Los jóvenes: entre el individualismo y la apertura al otro

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jóvenes en equipoVivimos en una época difícil. Atravesamos por lo que Bauman llama la sociedad de consumo en la modernidad líquida, una época en la que lo que cuenta es sobre todo el disfrute personal y la acumulación, en la que se le rinde culto al individuo y lo privado, en la que los vínculos humanos son pasajeros y precarios, y las relaciones sociales parecen haberse desintegrado, hasta el punto en que las persona no se responsabilizan ya por los demás, sino solamente por sí mismas. Los jóvenes deben lidiar con este tipo de sociedad, porque los atributos que antes mencionamos son propios del capitalismo en su versión neoliberal, sistema económico que impera en la actualidad y que fomenta la inmediatez y el máximo interés individual por sobre lo colectivo, un sistema de creencias, relaciones sociales e instituciones que fomentan valores y prácticas asociadas con tomar mayores recursos para uno mismo y menos para otras personas, otras especies y las generaciones futuras.

¿Cuáles son las tareas de vida que un joven debe afrontar en una sociedad así, en la que lo importante es consumir y disfrutar? ¿Cómo se desarrolla una persona en un mundo como este?, ¿cómo se desarrolla, finalmente, una buena persona?

Una idea difundida es que el desarrollo de las personas, y especialmente el desarrollo de sus capacidades morales, es un proceso de internalización de las normas culturales y/o parentales externas. Por ejemplo, Freud plantea que los individuos se convierten en seres morales y sociales en virtud de la transformación paulatina de la coerción externa en coerción interna, por acción de la instancia psíquica llamada “Súper Yo”. Otro grupo de teorías, a las que muy genéricamente podemos llamar “sociales”, entienden la adquisición de la moral como un medio de inserción de los individuos en la sociedad, sea por mecanismos biológicos de adaptación o por procesos de socialización, identificación o condicionamiento. Bajo este punto de vista la moral no depende tanto de la conciencia individual como de la presión social externa que reciben las personas.

Sin embargo, si seguimos cualquiera de estas perspectivas, las personas estarían condenadas a ser seres egoístas, dado que el contexto en el que viven fomenta el individualismo más extremo y desalienta los lazos comunitarios. La presión por consumir nos haría a todos consumidores, así como la presión por ser “exitosos” de manera individual nos desvincularía a todos de nuestros lazos sociales. Felizmente esto no es así.

Hay otra manera de entender el desarrollo humano en general, y el desarrollo la moral en particular, que lejos de asumir algún tipo de determinismo propone que los seres humanos vamos creciendo gradualmente en nuestra comprensión de lo justo y lo bueno, a medida que tenemos oportunidades de sopesar nuestras valoraciones, contrastarlas con las de otros, analizar sus razones y sus consecuencias no solo para nosotros mismos sino para los demás, y ponernos en el lugar de otras personas para ver el mundo desde sus particularidades y contextos. Como se ve, esta es una tarea que debe asumirse de manera explícita y dirigida, porque no ocurrirá por sí sola.

La educación, tanto la formal como la que ocurre en contextos no formales, es el espacio de desarrollo humano más importante. A través de ella las personas construyen su conocimiento y su conciencia del mundo, desarrollan sus más altas capacidades, tanto cognitivas como afectivas, y construyen su identidad. Sin embargo, por razones históricas, económicas, políticas y sociales diversas y complejas, esta tarea formativa fundamental tiene vacíos y fracturas que le impiden cumplir sus metas a cabalidad. En un mundo que exige inmediatez, y que deja poco espacio para la reflexión y el análisis de la propia vida, resulta hoy más importante que nunca ayudar a los jóvenes a pensar en el largo plazo, a entender nuestra sociedad, y a construir metas de vida valiosas, que vayan más allá de las gratificaciones individuales de corto plazo. Esto es lo que, en términos psicológicos, se conoce como sentido de propósito, una intención estable y generalizada de alcanzar metas significativas para uno mismo, pero a la vez, importantes para el mundo, más allá de uno mismo.

