Entremos todas y todos

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Las mujeres empleadas trabajan con esfuerzo para que muchas familias salgan adelanteCuando pienso en la economía del cuidado[1] -y en especial, en las mujeres que tradicionalmente han llevado a cabo estas labores- se me vienen a la mente las citas de dos personas muy diferentes. De hecho, uno es una figura histórica, la otra es una estudiosa del mundo moderno.

En el primer caso, según el Evangelio de Mateo (Mt. 25, 31-46), Jesús de Nazaret dijo alguna vez: “lo que hagas por el menor de mis hermanos, lo haces por mí”. Muchos años después, en el siglo XXI, en Estados Unidos de América, Kimberlé Crenshaw, abogada especializada en derechos civiles y académica reconocida de Stanford University, dijo: “When one goes in, we all go in” (“Cuando entra uno, entramos todos”)[2]. ¿A qué se refiere Crenshaw con esta frase críptica y qué relación tiene con la cita de Jesús hace más de 2,000 años? ¿Cómo se relacionan estas ideas con la economía del cuidado y con las mujeres que se desempeñan en las tareas asociadas a ella?

Si bien Jesús se refería a uno de los conceptos fundacionales de la ética cristiana –la idea de “hacer el bien, sin mirar a quien” por el sólo valor humano del acto-, Crenshaw comenta particularmente sobre las barreras y discriminaciones a las cuales se han enfrentado mujeres históricamente. Pero, como ella destaca, las discriminaciones para nosotras no son experimentadas de igual manera, y la cantidad y agresividad de las mismas seguramente están formadas por una combinación de factores que incluyen no sólo nuestra condición de mujer, sino nuestro color de piel, etnia, procedencia, nivel educativo, estatus socioeconómico o edad, por ejemplo. Así que, si en teoría somos todos y todas iguales, en la práctica no es así y entre nosotras hay algunas que experimentan mayores grados de desigualdad que otras. Es por ello que Crenshaw nota que si la más marginada entre nosotras “entra” -es decir, experimenta sus derechos de igualdad en la misma medida que otros- entonces, todos ganamos, todos podemos contar con los mismos derechos. Pero, tanto la frase histórica de Jesús como la observación de Crenshaw, de hace solo unos pocos años atrás, siguen siendo metas que estamos muy lejos de alcanzar.

Mi investigación sobre trabajadoras del hogar en el Perú pone de manifiesto la veracidad de la anterior afirmación. En mis casi cuatro años investigando y conversando, tanto con mujeres como adolescentes y niñas que hacen este trabajo, así como con empleadores de las mismas, lo que he encontrado con mayor frecuencia es una situación de derechos laborales recortados. De hecho, de acuerdo a la ley vigente –y es igual el caso de otros sectores laborales sometidos a regímenes especiales– esta fuerza laboral predominantemente femenina carece de plenos derechos.

El trabajo silencioso de las empleadas del hogar es muy poco reconocido y valorado

Muchas trabajadoras del hogar son víctimas de rechazo y discriminación, siendo su trabajo mal remunerado a pesar de la importancia que cobra para muchas familias el contar con su apoyo.

En un país en el cual más del 70% de la población económicamente activa (PEA) ocupada es informal (¡en 2014 el INEI reportaba 79%!), y donde la mayoría de las y los trabajadores no pueden reclamar derecho alguno, el caso de estas trabajadoras es particularmente preocupante por, al menos, dos razones. En primer lugar, su espacio de trabajo es en una residencia privada, en la cual el Estado no entra. Si bien hay esfuerzos, a través del Ministerio de Trabajo, de abrir canales de comunicación para que estas trabajadoras puedan denunciar abusos contra ellas por sus empleadores, realmente falta mucho por hacer para que ellas sean un sector laboral propiamente protegido por el Estado. En segundo lugar, pese a que se supone que estas trabajadoras sean registradas, sabemos que hay una buena proporción que no lo está, sobre todo adolescentes y niñas. Por ende, buena parte de esta fuerza laboral permanece en la penumbra. Es cierto que, a veces, ellas encuentran trabajos en hogares donde les pagan decentemente y/o se les trata con el respeto que merecen. Pero demasiadas veces trabajan en hogares donde las maltratan tanto económica como moralmente, aun teniendo los recursos para darles un mejor trato, o porque sus empleadores son casi tan pobres como ellas y no pueden pagarles más que una propina, un plato de comida, o proporcionarle un sitio donde dormir[3].

Así como en el resto del mundo, en el Perú cada vez más las mujeres salen a trabajar fuera de sus casas (por encima del 50% según datos del INEI 2016). Pero la combinación de trabajos precarios y/o mal remunerados, y la alta tasa de informalidad, tiene un fuerte -e importantísimo- impacto sobre ellas. El resultado, para la mayor parte, es una suerte de “doble” o “triple jornada”, donde se trabaja fuera del hogar, se atienden los quehaceres de la casa, el cuidado de niñas y niños y/o adultos en condición de dependencia. Sin embargo, hay una diferenciación entre mujeres. Las de más alto nivel educativo y mejor situación socioeconómica contratan esta labor en su casa, independientemente de si ellas mismas trabajen o no. Y la que toma este trabajo es otra mujer, menos afortunada, de bajo nivel educativo, con gran posibilidad de ser migrante, madre soltera y de alta pobreza.

