Juegos infantiles: formas suaves de inculcar conductas duras

conductas aprendidasUno de los temas más candentes en las últimas décadas es la denuncia, por parte de diferentes movimientos de mujeres, contra la violencia sexual y de género. Gracias a su impulso este problema ingresó al temario de los organismos internacionales en el transcurso de la década del 80[1]. Una de sus constataciones más importantes es que, cuando se enfoca la violencia doméstica y el abuso físico y sexual de niños, los hombres son los principales perpetradores. Más aún, la violencia contra la mujer es tan generalizada que ya no se la percibe como tal sino como una de las tantas incomodidades que las mujeres deben soportar[2]. Asimismo, se ha hecho evidente que las nociones corrientes sobre masculinidad consideran “natural” su asociación con el dominio y reacciones impulsivas. Diversos estudios han llamado la atención sobre la asociación entre masculinidad y conductas de riesgo, tales como consumo excesivo de alcohol y drogas y con el vandalismo[3]. Ello ha llevado a que se revisen actitudes, fórmulas de trato y concepciones sobre la masculinidad que las personas -hombres y mujeres- internalizamos desde la infancia y consideramos como parte de nuestra naturaleza. Estas últimas se adquieren durante la formación inicial en el hogar, con los pares, la escuela, etc. De allí que sea importante analizar este fenómeno con el fin de desarrollar estrategias que nos permitan ensayar nuevas formas de vivir la identidad masculina y las relaciones entre varones y mujeres.

En el presente ensayo presento los resultados de varias investigaciones sobre masculinidades que realicé desde la década de los 90 hasta la actualidad (Fuller 1997, 2000, 2002, 2011). Analizaré solo un aspecto de la socialización masculina: los juegos infantiles en la familia y entre pares del barrio y la escuela. He escogido este tema porque se trata de un aspecto de la vida de las personas aparentemente inocuo. Sin embargo, precisamente porque no aborda una problemática dramática, nos permite entender cómo ciertos aspectos de la masculinidad: su asociación con la fuerza y el dominio sobre las mujeres, se transmiten de una manera aparentemente natural y van siendo internalizados de manera que forman parte de los hábitos mentales y corporales de varones y mujeres.

La socialización de género

Desde el momento del nacimiento en que se inicia el proceso de socialización, a todos los seres humanos se les clasifica como hombres y mujeres, dejando fuera a los seres cuya anatomía es ambigua (personas intersexuales). A partir de una característica biológica se asume que las personas desarrollarán características psicológicas y culturales. Esta clasificación marcará el resto de sus vidas, ya que a partir de ahí comienzan a ser tratadas y comportarse como hombres y mujeres. Por ejemplo: las acciones de la vida cotidiana, la ropa, el trabajo y las relaciones familiares, entre otros, les dan a las niñas y a los niños los elementos para comportarse de acuerdo con el género asignado y para elaborar su autoimagen. Ambos, niños y niñas, aprenderán también la valoración desigual que la sociedad confiere a lo masculino (altamente valorado) y lo femenino (devaluado). Incluso esta diferencia de valor, como muchas otras, quedará registrada como algo natural y casi nunca será reconocida como una construcción social.

Durante este período no se escoge a las personas encargadas de la socialización. La sociedad presenta al sujeto un conjunto ya definido de personajes. Él (ella) tiene que aceptarlos tal como son y no tiene ninguna posibilidad de escoger otra opción. Esto trae como consecuencia que, a pesar de que el infante no es inherentemente pasivo, son los adultos los que establecen las reglas del juego[4]. Por la misma razón, la interiorización de la versión de la realidad de sus padres, los socializadores primarios, es casi inevitable. La niña/niño no interioriza los contenidos primarios como uno de muchos mundos posibles, sino como el único mundo existente o concebible.

La socialización se facilita con el soporte de las instituciones sociales que reproducen, refuerzan y controlan la transmisión de estos patrones de género, tales como la familia, el sistema educativo, la religión y los medios de comunicación. Durante la niñez la familia tendrá un papel preponderante en la conformación del género, ello ocurre no sólo a través de las observaciones y el trato directo con los familiares; las niñas y los niños por su parte también aprenden a través de la observación de las relaciones de género que desarrollan los adultos entre sí. Estas relaciones pueden ser más o menos equitativas y se expresan en prácticas de la vida cotidiana ante la presencia de los pequeños que los van asimilando. Así, por ejemplo, un niño que observe violencia por parte de su padre hacia su madre aprenderá que la agresión física es una forma de vincularse con las mujeres. Por otro lado, una niña a la que se le enseña desde pequeña que debe servir la comida y tender la cama a sus hermanos, aprende que a ella le corresponden estas labores más que a los hombres, lo que puede marcar la manera en que se distribuye las tareas domésticas con futuras parejas.

