Editorial Edición Nº 48

Hace unos meses se celebraron en Lima los Juegos Panamericanos 2019. Más allá del valor de los Juegos en sí, para la gran mayoría de peruanos y peruanas fue un orgullo el haber sido capaces de una buena organización, pese a las grandes limitaciones y deficiencias por las que atraviesa el país.

Luego vinieron los Juegos Parapanamericanos, los cuales también fueron una revelación para muchos peruanos al ser testigos de los logros deportivos de personas con discapacidad de diferentes nacionalidades. Fue realmente una fiesta donde se derrochó esfuerzo, superación, creatividad, solidaridad, respeto; una muestra de cómo las carencias o limitaciones, en vez de ser percibidas negativamente, pueden ser generadoras de perspectivas nuevas que nos engrandecen como personas, como pueblo.

El censo del 2017 mostró que en el Perú existen más de tres millones de personas con discapacidad, lo que representa el 10% de la población. Estos datos nos urgen a reflexionar sobre las condiciones en las que vive este número significativo de peruanas y peruanos. Para ello partamos de la definición de la OMS, según la cual la discapacidad es un término general que abarca las deficiencias (problemas que afectan una función corporal), las limitaciones (dificultades para ejecutar acciones o tareas), y las restricciones (para participar en situaciones vitales). Por consiguiente, la discapacidad es un fenómeno complejo que refleja una interacción entre las características del organismo humano y la sociedad en la que vive. En este sentido, una persona con una deficiencia (como la imposibilidad para caminar) puede superar las limitaciones para desplazarse si cuenta con lo necesario (como una silla de ruedas), y así poder participar en la sociedad, al igual que otros, a través de un trabajo digno.

Sin embargo, la silla de ruedas, por sí sola, no basta. El Estado y la sociedad civil tienen la tarea de abordar integralmente la situación de las personas con discapacidad, es decir, desde el ámbito sanitario, educativo, laboral, legal y social. Si bien es cierto existe un marco legal que establece sus derechos, todavía queda bastante camino por recorrer en el Perú. Todavía falta mucho para contar con un sistema de salud que les brinde los recursos que requieren, como sillas de ruedas, prótesis, terapias de rehabilitación. A nivel educativo, aún no contamos con un sistema inclusivo y con los suficientes profesionales especializados. En cuanto a lo laboral, si bien hay cuotas que establece la ley para contratar a personas con discapacidad, estas todavía no se cubren. Tampoco nuestras ciudades están preparadas para evitar su exclusión: no se cuenta con sistema de lectura braille, rampas en el transporte público ni en las instituciones, o el respeto necesario de todos… Todo ello significa un esfuerzo para que accedan a incorporarse al tejido social.

Algunos puntos a considerar: son un número significativo de la población que puede contribuir al desarrollo del país; algunas personas, dadas sus discapacidades, pueden ser más productivas; otras pueden desarrollar grandes habilidades artísticas (como genios de la música o pintura); también son iconos de esfuerzo y tenacidad para superar las adversidades. La discapacidad no es, pues, incapacidad, más bien está relacionada a la capacidad del Estado y de la sociedad para incluir a estas personas, a fin de que puedan desarrollarse plenamente, contribuyendo al desarrollo y enriquecimiento del país.

P. Carlos Miguel Silva Canessa, SJ

Verano 2019-2020

Edición Nº 48

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Editorial Edición Nº 47

¡La juventud no es el futuro, es el HOY!, porque asumen los retos del presente y marcan el futuro. Pero debemos tomar en cuenta que, en la actualidad, no sólo la edad puede definir la juventud de una persona. Entre ellos podemos encontrar personas sin dependencias, que estudian, en situación variable (de soltera a casada, de estudiante a trabajador…); y, a todo esto, debemos sumar características específicas de las diversas juventudes: rurales, urbanas, indígenas, vulnerables, millennials, ninis, etc.

A la diversidad juvenil añadimos que el bono demográfico en el Perú es alto, favoreciendo el crecimiento del PBI en por lo menos una década. Las y los jóvenes son piezas claves para pensar el país de hoy y del futuro, que tienen que buscar nuevas formas de: hacer política, generar economías socio-ecológicas, proponer lúcidas formas de vivir bien, potenciar la riqueza cultural. La juventud es la que tiene la palabra, ideas, sentimientos, recursos, medios, posibilidades para responder a los desafíos del país.

