La esperanza en medio del espanto

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Pasados ya varios meses de la invasión rusa a Ucrania, el mundo parece haberse acostumbrado (o mal acostumbrado) a la violencia desatada en ese país, a los crímenes de guerra, a los ataques a hospitales, a la desolación. El susto global inicial ha mutado en una suerte de modorra frente a lo indignante, que sólo se sacude cuando alguna fosa común o crimen más inenarrable irrumpe.

Rusia y Ucrania están negociando en medio de los misiles, y solo asoma la intransigencia, sobre todo rusa, mientras ya miles de personas han muerto o ni siquiera han sido encontradas. Por si no bastara, la ‘viruela del mono’ se perfila como una nueva amenaza, aun cuando es una enfermedad ya conocida que, vaya sorpresa, lleva años golpeando a algunas partes del África.

¿Hay por dónde jalar un hilo de esperanza en medio de este tumulto? En un ensayo escrito hace varios años, el psiquiatra norteamericano Rollo May sostenía que en el famoso cuadro ‘Guernica’ de Picasso, pintado luego de que ese pueblo vasco fuera bombardeado, aparecía en medio de las imágenes dolidas y grotescas una flor. Un signo mínimo, decía él, de lo posible.

En la escena contemporánea de estos días tal vez esas flores pundonorosas, resistentes, serían las personas que, en medio de la guerra o los rastros de la pandemia, sobreviven y viven. Esos ciudadanos ucranianos que, por ejemplo, tratan de regresar a su vida normal en Bucha, un pueblo golpeado por las armas y donde, además, se encontraron cadáveres regados por las calles.

Cuando ya se supone que los rusos se estaban retirando -tal como lo comprobó The New York Times- la gente, aun así, está volviendo a circular, abriendo tiendas, como si asumiera que la herida no va a sanar con el miedo. Salvando las distancias circunstanciales y bélicas, es algo parecido a lo que se hace en otros territorios ásperos y violentos, como el campo colombiano.

O lo que en nuestro país hicieron esos pocos valientes que se atrevieron a vender balones de oxígeno al costo real, para no aprovecharse de la desesperación del prójimo. Tales señales de vida, en medio de la muerte campante, representan la resistencia, acaso el amor social y el amor a sí mismos. Sin embargo, en este momento sus esfuerzos parecen chocarse con otros virus.

Uno de ellos es la forma de hacer política, a nivel nacional y global. Por varios lados comienzan a emerger peligrosas mayorías silenciosas, que antes llamaron a no usar mascarillas y ahora siguen ninguneando el cambio climático. Presidentes como Jair Bolsonaro, de Brasil, quieren volver, como si no hubiera sido suficiente su delirante impronta durante la pandemia.

El mismo Donald Trump, gran amigo del anterior, intenta recuperar oxígeno político con miras a un nuevo período presidencial, y acaba de defender con pasión el derecho a usar armas en EEUU, sobre el dolor aún inenarrable de los niños de un colegio victimados en Texas. Por Europa también corren espectros políticos xenófobos, que quieren marcar territorio.

En  el territorio de esa actividad humana –la política- también se les conoce a los hombres, o las mujeres, por sus obras. Y difícilmente se puede contar entre las buenas jugar con los contagios, ignorar la amenaza del calentamiento global o ser alguien muy poco devoto de los derechos sociales, o del destino de los indígenas y la ampliación de los derechos de las mujeres.

Los políticos ultras asoman por varios lados, en América Latina, en Europa, en el Asia, en el África. En Filipinas, ha ganado la elección el hijo de Ferdinand Marcos, un tirano que prácticamente se levantó en peso el Tesoro Público de su país y cayó derrocado hace más de tres décadas. Su legado ahora se reivindica en las urnas, como si la historia se hubiera borrado.

Con ese modo de gobernar–ya sea que el personaje se vista de rojo, naranja, verde o azul-, los problemas de los homo sapiens de este tiempo no verán una luz en el túnel histórico de este tiempo. Porque no sólo vendría más de lo mismo, sino porque ante nuevos riesgos –las pandemias, la crisis ambiental, las nuevas guerras- las fórmulas autoritarias son el antídoto fatal.

Un asunto tan grave, tan descorazonador como los tiroteos en EEUU, que ya se han convertido en una literal epidemia, no se puede regular porque hay políticos, decisores, que creen que el derecho individual, casi íntimo, de poseer armas está por encima del derecho a la vida. La sangre de inocentes salta a la cara continuamente de estos señores, y no se les mueven muchas neuronas.

Una crisis como la ambiental no se enfrenta mirando la economía únicamente hacia el crecimiento, sin tener en cuenta que un obeso PBI puede hacer que los ecosistemas o los ciudadanos del país sufran de hipertensión social. O de falta de recursos. La política no se ha renovado tanto en este campo; el desarrollo sostenible aún es visto con desconfianza.

Ni siquiera se hace el link entre esta crisis y el posible advenimiento de más pandemias, aun cuando las evidencias sugieren que mientras más aplastemos la biodiversidad con más virus desconocidos nos encontraremos. Tampoco se entiende que el tándem salud-humana-salud ambiental-salud-animal no es una mera elección, sino una ruta hacia la supervivencia.

Y encima de todo eso una guerra que persiste, que no cesa, que mata; que incluye en los discursos de los líderes que no la apagan la tenebrosa posibilidad nuclear. Y que, por si no bastara, ha opacado el dolor de otros enfrentamientos, como el de Yemen, donde los muertos se cuentan por decenas de miles. A veces creo que no hay tregua para la estupidez humana.

Con todo, sigo creyendo en la flor en medio de los destrozos del Guernica. Por la profunda razón de que la historia es impredecible, y no se hace sólo con lamentos y profecías auto-cumplidas. Porque, como sugieren los Evangelios, la esperanza es como un ancla del alma. Si se pierde, se puede hundir el barco, el barco en el que navega la comunidad humana acaso, a veces sin control

Esos hombres y mujeres que vuelven a la vida en Ucrania, a pesar de la guerra; que cocinan para sortear la precariedad en las ollas comunes de los cerros; o que arriesgan sus vidas y dedican su tiempo para defender al prójimo, sean creyentes o no, son esa flor que sortea el espanto. Crecen y no se rinden, más allá del desprecio de los poderosos o la ignorancia feliz de los superfluos.

 

Invierno 2022


Ramiro Escobar

Pontificia Universidad Católica del Perú – PUCP

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