En la segunda infancia el mundo de los niños y niñas se amplia. La escuela y los pares serán agentes socializadores cruciales. Durante este período los niños, ayudados por sus pares y por los adultos, irán alejándose de la influencia materna para ingresar a una categoría aparte: la masculina. Los pares, los amigos, serán uno de los transmisores de la cultura masculina y quienes contribuyen a desarrollar el sentido de pertenencia a la cofradía de los varones y la oposición de esta última con las mujeres.

Entre las vías más importantes para la trasmisión de las concepciones y normas de género están los juegos, los cuentos infantiles y los juguetes, así como de todo aquello que rodea a niñas y niños. A través de estas actividades el niño internaliza los rudimentos de un aparato legitimador, esto es, los valores que justifican y legitiman las representaciones que orientan su conducta y sus interpretaciones del mundo. En consecuencia, el juego infantil no es una simple expansión, sino un cuidadoso proceso de asimilación de las representaciones colectivas de cada cultura.

Los juegos en la primera y segunda infancia

En la cultura peruana, los juegos infantiles están cuidadosamente diferenciados y catalogados según el género y se dividen en femeninos, masculinos y mixtos. Los juegos masculinos, representados por la manipulación de objetos definidos como tales (carros), asociados a tareas masculinas en la división sexual del trabajo (herramientas), a la guerra y al fútbol, establecen un corte preciso entre lo masculino y lo femenino. Estas actividades lúdicas se identifican con la guerra, la aventura, la libertad y la calle. Los niños se entrenan para controlar el mundo externo, mientras que las niñas serán entrenadas para adaptarse a la casa. De este modo, lo masculino se identifica con el dominio y la competencia.

conductas infantiles aprendidas

La infancia es la etapa donde niños y niñas van aprendiendo cómo la sociedad valora lo masculino y lo femenino, siendo esta valoración muy desigual.

Al pasar la primera infancia el juego masculino se traslada, real y simbólicamente a la calle. El grupo de pares (los amigos) pasa a ser una de las instancias de transmisión de nociones sobre la masculinidad más importante, compitiendo con los del hogar y la escuela. Los niños aprenden el lenguaje masculino, hermético a las niñas y cargado de hostilidad intergénero. Las cualidades más valoradas son valentía, fuerza, arrojo, rudeza. De este modo, el juego transmite valores centrales para la constitución de la identidad masculina hegemónica: pericia, competencia, complicidad entre varones, hostilidad hacia las mujeres y oposición casa/calle. En el lenguaje de los amigos, la sensibilidad o empatía, cualidades que caracterizan a los valores de la casa, adquieren un signo invertido y deben ser cuidadosamente suprimidos. Un verdadero hombre tiene que ser duro y no debe preocuparse por los sentimientos de los otros. Para sobrevivir y ser aceptado, un niño debe encontrar una manera de desarrollar algún nivel de agresividad. La sumisión se asocia con el peligro de feminización. Así, por ejemplo, el ganador de una pelea de chicos ocupa la posición activa dominante y pone al perdedor en una posición pasiva, femenina. Esto último constituiría el máximo peligro y fuerza a los niños a entrar dentro de los moldes prescritos.

En conclusión, el análisis de algunas características de la socialización masculina nos puede dar pistas para entender algunos rasgos de las conductas masculinas asociados a la violencia de género: la tendencia a subestimar a las mujeres, la competencia a través de formas de dominio, tanto entre varones como hacia las mujeres, y la asociación con conductas de riesgo, a menudo violentas.

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[1] La recomendación General del Comité para la eliminación de la discriminación contra la mujer CEDAW (1992), marcó un hito en el tratamiento a la problemática de la violencia contra las mujeres al declarar que la violencia basada en el género es una forma de discriminación que inhibe seriamente la capacidad de las mujeres para disfrutar sus derechos y libertades (FULLER, Norma. “Políticas públicas contra la violencia conyugal. ¿Dónde estamos veinte años después? En: Sexualidad, Salud y Sociedad, Revista Latinoamericana Nº 4, pp. 10-27, Centro Latinoamericano de Sexualidad y Derechos Humanos. 2010).
[2] En el Perú, 7 de cada 10 mujeres han sufrido violencia por parte de su pareja o expareja (Instituto Nacional de Estadística e Informática. 2015. Encuesta Demográfica y de Salud Familiar. ENDES 2014. INEI: Lima. Recuperado de www.inei.gob.pe/media/MenuRecursivo/publicaciones_digitales/Est/Lib1211/pdf/Libro.pdf).
Los casos de feminicidio se han incrementado en 26,4% respecto al mismo periodo del año anterior. Durante enero – abril 2017, los casos de este delito consolidados por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) sumaron 34, mientras que en el mismo rango de meses (enero – abril 2018), estos fueron 43 en total (El Comercio. Junio 2018: https://elcomercio.pe/peru/26-incremento-cifra-feminicidios-peru-respecto-periodo-anterior-noticia-524699)
[3] DE KEIJZER, Benno. “Paternidades y transición de género.” En: Fuller, Norma (Editora) Paternidades en América Latina. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 2000. pp. 215-240.
FULLER, Norma. Identidades Masculinas. Varones de clase media en el Perú, Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, Perú 1997
FULLER, Norma Masculinidades, cambios y permanencias. Varones de Cuzco, Iquitos y Lima. Fondo Editorial Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima 2001.
FULLER, Norma. Difícil ser hombre. Nuevas masculinidades latinoamericanas. Fondo Editorial, PUCP. Lima 2018.
[4] BERGER, Peter y Thomas LUCKMANN. La construcción social de la realidad. Amorrortu, Madrid 1968.