Es absurdo pensar que los jóvenes no tienen interés político ni social; ni compromisos, ni ideales. ¡Los tienen, pero de una manera nueva!, más propia de un “mundo líquido” (Z. Bauman), pero no por ello menos auténtica. Ante esta realidad es importante reflexionar y dialogar entre jóvenes, y entre jóvenes y adultos, para proyectarnos a fin de saber: a) articular la creatividad juvenil con la experiencia que proporciona la historia y b) las condiciones que la juventud requiere para construir país.

Pensar que “todo tiempo pasado fue mejor” nos obnubila en la nostalgia y aferra a un pasado sin ventanas al porvenir. La historia anacrónica y la que no se abre al futuro, no es historia, es una base datos. Jesús, dijo “odres nuevos para vino nuevo” porque no podemos quedarnos en la parcial e ideal sensación que el vino añejo es el mejor (Lc. 5, 37-39). Los jóvenes necesitan entender críticamente la historia para no repetirla, sino propulsar nuevas propuestas.

Sin embargo, más importante y urgente que el pasado y que el futuro, ES EL HOY: bisagra que recoge la experiencia del pasado y debería establecer las condiciones para enrumbarnos al futuro. El Perú tiene la “obligación” de dar a la juventud las condiciones para “construir” el país que sueñan. Los y las jóvenes necesitan que el Estado y TODOS los ciudadanos nos comprometamos para brindarles las condiciones mínimas para desplegar sus alas, a saber: una educación de calidad e intercultural bilingüe que aproveche nuestras riquezas y deje las marginaciones que generan la mayoría de conflictos sociales del Perú; una salud en donde la infancia de hoy “crezca” sin anemia y sea la juventud del mañana; oportunidades laborales dignas para que no prolifere el abuso laboral y discriminatorio hacia los jóvenes, para que se inserten en una economía formal (erradicando la informal, que representa más del 70% en el país produciendo tanto daño); pero, sobre todo, una juventud forjada en VALORES aprendidos en casa, en el barrio, en las redes, de las autoridades políticas, policiales, educativas… de ti ….de mí.

P. Carlos Miguel Silva Canessa, SJ

Primavera 2019

Edición Nº 47

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Editorial Edición Nº 46

Este año, la Compañía de Jesús universal celebra los 50 años de la creación del Secretariado de Justicia Social y Ecología. Es evidente que la justicia social ha sido su misión siempre, pues está en el origen de su fundación en 1550, y se cimienta en Jesús. La razón de ser de un Secretariado es el dinamizar, promover y articular los esfuerzos en la dimensión socio-ambiental a nivel de la Compañía en el mundo. Esta celebración tiene un carácter conmemorativo, es decir, mirar con agradecimiento el camino recorrido para inspirar el servicio de hoy y proyectar la misión de justicia y reconciliación de tal modo que responda a los desafíos que presenta el mundo. Para ello recorremos la semántica, lo que está a la base del discurso (significado, sentido, interpretación, deseo y voluntad) de aquello que nos convoca y moviliza en el servicio social que la Compañía en el Perú viene realizando en estos 50 años. También reflexionamos sobre lo aprendido en este tiempo de trabajo en las fronteras socio-ambientales, entendidas no como líneas divisorias, sino como espacios de encuentro enriquecedor para ampliar panoramas y encaminar esfuerzos en la búsqueda de una sociedad más equitativa y digna.

En este marco publicamos este número, teniendo en cuenta que la justicia social implica diversas dimensiones de una sociedad; todas ellas articuladas y, por ende, exigentes de respuestas integradas desde la educación, salud, cultura, economía, política, justicia y ecología. Por ello lo hacemos desde los desafíos actuales del Perú. El primero de ellos, la corrupción. Analizar sus causas y efectos es fundamental para poder erradicar este mal enquistado en casi todos los estratos de la sociedad peruana. Otro desafío inmenso es la pobreza y la desigualdad, binomio indivisible y reflejado en los altos índices de anemia, que superan el 43% en menores de 3 años. Lo peor de todo es que, contando con los medios para cambiar esta realidad, no contamos con la voluntad política ni con la presión movida por la solidaridad desde la sociedad civil.

