El Apostolado Intelectual, infaltable en la misión de la Compañía de Jesús

El Padre General Arturo Sosa SJ en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, durante la lectura del presente discurso (Lima, marzo 2017). En el presente artículo se presenta un extracto del mismo.

Lo que denominamos apostolado intelectual es central en la misión de la Compañía hoy, como lo ha sido desde sus inicios. La complejidad de los problemas del mundo hace siempre urgente y central la reflexión intelectual para poder realizar un servicio calificado a la humanidad desde la misión de la Iglesia. La Compañía de Jesús nace asociando la profundidad espiritual, la cercanía a los pobres y la comprensión intelectual de los procesos humanos. Hoy confirma ese modo de proceder que lleva a profundizar el compromiso con el apostolado intelectual.

El Santo Padre Francisco, en la visita que hizo a la Congregación General 36ª, en octubre pasado, confirmó a la Compañía esta dimensión de su identidad. Nos invitó a seguir trabajando desde la profundidad espiritual con profundidad intelectual y visión de los procesos en marcha en las personas y en las relaciones entre ellas y con la naturaleza. No se trata –nos dijo- de ocupar espacios, sino de generar y acompañar procesos de crecimiento y transformación según corresponda a cada circunstancia, según personas, tiempos y lugares, como le gustaba decir a Ignacio de Loyola. No es posible una visión profunda de procesos complejos sin análisis y reflexión. El discernimiento que lleva a escoger las acciones a realizar necesita de esa profundidad intelectual.

Esta característica de la identidad de la Compañía de Jesús, desde su misma fundación, ha sido subrayada fuertemente desde la Congregación General 34ª. Al describir los trazos de lo que es un jesuita, y la misma Compañía de Jesús, deja claro cómo el apostolado intelectual es una dimensión del conjunto de la misión: debe ser parte de todo lo que hacemos, como desarrolló el P. Kolvenbach en diversas ocasiones[1]. La Congregación General 34 reafirma la distintiva importancia de la calidad intelectual de cada trabajo promovido por la Compañía, que así contribuye a descubrir el creativo trabajo de Dios[2]. Las siguientes congregaciones generales resueltamente insisten en la labor intelectual como característica de nuestro modo de proceder y compromiso con una evangelización integral.

Por consiguiente, la dimensión intelectual debe estar presente en toda acción apostólica emprendida por la Compañía de Jesús como cuerpo, en cada una de sus obras apostólicas y en la actividad personal de cada jesuita. La labor intelectual requiere esfuerzo y dedicación. Requiere sensibilidad a las situaciones de las personas y los pueblos. Necesita mirar más allá de sus muros para acompañar los procesos complejos de la historia humana.

Para el jesuita, y las instituciones animadas por la Compañía de Jesús, no basta alcanzar la profundidad intelectual. El verdadero desafío es que sea apostolado, es decir, un modo de anunciar más efectivamente la Buena Noticia del Evangelio, de aprender a captar la presencia de Dios en el mundo y la acción de su Espíritu en la historia, para sumarse a ella y contribuir a la liberación humana. La labor intelectual es apostolado:

a. Cuando se realiza en el mundo, es decir, cuando encuentra su sentido fuera de sí misma, no encerrada en sus intereses sino en función de las personas, de los temas y problemas de la humanidad, por consiguiente, también de la Iglesia.

El apóstol escucha y atiende, contempla, la situación del mundo. Sigue el modelo de la meditación de la encarnación de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio: la Santísima Trinidad escucha y siente la situación del mundo, de tantas y tan diversas gentes, entiende de qué se trata y toma la decisión de hacerse parte para abrir el camino a la liberación.

b. Cuando tiene una orientación evangélica porque le duele lo que sucede a los seres humanas y a la creación. La labor intelectual es apostolado porque se orienta clara y explícitamente a la construcción de un mundo más cercano a las características del Reino de Dios: la justicia, la paz y el amor, vínculo fundamental entre los seres humanos y con Dios.

c. Cuando se es consciente de la necesidad de hacerlo en colaboración con otros. Cuando sabe que la profundidad intelectual requiere la escucha, el diálogo, salir al encuentro. El trabajo intelectual es apostolado cuando se realiza a la intemperie, no encerrado en un gabinete ni seguro de sus propias certezas. Cuando es capaz de dialogar con otras disciplinas, enriquecerse de otras perspectivas y diversas visiones del mundo, la ciencia y la cultura. No se encierra en su propia verdad.

