Los jóvenes en las calles: una mirada en perspectiva

Las marchas de noviembre contra la usurpación del gobierno por un grupo de congresistas fueron protagonizadas en gran medida por jóvenes. Esa presencia juvenil generó comprensibles entusiasmos. En un escenario marcado a fuego por la corrupción y el oportunismo es casi natural la inclinación a buscar, y encontrar, algo nuevo. Se ha hablado, así, de una nueva generación que irrumpe en la vida pública con promesas renovadoras. Una oportuna coincidencia ha motivado, así mismo, vincular esa irrupción con el bicentenario de la Independencia. La magia de las cifras redondas: cuando los doscientos años de la República llegaban cargados de sombras, algo novedoso y diferente parecía asomar.

Es válido, sin embargo, ya con cierta perspectiva, preguntarse qué tan diferente y prometedor fue todo ello. Tal pregunta no cuestiona la existencia de un componente juvenil relevante en el momento político actual. Es claro que los jóvenes estuvieron de manera notoria en la protesta contra el gobierno usurpador. Sin embargo, no es factible señalar que estos fueran la mayoría. La idea de una movilización de carácter juvenil es verosímil y seductora, pero no deja de ser una impresión no documentada.

¿Una nueva generación en el espacio público?

Pero, aceptando sin mayor cuestionamiento esa impresión, vale la pena considerar en qué medida se trató de un hecho distintivo. Se destaca en esa movilización la rapidez de la coordinación gracias al uso de las redes digitales. Eso es una marca generacional. Pero no se trata solamente del uso de las redes para coordinar horas y lugares de concentración. También se ha hecho notar el empleo creativo de la tecnología digital para generar imágenes que acompañen a las marchas. Todo ello imprimió a las protestas un dinamismo, a la vez que un tono de irreverencia, que llamó particularmente la atención. Se ve ahí, en consecuencia, una movilización ciudadana con una peculiar marca generacional.

Pero las marchas no aportan suficientes elementos para identificar una generación con signos distintivos: es decir, con características que asemejen a sus miembros entre sí y con rasgos que los diferencien de otras generaciones en alguna medida relevante. Para hablar de una generación con alguna significación política o cultural particular –es decir, más allá del hecho obvio de que los individuos de una misma cohorte de edad conforman una generación—se precisa satisfacer requisitos comparativos; esto es, hallar en qué se diferencia esta de otras generaciones y en qué sentido sus integrantes comparten algunas características significativas para cierto tipo de actividad o comportamiento. Así, por ejemplo, una generación literaria no existe solamente porque los individuos tengan las mismas edades ni porque hayan empezado a publicar libros al mismo tiempo. Una generación literaria es definida por algunas características específicamente literarias como, por ejemplo, propiedades o actitudes estéticas compartidas.

¿Qué es exactamente lo que permite hablar de una generación en este caso? Quizá lo único distintivo sea la completa familiaridad de los individuos con el uso de la tecnología digital. De ahí emerge una especial capacidad de coordinación instantánea y, por lo tanto, de movilización. También se deriva de ahí la extrema velocidad con que una idea o una iniciativa circula y se masifica. Pero ahí estamos todavía en el ámbito de lo instrumental, de los medios. Y estos, si bien están influyendo sobre las modalidades de la enunciación, no tienen un contenido propio ni comportan por sí mismos valores o actitudes específicos.

Es de resaltar que las movilizaciones desarrolladas en los últimos años, con una notoria presencia de jóvenes, no han contado con un liderazgo central que las unifique.

 

En realidad, no se sabe mucho sobre lo que piensan los jóvenes que participaron en esas marchas, más allá de su rechazo a la usurpación del gobierno. No se sabe si comparten ideas relativas a una cierta cultura política; por ejemplo, ideas generales sobre poder y autoridad, convicciones sobre derechos humanos, ideas sobre la relación entre Estado y mercado, una memoria heredada del conflicto armado interno, o visiones sobre género y etnicidad.

Por lo señalado, tal vez lo más interesante no sea suponer una diferencia específica en esta generación, sino señalar su continuidad con otras generaciones. Eso no significaría desconocer el papel de los jóvenes de hoy en el espacio público sino, en todo caso, proponerles una ubicación histórica. A la larga, al preguntarnos sobre las perspectivas de la democracia peruana, puede ser más constructivo señalar la historicidad de la movilización ciudadana que detectar una identidad generacional basada en una dudosa singularidad.

Dos décadas de movilización

En realidad, estos episodios de movilización ciudadana con una participación juvenil protagónica no son novedad. Por el contrario, se puede decir que han sido recurrentes si tomamos como punto de mira los últimos años del gobierno autoritario de Alberto Fujimori, para confinar la observación a un marco cronológico discreto.

En esa década, en el año 1997, se produce una movilización que bien podría considerarse el inicio de un ciclo del que las recientes marchas forman parte. El Congreso, dominado por el fujimorismo, había impuesto por ley una “interpretación auténtica” de la disposición constitucional que permitía una sola reelección presidencial y que, por tanto, impedía a Alberto Fujimori buscar un tercer mandato en las elecciones del año 2000. Según el Congreso, ya que Fujimori había sido elegido por primera vez bajo la Constitución de 1979, su segundo mandato equivalía, en realidad, a un primer mandato bajo la Constitución de 1993. Por lo tanto, sí tenía derecho a postular por tercera vez. El tema fue sometido al Tribunal Constitucional, y este desbarató la maniobra legal del Congreso. En respuesta, el Congreso destituyó a los magistrados que habían declarado inaplicable a Fujimori la ley del Congreso que lo favorecía. Esa arbitrariedad motivó una masiva marcha protagonizada, ostensiblemente, por jóvenes y que inauguró un clima de protesta cuyo ápice, en esa década, fue la Marcha de los Cuatro Suyos en el contexto de la elección del 2000.

