“Misericordear” en Ayacucho

El Papa Francisco convoca a vivir el Año Santo de la Misericordia. En Ayacucho, la Catedral y el templo de Santa Clara son “puertas de la misericordia”; todos los días muchas personas pasan por ellas para confesarse, pedir perdón a Dios e iniciar una vida nueva. Han escuchado que este Año Santo es una oportunidad para un nuevo comienzo en sus vidas.

En breve sondeo descubrí que, en el sentido común de la gente, “misericordia” tiene que ver con “miseria” y con dar limosna a las personas -que aún hoy, en pleno siglo XXI-, mendigan por las calles de Huamanga. Otros relacionan la misericordia como un tema de Iglesia, un llamado para los creyentes: “la misericordia es de Dios”, “Dios tiene misericordia con nosotros, sino ¿qué sería de nosotros?, estaríamos perdidos”. “Dios es misericordioso y nos perdona nuestros pecados”. En cierto sentido, el resto de la sociedad queda exonerado.

La misericordia también se ve como sentimentalismo, debilidad, “no saber defenderse”; o como algo femenino, “las mujeres se dejan llevar por sus sentimientos, sienten por los que sufren”; como si los hombres no tuvieran sentimientos, como si todos no tuviéramos que “misericordear”.

En un grupo de reflexión, la misericordia se relacionó con el servicio, el amor incondicional, la compasión y, especialmente, con “dejar las puertas abiertas para recuperar relaciones”.

Kasper dirá: “La palabra latina misericordia, según su significado originario, quiere decir: tener el corazón (cors) con los pobres (misen), sentir afecto por los pobres”[1].

“El término «compasión» no puede ser entendido solo como conducta caritativa, sino que es necesario escuchar cómo resuena en ella la palabra «pasión» y percibir la reacción apasionada ante las clamorosas injusticias existentes en nuestro mundo, así como el grito en demanda de justicia”[2].

Tener el corazón con los pobres, ira contra la injusticia, pasión por la justicia. El Papa Francisco nos llama a “misericordear” con una perspectiva social. Sentir con los pobres, buscar la justicia y, superar la justicia con el amor.

En el Perú somos una sociedad de post conflicto que nos llama a estar atentos, solidarios y misericordiosos.

¿Cómo vivir la misericordia en Ayacucho, región que vivió el epicentro de 20 años de conflicto armado interno con más del 40% de víctimas fatales, más de 15 mil desplazados, más de 2 mil lugares de entierro clandestino? Esta es una tarea pendiente.

¿Cómo practicar la misericordia y enseñarles a los jóvenes a ser misericordiosos teniendo en cuenta las heridas abiertas de esos años?

El otro día fui con jóvenes del voluntariado Magis a visitar a los desplazados durante el conflicto armado interno; los que sufrieron más, hoy sufren los achaques de la vejez y están abandonados.

Dos ancianas en una casita de adobe. Por las calaminas rotas del techo pasa la lluvia.  Se mantienen de juntar botellas y latas para venderlas a recicladores, pero les pagan una miseria, ¡no les alcanza para nada! Están enfermas. ¿Cómo ayudarles a tener un biohuerto en casa si no tienen agua potable? ¿Cómo misericordear nuestro corazón y el de los jóvenes?

No todo es negativo. Otra pareja de ancianos: él no puede salir a trabajar porque la esposa está enferma y tiene que atenderla en todo. Pasaron por ahí jóvenes estudiantes para realizar una investigación y “misericordearon”. Forraron de plástico la casita de adobe para que no entre la lluvia, armaron estantes con tablones de madera y los llenaron de gaseosas para que tengan algo que vender. Algunos vecinos les alcanzan un plato de comida.

Las 23 Asociaciones de desplazados de Huamanga cuentan con más 116 personas de la tercera edad. En un solo barrio hay 156 ancianos empadronados, necesitados de una mano para atender su alimentación, salud, derecho al cariño y a la recreación.  Sería una primera forma de misericordear el acercarse a ellos, organizar acciones de solidaridad y búsqueda de leyes para que tengan VIDA.

Son 15 mil los desplazados en Ayacucho. Misericordear es ayudarles a organizarse para que tengan acceso a justas reparaciones por parte del estado y a los programas sociales que les den mayor calidad de vida; ayudarles a pasar de víctimas a ciudadanos plenos con deberes y derechos.