Otoño 2019


Norma Fuller

Profesora principal del Departamento de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). PhD Universidad de Florida Gainesville .



Los jóvenes: entre el individualismo y la apertura al otro

jóvenes en equipoVivimos en una época difícil. Atravesamos por lo que Bauman llama la sociedad de consumo en la modernidad líquida, una época en la que lo que cuenta es sobre todo el disfrute personal y la acumulación, en la que se le rinde culto al individuo y lo privado, en la que los vínculos humanos son pasajeros y precarios, y las relaciones sociales parecen haberse desintegrado, hasta el punto en que las persona no se responsabilizan ya por los demás, sino solamente por sí mismas. Los jóvenes deben lidiar con este tipo de sociedad, porque los atributos que antes mencionamos son propios del capitalismo en su versión neoliberal, sistema económico que impera en la actualidad y que fomenta la inmediatez y el máximo interés individual por sobre lo colectivo, un sistema de creencias, relaciones sociales e instituciones que fomentan valores y prácticas asociadas con tomar mayores recursos para uno mismo y menos para otras personas, otras especies y las generaciones futuras.

¿Cuáles son las tareas de vida que un joven debe afrontar en una sociedad así, en la que lo importante es consumir y disfrutar? ¿Cómo se desarrolla una persona en un mundo como este?, ¿cómo se desarrolla, finalmente, una buena persona?

Una idea difundida es que el desarrollo de las personas, y especialmente el desarrollo de sus capacidades morales, es un proceso de internalización de las normas culturales y/o parentales externas. Por ejemplo, Freud plantea que los individuos se convierten en seres morales y sociales en virtud de la transformación paulatina de la coerción externa en coerción interna, por acción de la instancia psíquica llamada “Súper Yo”. Otro grupo de teorías, a las que muy genéricamente podemos llamar “sociales”, entienden la adquisición de la moral como un medio de inserción de los individuos en la sociedad, sea por mecanismos biológicos de adaptación o por procesos de socialización, identificación o condicionamiento. Bajo este punto de vista la moral no depende tanto de la conciencia individual como de la presión social externa que reciben las personas.

Sin embargo, si seguimos cualquiera de estas perspectivas, las personas estarían condenadas a ser seres egoístas, dado que el contexto en el que viven fomenta el individualismo más extremo y desalienta los lazos comunitarios. La presión por consumir nos haría a todos consumidores, así como la presión por ser “exitosos” de manera individual nos desvincularía a todos de nuestros lazos sociales. Felizmente esto no es así.

Hay otra manera de entender el desarrollo humano en general, y el desarrollo la moral en particular, que lejos de asumir algún tipo de determinismo propone que los seres humanos vamos creciendo gradualmente en nuestra comprensión de lo justo y lo bueno, a medida que tenemos oportunidades de sopesar nuestras valoraciones, contrastarlas con las de otros, analizar sus razones y sus consecuencias no solo para nosotros mismos sino para los demás, y ponernos en el lugar de otras personas para ver el mundo desde sus particularidades y contextos. Como se ve, esta es una tarea que debe asumirse de manera explícita y dirigida, porque no ocurrirá por sí sola.

La educación, tanto la formal como la que ocurre en contextos no formales, es el espacio de desarrollo humano más importante. A través de ella las personas construyen su conocimiento y su conciencia del mundo, desarrollan sus más altas capacidades, tanto cognitivas como afectivas, y construyen su identidad. Sin embargo, por razones históricas, económicas, políticas y sociales diversas y complejas, esta tarea formativa fundamental tiene vacíos y fracturas que le impiden cumplir sus metas a cabalidad. En un mundo que exige inmediatez, y que deja poco espacio para la reflexión y el análisis de la propia vida, resulta hoy más importante que nunca ayudar a los jóvenes a pensar en el largo plazo, a entender nuestra sociedad, y a construir metas de vida valiosas, que vayan más allá de las gratificaciones individuales de corto plazo. Esto es lo que, en términos psicológicos, se conoce como sentido de propósito, una intención estable y generalizada de alcanzar metas significativas para uno mismo, pero a la vez, importantes para el mundo, más allá de uno mismo.