Ya después de la transición a la democracia las marchas con amplia participación juvenil se han multiplicado. Casi siempre han sido respuestas a abusos del poder o a algún recorte de derechos fundamentales por parte del gobierno, o a intentos de copar el poder o de proteger a la corrupción por organizaciones políticas. Así, por ejemplo, en el año 2013 se produjo la marcha contra “la repartija”, como se conoció el reparto del control sobre el Tribunal Constitucional, el Banco Central de Reserva y la Defensoría del Pueblo entre los partidos que dominaban el Congreso. En diciembre de 2014 varias marchas obligaron al gobierno a abandonar la ley de régimen laboral juvenil (ley 30288, conocida popularmente como “ley pulpín”). Los primeros días de 2019, por otro lado, estuvieron marcados por marchas contra la remoción de los fiscales José Domingo Pérez y Rafael Vela por parte de Pedro Chávarry, por entonces Fiscal de la Nación.

Estos son apenas tres casos, de entre muchos, que indican que en el Perú hay una situación de movilización social recurrente, en la que la población joven tiene siempre una presencia notoria. Es razonable insertar a los jóvenes movilizados de hoy dentro de ese periodo más amplio para percibir sus afinidades con lo que ha venido sucediendo en las dos últimas décadas.

Vocación de fugacidad

Ese periodo podría ser caracterizado doblemente como el del Perú posterior a la transición política y como el del Perú posterior a la violencia armada. Pero este momento tiene otras características importantes. Una de ellas es la inexistencia de organizaciones políticas propiamente dichas y su sustitución por organizaciones sin representatividad, carentes de agenda pública, centradas en intereses económicos particulares, y en muchos casos comprometidas con la corrupción u otras actividades ilegales. Es decir, el colapso del sistema de mediación política entre sociedad y Estado.

Podríamos hablar, así, de “rasgos de la época” que determinan hasta cierto punto algunas características de la movilización social en estos años. Una de ellas es el foco en la institucionalidad. Es un lugar común decir que, ante la magnitud de las carencias materiales, a la población no le preocupan cuestiones como la legalidad, el Estado de Derecho, el equilibrio de poderes o el respeto de las instituciones. Eso no deja de tener un grado de verdad. Por eso mismo es resaltante la inquietud institucionalista que se expresa en esas movilizaciones. Y es razonable rastrear esa inquietud hasta la década de 1990 cuando, tras unos años de aprobación popular al autoritarismo, se incubó cierto hartazgo ciudadano frente al abuso de poder del régimen fujimorista. En ese preciso sentido, la marcha contra la “interpretación auténtica” es un punto de partida no solamente cronológico, sino también temático, del ciclo de movilización actual.

Durante los años 90, junto con el rechazo a la manipulación de las instituciones, también se cimentó en la sensibilidad pública el rechazo a la violencia. Ello se refleja en otra característica de las movilizaciones: el énfasis en que las marchas deben ser pacíficas y en evitar los desmanes. Esto es positivo, pero admite una doble lectura. Por un lado, está asociado a esa sensibilidad contra la violencia ya mencionada; pero, por otro lado, es también una actitud preventiva ante la fácil estigmatización de las marchas por parte de los gobiernos y los sectores conservadores. Estamos hablando, claro está, de la costumbre conservadora de calificar de “terrorista” a todo el que proteste públicamente y a toda forma de reivindicación social. Así, ya sea por convicción interna o por autocensura preventiva, las marchas se plantean como una exigencia constante el ser pacíficas y, como añadido, se autodefinen como “cívicas” y no “políticas”.

Una tercera característica es la ausencia –y, más que eso, el rechazo—de un liderazgo central. Esto se vincula evidentemente con la crisis de los partidos y el descrédito de la inmensa mayoría de líderes políticos visibles, y aun expresa cierta renuencia a la idea de liderazgo en sí misma. Es notorio, por ejemplo, que incluso personajes políticos que podrían ser vistos como afines al espíritu de las protestas son mirados con recelo cuando participan en ellas. Son admitidos solo bajo la condición de que no pretendan encabezarlas ni busquen asumir un protagonismo que desfigure el carácter espontáneo de la marcha. Así, dos tendencias convergen en un mismo resultado: las organizaciones políticas no tienen la solvencia institucional, los arrestos ni los reflejos requeridos para convocar a la ciudadanía a las calles, ni la ciudadanía movilizada ve con buenos ojos la presencia de políticos de oficio entre sus filas.

De lo anterior, por último, se deriva un cuarto rasgo: la ausencia de una agenda de demandas ulteriores a la marcha. Esto no es necesariamente un defecto. En verdad, la añoranza de una agenda es expresada por el observador politizado -el “analista”. Las marchas suelen ser “contra algo”, no “por algo”. En cuanto tales, cumplen su cometido, y, en realidad, es asombroso comprobar cuántas veces las autoridades han retrocedido ante el repudio en las calles. Quienes se manifiestan no necesariamente están buscando algo más: su acción no va asociada a un proyecto. Es un gesto de indignación cívica.

Un elemento peculiar de la última marcha fue, sin embargo, su pronta asociación con la demanda de cambio de Constitución. Una demanda de esa clase contiene una promesa de condensación política: mediante ella, la movilización popular puede transformarse en movimiento social, ganar permanencia, ascender al plano de la estrategia y eventualmente dar a luz una organización. Pero nada de eso ocurrió en esta ocasión. A las pocas semanas, la cuestión constitucional se desdibujó y las marchas de noviembre fueron lo mismo que sus precedentes: valientes, generosos y muchas veces eficaces gestos de protesta que han salvado a la democracia peruana de peores descalabros, pero que no tienen ni buscan un horizonte político que trascienda a la efervescencia y la indignación moral.

No es poco. Esta movilización espasmódica revela que, pese a todo, subsiste en el Perú un espacio público activo, dinámico, sobre el cual se podría levantar un edificio institucional democrático si hubiera organizaciones que sirvieran de andamio: no solamente partidos políticos, sino también gremios, sindicatos y asociaciones profesionales. Nada de esta situación cambia -y este es otro corolario relevante- por el hecho de que la coordinación por medios digitales sea cada año más veloz, más abarcadora, más creativa. Se trata, hasta cierto punto, simplemente de medios novedosos y de usos novedosos que no deben ser confundidos con la realidad sociológica en la cual existen. Confundir los instrumentos con las acciones, y observar las acciones sin atender a su contexto, a su marco de posibilidades, puede conducir a señalar novedades donde no las hay y, a la larga, a la falsa expectativa. O, como se dice, a buscar las llaves perdidas solamente ahí donde cae más luz.