Misericordear es apoyar la aprobación de la Ley de búsqueda de personas desaparecidas. Tener más de 15 mil desaparecidos a nivel nacional debe tocar nuestros corazones. Las familias siguen buscando a sus seres queridos.

Nos acercamos a las víctimas con amor y a los victimarios con horror. Quisiéramos convertir al victimario en un ser monstruoso que no merece vivir. Son muchos los sentimientos de odio, rabia, rencor, deseos de venganza. La misericordia es dolorosa, “misericordia es poner el corazón en la miseria”[3], nuestro corazón sufre al conocer la crueldad y deshumanización de los victimarios. Y más aún al conocer que muchas víctimas se convirtieron en victimarios y victimarios en víctimas.

Desde la misericordia comprendemos que el victimario también es víctima. “El misericordioso pone -el corazón- ahí donde esa miseria se ha materializado en extremos inenarrables. Así, los señalados por violadores a los derechos humanos encontrarán misericordia cuando de manera avergonzada y arrepentida pongan su corazón en esa realidad execrable que ellos mismos han producido”[4].

Dios practica la justicia restaurativa, quiere que el victimario se restaure. Es la ira de Dios y su santidad. Amar al pecador, odiar sus pecados. La ira de Dios es superada por el amor de Dios. Sentir ira ante la injusticia, condenar la injusticia y salvar al injusto. Salvar al pecador. ¡Qué gran reto!

Una joven contaba que no podía “ver” a un militar en la calle pues a sus abuelitos los mataron los militares en Cayara. Una tía sobrevivió pero quedó muda. Sus abuelitos y su tía no tenían que ver nada con la violencia. Gracias a los talleres y reflexiones esta joven ha podido superar el odio que sentía y tiene voluntad de caminar al perdón-reconciliación para construir una cultura de paz en Ayacucho.

Nos preguntamos ¿cuántas personas caminan en las calles con odio en su corazón a los senderistas, a los militares, a los que frustraron el desarrollo de sus vidas y la de sus familiares? En las comunidades y en las poblaciones conviven víctimas y victimarios. La guerra rompió lazos sociales, generó enormes desconfianzas que aún persisten. ¿Cómo vivir juntos?

El odio, el rencor, los deseos de venganza que anidan en el corazón humano y que anidan en muchos corazones ayacuchanos que vivieron el dolor, el abuso y la pérdida de sus seres queridos, necesitan un proceso para perdonar, sanar heridas y no vivir con rabia. Si este proceso no se da, la violencia aparece con fuerza disfrazada de otros rostros.

Entre las varias iniciativas para misericordear, el Centro Loyola Ayacucho está promoviendo espacios de diálogo entre víctimas y victimarios. La base son las ESPERE (Escuelas de Perdón y Reconciliación). En un segundo momento presentarán su versión de los hechos. Se abre el camino para perdonar y ser perdonados, para iniciar una vida nueva, experimentando “las cumbres oxigenadas del perdón”[5]. Este proceso que parece fácil teóricamente, no lo es en la práctica.

En la primera reunión con los licenciados del ejército, manifestaron que sienten que los miran con odio, que los rechazan. Afirman que defendieron el país pero que además hicieron mucho daño, le llaman “excesos”, pero saben que abusaron de la sencillez de las personas. Hoy quieren ser perdonados.

¿Cómo misericordear sintiendo ira por la injusticia y a la vez sintiendo compasión por las víctimas y los victimarios? Queremos caminar en ese amor liberador de Dios que “siente compasión por este pueblo” y sana nuestro corazón de piedra para convertirlo en un corazón de carne. Nos enseña a que el amor se imponga sobre la indignación. Nos enseña a vivir en el amor que convierte, sana heridas, promueve nuevos comienzos. Nos ayuda a “pasar de víctimas y/o victimarios a ser victoriosos”[6].

En este Año de la Misericordia profundizaremos como misericordear en Ayacucho, llevando a la práctica nuestras reflexiones.