Sigue la dinámica de la encarnación, que sigue a la contemplación del mundo. En Nazareth se produce el encuentro entre la voluntad liberadora de la Trinidad y la humanidad. La fe de María hace posible el nacimiento de Jesús quien crece en familia con José, se abre a la realidad de su pueblo empobrecido y colonizado, escucha la palabra profética de Juan Bautista y llama a sus discípulos a colaborar en la obra liberadora a la que ha sido enviado.

d. La labor intelectual en la Compañía es apostolado cuando se vive como misión recibida, como envío. Por tanto, se realiza como servicio. No busca el reconocimiento ni la gloria de las personas o las instituciones. Es un esfuerzo intelectual realizado por apóstoles, es decir, por personas, jesuitas y otros, hombres y mujeres, que lo viven como misión. La frecuente aridez de este trabajo, o el eventual reconocimiento, se vive como respuesta generosa a la llamada recibida de ponerse el servicio de la liberación del mundo.

En síntesis, la labor intelectual es apostolado si mantiene vivo el vínculo entre la reflexión profunda, la preocupación por la vida de las personas y la construcción de un mundo más humano y cristiano. Nuestra labor intelectual es apostolado si se hace con profundidad, apertura al mundo y orientada a la justicia social y la reconciliación entre las personas y con la creación. Siempre en diálogo con otros, creyentes y no creyentes. Aceptando con alegría la riqueza de la diversidad cultural. Se hace responsable de lo que propone. Sabe siempre que se debe a una comunidad de personas en una sociedad y a una comunidad de investigadores y pensadores. Se hace mirando a las personas en un espacio concreto, pero mira también al mundo: es universal y local. Por eso es intercultural: inculturada, dialogal y universal.

————————-

[1] Por ejemplo: The intellectual dimension of jesuit ministries, Krakow, Poland, 2002.
[2] CG 34 D. 16

Invierno 2017


Arturo Sosa, SJ

Superior General de la Compañía de Jesús. Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica Andrés Bello y Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Central de Venezuela.




La Emergencia en Piura, una Parábola de la Solidaridad

La imagen de Roberto Guzmán y su unicornio inflable se volvieron el símbolo de la ayuda en el momento de mayor crisis en la Región Piura. Todos ayudaron con lo que tenían más a mano.

El 27 de marzo de 2017 ha quedado grabado en la memoria de los piuranos como un día de profunda tristeza. El río Piura se desbordó, algo que no había ocurrido ni siquiera en los Fenómenos del Niño de 1983 y de 1998, que tanto daño hicieron a la ciudad. Por lo cual podemos tratar de hacernos una idea de lo desastroso que ha sido para todos vivir la experiencia de que el río sobrepase la dimensión de su cauce, inunde la ciudad, destruya casas y tierras, e incluso se cobre vidas humanas. No debemos olvidar, sin embargo, que los estragos del Niño Costero preceden a la fecha del desborde del río. En unas cuantas semanas Piura quedó destruida y un tanto desamparada, con autoridades que incluso hasta el momento no terminan de ponerse de acuerdo en cómo actuar, o que no recogen siempre las necesidades primordiales de los más afectados, y cuando lo hacen no las ponen en el primer lugar de la agenda. Ya llegará el momento de hacer una larga reflexión y discusión sobre el papel cumplido por quienes nos lideran, ya sea desde el gobierno central, regional o autoridades locales. Pero ahora no quisiera centrarme en ello, sino más bien en el rol que ha cumplido la sociedad civil, de qué modo la solidaridad entre piuranos y de gente venida de fuera de Piura ha sido vital para capear el temporal y tratar de no hundirnos en la desolación.

