La Pan-Amazonía en medio de los desafíos a nuestra sobrevivencia

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La sociedad en que vivimos, denominada occidental, está asentada en diferentes fundamentos que se consolidaron de tal manera que nos parecen como algo natural. Esos cimientos orientan las visiones dominantes que tenemos sobre nosotros mismos y sobre aquellos que consideramos diferentes y/o exóticos, organizan nuestro cotidiano, estructuran el modelo económico hegemónico, constriñen nuestro pensamiento en cuanto al futuro, establecen los presupuestos de las investigaciones académicas, condicionan a las políticas gubernamentales y demarcan la relación que tenemos con la naturaleza. Queremos destacar tres de esos pilares: a) La idea positiva de progreso, b) la superioridad del pensamiento científico sobre el conocimiento ancestral y/o popular, c) la noción de que los seres humanos no hacen parte de la naturaleza. De ninguna manera estos pilares pueden ser comprendidos desconectados unos de otros.

Los fundamentos en cuestión surgieron y/o se consolidaron con el capitalismo, son parte constitutiva del sistema capitalista desde sus inicios. La idea positiva de progreso[1] significó una ruptura con el pensamiento dominante medieval de un futuro sin esperanza, sin mayores perspectivas. Con el capitalismo el progreso aparece como un fin en sí mismo, en un único sentido. Toda persona, sociedad, Estado nacional o institución lo deben anhelar y perseguir. Es una visión que atraviesa todo el tejido social. No hay individuo que no quiera progresar. De otro lado, el progreso se tornó un poderoso instrumento político-ideológico para justificar, por ejemplo, la instalación de grandes proyectos públicos y privados de infraestructura que alteran irremediablemente los modos de vida de los pueblos originarios, campesinos, ribereños y otros. Además, la noción positiva de progreso sirve para descalificar cualquier práctica y/o discurso que se contraponga a la lógica hegemónica de la globalización capitalista.

De otra parte, la noción de que el pensamiento científico es superior al conocimiento ancestral se ha transformado en un instrumento de dominación. El conocimiento de los pueblos indígenas y de otros segmentos sociales es concebido, grosso modo, como algo sin valor ya que es incapaz de llegar a la verdad[2]. Tales conocimientos, por encontrarse fundamentados en otras bases, como el Buen Vivir, son extremadamente peligrosos para el modelo civilizatorio predominante.

Las universidades públicas vienen siendo paulatinamente capturadas por las grandes corporaciones económicas interesadas en la producción de los “conocimientos científicos” que viabilicen su control tanto sobre las vastas extensiones de territorios ricos en recursos naturales, con gran valor en el mercado internacional, como para posibilitar influencias y/o determinar las políticas gubernamentales. Vale destacar, todavía, el papel desempeñado por instituciones como el Banco Mundial (BM), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Organización Mundial de Comercio (OMC) y del Fondo Monetario Mundial (FMI) en ese proceso de construcción de conocimiento que promueve y fortalece a los mecanismos de mercado.

Hasta el inicio de lo que se llama edad moderna, la idea preponderante era que nosotros, seres humanos, hacíamos parte de la naturaleza. Con la ascensión y consolidación del capitalismo esa perspectiva fue completamente subvertida. Pasamos a concebirnos como algo aparte de la naturaleza. Esta es vista como algo que debe ser dominado, subyugado, controlado y cuya función es solo la de atender nuestros intereses individuales y colectivos. En base a este presupuesto, comenzaron a ser producidas las “soluciones de mercado” al grave problema de las crisis climáticas y ambientales, soluciones como el Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL), mercado de carbono, Bolsas de Valores Verde. Economía de los Ecosistemas y de la Biodiversidad (TEEB) y la Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación (REDD).