Otoño 2021


Félix Reátegui Carrillo

Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la PUCP




Mirada juvenil a la política peruana

Generación del Bicentenario

Abel HUAMAN YALLI

Perú vivió durante el 2020, y aún en el 2021, una de las crisis más catastróficas de su historia. Primero, la pandemia COVID-19 que ha desenmascarado todas las deficiencias que se tenían como país; en la cual se mostró brechas preponderantes en el acceso a la salud, la educación, el trabajo y otros. Segundo, la crisis política que se venía arrastrando desde los años anteriores, como la renuncia del expresidente Kuczynski, el cierre del Congreso por el también expresidente Vizcarra y la vacancia del mismo.

Esto último desbordó la paciencia de los ciudadanos, en particular de las juventudes, que salieron a marchar multitudinariamente en todas las regiones del país sin importarles contagiarse por la COVID-19 con tal de hacer escuchar sus voces y defender la democracia. En ese contexto nace la frase “Generación del Bicentenario”, con carteles en mano que señalaban: “Merino no me representas”, “se han metido con la generación equivocada”, “no se trata de Vizcarra se trata del Perú”, “congresistas traidores” y muchas otras expresiones. Esta movilización llevó a la renuncia de Merino; pero costó sangre, sudor y hasta la vida de dos jóvenes, Inti Sotelo y Bryan Pintado, que serán recordados como los mártires de la democracia del Bicentenario.

Muchos se preguntarán, ¿quién es esta Generación del Bicentenario? Son las juventudes de todas las regiones del país que, desde sus diversidades, actuaron por una causa justa, tomando como sus aliados a las redes sociales (Facebook, WhatsApp, Instagram, TikTok y Telegram), y que están hartos de la política tradicional, de la corrupción y de que todo vaya mal. Ellos motivaron a sus padres y abuelos a ir asomándose a las ventanas y azoteas, con ollas en mano, para realizar “el cacerolazo”

Hemos solicitado a dos jóvenes (de Lima y Ayacucho) que puedan plasmar su opinión sobre la realidad política del país y los últimos acontecimientos. Aquí sus comentarios:

Estas juventudes estarán pendientes, vigilantes, a lo que pasa en el país; y se organizarán nuevamente cuando alguien vulnere sus intereses.

En estos momentos tan difíciles el país necesita, como criterios políticos, dejar de lado las discrepancias que se tienen entre el Legislativo y el Ejecutivo para así trabajar aunadamente contra este virus de la COVID-19 y la crisis que generó (salud, trabajo, educación y otros). A corto plazo, está la necesidad de acceso a las camas UCI, al oxígeno y a hacer cumplir las restricciones decretadas para contrarrestar esta segunda ola. A mediano y largo plazo es asegurar las vacunas para este año, las elecciones del 11 de abril, disminuir la brecha para el acceso a la educación virtual, al trabajo, entre otros.


200 años de soledad

Antonella Tucto Delgado

Este 2021 no es un año ordinario por diferentes motivos: la ciudadanía tiene la oportunidad de elegir a nuevos representantes en las urnas, la pandemia y sus efectos continúan arrebatando vidas, se tiene como deuda la justicia a las víctimas de las protestas. Finalmente, este año representa el cumplimiento de los 200 años de la proclamación de independencia de nuestro país. 200 años que determinarían el alcance y fortaleza de nuestra república. A continuación, se expondrán 3 temas que pueden ayudar a (re)pensar el ingreso al bicentenario.

El primer tema está referido a la prioridad de atender la pandemia desde la vacunación. A comienzos del año el Presidente Sagasti anunció la llegada del primer lote de vacunas, el cual llegó, con retraso, en febrero. Muchos estábamos a la expectativa de esta luz de esperanza que aterrizaba finalmente en nuestro país. Sumidos en la segunda ola de contagios y muertes, quedaba la promesa de que la estrategia #YoPongoElHombro podría rescatarnos, comenzando con aquellos que están en la primera línea de batalla. Sin embargo, nos dimos de cara, una vez más, con el destape del Vacunagate, otro acto de corrupción que involucra desde altos funcionarios responsables de afrontar la emergencia sanitaria hasta sus compinches fuera del gobierno. Nos indignamos y repudiamos estos actos de traición cometidos hacia la patria, hacia las vidas que se pudieron salvar; sin embargo, como sociedad no somos ajenos a las prácticas de corrupción que hemos normalizado en el día a día, como el colarse en una fila, con la diferencia que, en esa fila, no está en juego la vida de tu ser amado.

El segundo tema está referido a los efectos de las protestas contra la vacancia y el gobierno de Merino, así como a las protestas del sector agrario. El hartazgo social sobre la crisis, desembocada por el Legislativo y el Ejecutivo, culminó con la criminalización del derecho a la protesta pacífica, dejando cuatro fallecidos en las manifestaciones sociales. A la fecha, diversas instituciones que defienden los derechos humanos[1] se han pronunciado sobre el abuso de la fuerza por parte de la Policía Nacional del Perú. Sin embargo, por parte del gobierno aún no hay sentencias a los responsables políticos y materiales de las represiones sociales. No hay reparación (ni económica ni psicológica) a los familiares de las víctimas, solo hechos simbólicos aprovechados en eventos oficiales. La sociedad civil continúa demandando atención y sanción por quienes levantaron su voz de protesta y murieron en la lucha por la democracia y los derechos laborales.