La crisis es un tiempo de ruptura que puede convertirse en una oportunidad, en un tiempo de creatividad, Y eso es lo que hemos experimentado, que la gente de a pie, anónima, haya salido al frente para tratar de acompañar, socorrer, atender a los miles de damnificados, tratando de encontrar los modos de plantear soluciones inmediatas en medio de la dificultad. En algunos momentos se generó un vacío por la falta de liderazgo de las autoridades locales. Algunos alcaldes tuvieron que ser sacados de sus casas para que atendieran la emergencia, mientras que otros asumieron el rol que les corresponde y para el que fueron elegidos. Allí donde no estaban las autoridades apareció la sociedad civil: organizaciones no gubernamentales, algunas que ya trabajan en Piura desde hace mucho tiempo y otras que llegaron para atender la emergencia, así como diversas instituciones, destacando el rol de la Iglesia, de los diversos voluntariados que se fueron armando, los colegios de profesionales, las universidades, las congregaciones religiosas, los vecinos, el ciudadano común y silvestre a nombre propio, todos con el deseo de ayudar, de poner el hombro, la experiencia clara y palpable de la solidaridad entre hermanos.

“El Indio” es un Asentamiento Humano de Castilla, Piura; una zona de mucha necesidad ubicada en una parte baja, por lo cual, con las lluvias, se vio afectado seriamente. Una de las religiosas que trabaja en esta comunidad nos comentaba que cuando se desbordó el río, que afectó sobre todo a la población de Catacaos y el Bajo Piura, la gente más sencilla de El Indio, quienes habían visto afectadas sus casas, se habían quedado sin trabajo y no tenían garantizado el alimento del día, se puso de acuerdo, juntaron dinero de a pocos, consiguieron víveres y prepararon desayunos y almuerzos para llevar a los damnificados. Aquellos que lo habían perdido todo se dieron el tiempo y la dedicación no para llorar ni lamentarse sobre su suerte, sino para socorrer a otros que estaban en una peor situación que ellos. A ellos se les había inundado sus casas y eran inhabitables, pero fueron a ayudar a aquellos que casi mueren ahogados por el río.

En Piura, las necesitadades de uno se volvieron las necesidades de todos, entre vecinos se organizaron para apoyarse mutuamente.

Desde el mismo día del desborde del río Piura, y los días que siguieron, se percibía en la gente y en las calles no solo el shock en el que nos encontrábamos todos, sino que de inmediato surgió el deseo de ayudarnos, se impuso la solidaridad y la capacidad de ponernos en los pies del otro, de aquél que más necesidades tenía. A mí, de modo personal, me tocó ser testigo de dos situaciones difíciles el mismo día del desborde del río, ir en ayuda de familias que estaban atrapadas en sus casas sin poder salir. Y fueron muchos los que arriesgaron sus vidas avanzando en calles que habían sido cubiertas por el río para tratar de liberar a quienes no podían salir. Y luego, cuando empezaron a llegar las ayudas de fuera, bastaba con pasar la voz para descargar algún camión de ayuda, armar kits de alimentos, cargar camiones o ir a la zona de emergencia para repartir alimentos; y la gente siempre estaba dispuesta, desde los jóvenes universitarios hasta trabajadores de diversas instituciones, escolares, personas mayores, cada uno desde sus posibilidades. Es la experiencia que hemos tenido quienes formamos parte de la Plataforma de instituciones promovidas por la Compañía de Jesús en la región Piura.

Esta crisis nos deja una gran lección. No podemos creernos eso de que la emergencia ya terminó, quizás estamos en una nueva etapa, llamada de reconstrucción, pero seguimos en emergencia. Los miles de damnificados que están en campamentos y albergues, al lado de la Panamericana o los que se quedaron en el mismo Catacaos, siguen durmiendo en carpas y con muchas necesidades por satisfacer. La gente se sigue muriendo de dengue. Muchos niños no cuentan con un mobiliario adecuado para poder estudiar. Hombres y mujeres de distintas edades siguen teniendo pesadillas con el río desbordándose y llevándoselo todo. La emergencia sigue y seguirá. Nos toca asumirlo, pero también prevenir. Nos toca, más que reconstruir, construir aquello que nunca se ha hecho, un proyecto integral en Piura que no nos deje a la intemperie ante las lluvias y la crecida del río. No nos puede volver a ocurrir lo mismo. Así como hemos sabido ser solidarios ante la emergencia, debemos saber unirnos para construir una nueva ciudad, una nueva cultura, una nueva sociedad.