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[1] KASPER, Walter. La misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana. Pág. 29
[2] Íd. pág. 26
[3] CARDENAL, Rodolfo. La misericordia. Artículo en: www.uca.edu.sv/noticias/opinion-4011.
[4] Idem.
[5] Leonel Narvaez, fundador de las ESPERE -Escuela de perdón y reconciliación.
[6] Ídem.


Carmen de los Ríos Baertl

Directora del Centro Loyola Ayacucho (asociación civil de la Compañía de Jesús). Integrante del Movimiento Ciudadano por los DDHH de Ayacucho “Para Que No Se Repita”.




Las catorce mil Obras de Misericordia

En un retiro de mi tiempo de seminarista, el Padre espiritual nos dijo: “las Obras de Misericordia no son catorce, son catorce mil”. Y, conforme han ido pasando los años, he comprobado que tenía razón mi buen Padre espiritual, especialmente durante mis trabajos en ambientes populares de El Agustino, Ilo, Ayacucho, Jaén… en los que se hizo el milagro de la multiplicación de las clásicas obras de misericordia. Y el Papa Francisco lo ha confirmado en su Bula sobre la Misericordia: “Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo de despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar en el corazón del Evangelio… Redescubramos las obras de misericordia corporales”[1]. Veamos algunas:

Visitar y cuidar a los enfermos: Y recuerdo la “Pastoral de Salud” del Vicariato de Jaén, que preparaba unos 200 promotores de salud para que orientaran a los campesinos, en sus caseríos, sobre los síntomas de sus enfermedades. Además, capacitaban a unas 80 parteras que atendían a las mamás campesinas.

Dar de comer al hambriento: por los años 80 se hizo la remodelación de la parte “llana” de El Agustino. Esto suponía que se destruiría la mayoría de las casas de adobe para urbanizarlo, haciendo lotes mayores, calles, plazas… y que los pobladores tenían que volver a edificar sus viviendas, con los inevitables ataques a sus exiguos presupuestos. Una comunidad cristiana decidió hacer un “comedor popular” que reforzara un poco los sencillos menús familiares. Pronto surgieron otros comedores que ofrecían almuerzos económicos, especialmente para los niños.

Dar de beber al sediento: En Lima hay un cinturón de pobreza con un millón de habitantes, donde no hay servicios de agua y desagüe. Lo suplen los típicos “aguateros” con sus camiones cisterna. Esta es el agua más cara de todo Lima. Por eso, los pobladores de los “Asentamientos Humanos” se pusieron de acuerdo y -tras numerosas asambleas- decidieron traer el agua a la zona: papeleos, coimas, gestiones aquí y allá y, después de un par de años, la autorización. Todas las manos a la obra para abrir las zanjas que adelanten las obras, nuevos papeleos… y al final, fiesta popular: música, cadenetas, cerveza, público y algunas autoridades que se hacen presentes para “dar realce a la ceremonia”. Lograron dar de beber a todo un barrio sediento.

Dar posada al peregrino: En Ilo, a nuestra vecina, la señora Eufrasia, le han detectado cáncer de mama. Es decir, tiene que ir a Lima para el tratamiento que durará tres o cuatro meses. “¿Lima?, muy lejos. ¿Dónde me voy a hospedar todo ese tiempo?” El esposo, después de dar muchas vueltas al asunto, recuerda: “En el barrio de Huáscar tengo un primo… casi ni me acuerdo de su nombre… ¿podrá alojar a mi esposa?, ¿tendrá sitio?, ¿le podré pagar alguito por los gastos?” Después de vueltas y revueltas, llegó la respuesta del primo: “Que venga la Eufrasia. Ya le haremos un rinconcito en la casa. También a mi Lucha le encontraron el cáncer, aunque el Señor de los Milagros la sanó”. Sin saberlo, el pariente lejano había cumplido una obra moderna de misericordia.

Redimir al cautivo: en la parroquia de Jaén se comenzó la pastoral carcelaria. Muchas cosas había que hacer, sobre todo por los que no tenían familias en la ciudad: conseguir ropa para el invierno, algo de comida para completar la “paila” de cada día, medicinas… buscar a los posibles familiares ente los paisanos… Un abogado joven se comprometió a atender gratuitamente los casos que se presentaran. Había que acompañar los largos trámites para conseguir que a los “internos”, que ya llevaban demasiados años sin juicio, se les haga juicios legales. Una maestra jubilada daba clases para que pudieran acabar la primaria… No todo lo necesario, pero algo se hizo. Sobre todo, cumplir la moderna obra de misericordia: redimir al cautivo.