Finalmente, el último tema radica en las próximas elecciones que serán clave para atender los asuntos ya anteriormente mencionados y, a la vez, los que quedan prorrogados para el nuevo mandato, como el debate de una nueva constitución. Las elecciones se enmarcan en un contexto bastante crítico, y simbólico, por los 200 años de la declaración de independencia del Perú, en el cual resuena el clamor popular por un nuevo contrato social. Para lograr consensuar un pacto social se requiere de un cuerpo político que asuma como su hoja de ruta el cambio estructural de las leyes que nos rigen y la gestión de las instituciones que nos gobiernan, poniendo en primer lugar al ciudadano/a de a pie, y de allí la distribución de servicios básicos de calidad; y garantía y universalización de derechos. Mientras se continúe con un sistema que favorezca el crecimiento económico sobre la igualdad social, que sirva a grupos de poder y socave la calidad de vida de la mayoría de la población, y que el acceso a derechos o a la justicia esté restringido por las limitaciones de los marcos legales y jurídicos, seguiremos bajo un régimen que no permite el desarrollo íntegro de la ciudadanía. Renovar la democracia no solo debe ser una promesa quinquenal, sino un cambio estructural.

Los puntos anteriormente señalados son algunas referencias a los problemas políticos y sociales que se han ido diseminando en la configuración del Perú como república. No obstante, la generación bicentenario ha demostrado y demuestra tener memoria y acción frente a la vulneración de los derechos, y seguirá visibilizando las carencias del sistema insostenible en el que vivimos.

Las manifestaciones juveniles se dieron a nivel nacional durante las marchas en el mes de noviembre.

 

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[1] La Coordinadora Nacional de Derechos Humanos y la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos.

Otoño 2021


Abel HUAMAN YALLI
Centro Loyola Ayacucho

Antonella Tucto Delgado
Activista en Plataforma Comadres




Perú ante la sindemia política y biológica

pandemia y sindemia políticaLa política en el Perú nos da tantas sorpresas y desilusiones que intentar predecir su actuar a corto y mediano plazo es más complejo que predecir una segunda o tercera ola de la Covid-19. Este artículo no busca reflexionar sobre coyunturas políticas, sino sobre la función vital que debe cumplir la política en una sociedad, considerando la pandemia como factor histórico crucial que trastoca la vida de los peruanos en todas sus esferas (sanitarias, políticas, sociales, económicas, etc.) sindemia

¿Qué es política y por qué es importante para todos los miembros de una sociedad?

Básicamente la política es la búsqueda del Bien Común. Como toda definición puede entrar en el campo del conocer o del saber. Todos “conocemos” el término, más no lo “sabemos”. Saber viene del latín sapere (tener inteligencia, saborear, disfrutar). Así, la política desde el saber se convierte en un ideal interiorizado que embebe todo nuestro ser en sociedad, creando un vínculo existencial de gusto y necesidad por lo que produce bienestar. Buscar el Bien Común implica nuestra felicidad personal y como sociedad. Por un lado, el “bien” entendido no solo como material, sino sobre todo como lo que es bueno en tanto que genera bienestar, satisfacción y al mismo tiempo es correcto y honesto. Por otro lado, lo “común” nos identifica y relaciona con otros en una sociedad unida por la cultura, historia, etc. Así, la política sería el ideal y los medios para identificarnos como ciudadanos que logran su realización personal, vinculada necesariamente a la colectiva.

La política contemporánea se expresa bajo la forma de una democracia. Por tanto, no puede existir en abstracto. Esto requiere, por una parte, de un contexto-realidad desde el cual se nutre y proyecta. La historia nos muestra que la política ha comprendido los términos “bien” y “común” de manera diferentes. Por ejemplo, las guerras mundiales condujeron a la declaración de los Derechos Humanos Universales (impensables tiempos atrás) y a la constitución de la ONU. Por otra parte, la política exige la participación de todos los ciudadanos organizados como sociedad civil y su derecho de elección de autoridades para canalizar las proposiciones en la búsqueda de un Bien Común.

Hoy tenemos una guerra metafórica mundial llamada pandemia Covid-19. Aquí no hay bandos de países con intereses colonizadores. Estamos frente a un enemigo post-moderno globalizado que reconfigura la realidad.

Vivir en una sociedad exige de leyes que posibiliten ejercer a cabalidad los deseos del pueblo en un contexto determinado. Sin ellas la educación sería clasista, la salud de calidad estaría al alcance de unos cuantos, la economía beneficiaría a los grupos de poder generando exclusión y opresión. Lamentablemente es lo que pasa en el Perú. Quizá esto se deba a dos razones: i) un grupo de personas han buscado posiciones políticas en base a intereses personales, prostituyendo la política para convertirla en politiquería, y ii) el pueblo se desentendió de la política confundiéndola con la politiquería. Es hora de hacer distinciones de ambas, pues “el precio de desentenderse de la política es el ser gobernados por los peores hombres” (Platón).

¿Qué nos enseñó, o no, la pandemia para hacer política en el Perú?

No hay mal que por bien no venga, dice el refrán. Los refranes son sabidurías populares que condensan experiencias de la vida y nos invitan a la reflexión para dar pautas para la acción. Evidentemente nadie pide un mal para aprender, pero una vez que está allí podemos afrontarlos, como dice San Pablo: “Afligidos, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos” (2 Cor. 4, 8-9). El hecho es que la Covid-19 afecta a todos los peruanos y a la humanidad. En estos meses hemos experimentado nuestra vulnerabilidad, lo positivo y las limitaciones de lo virtual y de la tecnología, la comprensión de que la vida y la muerte dependen de las relaciones fundamentales con los “otros” para sentirnos bien física y emocionalmente… para vivir.

La lección mayor de la Covid-19 es que “somos con los otros”, donde la vida de cada individuo depende de los otros. Eso exige una convivencia social donde determinamos intenciones y regulaciones. Allí entra a tallar el “bien”, que nos ayuda a vivir plenamente en una sociedad; y lo “común”, que nos une para pasar del “sobrevivir” al despliegue de nuestras habilidades y potencialidades como personas que logran su esplendor en una sociedad mediante normativas definidas desde la política.