Hay mucho que podemos cuestionar y criticar: lo que no se hizo antes para evitar los desastres, lo que no se hizo en el momento más álgido de la crisis, lo que no se está haciendo ahora, lo que se dejará de hacer. Se podrá cuestionar a las autoridades. Se podrá cuestionar incluso el asistencialismo en el que hemos caído todos tratando de responder a una situación de emergencia. Pero lo que nos queda como saldo positivo es la solidaridad que hemos experimentado unos a otros. La preocupación y el interés por tanta gente de Piura, con el deseo de ayudar y colaborar (aunque sea en lo mínimo), las donaciones y el trabajo de las organizaciones para hacernos llegar esa ayuda. Pero sobre todo el espíritu del piurano que, pese al miedo, al dolor, a la frustración, pudo sobreponerse para ayudar, para entender que siempre hay alguien con mayor necesidad que uno mismo. Si aplicáramos esto en cada día de nuestra vida, si lo hiciéramos a gran escala, si nos juntáramos para generar vida, nuestro mundo sería otro. Si lo hemos hecho durante esta crisis, lo podemos hacer por nuestro país, por nuestro planeta.

Invierno 2017


Víctor Hugo Miranda, SJ

Coordinador de la Plataforma Apostólica de Piura y de la Pastoral Juvenil del Norte.




“Mientras tratemos de dialogar desde el estereotipo, no hay posibilidad de reconciliación”

Entrevista a Joel Calero, director de la película “La última tarde”.

Por Diana Tantaleán C.
Apostolado de Justicia Social y Ecología

“La última tarde”, película peruana que aborda la etapa post conflicto armado desde la mirada de dos ex militantes de la izquierda radical, quienes se reencuentran luego de casi 20 años.

Joel Calero, su director y guionista, nos comparte las motivaciones que tuvo para crear esta película, así como su percepción de nuestro proceso de diálogo y reconciliación.

¿Por qué decide tratar el tema post conflicto armado en su película?

El tema post conflicto tiene que ver con algo personal, íntimo. Tengo 49 años y estuve en la universidad en la década de los 80, en la que había una militancia activa por causas sociales, básicamente de la izquierda.

De esa época conservaba un amigo que había tenido una participación política activa, y me llamaba la atención que, en el presente, tuviera una cierta solemnidad para referirse a la palabra “pueblo”. A mí me sonaba desfasada porque, en esa época de los años 80, en el nombre de los partidos políticos, los poemas de Benedetti, o las películas de Ettore Scola, la palabra estaba cargada de una connotación idealizada porque se refería, supuestamente, a los sectores más carentes, pero con una conciencia de clase, con un propósito social hacia una sociedad más justa. En mi percepción ese pueblo ha devenido, en años recientes, en un sector social que podía estar sosteniendo un proyecto explícita y evidentemente corrupto.

Entonces, le decía a este amigo, “¿de qué pueblo estás hablando?, ese pueblo idealizado de los 80 no existe más”, y le escribo una carta criticándole eso fraternalmente. Ese es el primer germen de la película.

Por otra parte, a mí me interesa el tema de pareja: las relaciones, los vínculos, los afectos. Entonces, se dio la intersección entre mis intereses temáticos cinematográficos, que van por el orden de las parejas y los afectos, con esta carta en la que están dialogando dos personajes con relación a una militancia.

En la película, los protagonistas no definen con claridad su pertenencia; el padre la llamaba “terruca”, dicen que Sendero los perseguía, pero ellos utilizaban la violencia. El diálogo “juega” con “títulos” o “clichés”, ¿qué tanto cree que los estereotipos han afectado a nuestra sociedad en el diálogo de reconciliación que debemos tener?

Creo que los clichés han sido nefastos para el país y han sido utilizados por ciertos sectores políticos para impedir, de alguna manera, este proceso de reconciliación, el cual supone un reconocimiento y admisión del otro. Pero si “el otro” es demonizado, es un proscrito al imaginario social, no hay ninguna reconciliación posible.

Una anécdota preciosa, en ese sentido, es lo que le ocurre al actor Lucho Cáceres, protagonista de la película. Cuando hace unos años le muestro el guión y le propongo que lo actué, su frase fue: “mientras esos desgraciados no le pidan perdón al país por lo que le hicieron, yo no actúo en esa película”. Así de radical fue.