Enseñar al que no sabe: el movimiento Fe y Alegría tiene como objetivo proporcionar una educación gratuita de calidad, con el aporte económico del Estado. Su especialidad es trabajar en los ambientes populares –“donde acaba el asfalto”- tanto en las ciudades, como en el campo, y una enseñanza que afirma los valores religiosos y cívicos. Los jesuitas son los directores del movimiento, con la colaboración de numerosos laicos y religiosas-religiosos. Su presencia se halla en América Latina y África (el Chad). En el Perú atienden unos 80 mil alumnos, en 80 colegios, distribuidos por 20 regiones. Ha recibido del Ministerio de Educación diversos premios por su alto nivel educativo. Lleva más de 50 años cumpliendo la obra de misericordia.

Consolar al triste, dar consejo al que lo necesita, vestir al desnudo… no son catorce las obras de misericordia, son catorce mil.

Volvemos a las palabras del Papa Francisco: “redescubramos las obras de misericordia… no podemos escapar a las palabras del Señor y en base de ellas seremos juzgados… en cada uno de estos “más pequeños” está presente el mismo Cristo. Su cuerpo se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, desnutrido… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de San Juan de la Cruz: “en el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados por el amor”[2].

[1] Bula sobre el Año de la Misericordia, 15
[2] Ídem.


Jesús Valverde Pacheco, SJ

Sacerdote y confesor en la Parroquia San Pedro de Lima




La Generosidad y eficacia desde los jesuitas

Esta dinámica inveterada encuentra sus fuentes en la Buena Noticia de Jesús: “denles ustedes de comer” (Lc. 9, 13), subrayada con fuerza por Ignacio de Loyola cuando dice que hay que poner “el amor más en las obras que en las palabras” (EE. 230), y que cobra una importancia especial en la medida en que la sociedad actual y los pobres esperan y merecen de nosotros un testimonio claro (“con obras y palabras eficaces”) de lo que somos.

En 1949 el P. General de la Compañía de Jesús, Juan Bautista Janssens, publicó un documento titulado “Instrucción sobre el Apostolado Social” haciendo un llamado a los jesuitas para formarse “en aquel amor sincero y eficaz que en lenguaje moderno llamamos ‹espíritu› o ‹mentalidad social›”[1]. El P. Janssens reiteró su llamamiento en varias ocasiones e intentó definir más precisamente en qué consistía con ocasión de la canonización de José Pignatelli SJ:

“en la Instrucción que di sobre el Apostolado Social, intenté distinguir entre obras de beneficencia y lo que hoy se llama acción social. La primera de estas formas de caridad, la única conocida en tiempos de José Pignatelli, es buena. Nuestro Señor Jesucristo la alabó y la Iglesia la ha recomendado siempre. Ayuda a los miembros sufrientes de Cristo en este mundo. No puede desaparecer nunca porque «habrá siempre pobres entre vosotros». La otra forma de caridad es mejor: más universal y más duradera, expresa un más alto grado de amor. Las obras de beneficencia suavizan algunas tristezas; la acción social suprime, en la medida de lo posible, las causas mismas del sufrimiento humano. Todo el cuerpo místico de Cristo se hace más sano y más fuerte”[2].

La reflexión de la Compañía de Jesús sobre las características y la misión del apostolado social fue desarrollándose alimentada por el magisterio del Concilio Vaticano II, enfatizando la dedicación al trabajo por los más pobres (a partir del documento de Medellín, “con los más pobres”) mediando una reflexión y análisis de las condiciones sociales, acompañada del saber teológico y filosófico.