Igualdad, libertad y fraternidad fue el lema de la revolución francesa. Revolución política que luchó por el bienestar para todos como comunidad. Apostó por la libertad para construir conjuntamente una sociedad que despliegue lo individual en relaciones societales. Hoy, más que igualdad, deberíamos buscar la equidad: permitir las condiciones mínimas comunes en educación, salud, economía, etc., para que todos tengamos un buen vivir. Pero no puede haber igualdad ni libertad sin el cimiento de la fraternidad. Sin la empatía fraterna, las libertades y la igualdad-equidad quedarán políticamente en manos de unos cuantos y, entonces, realmente no habrá ni libertad ni igualdad. Como dice el papa Francisco: todos estamos en la misma barca llamada sociedad encarando las tormentas. En esa barca unos van en primera, otros en segunda y otros como pueden o les dejan. Pero todos estamos en una sola barca, pues si la nave se hunde morimos todos. Sin embargo, hay otra opción, salir a salvo de la tormenta juntos, sin importar el billete que se pagó, y así estar más fortalecidos para afrontar las vicisitudes de la vida. La única escapatoria para la plena realización personal y colectiva exige fraternidad.

¿Cómo respondimos políticamente ante la Covid-19?

La pandemia nos restregó en la cara las grandes falencias del país. Más allá del factor exógeno del virus importado, constatamos que tenemos varios virus en el país que, conjugados, se transforman en una sindemia biológica y política.

Una de las funciones principales de la historia es poder analizar causas y consecuencias para, de este modo, no caer en los errores del pasado y contar con mayores recursos para afrontar el futuro. Sin embargo, pareciera que los peruanos no aprendemos de las lecciones que nos da la historia; y así nos creímos el cuento de que somos un país de renta media alta que está superando la pobreza, que oferta una educación de calidad, que cuenta con seguros de salud sólidos, con un boom inmobiliario que hace pensar que podemos tener un techo seguro, con una industria minera y agroexportadora bien rankeadas internacionalmente, pero que se desarrolla en pueblos que siguen viviendo en la miseria. La pandemia derrumbó el castillo de naipes ilusorio. Hoy el sistema de salud, de educación y la economía se desploma.

Solidaridad ante la sindemia política

Una enseñanza de este tiempo difícil que estamos viviendo es que la mejor manera de salir adelante de la adversidad es juntos, en fraternidad, cuidándonos unos a otros sin importar origen ni condición social o política.

Así, desde una perspectiva política, somos un país que sigue pensando en el bien particular. La corrupción está enquistada en todos los niveles: autoridades políticas, empresarios y ciudadanos de a pie; mientras las instancias públicas están desarticuladas y corrompidas. El Poder Judicial no funciona eficientemente para la gran mayoría y resuelve casos de manera exprés según conveniencias. El Congreso (al menos los tres últimos) no refleja la voluntad popular. Basta ver las encuestas que lo deslegitimizan y las protestas/marchas expresando claramente que sus miembros no representan al pueblo. Además, como Poder Legislativo, su función principal debe ser establecer leyes que recojan la voluntad del pueblo para una mejor convivencia, pero lamentablemente sigue focalizado en la caza de brujas de algunos, en los encubridores de corruptos, en productores de desestabilidad política, y todo esto para conseguir beneficios particulares. El gobierno de Vizcarra hizo sus mejores esfuerzos, pero su gran fracaso fue establecer políticas centralistas desconectadas de la realidad de la gran mayoría de los ciudadanos que poseen una riqueza intercultural.

Y qué decir de una parte del empresariado desconectado del dolor del pueblo y garrapateado al lucro. Farmacias y muchos comercios siguen abusando de los pobladores, algunas industrias (minera, eléctrica y de agroexportación) cuentan con beneficios y privilegios tributarios que enriquecen a pocos y condenan a la pobreza a muchos. ¿Consideran el desarrollo de la población?, ¿pagan proporcionalmente la misma cantidad de impuestos que la mayoría de contribuyentes?, ¿se ocupan del desarrollo de las comunidades donde intervienen, o le echan la culpa al Estado y autoridades locales por no contribuir en el desarrollo donde actúan?, ¿respetan el medio ambiente, la consulta con los pueblos originarios? Dolorosamente la respuesta es no. Se compran dirigentes para hacer creer a la población que un futuro mejor les tocará por chorreo.

Y qué decir de los partidos políticos… Su función es garantizar una democracia que persigue el bienestar común. Sin embargo, la gran mayoría de ellos son vientres de alquiler para arribistas que confabulan alianzas desarraigadas de programas ideológicos partidarios y desconectados de la voluntad popular. Pareciera que la política peruana en tiempos de pandemia, en vez de ser piedra de toque para construir un Perú fraterno, libre y equitativo, se convierte en otro caballo de Troya para engañar y beneficiar las ansias de poderes dominadores y explotadores.

Mirada a futuro

No sabemos cuánto tiempo durará esta pandemia o sindemia política y biológica. Pero lo que vamos viviendo afecta a todos los peruanos. Es tiempo de reconsiderar la pandemia como posibilidad de reconstruir un país que, a puerta del bicentenario de la independencia, sigue siendo dependiente de la colonización post-moderna, basada en manipulaciones ad intra y ad extra.

Sin embargo, no todo está perdido. En estos meses surgieron buenas iniciativas, como Resucita Perú Ahora (promovido desde la Iglesia católica por el Cardenal Barreto), diversas instituciones públicas y privadas han dado soporte a la población. Pasemos del soporte, del atender emergencias, y busquemos alternativas solidarias que cimienten el desarrollo del Perú desde políticas democráticas para impulsar el crecimiento del país.