A partir de ahí tuve un largo proceso en el que intenté explicarle, a través de películas, lecturas y conversaciones, que a él, como actor, no le servía usar la palabra “terroristas” o “terrucos”, porque si uno dice “ese es un terrorista”, y lo defines ontológicamente, un terrorista pareciera un sujeto en cuyo ADN está el germen del mal; y si lo metes a una fiesta de niños, seguramente va a degollar niños; y si va a un salón de clase, seguramente va a matar porque es un terrorista y quiere generar terror. Esa es una visión alejada y estereotipada de lo que ocurrió.

Lo que ocurrió con estos actores políticos que generaron violencia y terror es que, movilizados por una causa justa al inicio, devinieron en sujetos que utilizaron la violencia de manera indiscriminada. Pero nos estamos olvidando que esto no tiene que ver con la psicopatología, tiene que ver con la historia y la sociología, con lo que se pensaba en las ideologías de los años 80: la posibilidad de buscar una transformación, hacia una sociedad justa, mediante vías militaristas y violentas.

A mí me llama la atención que “el terrorismo” esté tan usado por un sector político, y levantado ‘ex profeso’, a puertas de elecciones, como si se quisiera manipular a la población y volverle a meter el ‘cuco’ del terrorismo para ellos posicionarse como esa fuerza política que nos liberó de ese ‘cuco’. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la juventud.

Una de las cosas más hermosas que tiene la juventud es la posibilidad de pelear, discrepar y protestar; y cuando los estudiantes sanmarquinos protestan con decibeles altos, porque encuentran una causa injusta en su universidad, y una comunicadora social los llama “aprendices de terroristas”, ¿qué estamos haciendo?, estamos proscribiendo, utilizando el ‘cuco’ para invisibilizar, demonizar y alejar a estos sujetos, que son seres humanos, y que llamamos terroristas.

También podemos llamarlos guerrilleros, subversivos, seguramente delincuentes y asesinos, pero entre ellos hay gente valiosa que cometió delitos al calor de una ideología, pero no tenemos que verlos como ese demonio con trinche y cola. Esta visión estereotipada nos distancia y nos imposibilita en el reconocimiento.

Con la película me ha pasado una cosa maravillosa: recibir cartas de un amigo que me decía “yo soy una víctima de la violencia política, porque cuando viví en Chaclacayo rezaba para que mis padres llegaran a las 7 de la noche, y uno de mis compañeritos murió por una bala perdida, y con tu película he podido comprender a estos que yo llamaba demonios y verlos como seres humanos”. Por el otro lado, alguna gente que fue militante de estos movimientos subversivos me escribe conmovida. Es interesantísimo lo que ha sucedido con la película.

Existen dos miradas muy fuertes en la película: la de él, que es una mirada frustrada, y la de ella, más positiva. ¿Crees que también refleja la mirada que tenemos sobre nuestra realidad?

Sobre todo, las miradas que puede tener la izquierda.

Pepe Mujica, ex guerrillero y ex presidente uruguayo, decía que tal vez nuestra escala de la revolución ahora es la doméstica, con la posibilidad de transformar la acera de enfrente. Esta cita la trabajamos muchísimo y nos permitía comprender al personaje de “Ramón”. Él no ha ajustado sus dimensiones, se sigue sintiendo frustrado porque lo que tiene en la cabeza es el fantasma grandilocuente de sus ideales de los 80, que tenían que transformar la sociedad. En cambio ella, aunque en su vida cotidiana no hay nada que implique una evolución de sus ideales de justicia social, fantasea y dice: “cuando yo ponga un ‘restaurancito’ de comida orgánica, le voy a dar al proveedor un precio justo, seré un empresario que no jode a nadie”; allí está calibrado lo que haría porque, de alguna manera, ha entendido que esa es la única revolución posible en estos tiempos.

Durante el diálogo que manejan los protagonistas sacan a flote muchos demonios personales, y es motivo para aclarar verdades a medias después, de casi 20 años, ¿cree que refleja la manera cómo se trata en el país nuestra historia de violencia?