En un seminario de trabajo llamado “El Apostolado Social en la Compañía de Jesús hoy” (1980) se esbozaron de manera clara las notas características de este trabajo:

“un grupo (de jesuitas y colaboradores) que:

  1. “estén radicalmente comprometidos con la promoción de la justicia en solidaridad con los pobres;
  2. busquen la conversión de los individuos y un cambio estructural de la sociedad;
  3. tengan como objetivo contribuir a la construcción de una sociedad nueva y más justa basada en la participación;
  4. tengan una idea clara sobre la identificación de prioridades y la decisión de las acciones a través del uso de un análisis científico de la realidad, un análisis no sólo de las estructuras sino también de los acontecimientos y tendencias del momento; y con una perspectiva de fe cristiana;
  5. estén preparados para asociarse de distintas maneras con aquellos que comparten los mismos ideales de transformación de la sociedad;
  6. estén involucrados en un diálogo crítico con los grupos que buscan el cambio de un modo distinto al nuestro; y
  7. que persigan el objetivo de la comunión con la Iglesia y con toda la Compañía” [3].

Veinte años después (1998) las “Normas Complementarias”[4] declaran que: “la misión actual de la Compañía es el servicio de la fe y la promoción, en la sociedad, de la justicia evangélica que es sin duda como un sacramento del amor y misericordia de Dios”[5]. Y la 35ª Congregación General de los jesuitas reafirma y declara “su firme convicción” de que “la finalidad de la misión que hemos recibido de Cristo (…) es el servicio de la fe”, del cual “el principio integrador (…) es el vínculo inseparable entre la fe y la promoción de la justicia del Reino”[6].

Si bien en un primer momento (paso del preconcilio al Concilio) se pensaba y se actuaba como si la justicia viniese a tomar su lugar donde la caridad terminaba, la noción de justicia se ha enriquecido tanto hasta afirmar que es la verdadera caridad la que comienza donde la justicia termina: la justicia que nace de la fe (la verdadera caridad) va mucho más allá que la noción de justicia que no está informada por el amor. Por eso se insiste en que, si bien es posible abusar de la caridad haciendo de ella un subterfugio de la injusticia, “no se puede hacer justicia sin amor. Ni siquiera se puede prescindir del amor cuando se resiste a la injusticia, puesto que la universalidad del amor es por deseo de Cristo un mandato sin excepciones”[7].

En la Iglesia Hoy

El Papa Francisco también ha colocado esta realidad en el centro de su proclamación de la Buena Nueva: el principio de la misericordia no es otra cosa que la justicia del Evangelio llevada a sus extremos (a la perfección de la cual habla el Evangelio), máxima manifestación de la caridad: amar como Dios nos ama, entregando todo por aquel y aquello que, antes de ese rescate, estaba perdido. La justicia que nace de la fe se identifica con la acción misericordiosa de Dios que redime a todos. Esa redención – salvación – liberación – resurrección (levantar de la muerte) vincula inexorablemente generosidad y eficacia, porque “el amor cristiano no puede ser sólo gratuito; también debe ser eficaz. Es decir, no bastan los buenos sentimientos y la recta intención. El amor debe tratar de resolver los problemas de las personas concretas que vamos encontrando día a día y, con una visión más amplia, intentar colaborar en la organización de la sociedad ayudando a los cambios estructurales que alcancen a todos y que sean duraderos, para crear sociedades verdaderamente prósperas justas y libres”[8]

Uno de los pasajes evangélicos paradigmáticos de esta dinámica del amor que se hace justicia y de la tensión que conlleva en términos de generosidad y de eficacia, de compromiso y de gratuidad, es la parábola del judío herido en el camino y del Samaritano que se compadece de él (Lc. 10, 27-37). No es gratuito que Jesús en su parábola indique que quien hizo esto fue un Samaritano mientras que otros, un sacerdote que bajaba del templo y un levita (experto en la ley), no hicieron nada por él. Porque el ejercicio de la misericordia (que es la manifestación máxima de la justicia) es una decisión positiva que construye algo nuevo desde donde la justicia no existe, donde el respeto no se manifiesta, donde la reconciliación es impensable.

Eficiencia con Eficacia

Es importante reflexionar y tomar consciencia (son dos verbos/acciones distintas) de que el AMOR EFICAZ que positivamente buscamos es mucho más que la simple eficiencia. Para decirlo en términos netamente ignacianos y evangélicos: se nos pide conocimiento interno de que “no es lo mismo dar frutos que tener éxito”[9].