En este sentido, creemos que debemos establecer políticas nacionales que posibiliten y consoliden los siguientes aspectos fundamentales para crecer como país:

  • Partidos políticos altruistas: con propuestas ideológicas claras para un desarrollo inclusivo del país.
  • Poderes del Estado sólidos e independientes: donde el Ejecutivo, Legislativo y Judicial articulen y canalicen políticas en beneficio de la población.
  • Sociedad civil: como instancia en la cual los ciudadanos ejerzan sus funciones de proposición, denuncia y vigilancia en aras de una construcción política democrática.
  • Empresariado de calidad: que conjugue su propio beneficio con el servicio a la comunidad, apuntando a un gana-gana, tanto en lo particular como en lo social.
  • Medios de comunicación: el “cuarto poder” como canal de diálogos respetuosos y democráticos.
  • Una identidad nacional inclusiva: para que los sueños y esperanzas de todos sean acogidos. Tenemos que pasar del Perú de Gonzales Prada (lugar donde se pone el dedo y sale la pus), y del Perú de Antonio Raimondi (donde somos mendigos sentados en un banco de oro), al Perú en construcción de Cesar Vallejo, donde (hermanos) hay tanto por hacer para forjar un Perú fraterno y solidario rico en culturas y en recursos naturales aprovechados desde una perspectiva ecológica sostenible y sustentable.

Los avatares de la vida empañados por la pandemia o sindemia nos abre dos caminos: perpetuar la discriminación, exclusión, el beneficio particular y la marginación de muchos; o tener la capacidad de enfrentarnos a los retos de la vida como pueblo, sociedad civil y autoridades para desplegar nuestras alas como nación. La política puede renovarse para inspirar y actuar porque amamos este país. No le echemos la culpa a otros. Hoy nos toca ser los constructores del país que aspiramos, en el cual la política considere nuestros anhelos y luchas para construir el futuro que queremos y soñamos.

Verano 2020 / 2021


Carlos Silva Canessa, SJ

Delegado Provincial de Justicia Social y Ecología. Director de la revista INTERCAMBIO.




“El aprendizaje de los maestros es enorme”

Entrevista a Patricia Salas, exministra de Educación.

Por Diana Tantaleán C.
Apostolado de Justicia Social y Ecología

La exministra de Educación, y actual docente de la Universidad Nacional de San Agustín en Arequipa, nos comparte sus impresiones sobre las acciones realizadas desde el gobierno para el sector educación en este contexto de crisis sanitaria. A pesar de lo difícil que está siendo este año escolar, ella tiene una mirada optimista y señala los puntos a reforzar para salir delante de la mejor manera.

A nivel educativo el gobierno tuvo que implementar una serie de medidas imprevistas para poder afrontar la crisis sanitaria, tratando de afectar lo menos posible a los escolares, ¿cómo ha percibido estas medidas?

La primera percepción, y nos estamos refiriendo a la suspensión de las clases y el inicio de un proceso de educación virtual, es que se pudo hacer. En tres semanas se puso a disposición de los escolares del Perú una propuesta de teleducación multiplataforma y en varias lenguas nativas.

La segunda impresión es que se hicieron esfuerzos muy importantes, y que fueron posibles porque había cosas avanzadas. Teníamos el portal PerúEduca, con un conjunto de recursos; teníamos esfuerzos para ayudar en las capacidades digitales de maestros y maestras. Sé que es insuficiente, pero creo que había una base de respaldo. Y la otra impresión que tengo, muy favorable, es que el Ministerio de Educación pudo articular rápidamente profesionales e instituciones públicas y privadas que pusieron a disposición del Ministerio una serie de recursos.

La otra cuestión de fondo era la preocupación de que no todos iban a tener el mismo acceso a la educación, que la brecha de desigualdad histórica en educación iba a ser más grande, y que los riesgos de la situación, para chicos y chicas, iban a ser mayores. Entonces, además de poner la plataforma en funcionamiento, que se hizo y se fue perfeccionando, también se debía tener planes alternativos de qué hacer para el retorno a clases y para el futuro, porque el reto de mejorar la educación está siempre presente, pero en este caso el reto de desigualdad se iba a multiplicar.

Ante la imposibilidad de muchas familias del pago de pensiones escolares, el gobierno dispuso el traspaso voluntario de alumnos de colegios privados a públicos, ¿qué consecuencias cree que tendrá este hecho?

Para los estudiantes, a nivel individual, creo que depende mucho de la actitud que tomen las familias. Si lo toman como un drama, los chicos lo van a vivir así; pero si las familias son capaces de hacer la reflexión, el cambio para los chicos y chicas puede ser una gran oportunidad.

Lamentablemente, en el Perú hay el mito de que la educación privada es mejor y da prestigio. Hoy en día sabemos, con evidencias contundentes, que la educación privada de bajo costo está teniendo los mismos resultados que la escuela pública, y hay casos en que la escuela pública tiene mejores resultados. Calculo que la mayoría de los que se han tenido que pasar de la privada a la pública vienen de este tipo de escuelas, en donde las familias salen ganando porque, sin variar drásticamente la calidad de la educación que están recibiendo sus hijos, no van a tener que pagar pensión, van a tener acceso a materiales educativos y textos escolares, y también al programa Qali Warma.

Desde el punto de vista del sistema educativo es una enorme oportunidad para revalorar la escuela pública, para que cumpla ese rol de articularnos a todos y sea un espacio de cohesión social, de ciudadanía plena, como dice el nuevo Proyecto Educativo Nacional. Es un desafío porque, si bien la escuela pública tenía espacios para recibir alumnos, no sé si lo era en la magnitud de lo que tuvo que recibir. En este tiempo de educación virtual, la demanda de materiales es menor, pero para el próximo año, o para el momento en que se reinicie la educación presencial, va a tener que preverse la cantidad de materiales que se requiera para el nuevo alumnado.

¿Cómo ha percibido el aprendizaje del docente en el uso de las herramientas digitales que ahora son indispensables?

Yo le pondría dos adjetivos: ha sido tremendamente tortuoso y absolutamente fascinante.

Los maestros han tenido que aprender “lo que sea como se pueda”. Han tenido que adaptar sus medios disponibles, como maestros y maestras, y de los padres y madres de los niños que iban a educar. Porque si bien algunos tienen acceso a internet, no sabemos de qué calidad; otros tienen acceso a cuenta de datos, pero no sabemos de cuánta capacidad; y muchos solo tienen Whatsapp.