Es interesante cómo, de alguna manera, las opciones narrativas en el cine pueden reflejar lo que deben ser las opciones narrativas de la propia sociedad para construir su narrativa.

Las primeras películas que abordaban estos temas se referían directamente a los hechos de la violencia, como “La boca del lobo”, o incluso películas más recientes, como “La última noticia”. En cambio, otras películas como “Paraíso”, “Magallanes” y “La última tarde”, dan cuenta de los ecos, las resonancias, las consecuencias de esos hechos en el presente. Esto me parece una visión menos dramática pero más real porque da cuenta de cómo, en nuestra actualidad, va a estar esto siempre presente.

No es casual que, en el 2015, cuando estaba intentando buscar bibliografía útil para trabajar con los actores, no había libros interesantes de este tema [de los ecos de la violencia en el presente]. El libro más importante producido en esto es “Los Rendidos”, de Agüero, ¡y es del 2015! Es como si recién ahora, alejados de ese periodo, tuviéramos la distancia necesaria para empezar a pensar y hurgar, con un poquito más de sutileza, en eso que está presente.

Los actores Lucho Cácerers y Katerina D’Onofrio representaron a “Ramón” y “Laura”, una pareja vinculada a la violencia durante el conflicto armado que vivió el Perú, y que se reencuentra luego de casi 20 años.

Veo en el Facebook algunos hijos de ex emerretistas, jóvenes pensando su identidad y cómo se sitúan en un país donde un sector demoniza a su padre y lo quiere ver como el peor asesino del mundo; y, por otra parte, ellos mismos con la conciencia de que seguramente sus padres tuvieron algo positivo, en tanto se preocuparon por transformar una sociedad, aunque de manera inadecuada. Toda esa amalgama de discursos, medio discursos, sutilezas y grises, recién empieza a aparecer; y probablemente las mejores películas, las mejores reflexiones, estén por venir.

En la película, los protagonistas llegaron a un diálogo que los llevó a un proceso reconciliatorio casi casualmente, no lo buscaron, ¿qué tanto cree que se ha dado entre nosotros este proceso?

Pues muy poco. Mientras estemos tratando de pensar y dialogar desde el estereotipo, no hay ninguna posibilidad. Es como lo de Lucho Cáceres, que tuvo esa actitud de rechazo. Cuando le doy “Los Rendidos”, en dos meses el libro hizo lo que yo no había hecho en dos años: acercarlo a la humanidad de estos personajes que él iba a interpretar. Él mismo decía: “si ese proceso que yo hice como actor lo hicieran los espectadores de esta película y los ciudadanos de este país, estaríamos muy cerca de la reconciliación y del diálogo”.

¿Cuál cree que es la mejor expresión artística para trabajar este tema?

Todas en conjunto. El cine y el teatro son como representaciones directas. Tal vez el cine tiene esa capacidad de llegar a públicos más amplios, aunque no necesariamente, pues algunas películas desaparecen rápido de cartelera.

Nosotros, para lograr que “La última tarde” se vea, semanas antes coordiné con profesores de Ética y Ciudadanía de algunas universidades y les mostré la película, y les pareció perfecta para sus alumnos, quienes de modo natural seguramente no hubieran visto la película.

Hay una visión sesgada de mi parte. Una fotografía puede emocionarte, pero ¿cómo construyes esta sutileza de los discursos sino es a través del diálogo?, el cine y el teatro construyen discursos.

Alguien me decía, “es interesante no sólo el número [de espectadores], sino a quiénes llegas”. En ese sentido, esta película ha generado un diálogo interesantísimo. A mí me llama la atención el hecho de que tú me estés entrevistando, desde una revista asociada a la Compañía de Jesús; que salga también un artículo de un sacerdote jesuita y el mismo día sale otro en el partido comunista; ¿ves esa pluralidad? O que escriban por igual una poeta, un psicoanalista y un profesor de la universidad del Pacifico, ese diálogo me parece espectacular.

Invierno 2017


Joel Calero Gamarra

Cineasta. Director de Cielo Oscuro y La última tarde. Ganador del premio a Mejor Director en la Competencia Oficial del 32° Festival Internacional de Cine de Guadalajara.