El sentido de propósito puede cultivarse, los padres pueden hacer mucho para ayudar a sus hijos a cuestionar las presiones de la sociedad actual y a lidiar creativamente con ellas. Ante la incertidumbre y el temor por el futuro, y debido a la presión por tener y consumir de la que son víctimas, a menudo las personas se sienten inclinadas a darse gratificaciones inmediatas, especialmente cuando atraviesan por períodos de angustia o de estrés. Además, experimentan gran frustración cuando no pueden hacerlo, porque en la época en la que vivimos la identidad de muchas personas se ha formado a través de sus posesiones. No consumir, para muchos, es igual a no existir.

Fortalecer el buen desarrollo de los niños y jóvenes, en un contexto como este, resulta más importante que nunca. Los adultos no podemos darles directamente un propósito de vida a los jóvenes, porque cada persona debe encontrar y construir el propio, pero sí podemos enseñarles qué significa tener una vida con propósito. Además de las connotaciones morales involucradas en la búsqueda del bienestar y la justicia para todos, la psicología ha demostrado que tener sentido de propósito les hace bien a las personas ya que, cuando lo tienen, estas viven más y lo hacen de manera más feliz y saludable. Como afirma William Damon, el sentido de propósito es crítico porque está ligado a la dedicación, la fortaleza y a la energía motivacional; este proviene de creer que el mundo necesita ser mejor, y que uno, como persona, puede contribuir a esa mejora.

niños y jóvenes

En la sociedad actual, consumista e individualista, es muy importante que los padres sepan acompañar a sus hijos, desde pequeños, con una relación afectiva y cercana, lo que les ayudará a enfrentrarse a las presiones cotidianas.

Es cierto que, dadas las características de las sociedades de hoy, encontrar un propósito de vida resulta mucho más difícil para las generaciones actuales que para las de antes. Pero precisamente por eso, los padres, madres y docentes deben dirigir sus acciones de acompañamiento al desarrollo de los niños y jóvenes de manera mucho más estratégica y explícita. Una primera tarea es enseñar a los niños y jóvenes a analizar críticamente los procesos sociales, ayudándolos a identificar sus causas y consecuencias, pero también a reconocer los principios que los sustentan, o que deberían sustentarlos. Es importante que se les anime también a ponerse en el lugar del otro, haciendo por ejemplo que el niño preste atención a los sentimientos de los demás e imagine cómo se sentiría en su lugar. Es crucial que se les ayude a tomar conciencia del impacto de sus actos en los sentimientos de las otras personas y en los suyos propios, y a entender las razones que hacen que las personas piensen y sientan de una determinada manera.

Ahora, es importante señalar que este proceso de acompañamiento debe ocurrir en determinadas condiciones afectivas. En primer lugar, los componentes afectivos de la interacción entre padres e hijos (amabilidad y calidez en el trato, etc.) incrementan la probabilidad de que los niños escuchen los mensajes parentales. En segundo lugar, y no menos importante, las reacciones afectivas parentales frente a una trasgresión, junto con el razonamiento acerca de ella, sirven de guía y facilitan la comprensión de las reglas morales y sociales por parte de los niños y jóvenes. Hay que recordar que existen niveles óptimos de expresión afectiva; demasiada ira es contraproducente, pues produce emociones defensivas orientadas hacia uno mismo (ansiedad, etc.) y, por lo tanto, disminuye la capacidad de los niños y jóvenes de enfocarse en los sentimientos y las experiencias de los demás.

La sociedad actual está desvinculada de la ética, privilegia los intereses económicos por sobre otras valoraciones, rompe los lazos comunitarios y desalienta la autonomía de las personas. En este contexto, la educación que demos a los niños y jóvenes necesita ser trasformadora y no funcional al sistema. Fomentar el pensamiento crítico sobre la sociedad en la que se vive, así como promover la toma de conciencia sobre la subjetividad de los demás, son tareas necesarias y urgentes sin las cuales no hay desarrollo humano saludable que sea posible.

Otoño 2019


Susana Frisancho

Profesora Principal del Departamento de Psicología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Coordinadora Grupo de Investigación en Cognición, Aprendizaje y Desarrollo.




Efectos de la movilidad humana en la salud mental del desplazado

Movilidad venezolanosA finales del año 2017, el Alto Comisionado para las Naciones Unidas (ACNUR) contaba 68,5 millones de personas desplazadas forzosamente en todo el mundo[1] a causa de la persecución, los conflictos y la violencia generalizada. Desde la perspectiva de la psicología, la migración forzada se considera un potencial estresor de tanta intensidad, que puede superar las capacidades de adaptación o recursos psicológicos de las personas. movilidad

A finales de 2016, en Latinoamérica y el Caribe, existían más de 100 mil personas refugiadas, y 88 mil solicitantes de tal condición. Esta cifra está en continuo aumento debido a la crisis de los últimos años. Durante el 2017 una de las situaciones más críticas ha sido el aumento de las solicitudes de refugio procedentes de Centroamérica, principalmente en dirección a México y Estados Unidos. Asimismo, la crisis en Venezuela ha generado un importante desplazamiento de personas. Desde 2015, debido a la situación socio-económica y política de la República Bolivariana de Venezuela, 1,5 millones de venezolanos han migrado a países vecinos (Brasil, Perú, Costa Rica o Colombia). En 2017 presentaron 111,600 solicitudes de asilo a países vecinos, frente a las 34,200 del año anterior. Asimismo, Colombia sigue siendo uno de los países con mayor número a nivel mundial de desplazados internamente: 7,9 millones, de los cuales 7,7 fueron debido al conflicto armado y la violencia política[2].