La eficiencia es un valor digno e importante que está generalmente asociado al discernimiento y correcto uso de los medios necesarios para realizar una acción que tiene por fin algo más que el manejo de esos medios, vinculado a una visión más pragmática del uso de las cosas; en nuestro caso siempre de cosas ajenas, de las cuales somos nada más que administradores. Sin duda que ser eficiente es un valor; un valor que como todos los otros valores de la vida tiene sus contingencias y sus relaciones subsidiarias con otros valores más o menos amplios e importantes según el momento en que se encuentre el sujeto y las comunidades. Por eso podemos afirmar que para ser eficaz generalmente es necesario ser eficiente, aunque no basta serlo; y en algunas ocasiones puede hasta no ser indispensable[10].

Pero la eficiencia y el “eficientismo” son diferentes. Porque es probable que en la vorágine de la eficiencia pueda perderse fácilmente la gratuidad de las cosas (todo para todos), la gratuidad del tiempo (“hay más tiempo que vida”, adagio mejicano) y la gratuidad de la relación con las personas: hay que producir, minimizar esfuerzos y maximizar resultados; hay que ahorrar recursos materiales (“ni más ni menos de lo estrictamente necesario”), temporales (“el tiempo es oro”) y humanos (ya no son relaciones humanas sino Recursos). Cayendo en el “eficientismo” (la eficacia por sí misma como valor) se entra en la dinámica tramposa que denunciaba Gabriel Marcel hace más de medio siglo: “poseer es casi inevitablemente ser poseído”.

Así, mientras que la generosidad implica un movimiento de salida de sí, de entrega, de ofrecimiento, de apertura, la eficacia está marcada por un movimiento centrípeto que tiene que ver con guardar, ahorrar, conservar, preservar, controlar, poseer[11]. Por eso cuando hablamos de eficacia como atributo del amor que estamos llamados a vivir, estamos refiriéndonos a una realidad mucho más amplia y exigente que “el ser eficiente” (aunque generalmente lo implica) y que nos remite directamente al “fruto”, a “los resultados”, a “lo buscado”, a “lo planeado”, “al impacto” de nuestras acciones (eficientes, organizadas, conjuntas, respetuosas, etc.).

Con Generosidad y con Eficacia

Los jesuitas estamos llamados, pues, a vivir un amor eficaz en nuestro servicio personal y en nuestros proyectos, de manera que nuestras obras sean coherentes con nuestras declaraciones. En ello debemos esforzarnos de manera permanente ayudándonos en la medida en que sea necesario y posible de los instrumentos que nos ofrece la propia experiencia y la de otras personas y organizaciones.

Sin embargo, esto no siempre es fácil. En ocasiones, parece que tuviéramos bastante claro el “qué hacer” (acciones) y el “hacia dónde” queremos ir (visión), pero nos faltara realismo y capacidad gerencial para tomar las decisiones e implementar las acciones necesarias para llegar allá (la meta) de la manera que queremos. En otras ocasiones estamos tan atados a maneras tradicionales de organizar y de promover las cosas, o tan atareados haciendo actividades y respondiendo a necesidades inmediatas, que no alcanzamos a ver la urgencia de modificaciones importantes tanto a nivel directivo, como organizacional y gerencial, en función de los resultados que queremos alcanzar.

Aquí, “(…) la clave para la construcción de esta visión estratégica estará en nuestras actitudes espirituales. En especial, precisaremos de mucha libertad, lo que Ignacio llamaba indiferencia, para poder encontrar y colaborar con el Dios que trabaja en este mundo roto” [12].