Whatsapp ha sido una bendición y un hallazgo porque ha permitido un nivel de comunicación muy grande. Hemos sabido de muchísimos maestros que, por Whatsapp, tienen la interacción con los adolescentes o con los padres de los más pequeñitos.

Ha sido tortuoso para el maestro lograr llegar a sus niños, más la presión de la UGEL, pensar cómo hacerlo, ver si el papá puede o no, etc. Pero ha sido fascinante por tantas evidencias de creatividad, innovación y compromiso. Ver tantos maestros comprometidos con sus estudiantes. Como el caso del maestro huancavelicano que iba casa por casa; o de este maestro rural que, como no tenía ningún medio, puso un buzón en la plaza: él dejaba las tareas en el buzón, los papás la recogían, hacían las tareas con los chicos, y las dejaban en el buzón, o las tareas que ponían por radio o televisión las dejaban ahí y el profesor corregía y retroalimentaba.

Se ve la cantidad de maestros y maestras que cuelgan sus experiencias en las redes, algunas absolutamente innovadoras. También ha sido fascinante la cantidad de redes virtuales, de maestros y maestras, exhibiendo y compartiendo lo que hacen.

Se sabe que los primeros años de la educación escolar son fundamentales para el aprendizaje posterior de los estudiantes, así como el último año de secundaria lo es para la continuación en educación superior, ¿cómo cree que afectará este año tan irregular estas etapas tan delicadas y qué haría falta para afianzarlo?

Para los estudiantes de quinto año podríamos tener una especie de pacto social, entre la escuela y las instituciones de educación superior, para hacer un tránsito más fácil, con exámenes de ingreso que tengan en cuenta esta situación tan especial que han tenido que vivir. La escuela, por su parte, debe esforzarse para que se haga lo más importante en quinto de media, de tal manera que la pérdida sea lo más pequeña y el tránsito lo más fluido posible.

Recordemos, además, que ellos tienen mejores capacidades de hacer aprendizaje autónomo. Entonces, sea desde las plataformas más completas, como internet, hasta las más precarias, como radio o televisión, puede considerarse que tienen la potencialidad de estudiar.

Los más afectados serán los de situación más vulnerable porque tendrán solo acceso a radio, y eventualmente ni eso. Ante esto, el Ministerio de Educación, o los gobiernos regionales y locales, podrían tener algunas estrategias para reengancharlos rápidamente hacia fines de año y los primeros meses del próximo año; de tal manera que, para marzo, cuando son los exámenes de ingreso, puedan estar en mejores condiciones. Pero se necesitaría una estrategia específica para las poblaciones altamente vulnerables. Esto también implica estudiar cuál es el porcentaje de alumnos que está aspirando a educación superior porque, lamentablemente, habría una alta correlación de estudiantes en esta situación de vulnerabilidad que no aspiran a ella. En este caso, el desafío del sistema es lograr que terminen la secundaria, ya sea con un ciclo especial para que terminen antes de marzo, o asegurarnos de que se reenganchen en la escuela y puedan terminar el 2021 su secundaria, que es lo mínimo que deberíamos garantizar como Estado.

Con los niños de primer y segundo grado es un poco más complicado porque todo el esfuerzo de maestros y maestras debe estar en estrecha relación con lo que pueden hacer los cuidadores: papá, mamá, abuelita, hermano mayor o quien fuera. El despliegue debe ser tal para lograr lo que el programa escolar pide conseguir en este año, o al menos asegurarse de asentar los elementos básicos para seguir avanzando.

padres como maestros

El aprendizaje de los más pequeños dependerá no solo de los maestros, tendrá mucho que ver la persona que lo acompañe en casa para reforzar lo aprendido.

No debemos ser muy exigentes con los logros educativos de este año, lo principal es la salud: de las familias, de los niños y de sus padres, y la de nuestros maestros. Por eso, Aprendo en Casa tiene el rol fundamental de que los estudiantes no pierdan ritmo, que sigan estudiando, y los logros educativos los podríamos cumplir el 2021, o eventualmente tomarnos hasta el 2022. Si logramos salir de esta situación saludables, el resto lo podemos ir organizando.

Hay que hacer lo que se pueda de la mejor manera, y a los maestros les toca tener la sabiduría para orientar a los padres para que las capacidades y habilidades de los niños se vayan desarrollando, sabiendo que cuando lleguen a la escuela van a poder terminar de trabajar el proceso que necesitan, sobre todo en estos grados donde les toca aprender a leer, escribir e involucrarse con la matemática básica.

Lamentablemente, siempre ha existido una brecha grande de género en educación, más aún en sierra y selva, ¿cómo cree que la crisis sanitaria ha repercutido en esta realidad?

La brecha de género en educación ya no era por falta de acceso; casi en todos los ámbitos ya teníamos a las niñas insertas en el sistema educativo. La brecha de género siguió siendo muy grande en roles, estereotipos y labores de cuidado en la familia, al que son asignadas las niñas, y que a veces implica faltar o llegar tarde al colegio. Calculo que, con esta situación sanitaria, aumentará la necesidad de labores de cuidado familiar por parte de las niñas.

En las familias donde habrá mayor situación de pobreza, si antes la mamá tenía unas horas para cuidar a los hijos, ya no las tendrá porque deberá salir a trabajar, pues el tiempo de inserción laboral de los adultos será más intenso. Otro tema es que se va a acrecentar la magnitud del trabajo infantil y adolescente, y afectará a niños y niñas, o eventualmente los varones irán a la calle y las niñas se quedarán en casa cuidando al hermanito menor, al abuelito, o a quien haya que cuidar. Otra cosa que temo es que crezca el embarazo adolescente y la situación de violencia y violencia sexual contra las niñas. Todo esto sin contar con que crezcan los niveles de desnutrición y anemia en general.

La brecha de género hay que verla por este lado: cuánto tiempo de las niñas se va a requerir en labores de cuidado doméstico, cuántas niñas van a quedar embarazadas, sea por relación con sus pares o en situaciones de violencia, y cuántas niñas van a ser víctimas de violencia quizá solo por no tener la oportunidad de salir de la casa o no tener al maestro o maestra a quien recurrir.