¿Qué es el estrés migratorio?

Las consecuencias sobre la salud mental no distinguen categorías legales migratorias. La movilidad humana es considerada un evento potencialmente estresante para las personas en cualquiera de sus formas. Un estresor es cualquier situación o evento donde la persona siente que sus recursos se ven sobrepasados y su bienestar amenazado; generando consecuencias psicológicas y fisiológicas de malestar[3].

Desde el año 1986 Furnham y Bochner, analizan el estrés aplicado al ámbito de las migraciones, llamándolo cultural shock (estrés cultural)[4]. Este término se refiere a las consecuencias psicológicas que viven los migrantes en su proceso de ajuste a la nueva cultura, como por ejemplo las dificultades para manejar los sentimientos de pérdida, la confusión de los roles sociales del nuevo país, los sentimientos de ansiedad o impotencia ante las dificultades de adaptación. Otro término similar es el llamado estrés por aculturación[5], el cual aparece cuando el proceso de adaptación a la nueva cultura implica una gran demanda para la persona y supera sus recursos personales.

En 2002, Achotegui explicó el estrés migratorio como un duelo o pérdida migratoria, el cual podía desencadenar un Síndrome de estrés crónico o extremo, o el llamado Síndrome de Ulises[6]. Según Achotegui, el duelo migratorio es principalmente una pérdida parcial, crónica y múltiple. Se refiere a duelo parcial puesto que, al contrario a cuando un ser querido muere, en la migración el “objeto” de pérdida es el país de origen (y lo que conlleva) que sigue ahí, incluyendo la posibilidad de volver. Es un duelo crónico, puesto que somos conscientes cotidianamente de nuestras pérdidas; una llamada, un contacto con el país de origen reaviva estos sentimientos. Por último, es un duelo múltiple, puesto que perdemos muchos aspectos primarios de nuestra infancia: la lengua, la cultura, tradiciones, comidas, horarios… De hecho, Achotegui define 7 duelos migratorios que resolver: duelo por la familia y los seres queridos, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, el contacto con el grupo de pertenencia y los riesgos para la integridad física.

Las etapas del proceso migratorio y sus riesgos para la salud mental

Toda movilidad humana conlleva etapas, y en cada una de ellas existen riesgos y adversidades que pueden repercutir a la salud mental de los migrantes[7]. En la fase pre-migratoria, algunos factores de riesgo son la voluntariedad o no para viajar, la ausencia de redes sociales [en el país de destino] antes de salir, la posibilidad de preparar el viaje, los motivos para migrar y la vulnerabilidad individual o salud mental de la persona. Como se puede observar, en el caso del desplazamiento forzoso, se cumplen la mayoría de estos riesgos.

Durante el viaje, también hay estresores que afrontar. Las condiciones del transporte, la precariedad económica, los riesgos viajando con menores, los controles policiales, la regularización de las visas y la exposición a las mafias y extorsión en determinadas fronteras, son algunos de los principales. A nivel psicológico es el momento donde empiezan a generarse los sentimientos de pérdida, soledad por la falta de redes sociales y apoyo y de miedo al futuro proyecto migratorio sin definir.

En el país de destino, los principales riesgos que afectan a la salud mental son: la capacidad de acogida de la sociedad de destino, la discriminación o rechazo, los problemas económicos, la falta de oportunidades laborales, la pérdida de estatus social, el hecho de sentirse sin raíces o la falta de redes sociales.

Es especialmente importante considerar que algunas personas pueden acumular estresores en cada una de las etapas del proceso, comenzando por el motivo de salida de su país. En las investigaciones de Bonnano[8] ha encontrado que el estrés acumulativo puede inhibir los recursos resilientes[9] de las personas migrantes, conllevando un peor pronóstico para su salud mental.

Consecuencias para la salud mental en los migrantes

movilidad humana

La “pérdida” de la patria, costumbres, amistades, cultura y, en algunos, casos familia influyen fuertemente en la estabilidad emocional del que migra.

¿Todos los migrantes tienen consecuencias en su bienestar psicológico? Es cierto que no todas las personas que migran desarrollan síntomas o problemas en su salud mental. Tal y como explica Achotegui, la migración tiene beneficios y, a menudo, es la salida de una situación de mayor riesgo (como los contextos de violencia o persecución), pero siempre será necesario elaborar el duelo migratorio. Asimismo, las personas tienen recursos de afrontamiento o resiliencia que pueden amortiguar la aparición de dichos síntomas.

