Comentarios a la Encíclica Social

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La encíclica del Papa Francisco nos invita a reconocer nuestra relación con toda la creación, no sólo entre los seres humanos sino también con todas las creaturas de Dios, mencionando que todas y cada una son importantes para la conservación del planeta, todas han sido creadas con un propósito y juegan un importante rol para la subsistencia de los ecosistemas y de los demás seres. Nos recuerda que “nosotros mismos somos tierra” y “nuestro cuerpo está constituido por elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura” (LS, 2).

Conforme a la interpretación teológica que ofrece la encíclica, el hombre ha recibido como don el cuidado de la tierra y, frente a ello, tiene una responsabilidad mayor que los demás seres vivos. Es por ello que San Francisco, citado por el Papa, nos dice: “Alabado seas, mi Señor por la hermana nuestra, madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”. San Francisco muestra que la conservación de la naturaleza se da junto con la justicia social y la paz. Hoy en día, al hablar de Desarrollo Sostenible, contemplamos el hecho de que este solo se logrará si se tiene en cuenta tres aspectos: el ambiental, el social y el económico. Sin considerar estos tres ejes, no podemos pensar en desarrollo a largo plazo, ni en un desarrollo que considere la justicia social para todos los seres humanos.

En tal sentido, las proezas técnicas, sumamente importantes para la subsistencia humana y para una vida digna, deben ir acompañadas de un progreso social y moral (LS, 4). Pero es Benedicto XVI quien incluso nos habla de los modelos de crecimiento que no respetan el medio ambiente, lo que es resaltado en la encíclica. Menciona que la degradación de la naturaleza está unida a la cultura, al comportamiento humano que no respeta a los demás. Es en tal sentido que el Papa Francisco nos habla en la encíclica de una “cultura del descarte”, de la acumulación de basura y la destrucción del paisaje. El paisaje es parte de nuestra vivencia personal y cada uno de nosotros tiene derecho a un paisaje natural, sin basura. “La cultura del descarte” no solo es parte de un sistema económico y social que promueve su estilo de vida, sino que es gracias a la propia acción de cada individuo que la producción de los productos adquiere la demanda.

El texto recuerda la pobreza y austeridad de San Francisco como una forma de vida que no convierte la tierra en objeto de dominio, sino que permite y procura la preservación del ambiente. La austeridad pasa así de ser objeto de risa a ser una forma de vida digna para con la naturaleza, para con Dios. Busca, al citar al santo, cambiar el paradigma contemporáneo de que el modelo a seguir debe ser el hombre derrochador y con mucho dinero. De manera paralela, la necesidad de que el movimiento ecológico actual exija una producción sostenible y un comercio justo, no es solo una propuesta que deba estar en mano de los más poderosos o del Estado, sino que se encuentra y debe estar en boca de todos, porque a todos les afecta y se necesita interesarles en el nuevo desafío ambiental. Es importante recordar que la solución se encuentra en cambiar, primeramente, la propia relación con el medio ambiente antes que esperar respuestas externas. El interés cristiano de velar por la vida de los humanos como de las demás creaturas de Dios, se relaciona en este punto con el interés ecológico por fomentar el desarrollo sostenible y el comercio justo.

En los tiempos en que vivimos, la relación de los seres humanos con la naturaleza es muy distinta a la de San Francisco: la luz de noche alumbra más que la de día, y la mayoría de niños en las grandes ciudades no conocen vacas, cabras ni caballos, de manera que habitan un mundo ficticio. Es cuestionable, por ello, hasta qué punto los avances tecnológicos pueden o no procurar un verdadero desarrollo o alimentar la necesidad de consumo y descarte en las personas. Los avances tecnológicos y las investigaciones científicas son muestra de la inteligencia y creatividad del ser humano, pero aquellos avances necesitan contemplar también su impacto en el medio ambiente y en otras especies, ya que el entorno donde habita el ser humano, junto con las demás creaturas, es una “casa común” en la que todas las especies se necesitan mutuamente para subsistir. Como menciona el Papa Francisco, las guerras son un cruel pero verdadero ejemplo del impacto terrible que puede tener la acción humana en el mundo: daña tanto su propio medio ambiente y el de las otras especies, como a otros seres humanos y especies que habitan en la zona.

El ser humano ha sobrepasado sus pedidos y ha dispuesto de la creación para su beneficio sin considerar las leyes de la ecología, que implican ciclos ecológicos y cadenas tróficas[1]. Si se destruyen estos ciclos y se mata a los seres que componen la cadena trófica, no podrá haber vida en la tierra. Al destruir el mundo actuamos como en la historia del pescador que tenía la posibilidad de pedir varios deseos y pidió demasiados, hasta perderlo todo, así nosotros corremos el riesgo de quedarnos sin nada. Debemos, pues, pensar en cambiar nuestra relación política con el medio ambiente y en revertir la contaminación ahora.

“Se requiere entonces un cambio del estilo de vida, de producción y de consumo”, nos dice el Papa para evitar el calentamiento global. Así es como el patriarca Bartolomé nos llama al arrepentimiento por nuestras acciones que dañan el planeta tierra. Él menciona que un crimen contra la naturaleza es un pecado contra Dios (LS, 8). Y advierte del peligro de la actitud dominante del ser humano que explota los recursos y consume sin reflexionar sobre ello, de esa manera no solo daña a otras especies y a su entorno, sino también se daña a sí mismo.

Lo más terrible de la no conciencia ambiental para el Papa Francisco es el impacto que los desastres ambientales tienen en los más pobres. La mala gestión de recursos muestra la inequidad social imperante en el actual modelo económico. Es una situación injusta frente a la cual son los mismos ciudadanos que deben promover y exigir el cambio.

Finalmente, necesitamos una reflexión sobre nuestros bienes comunes y comprender al clima como uno de ellos. Es cuestionable cómo las sociedades actuales, en su mayoría, están orientadas a no apreciarlos ni conservarlos, en cambio, consideran que se los puede usar hasta destruirlos. ¿Es entonces una solución convertir todos los bienes comunes en propiedades privadas, con un valor monetario? Sólo de esta manera podrán conservarse, se dice, lo demás son utopías. Sin embargo, bajo aquel razonamiento, eludimos la gran responsabilidad que ello implica. Así como no podemos permanecer indiferentes frente a las muertes por falta de alimento, así también debemos considerar que es el agua uno de los bienes comunes que será de vital importancia para la preservación de la vida; es necesario para ello, garantizar las formas de que todos puedan acceder a este recurso. No menos importante es el prever los espacios de vida dignos, libres de basura y con acceso al agua potable.

Asimismo, la encíclica nos advierte de la migración ambiental debida al cambio climático; y nos llama en tal sentido a un necesario cambio radical, a un compromiso que evite estas catástrofes y, finalmente, a no quedarnos de brazos cruzados.

La vida que nos toca vivir a cada uno de nosotros, y la responsabilidad e impacto de nuestro paso en la tierra, son temas que el Papa resalta. No se trata solo del desarrollo sostenible para las futuras generaciones, estamos también hablando del hoy y del ahora, de nuestro paso por la tierra y nuestra responsabilidad en el presente frente a los que tienen menos posibilidades.

[1] Cadenas alimentarias.


Ana Sabogal Dunin Borkowski

Docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Sección Geografía.

Alicia Alegría Sabogal

Estudiante de Filosofía de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

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