¿Qué cree que faltaría trabajar o afinar a nivel educativo en este contexto?

Creo que podríamos afinar mucho más las aptitudes o capacidades de los docentes para hacer más efectivo su trabajo a distancia en los contextos particulares. Una de las capacidades a trabajar con mayor profundidad es, por ejemplo, que los maestros de grados menores sepan cómo comunicarse con los padres para que las tareas que se les deje a niños y niñas, que van a ser monitoreadas por ellos, se parezcan lo más posible a la vida cotidiana. Son muchísimas las capacidades y habilidades para lectura, comunicación y matemáticas que son parte de la vida cotidiana y que pueden ser solamente juego. Desde “ayúdame a clasificar las medias por colores y tamaño”, donde estamos preparando a los chicos para el trabajo matemático, o “cuéntame historias” o leer cuentos juntos.

Es importante fortalecer las capacidades de los maestros para hacer una conexión entre sus saberes, y sus demandas pedagógicas, con la vida cotidiana de los niños encerrados, porque no pueden salir a la calle a investigar y muchos no tienen acceso a internet. Son enormes las posibilidades de actividades, como juegos o acciones de la vida cotidiana, que pueden ser convertidas en elementos sistemáticos de desarrollo de las capacidades de niños, niñas e incluso adolescentes.

Otra capacidad a fortalecer en los maestros, ojalá junto a los padres, es cómo ayudar a los adolescentes a organizar su trabajo autónomo. Esto es muy importante porque es necesario para este momento y, si lo abordamos medianamente bien, se convierte en una riqueza para la siguiente etapa.

Maestros y maestras también deben aprender a mirar con sagacidad los aprendizajes que están ocurriendo en las casas: papás jugando con los niños o cocinando con ellos, teniendo pequeños proyectos en el hogar; incluso en el ámbito rural. Captar lo que están haciendo en sus hogares para convertirlo en un aprendizaje un poco más sistemático, para ello hay que fortalecer la capacidad de comunicación y coordinación con los padres.

También es importante el dominio pedagógico. Mientras mayor sea este, mayor posibilidad habrá de ser creativos y captar oportunidades, y que esto redunde en resultados.

Y, por supuesto, lo que hay que fortalecer son las capacidades de resiliencia socioemocional. Las tensiones se han multiplicado, y de manera más dramática para maestros y maestras. Porque, además de atender a sus niños, hijos y estudiantes, tienen que organizar la casa, preparar sus clases virtuales (que demanda mucho más tiempo que las presenciales) y contener las situaciones socioemocionales de sus alumnos y sus padres. El fortalecimiento de las capacidades de resiliencia socioemocional del docente debe ser una prioridad “1A”; y luego los recursos para ayudar, en ese proceso, a sus estudiantes o a las familias de sus estudiantes.

¿Qué fortalezas o posibilidades cree que ha promovido esta crisis en la educación peruana?

maestros a distancia

Los maestros han podido afrontar, en muy corto tiempo, el reto de las clases virtuales, buscando las mejores herramientas y redes para realizar su trabajo de la mejor manera posible.

Una de ellas, que ya mencioné antes, es la enorme creatividad y la puesta en evidencia del compromiso docente. Una segunda línea sería el acercamiento de la familia con la escuela y viceversa. Era más fácil para los padres dejar a los niños en la escuela y luego reñirlos por la nota, o reclamar al profesor por la nota; ahora los padres están viendo y viviendo el proceso educativo. Este acercamiento tiene que convertirse en algo permanente, sostenido y con significado para el crecimiento de los chicos, y plantear una siguiente etapa sobre eso.

Otro elemento es la revaloración de la escuela y de los maestros por parte de las familias. Es una oportunidad de que las familias sean un espacio de comprensión para mejorar la política educativa y valorar al docente y a la escuela.

También es enorme la cantidad de aprendizajes que están haciendo los maestros sobre recursos educativos, ya sea por cuenta propia, porque han investigado o se han comunicado con sus colegas. El desafío es poner esos aprendizajes en una lógica pedagógica lo más consistente posible.

Otro punto muy interesante es la cantidad de redes que se han formado entre maestros y maestras, y entre estos con otras organizaciones o instituciones de la sociedad. Ahí se puede seguir trabajando de manera muy fructífera para la educación, porque en algunos casos han incluido especialistas a los que los maestros no tendrían acceso si no fuera por esta situación. Junto a esto tenemos la enorme cantidad de conferencias virtuales, los webinar están a la orden del día. Han puesto muchas instituciones y profesionales de primer nivel a disposición de los maestros en general. Esto se abre como un potencial importante para que la sociedad peruana y, ojalá, nuestro sistema educativo pueda capitalizar en favor de nuestros maestros.

Otro elemento que también puede ser una ganancia es el aprendizaje autónomo, tanto de los propios maestros como de los estudiantes, pues muchas cosas las tienen que hacer por su cuenta, lo cual los va a llevar a aptitudes más reflexivas, más críticas, con mejores prácticas de lectura e investigación. Igualmente, si a esto no le damos un cauce, y no lo organizamos, se puede quedar como una bonita experiencia en la historia, y necesitamos que sea un aprendizaje para el resto de la vida del estudiante, pero también para el sistema educativo peruano.

Si alguien no asume el liderazgo de reflexionarlo, sistematizarlo y convertirlo en un bien público, se puede perder, no es automático. Tiene que ser organizado, sistematizado, y puesto nuevamente al servicio de la comunidad educativa. Hay que hacer un llamado para que autoridades, universidades, institutos de investigación, grupos o gremios docentes, o ambos, incursionen en la sistematización de experiencias en función de lo que es la pedagogía y de las características y el contexto de nuestros estudiantes.

Primavera 2020


Patricia Salas O’Brien

Socióloga. Docente de la Universidad de San Agustín de Arequipa. Exministra de Educación (2011 – 2013)