Editorial Edición Nº 49

La Amazonía es un lugar privilegiado para el mundo, pues representa el 40% del área de bosque tropical del planeta. Allí vive el 20% de las especies de aves y el 50% de las especies de plantas del mundo, y alberga alrededor del 15% de la biodiversidad. Además de dos elementos básicos para que exista el ser humano: agua y oxígeno. La Amazonía almacena entre 150 mil y 200 mil millones de toneladas de carbono cada año (capacidad de purificación del aire contaminado) y arroja en el océano Atlántico el 15% del total de agua dulce del planeta. Y, por si esto fuera poco, desde el punto de vista cultural, la selva amazónica es una de las regiones más diversas del mundo. Solo en el Perú, de los 55 pueblos indígenas/originarios, 51 son de la Amazonía.

Más del 60% del territorio peruano es selva, y ante estos datos tenemos que preguntarnos: ¿qué estamos haciendo con este tesoro? Lamentablemente estamos de espaldas a esta realidad. Actualmente hay grandes conflictos sociales; nuestros hermanos selváticos están levantando sus voces indignadas (por no decir palabras mayores) como protesta ante el crecimiento del narcotráfico, la explotación minera irresponsable (con grandes consecuencias contaminantes), la tala indiscriminada de árboles y megaproyectos de plantaciones (como las de palma aceitera que están destruyendo el ecosistema y que son para beneficio de unos pocos). Ya hay manifestaciones en esas regiones, ¿qué esperamos?, ¿otro Baguazo?

A nivel mundial, el Papa Francisco es el líder que ha puesto más énfasis y esfuerzos en este tema: publicó la encíclica Laudato si, realizó el Sínodo Panamazónico y últimamente ha publicado una carta de amor expresada en su Exhortación Apostólica Querida Amazonía. Todo esto dirigido a católicos, a creyentes de otras religiones e incluso a agnósticos y ateos, es decir, a todos. Sin embargo, muchos peruanos no se han enterado del tema. Quizá estemos esperando que la situación sea megacrítica; porque ya es crítica. En el 2017 la deforestación iba a un ritmo equivalente de una cancha de futbol por minuto, ahora está al ritmo alarmante de dos canchas de futbol por minuto.

Necesitamos hacer y poner en ejecución una propuesta integral que responda a esta dejadez y crisis, que incluya todos los medios concretos expresados en políticas, acciones e implicancia ciudadana, para aumentar la riqueza y potencialidades de la biodiversidad amazónica. Es decir, elaborar una política que realmente considere la realidad de nuestra selva en todas sus dimensiones: salud, educación, cuidado y promoción del medio ambiente, consulta previa, demarcación de territorios, etc. Pero sobre todo poniendo en primer lugar a los pueblos originarios con su Tajimat pujtut (buen vivir selvático, que implica la armonía relacional-trascendente de los seres humanos con la creación).

Con ellos, y ellas especialmente, pues la mujer de la Amazonia es el motor de la vida y está olvidada, podemos construir un futuro para que su Amazonía, que también es nuestra, sea vida y esperanza para nuestro país y el mundo.

P. Carlos Miguel Silva Canessa, SJ

Otoño 2020

Edición Nº 49

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