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[1] Cfr. Una breve historia, Campbell-Johnston Michael, pág. 2, inédito.
[2] Acta Romana 12, 1954, 696. Citado por Ibíd. Pág. 3.
[3] Cfr. Recordando Nuestra Historia, Promotio Iustitiae 100, 2008/3, “Los Primeros Treinta Números”, Campbell-Johnston Michael, SJ. Pág. 8.
[4] Se designa “Normas Complementarias” (NC) a la actualización de las Constituciones de la Compañía de Jesús.
[5] NC 245 §1-2
[6] CG 35. Decreto 3, No. 2
[7] Pedro Arrupe, Arraigados y Cimentados en el Amor, 1981, n.56
[8] GONZÁLEZ BUELTA, Benjamín. Tiempo de Crear, Polaridades evangélicas, Sal Terrae, Santander, 2010, p. 88- 89
[9] “Dar fruto” es una expresión bíblica rebosante de significación espiritual. En la Biblia, el pueblo de Dios aparece frecuentemente como una viña de la que se esperan frutos jugosos. Jesús mismo se valió de la imagen para expresar el sentido profundo de su misión. En el evangelio de San Juan, dice a sus discípulos que la gloria del Padre consiste en que sus hijos den fruto en abundancia (Jn 15, 8.16). Dar fruto nos remite a la fecundidad, característica de todo ser viviente. Por la fecundidad se multiplica la vida mediante la entrega gratuita de la propia vida. La vida de quien desea seguir a Jesucristo tiene vocación de fecundidad. Todo seguidor de Jesús está llamado a multiplicar la vida entregándose de manera gratuita. No se puede entender la espiritualidad del fruto sin recordar esta afirmación de Jesús: “les aseguro que si el grano de trigo al hacer en la tierra no muere, queda él solo; pero si muere da mucho futo” (Jn 12, 24). Texto inédito ofrecido por el autor.
[10] Como nos dice González Buelta: “la eficacia evangélica está atravesada por la gratuidad y puede transformar la realidad a través de momentos (…) en los que aparentemente no pasa nada, episodios de ineficiencia y fracasos escandalosos, como la muerte de Jesús en la cruz”, Ibid.
[11] Cfr. GONZALEZ BUELTA Benjamín, Ibíd., p. 86
[12] Promotio Iustitiae No. 107, 2011/3, págs. 39-40


Roberto Jaramillo, SJ

Antropólogo colombiano, con estudios en Filosofía y Teología. Delegado Social de la Conferencia de Provinciales Jesuitas en América Latina (CPAL).




Lograr el Consenso, recuperar la fe en el Otro

El Otro como virtual enemigo

El sofista griego Filóstrato, recordando las hazañas de sus ancestros, recordaba cómo los antiguos ciudadanos de distintas ciudades griegas habían terminado por unirse en función de un único enemigo común: “los bárbaros persas”. Recordando a su predecesor Gorgias decía que éste, al ver la división interna de sus compatriotas griegos, les disuadió para dejar de agredirse entre ellos y unirse contra el enemigo[1].

Los seres humanos, desde la formación de las primeras hordas, hemos considerado nuestro pequeño grupo del entorno como los únicos semejantes. En el relato legendario del Génesis, la primera pugna entre Abel y Caín no hace sino representar cómo, en el origen de las sociedades humanas, siempre hay un “enemigo” a quien abatir impulsado por el temor que, de no hacerlo, podría acarrear la muerte de mi clan.

De una u otra forma, los viejos mecanismos de formar sub grupos al interior de los grandes colectivos que hemos ido desarrollando en la historia humana, hacen que esta vieja historia siga reproduciéndose. Siempre hay un “otro” para cada uno. Siempre hay un latente enemigo que despierta en mi cuerpo las alertas defensivas. Cuesta activar ese ‘click’ espiritual por el que nos hacemos capaces de ver, en ese otro, a un verdadero semejante. Cuesta romper las fronteras invisibles para aceptar y tolerar la diferencia y hacer posible la convivencia en armonía.

El Gran Otro: la Ley y su rol en la reparación del tejido social

Intuyendo que en la estructura de nuestra naturaleza la convivencia en las organizaciones humanas es inestable, la Ley aparece desde tiempos inmemoriales para regular las relaciones humanas. Por la Ley, los distintos colectivos humanos establecen consensos. En principio, acatar la Ley conlleva la racionalidad que dirige todo el actuar del ciudadano. Cada sociedad erige sus leyes y establece modos de administrarla. Sin embargo, ello no asegura la total armonía de los sujetos, pues otros niveles del funcionamiento social interfieren en la vida común y ejercen sobre la ley presiones de distinta índole que, a su vez, acarrean su debilitamiento o el retorno a los reclamos individuales o de subgrupos al interior de la sociedad, justos o no, que derivan en algunos casos en el incumplimiento de la normativa colectiva y terminan por hacer que la ley “se acate, pero no se cumpla”.