Una característica propia de la justicia social en nuestro siglo es la crisis ecológica, que ha tomado dimensiones enormes, llegando a un punto donde el daño que estamos causando a la Casa Común será irreversible, ya que amenaza ecosistemas y la capacidad de proporcionar bienes esenciales a la humanidad. Evidentemente los más afectados serán los que viven en situación de pobreza y vulnerabilidad, es decir, estamos frente a un problema de justicia socio-ambiental. Tres artículos de este número están dedicados a analizar el aspecto ecológico en nuestro país, y en otros lugares del mundo, desde lo más cotidiano, la basura. Sí, aquello que desechamos, que no queremos ver ni oler, nos puede ayudar a reconsiderar nuestro modo de vida marcado por el descarte, el cual nos está llevando a: ciudades con pésima calidad de aire y aumento de enfermedades cardiopulmonares que afectan a todos (pobres y ricos), descongelamiento de nevados que hunden en una mayor pobreza a los pobladores andinos y que afecta el abastecimiento de alimentos en las ciudades, contaminaciones generadas por megas industrias productoras de sequías y aguas inservibles para el consumo humano… Es decir, a este ritmo de vida ya no habrá dónde poner la basura que descartamos sin que nos afecte. O cambiamos, o los descartados seremos nosotros.

P. Carlos Miguel Silva Canessa, SJ

Invierno 2019

Edición Nº 46

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Editorial Edición Nº 45

Hacia dónde vamos, por qué y para qué es un discernimiento que ha realizado la Compañía de Jesús a lo largo de su existencia y como respuesta a su compromiso con la sociedad. En este último tiempo esta reflexión se ha realizado a nivel mundial para establecer hacia dónde debemos canalizar todos nuestros esfuerzos en los próximos diez años. En esta tarea han participado miles de colaboradores (laicos, religiosas, jesuitas, ateos, agnósticos y personas de diferentes religiones) de más de 160 países. La respuesta, llamada Preferencias Apostólicas Universales, es: (1) caminar junto a los pobres, los descartados del mundo, los vulnerados en su dignidad en una misión de reconciliación y justicia, (2) acompañar a los jóvenes en la creación de un futuro esperanzador, (3) colaborar en el cuidado de la Casa Común, (4) mostrar el camino hacia Dios mediante los Ejercicios Espirituales y el discernimiento.

Del mismo modo, el pensar hacia dónde queremos ir como país, cómo lograrlo y con qué recursos contamos, ha sido una preocupación constante de reflexión en INTERCAMBIO. Es por esto que nos pareció fundamental visualizar cómo nos encontramos como sociedad en lo referente a nuestra salud mental y cómo esta se ve afectada por la realidad que vivimos (y viceversa).

Siendo la salud mental la capacidad que tenemos los seres humanos para afrontar los desafíos que se nos presentan en nuestro entorno y, a la vez, el poder aportar en la construcción de la comunidad, iniciamos este número con una entrevista al director de Salud Mental del MINSA quien nos indica que uno de cada 5 peruanos sufre de problemas mentales, subrayando lo vulnerables que podemos ser en este punto frente a la violencia.

El modelo económico imperante también es generador de desigualdades, afectando la salud mental de quienes viven en pobreza, e incluso de los grupos emergentes o de poder, produciendo stress, ansiedad y violencia. Igualmente, la salud psíquica de los pueblos originarios, especialmente de las mujeres, se ve aquejada ante los problemas de anemia y la alteración de sus tradiciones culinarias y rituales, producto de la contaminación de los ríos y peces.

Por otra parte, la educación recibida en el hogar, la escuela, el barrio, etc., refuerzan estereotipos de masculinidades (dominantes, superiores) que conllevan a atacar física y psicológicamente a la mujer y, al mismo tiempo, a generar violencia en los mismos hombres, incapaces de manejar la fragilidad propia del ser humano, refugiándose en el alcohol o la delincuencia ante el fracaso laboral.

¿Qué decir de la movilidad humana? No solo de nuestros hermanos venezolanos, también de los peruanos que van de una comunidad a un pueblo, o de un pueblo a una pequeña ciudad, o a Lima o a otro país. ¿Somos conscientes de los problemas mentales a los que se enfrentan por dejar su tierra, costumbres, distanciarse de sus vínculos afectivos más cercanos?

Para saber por dónde ir, para lograr las metas que deseamos, tenemos que reflexionar sobre las condiciones individuales o como sociedad que nos permitan la consecución de dicho objetivo. Mens sana in corpore sano es una expresión que solemos entender como mente sana “en cuerpo sano.” Así tendemos a pensar en la necesita de la salud corporal como primacía ante la mental y no como la necesidad de contar con un espíritu equilibrado para tener un cuerpo equilibrado. Solo una mente sana con su cuerpo sano puede buscar una meta.

P. Carlos Miguel Silva Canessa, SJ

Otoño 2019

Edición Nº 45

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