El sentido de propósito puede cultivarse, los padres pueden hacer mucho para ayudar a sus hijos a cuestionar las presiones de la sociedad actual y a lidiar creativamente con ellas. Ante la incertidumbre y el temor por el futuro, y debido a la presión por tener y consumir de la que son víctimas, a menudo las personas se sienten inclinadas a darse gratificaciones inmediatas, especialmente cuando atraviesan por períodos de angustia o de estrés. Además, experimentan gran frustración cuando no pueden hacerlo, porque en la época en la que vivimos la identidad de muchas personas se ha formado a través de sus posesiones. No consumir, para muchos, es igual a no existir.

Fortalecer el buen desarrollo de los niños y jóvenes, en un contexto como este, resulta más importante que nunca. Los adultos no podemos darles directamente un propósito de vida a los jóvenes, porque cada persona debe encontrar y construir el propio, pero sí podemos enseñarles qué significa tener una vida con propósito. Además de las connotaciones morales involucradas en la búsqueda del bienestar y la justicia para todos, la psicología ha demostrado que tener sentido de propósito les hace bien a las personas ya que, cuando lo tienen, estas viven más y lo hacen de manera más feliz y saludable. Como afirma William Damon, el sentido de propósito es crítico porque está ligado a la dedicación, la fortaleza y a la energía motivacional; este proviene de creer que el mundo necesita ser mejor, y que uno, como persona, puede contribuir a esa mejora.

niños y jóvenes

En la sociedad actual, consumista e individualista, es muy importante que los padres sepan acompañar a sus hijos, desde pequeños, con una relación afectiva y cercana, lo que les ayudará a enfrentrarse a las presiones cotidianas.

Es cierto que, dadas las características de las sociedades de hoy, encontrar un propósito de vida resulta mucho más difícil para las generaciones actuales que para las de antes. Pero precisamente por eso, los padres, madres y docentes deben dirigir sus acciones de acompañamiento al desarrollo de los niños y jóvenes de manera mucho más estratégica y explícita. Una primera tarea es enseñar a los niños y jóvenes a analizar críticamente los procesos sociales, ayudándolos a identificar sus causas y consecuencias, pero también a reconocer los principios que los sustentan, o que deberían sustentarlos. Es importante que se les anime también a ponerse en el lugar del otro, haciendo por ejemplo que el niño preste atención a los sentimientos de los demás e imagine cómo se sentiría en su lugar. Es crucial que se les ayude a tomar conciencia del impacto de sus actos en los sentimientos de las otras personas y en los suyos propios, y a entender las razones que hacen que las personas piensen y sientan de una determinada manera.

Ahora, es importante señalar que este proceso de acompañamiento debe ocurrir en determinadas condiciones afectivas. En primer lugar, los componentes afectivos de la interacción entre padres e hijos (amabilidad y calidez en el trato, etc.) incrementan la probabilidad de que los niños escuchen los mensajes parentales. En segundo lugar, y no menos importante, las reacciones afectivas parentales frente a una trasgresión, junto con el razonamiento acerca de ella, sirven de guía y facilitan la comprensión de las reglas morales y sociales por parte de los niños y jóvenes. Hay que recordar que existen niveles óptimos de expresión afectiva; demasiada ira es contraproducente, pues produce emociones defensivas orientadas hacia uno mismo (ansiedad, etc.) y, por lo tanto, disminuye la capacidad de los niños y jóvenes de enfocarse en los sentimientos y las experiencias de los demás.

La sociedad actual está desvinculada de la ética, privilegia los intereses económicos por sobre otras valoraciones, rompe los lazos comunitarios y desalienta la autonomía de las personas. En este contexto, la educación que demos a los niños y jóvenes necesita ser trasformadora y no funcional al sistema. Fomentar el pensamiento crítico sobre la sociedad en la que se vive, así como promover la toma de conciencia sobre la subjetividad de los demás, son tareas necesarias y urgentes sin las cuales no hay desarrollo humano saludable que sea posible.

Otoño 2019


Susana Frisancho

Profesora Principal del Departamento de Psicología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Coordinadora Grupo de Investigación en Cognición, Aprendizaje y Desarrollo.

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