Este panorama de la legalidad como mera apariencia, antes que como un efectivo mecanismo que facilite y armonice la vida de los ciudadanos, lo conocemos de sobra en nuestro país. En el Perú, Gonzalo Portocarrero[2], Alfonso Quiroz[3] y Juan Carlos Ubilluz[4] son los que más han trabajado el tema de la transgresión con agudeza en su lectura de larga duración de los procesos que dan lugar a la dificultad para que la ley se interiorice en los colectivos que forman parte del país. Esta dificultad histórica hace que la Ley, como Gran Otro, sea vista y percibida como un obstáculo, también como un enemigo. En lugar de ser un ente que asegure, regule y cohesione, la Ley termina siendo en el imaginario nacional, la sombra del temor y la incertidumbre. En este panorama, el espacio público se transforma en una jungla virtual antes que en el ágora que debe ser. Cuando Gorgias recordaba a sus compatriotas griegos que ninguno de los conciudadanos era el enemigo, sino antes bien el “otro bárbaro”, lo que hacía era definir la barbarie como la ausencia de consensos, base de toda democracia. La coyuntura de nuestros días nos conduce a esta vieja convicción; es tiempo de regenerar la relación con la Ley y revitalizar la racionalidad de los consensos para rehacer el tejido social de nuestra nación.

Recuperar la fe en el (Gran) Otro

El relato de Filóstrato no es gratuito; aunque él escribía en tiempos muy alejados de los nuestros, su certeza de que la eficacia política reside en el consenso es algo que continúa en la voluntad posible de todo sujeto contemporáneo, como un horizonte a alcanzar. El consenso no es una actitud ingenua ni algo imposible de realizar, pues como dice la filósofa Barbara Cassin “no se trata de simpatía; se trata simplemente de que los ciudadanos estén persuadidos por las leyes, de que las obedezcan”. Desde la cabeza hasta el último de los ciudadanos de a pie. Ese es solo el primer paso.

Y sin embargo… para llegar a dar este paso aún tenemos mucho por trabajar en nuestro espacio público, pues el consenso comienza desde el momento en que dejo de tratar al conciudadano que opina diferente como un virtual enemigo -modo en el que operan muchos políticos en su ejercicio público-. El otro es mi prójimo y, juntos, formamos parte de consensos mayores en los cuales forjamos nuestra historia común. Para llegar a esto es fundamental volver a creer en la posibilidad de que la Ley, ese Gran Otro, tampoco es un enemigo. Es imprescindible volver a creer en la legalidad, en las instituciones y en la vida cívica como espacio de realización humana. Esa es la condición de posibilidad de una auténtica vida democrática. Aprender a consensuar implica aprender a creer en el otro como amante del bien y, además, creer que hay un Bien (con mayúscula) mayor que el espacio de mi privacidad y de mi “tribu” (todos aquellos que piensan como yo). En esto tienen mucha responsabilidad nuestros representantes políticos. Son ellos los primeros que deben hacer realidad la pertinencia de ese Gran Otro que es la Ley y conducir a la ciudadanía a reinstaurar el respeto hacia esta dimensión, aún tan debilitada en nuestra historia.

A los que ejercen un rol político les cabe, así, la profunda responsabilidad de no vulnerar más la Ley en nuestro país sino, por el contrario, ayudar a acatarla veraz y razonablemente, devolviéndonos la fe en ella. En ese ejercicio podremos, los ciudadanos de a pie, reenganchar con lo justo que vive en nosotros. Sólo entonces podremos entender la importancia de la racionalidad de los consensos en la construcción de una verdadera democracia.

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[1] Filóstrato Vida de los sofistas, citado por Bárbara Cassin en su excelente estudio Sophistical Practice, toward a consistent Relativism. NY, Fordham University, 2014.
[2] Sociólogo peruano. Autor de diversas obras, como: “La urgencia por decir nosotros. Los intelectuales y la idea de nación en el Perú republicano” (2015).
[3] Historiador peruano (1956 – 2013). Especializado en el análisis de la corrupción en el Perú. (N. E.)
[4] Crítico y Profesor universitario. Autor de “Nuevos súbditos. Cinismo y perversión en la sociedad contemporánea” (2006). (N. E.)


Juan Dejo, SJ

Teólogo e Historiador. Director de la Escuela de Posgrado y Asesor de internacionalización de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.