Un hallazgo clave de las entrevistas realizadas desde el año 2015 es el nivel de desprecio experimentado por las trabajadoras del hogar, que tan esenciales son para la reproducción social de tantas familias peruanas. Pese a que ellas son las que hacen posible que los y las jefes de familia salgan a trabajar, que los niños vayan al colegio limpios y alimentados, que la casa marche, la ropa se lave, la comida se cocine y se consuma; en fin, que la cotidianidad sea resuelta y que sus empleadores puedan mejorar sus vidas, ellas siguen siendo altamente explotadas. Cuando comparamos a estas trabajadoras con otros de poco nivel educativo de la PEA ocupada, ellas permanecen al “fondo del escalafón”[4]. Entre las muchas preguntas que surgen, está ¿por qué?  En Pérez & Llanos 2017 argüimos que la razón por la cual mujeres en este empleo son tan marginadas sigue vinculada a una discriminación múltiple y simultánea, por la interseccionalidad[5] de varias condiciones que se reúnen al mismo tiempo incluyendo su etnia, procedencia, nivel educativo, estatus migratorio y, claro, su condición de mujer. En otras palabras, no es por casualidad que son mujeres altamente vulnerables las que hacen este trabajo, es porque así se ha diseñado. Todos los trabajos altamente poblados por mujeres suelen ser descalificados, desvalorados y, por ende, mal pagados en algún grado[6]. Eso mismo sucede con el trabajo del hogar. El incentivo perverso es mantener una fuerza laboral de bajo nivel educativo, migrante y vulnerable que sea fácilmente explotable y discriminada.

Obligaciones de empleadores y derechos de empleadas

¿Qué soluciones existen frente a esta descarada discriminación? En primer lugar, concientizar sobre la importancia de la labor de la economía del cuidado, y lo que significa para el día a día de millones de personas. Entender esto significaría darle mayor valor social y económico a las personas que hacen el trabajo que posibilita la reproducción social de las familias. Segundo, reconocer que, en general, los trabajos ocupados por mujeres han sido descalificados por estereotipos de género. Si bien podemos señalar puestos y/o salarios inferiores hasta en carreras de mujeres universitarias, donde ellas suelen ser de un grado educativo alto y de una experiencia de vida generalmente más privilegiada que otras,[7] es evidente que la situación empeora a medida que la mujer cuente con menos recursos educativos y se reúnan en ella la interseccionalidad de condiciones mencionadas líneas arriba. Tercero, entender que los sectores laborales en los cuales buena parte de las mujeres nos concentramos son tan valiosos como los trabajos históricamente poblados por hombres, como la ingeniería, la economía y las ciencias. Por último, reconocer que el trabajo del cuidado –en todas sus formas, sea limpieza, cocina y/o cuidado de niños y personas en dependencia– necesita ser apreciado, protegido y remunerado dignamente. No es aceptable que las personas que se emplean para asegurar el bien de la sociedad sean entre las más discriminadas y menos remuneradas.

Al final, no es un tema que nos debería preocupar sólo por su indiscutible tendencia discriminatoria hacia otras ciudadanas, sino porque representa el epítome de la descalificación de algunos de los aportes más importantes que hacen mujeres en nuestras sociedades. En el mejor de los casos, llegaríamos a tener tantos hombres como mujeres que hicieran este trabajo, que se considerase importante y, por ende, valioso y valorado por lo que ello hace posible: que las personas y/o familia apoyadas puedan salir adelante.

Insisto, entonces. Jesús y Kimberlé tienen mucho en común. “Lo que haces a uno de mis hermanos me lo haces a mi” – “si entra una, entramos todos”. En el presente siglo, aquí en América del Sur, uno de nuestros retos de desarrollo más urgente es seguir estas palabras del primer cristiano y de una abogada de derechos civiles.

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[1] Definimos “economía del cuidado” como las labores asociadas a la limpieza de la casa, la cocina, la lavandería, el cuidado de niños y/o adultos en condición de dependencia. En England, P. (2005). “Emerging Theories of Care Work”. Annual Review of Sociology 3, 381-399, se da un trato más amplio, incluyendo la labor de maestras de educación inicial o enfermeras, entre otros. Para este texto me limito a la primera definición.
[2] https://www.ted.com/talks/kimberle_crenshaw_the_urgency_of_intersectionality/transcript.
[3] Los maltratos descritos oscilan entre gritos y/o humillaciones por ser “servidumbre”; comida inferior y/o platos y vasos destinados sólo para ellas (asegurando que vajilla y cubiertos de la familia no sean utilizados). También he escuchado casos de agresión sexual y violaciones. En las más jóvenes, que llegaron a trabajar con la expectativa de terminar sus estudios, varios relatos indican que finalmente no les alcanzaba el tiempo para estudiar, o que los estudios fueron frenados en cierto momento y no se les permitió continuar.
[4] PÉREZ, Leda y Pedro LLANOS (2015). “¿Al fondo del escalafón? Un estado de la cuestión sobre el trabajo doméstico remunerado en el Perú”. Documento de Discusión (DD1501). Lima: Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico.
PÉREZ, Leda y Pedro LLANOS (2017). “Vulnerable Women in a Thriving Country: An Analysis of Twenty-First Century Domestic Workers in Peru and Recommendations for Future Research”. Latin American Research Review.
[5] Id.
CRENSHAW, K. (1989). “Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory, and Antiracist Politics”. University of Chicago Legal Forum 140: 139–167.
[6] International Labor Organization (ILO). (2016). Women at Work: Trends 2016: Geneva: ILO
[7] BALARIN, M. (2014). “Las mujeres en las Ciencias Sociales: reflexiones sobre el contexto peruano a partir de una revisión de la literatura internacional” in VARGAS, S., (ed.). Bajo el radar de Sofía: Oportunidades y barreras de las profesionales en el Perú. Lima, Peru: IEP
BUQUET, A., COOPER, J.A., MINGO, A., y MORENO, H. (2013). Intrusas en la Universidad. Mexico, DF: Universidad Autónoma de México (UNAM).

Otoño 2018


Leda M. Pérez

Profesora-Investigadora del Departamento Académico de Ciencias Sociales y Políticos de la Universidad del Pacífico.

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