En esta misma línea, Achotegui matiza que el Síndrome de Ulises se sitúa entre la salud mental y la psicopatología. Por un lado, no se debe minimizar el sufrimiento y los síntomas de las personas migrantes y, por otro, no se debe patologizar o “sobre-diagnosticar” a las personas con depresión o estrés post-traumático, que conllevan la medicalización del sufrimiento, puesto que esta segunda opción termina convirtiéndose en un nuevo estresor para la persona.

Según un informe de la Organización Mundial de la Salud[10] (OMS) y ACNUR, la sintomatología más comunmente encontrada en población refugiada o solicitante de asilo son: a) A nivel fisico: las enfermedades crónicas o traumatismos, el agotamiento, los problemas del sueño, molestias osteoarticulares, “in-migraña” y cefaleas. b) A nivel psicológico: los síntomas depresivos (tristeza, apatía, llanto), la ansiedad (alta preocupación, tensión, estado continuo de alerta, irritabilidad y pensamientos intrusivos), síntomas de estrés post-traumático (flash-backs, miedo) y en algunos casos los trastornos psicóticos y el consumo de drogas. De igual manera, son frecuentes los recuerdos negativos cotidianos, las rememoraciones de su imaginación y las pesadillas por las noches con dificultad para conciliar el sueño. Debido a los problemas del sueño, conllevan cansancio al día siguiente y un estado de alerta generalizado, lo que genera un miedo cotidiano a cuestiones comunes como caminar por la calle, viajar en coche o en autobús, o temor a estar solos. Estos síntomas se dan especialmente en las personas que han sufrido algún tipo de traumatismo durante su migración, como violencia, golpizas o lesiones de cualquier tipo en su país de origen.

Conclusiones

El duelo migratorio y el estrés que lo acompaña es vivido en mayor o menor medida por todos los migrantes; pero, dependiendo de los estresores durante el proceso (antes, durante y después) y de las características individuales, puede haber mayores riesgos para la salud mental. Es necesario recalcar el concepto de estrés acumulativo, puesto que conlleva un peor pronóstico para la salud mental de los migrantes, convirtiéndose en un grupo más vulnerable.

Las consecuencias sobre la salud mental no distinguen de categorías legales (estatuto de refugiado, solicitante de asilo, desplazado interno o migrantes económicos), pero el riesgo es mayor en las poblaciones sometidas a mayor vulneración de sus derechos y expuestas a mayores traumatismos, como es el caso de los desplazados forzosos. Especialmente a tener en cuenta son los casos de menores no acompañados, los adolescentes que migran involuntariamente y los adultos mayores.

Hay suficiente evidencia científica para considerar en las políticas públicas los planes de apoyo y acompañamiento a la salud mental y bienestar de las personas en cada una de las etapas, desde la salida del país hasta la llegada y acogida.

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[1] Desplazamiento forzoso incluye refugiados, solicitantes de asilo y desplazados internos.
[2] ACNUR. Tendencias Globales. Desplazamiento Forzado en 2017. Génova: ACNUR 2017.
[3] LAZARUS, Richard y Susan FOLKMAN. Estrés y Procesos Cognitivos. Barcelona: Springer Publishing 1986
[4] FURNHAM, Adrian y Stephen BOCHNER. Culture shock: Psychological reactions to unfamiliar environments. London: Methuen 1986.
[5] RUIZ, José, Ginesa TORRENTE, Angel RODRÍGUEZ, y Carmen RAMÍREZ DE LA FE. “Acculturative stress in Latin-American Immigrants: an assessment proposal”. The Spanish journal of Psychology, 14(1), 2011, pp. 227-236.
[6] ACHOTEGUI, Joseba: La depresión en los inmigrantes. Una perspectiva transcultural, Barcelona, Editorial Mayo, 2002.
[7] BHUGRA, Dinesh: “Migration and mental health”. Acta Psychiatrica Scandinavica, 109, 2004, pp. 204-258.
[8] BONANNO, George: “Loss, trauma and human resilience: Have we underestimated the human capacity to thrive after extremely aversive events?” American Psychologist, 59(1), 2004, pp. 20-28.
[9] La resiliencia, según la RAE, es la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. [N. del E.]
[10] ACNUR y OMS. La salud mental de los refugiados. ACNUR 1997.

Otoño 2019


Iciar Villacieros

Doctora en Psicología en la especialidad de Migraciones Internacionales ( Univerisdad Pontificia de Comillas).



