 661 menores entre los meses de enero a diciembre, lo que equivale a 97 casos al día. En el mes de enero del 2021 fueron atendidos más de 4 mil niñas, niños y adolescentes, lo que equivale a 133 casos de violencia por día. El 46.4% de casos corresponde a adolescentes de 12 a 17 años, 36.6% al grupo de niñas y niños de 6 a 11 años, y 16.9% a infantes de 0 a 5 años[4].

De otro lado, el Ministerio de Salud reportó la atención de 23 mil 972 casos de violencia a niñas, niños y adolescentes durante el año 2020. 10 mil 659 son casos de violencia psicológica (57% son mujeres) y 9013 corresponden a violencia física (54% de estos son mujeres). Como se aprecia, las tasas de violencia en todos sus tipos son mayores para las niñas y adolescentes, pero es marcadamente más alta en materia de violencia sexual, siendo una de las peores expresiones de las desigualdades de género.

Según el MIMP, solo en el mes de enero del 2021 se registraron más de 4 mil casos de violencia a niñas, niños y adolescentes en el país.

Violencia sexual y embarazos no deseados

En el año 2020 el CEM reportó 9 mil 582 casos de violencia sexual. En ese mismo año, el acoso sexual en línea aumentó en un 73 % respecto al año 2019. Esto último revela el riesgo de explotación sexual al que están expuestas niñas, niños y adolescentes.

De acuerdo a un estudio realizado en el 2020 por la ONG CHS Alternativo: 42% de madres y padres reportaron que sus hijas e hijos vivieron situaciones de riesgo sexual en línea, un 16% más con respecto al año 2019. El mismo estudio reveló que 21% de madres y padres detectaron mensajes de contenido sexual dirigidos a sus hijas e hijos a través de celulares o redes sociales.

La Dirección Nacional de Salud Sexual y Reproductiva (MINSA) informó que el embarazo en adolescentes se incrementó en 12% al nivel nacional en el año 2020, porcentaje que varía según las regiones, presentando los índices más altos las regiones amazónicas. Según el Fondo de Población de Naciones Unidas, de 119 mil mujeres jóvenes y adolescentes, se habrían producido más de 15 mil embarazos no deseados en el 2020 (UNFPA, 2020).

Si la pérdida de aprendizajes es considerada una “tragedia educativa” por algunos especialistas en educación, la violencia sexual y el embarazo y maternidad precoces representa una verdadera catástrofe para las niñas y adolescentes, por el impacto negativo que tiene, en el presente, en su salud física y emocional, y la interrupción de su vida escolar, entre otros; y hacia futuro, la pérdida de oportunidades laborales y de realización de sus proyectos de vida.

Impacto emocional y salud mental

Hay diversos elementos que han repercutido en la salud emocional y mental de las niñas, niños y adolescentes: el confinamiento y aislamiento social; el temor al contagio; las barreras para acceder y permanecer en la escuela en modalidad virtual o remota; el miedo a perder el año escolar; la combinación de tareas escolares con trabajo doméstico y otras formas de trabajo; la reducción de tiempo libre y actividades recreativas; entre otros.

Un estudio realizado por el MINSA[5] mostró que 3 de cada 10 niñas, niños y adolescentes presentaron problemas de salud mental asociados a la pandemia. Según este estudio, los factores que más influyen en su salud mental son el encierro y la pérdida de contacto con sus compañeros de aula y sus amigos, y las relaciones intrafamiliares. El estado emocional de madres, padres y cuidadores es otro factor determinante, 7 de cada 10 niñas, niños y adolescentes presentan problemas de salud metal si sus cuidadores presentan ansiedad, depresión y débil capacidad de resiliencia.

Entre las diferentes manifestaciones que se presentan, están la tristeza, preocupación, ansiedad, angustia y depresión. La depresión afecta más a adolescentes (31.5%), mientras que el miedo a perder a la madre, padre u otro cuidador es más frecuente en menores de 6 a 11 años de edad.  También se presentan conductas agresivas, rebeldía, desafío a la autoridad e incumplimiento de reglas de convivencia y dificultades de atención.

Qué podemos hacer los adultos, el Estado y la sociedad en su conjunto

En este contexto, los niños, niñas y adolescentes presentan dificultades para entender, comprender y expresar lo que están experimentando; a la vez, son poco escuchados o comprendidos por los adultos de su entorno. De ahí la importancia de que los adultos asuman la prioridad que tiene prestar atención, escuchar y brindar soporte a los menores, fortaleciendo sus habilidades socioemocionales para adaptarse a un escenario complejo. De otro lado, es importante reconstituir los vínculos y redes sociales de apoyo entre adolescentes y jóvenes.

También hay que reconocer la gran capacidad y fortalezas que han mostrado muchas niñas, niños y adolescentes para adaptarse a las nuevas condiciones, adquirir nuevos aprendizajes y valorar el fortalecimiento del vínculo familiar, ahí donde la dinámica familiar no ha estado marcada por la violencia sino por el afecto y el cuidado.

Desde el Estado se debe asegurar que los programas dirigidos a niñas, niños y adolescentes se implementen desde un enfoque de derechos, igualdad de género, inclusión y pertinencia cultural.

Particularmente importante es asegurar un pronto retorno a las aulas, la implementación de la educación sexual integral en las escuelas, la efectiva provisión de servicios en salud sexual y reproductiva a adolescentes y una mayor inversión en la prevención y atención de la violencia infantil y adolescente, así como en el fortalecimiento del Sistema Nacional de Atención Integral al Niño y Adolescente.

___________________________________________

[1] Desde la aprobación del primer padrón de hogares beneficiarios del primer bono “Yo me quedo en casa” (R.M. N° 062-2020 MIDIS del 18 de marzo del 2020) pasaron varios meses hasta que pudiera llegar realmente a los hogares que lo necesitaban. Ver también: Defensoría del Pueblo, Informe Especial N° 025-2020. Entrega de bonos a hogares en el contexto de la emergencia por la Covid19: Dificultades y recomendaciones.
[2] Fuente: Instituto Peruano de Economía (IPE).
[3] Fuente: portal Ojo Público. Ver: https://ojo-publico.com/2895/peru-tiene-la-tasa-mas-alta-de-ninos-huerfanos-por-covid-19.
[4] Informe del Programa Nacional Aurora MIMP, años 2020 y 2021.
[5] Estudio “Salud mental y adolescencia en días de pandemia”, MINSA-UNICEF 2020.

Verano 2021/2022


Rosario Murillo Hernández

TAREA – Asociación de Publicaciones Educativas