Editorial Edición Nº 15

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La carrera por el sillón presidencial ha comenzado. El año pasado tuvimos un calentamiento previo gracias a las elecciones regionales y municipales, donde si bien hubo algunas sorpresas muchos volvieron a repetir el plato. Ahora, el festín está servido para la carrera de fondo. Los invitados parecen ser los mismos de siempre y de muchos ya conocemos los trajes que suelen usar y los maquillajes con los que suelen ocultar sus pequeñas imperfecciones.

Para algunos, el 2011 hace revivir el fantasma del tener que elegir entre el mal menor, una pesadilla que nadie quisiera volver a repetir. Los errores se pagan caros, ya lo sabemos, pero, ¿habremos aprendido la lección? Si reducimos el ejercicio democrático a un mero acto electoral realizado cada cierto tiempo, entonces, volveremos a encontrarnos en la misma encrucijada, el tener que elegir a alguien a quien consideremos menos peligroso. Si nos desentendemos de la política en los tiempos ordinarios, entonces, no podemos esperar grandes cosas en tiempos de elecciones. Para cosechar hay que sembrar y saber cuidar el cultivo diligentemente. Los espacios públicos que se abandonan acaban siendo tomados por otros. El desinterés por el quehacer político termina colaborando con la perpetuación de una clase política que actúa guiada principalmente por intereses particulares o de pequeños grupos.

Las complejidades del país y sus grandes desafíos nos obligan a repensar la política y sus modos de involucrarnos en ella. El retomar la política como un espacio privilegiado para el diálogo, para la reflexión y la generación de propuestas viables para nuestro país deviene impostergable. Los grandes cambios a nivel global y las nuevas dinámicas sociales, culturales y económicas que se viven al interior del país, demandan capacidad de escucha, de saber contemplar la complejidad de nuestro país; demandan una manera distinta de ver nuestra realidad para encontrar las formas adecuadas de comprometernos con ella.

Así, en medio de una realidad que se nos presenta fragmentada, con heridas que no acaban de cicatrizar, conflictos sociales que amenazan constantemente la estabilidad del país, una discriminación persistente que privilegia lo occidental, una educación diferenciada dependiendo de las posibilidades económicas y con una persistencia de la pobreza, sentida más profundamente en los pequeños rincones de nuestro país, nos queda el desafío de construir juntos el proyecto nacional. Allí donde otros sólo ven problemas, hay que comenzar a ver las oportunidades que se nos presentan. Una de ellas es el poder construir una democracia inclusiva fundada en el diálogo intercultural que presupone un respeto mutuo y una voluntad auténtica de dialogar. El compromiso con la democracia va más allá del contexto electoral, se trata de aceptar la invitación a tender puentes para superar las fronteras que nos dividen.

César Torres Acuña

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