El sanador herido. La Iglesia de Francisco

Iglesia Papa Francisco

Papa Francisco observando desde la ventana de la Nunciatura Apostólica en Lima

El pontificado del Papa Francisco representa para el catolicismo una radical novedad que llega como aire nuevo y limpio. Sin duda se trata de una bendición manifestada inicialmente en las actitudes y luego en las decisiones que ha tomado. Para muchos, su mérito es captar la necesidad de un cuerpo que daba claras muestras de cansancio, confusión y deseo de cambio. La fórmula ha sido volver a la tradición cristiana del discernimiento espiritual. Y, pese a las resistencias, le ha resultado.

Pero, ¿es suficiente este deseo de cambio para lograr la ansiada trasformación de la Iglesia?, ¿podríamos decir que Francisco es responsable de esta transformación?, ¿pueden paralizar el proceso los grupos contrarios a los cambios que el Papa propone? Sabemos que el Papa es consciente de la importancia de este proceso y de las resistencias que genera y no está dispuesto a ceder, como dejó en claro su alocución de diciembre de 2016 ante la curia romana: “las resistencias ocultas, que surgen de los corazones amedrentados o petrificados que se alimentan de las palabras vacías del gatopardismo espiritual de quien de palabra está decidido al cambio, pero desea que todo permanezca como antes[1].

Las resistencias confirman que estamos ante un movimiento que ha nacido en el seno de la Iglesia y que ha sido bien intuido por Francisco, pues lleva a muchas personas a elaborar propuestas inspiradas en la fidelidad al Espíritu, que sostiene a la frágil barca de Pedro. El mejor ejemplo es el encuentro autoconvocado de los laicos chilenos en enero de 2019, bajo el nombre de Sínodo Nacional Laical.

Según Francisco, la renovación debe ser consecuencia de una conversión de la Iglesia, pero, sobre todo, de un cambio en la manera en que los fieles se ven a sí mismos. Un claro ejemplo de ello es la exhortación Evangelii Gaudium (EG). En ella dice que le toca a la Iglesia “aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas” (Nº 22).

Francisco desea devolver a la Iglesia la noción de sinodalidad, que está presente en el Magisterio y fue reforzada por el Concilio Vaticano II. Según este principio de vivir y obrar juntos, es vital que los pastores aseguren la corresponsabilidad y la participación del pueblo de Dios en la vida de la Iglesia. Este principio doctrinal es una de las banderas de Francisco; por ello, los pastores deben animar el discernimiento de sus comunidades eclesiales.

En la base de las reformas de Francisco hay una dinámica que vincula las expectativas, intuiciones y preguntas del pueblo con el discernimiento de los pastores. Él no desea ser el líder carismático que prescinde de sus compañeros y del pueblo; tampoco desea enfrentar a la jerarquía con el pueblo. Él desea asegurar que la viña de Dios sea cuidada para garantizar que se ayude a realizar “su sueño, su proyecto de amor por su pueblo”[2].

Francisco está convencido que, en esta misión, los pastores deben ponerse en contacto con su pueblo; de otro modo, no tendría sentido dicha labor. El mensaje a los obispos centroamericanos en Panamá, del 24 de enero de 2019, lo deja en claro: “No hemos inventado la Iglesia; ella no nace con nosotros y seguirá sin nosotros. Tal actitud, lejos de abandonarnos a la desidia, despierta una insondable e inimaginable gratitud que lo nutre todo”. Debemos comprender las decisiones de Francisco en este contexto.

Pero, ¿hemos entrado en una nueva etapa del pontificado de Francisco?, ¿una etapa de toma de decisiones acerca de los grandes retos para la Iglesia?

Quizás sí. Quizás sea el inicio del reconocimiento de los errores más comunes y dañinos de la Iglesia en los últimos cien años. Francisco nos ha hecho conscientes de las heridas en la Iglesia y llama a una acción responsable para sanar dichas heridas en las víctimas de los errores y delitos.

Sobre este proceso, el Nº 41 de EG reconoce que, en la comunicación bien intencionada de la ortodoxia, hemos comunicado “un falso dios” que se parece más a un ideal humano y nos hace ser “fieles a una formulación, pero no entregamos la sustancia”. Este es el eje del problema que llevó a la Iglesia a perder su centro y derivar en el clericalismo, que es el origen de estos terribles males.

Una lista de aciertos de Francisco tendría que empezar con los pasos dados en el acompañamiento de las víctimas de abuso sexual. Si bien este ha sido un grave problema, Francisco ha mantenido la colaboración con la justicia civil de distintos países al aceptar las denuncias y no encubrir a los implicados.

Acompañar a sanar las heridas producidas por el abuso sexual de personas vulnerables y menores de edad es, actualmente, el reto más importante de la Iglesia. Es urgente que dejemos de ser una institución solamente preocupada por las implicaciones jurídicas y políticas de los delitos y optemos por ser la madre que acompaña a sus hijos heridos.

Hans Zollner SJ, director del Centro para la Protección de los Menores de la Universidad Gregoriana, pregunta sobre las consecuencias espirituales del abuso sexual por clérigos y responde: ¿estamos dispuestos a revisar nuestro modo de ser Iglesia? Debemos preguntarnos hasta qué punto estamos dispuestos a hacerlo, hasta qué punto reprimimos la justicia y seguimos mirándonos a nosotros mismos, bloqueando nuestra capacidad apostólica[3], encerrándonos en el ansia de poder y el clericalismo, graves síntomas de la enfermedad de la Iglesia.

Otro tema clave, abordado inicialmente por la exhortación Amoris Laetitia, es el de las madres solteras y su participación en el seno de la Iglesia. En la medida en que la Iglesia ha centrado su reflexión acerca de la familia en el matrimonio como clave de la identidad religiosa, muchas madres solteras se han marginado a sí mismas para evitar el estigma. En 2016, Francisco pidió a un grupo de sacerdotes recién ordenados que no nieguen sacramento a hijos de madres solteras. Estos gestos han ayudado considerablemente a acabar con el estigma. Amoris Laetitia (AL) ha significado un gran avance en la lucha contra el estigma y la exclusión, y ese es otro aporte clave de Francisco. La exhortación sigue siendo controvertida porque aborda temas cruciales, como el proceso a seguir para incorporar en la Iglesia a parejas vueltas a casar. AL ofrece a las diócesis y parroquias una ruta de discernimiento con una propuesta en cuatro etapas: acoger, acompañar, discernir e integrar.

La mujer en la iglesia de Francisco

Un tema importante que ha buscado abordar el Papa Francisco es el papel de la mujer en la Iglesia y cómo acompañar sus diferentes realidades.

Pese a las resistencias del sector más tradicional de la Iglesia, AL ya está en uso en diócesis de Argentina, Portugal y Francia, con resultados positivos de integración y de discernimiento. Francisco anima este proceso y reconoce que la pastoral que propone es “cuerpo a cuerpo”, que no se satisface “con mediaciones programáticas, organizativas o legales” y busca enfatizar “la formación en el discernimiento, personal y comunitario” en las parroquias, los seminarios y la vida de los presbíteros[4].

Un sentir general en la Iglesia es el agrado con un pontífice que ha puesto orden y ha regresado la mirada hacia las actitudes fundamentales del cristianismo (pobreza, misericordia y discernimiento) y los procedimientos necesarios (acompañar, sanar, integrar) para ser la institución que está llamada a ser.

A pesar de ello, quedan aún pendientes. El más importante es la necesidad de cambiar el trato que reciben las mujeres en la Iglesia. En el último año, el flagelo de los delitos sexuales por parte de sacerdotes y obispos se ha topado con el rechazo y la búsqueda de justicia que pide la Unión Internacional de Superioras Religiosas (UISG), cuya misión es dar vida a una nueva cultura de “No Silencio” ante los abusos sexuales, verbales, emocionales y cualquier mal uso de la autoridad por parte de miembros del clero[5].

La conciencia sobre estos delitos ha abierto, también, la necesidad de pensar y programar la incorporación de la mujer en puestos de gobierno de las diócesis y de la curia romana. ¿Dará Francisco pasos cruciales en este tema?, ¿se animará su sucesor a seguir esta línea ya abierta? Todo indica que los pasos dados son irreversibles.

La gran ventaja de Francisco es que nos invita a abrirnos a la novedad del Espíritu que incorpora el “vértigo” de quien opta por cuestionar las certezas acerca de los modos de proceder y, al hacerlo, da cabida a la pregunta por la voluntad de Dios. El magisterio de Francisco es una puerta abierta, sostenida desde la necesidad del discernimiento, para hacer de la Iglesia una barca consciente de su fragilidad, pero fiel a la invitación de Dios. Esperemos tener la audacia y humildad para seguirle el paso.

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[1] Discurso a la Curia Romana (22 de diciembre de 2016): w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2016/december/documents/papa-francesco_20161222_curia-romana.html
[2] Homilía del cinco de octubre de 2014, comentando el texto de Mt 21, 33-43 (los viñadores asesinos) y reflexionando acerca del sentido del Sínodo para la misión de la Iglesia.
[3] ZOLLNER, SJ Hans, “Las heridas espirituales causadas por los abusos sexuales” en La Civilltà Cattolica, Iberoamérica, Año 2, Nº 12, P. 15.
[4] Carta del Santo Padre Francisco a los obispos de la región pastoral de Buenos Aires en respuesta al documento “Criterios básicos para la aplicación del Capítulo VIII de Amoris Laetitia” (5 de septiembre de 2016): w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2016/documents/papa-francesco_20160905_regione-pastorale-buenos-aires.html
[5] Declaración contra todo tipo de abusos, UISG. Noviembre de 2018: www.internationalunionsuperiorsgeneral.org/es/uisg-declaracion-contra-todos-los-tipos-de-abusos/

Otoño 2019


José Luis Gordillo, SJ

Casa de Formación Interprovincial San Juan Berchamns. Centro de Espiritualidad Ignaciana.