De un modo general, los gobiernos considerados progresistas de América del Sur profundizaron el modelo hegemónico de desarrollo fundado en la explotación intensiva de los recursos naturales. En la Pan-Amazonía países como Bolivia y Ecuador, cuyas constituciones nacionales incorporan la idea de Buen Vivir, el modelo neo-extractivista avanza a grandes pasos. En Brasil, la legislación ambiental viene siendo paulatinamente deconstruida en beneficio de la expansión de los agro-negocios, las industrias electro-intensivas, la minería, la explotación maderera y la construcción de hidroeléctricas. En Perú, las acciones ejecutadas por petroleras ponen en riesgo los modos de vida de los pueblos indígenas en situaciones de aislamiento voluntario. En Colombia y en Venezuela la situación no es muy diferente. La expansión del monocultivo de palma africana y la explotación de petróleo, respectivamente, demuestran esta situación. En fin, todos los países pan-amazónicos se encuentran cada vez más dependientes del mercado internacional, de la exportación de commodities, de la explotación intensiva y no renovable de sus recursos naturales.

La Pan-Amazonía es vista al mismo tiempo como obstáculo y como oportunidad de negocios. Obstáculo por causa de su dimensión territorial, su baja conectividad interna por la frágil infraestructura existente de transporte, energía y comunicación, y como por consecuencia de los grandes “obstáculos naturales”: el bosque amazónico y la Cordillera de los Andes. Es oportunidad por la enorme frontera que une a diversos países, posición estratégica que hace posible que las mercaderías aquí producidas puedan acceder a los mercados de todos los continentes.

En ese escenario, la cuestión ambiental se torna todavía más relevante dado que hemos llegado al punto de colocar en riesgo nuestra propia sobrevivencia en cuanto especie. La noción positiva de progreso, la creencia de amplios sectores de la sociedad en el poder de la ciencia para revertir la crisis climática y ambiental ignorando las perspectivas holísticas y las críticas lanzadas por los pueblo originarios a nuestro modelo civilizatorio que profundiza la brecha entre sociedad y ambiente, aumentan las oportunidades de vivir catástrofes de diferentes dimensiones.

El modelo neo-extractivista, que se profundiza en nuestros países pan-amazónicos, solo aumenta los problemas socio-ambientales a través de la contaminación del agua por empresas petroleras, la deforestación en gran escala, la polución del aire, la sustitución del bosque por especies exóticas, la concentración de las tierras, la expulsión de los habitantes de áreas rurales para los centros urbanos, el recrudecimiento de la violencia, la diseminación de los conflictos y las violaciones de los derechos humanos. El mantenimiento de este modelo será nefasto para todos nosotros.

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[1] “Las raíces de la idea de progreso pueden ser detectadas en tres corrientes del pensamiento europeo que asumen una visión optimista de la historia a partir del siglo XVIII. La primera de ellas se afilia al iluminismo, que concibe la historia como una marcha progresiva para lo racional. La segunda brota de la idea de acumulación de riqueza, en la cual está implícita la opción de un futuro que encierra una promesa de un mayor bienestar. La tercera, en fin, surge con la concepción de que la expansión geográfica de la influencia europea significa para los demás pueblos de la tierra, implícitamente considerados “retrasados”, el acceso a una forma superior de civilización”. FURTADO, Celso. Introdução ao desenvolvimento: enfoque histórico-estructural. 3.ed. Rio de Janeiro: Paz e Terra, 2000, p. 9.
[2] “[…] Esta nueva visión del mundo y de la vida conduce a dos distinciones fundamentales. De un lado, entre conocimiento científico y conocimiento del sentido común; y entre naturaleza y persona humana, por otro. Al contrario de la ciencia aristotélica, la ciencia moderna desconfía sistemáticamente de las evidencias de nuestra experiencia inmediata. Tales evidencias que están en la base del conocimiento vulgar, son ilusorias […]. SANTOS, Boaventura de Sousa. Um discurso sobre as ciências. São Paulo: Cortez, 2009.


Guilherme Carvalho

Coordinador de la ONG FASE Programa Amazonía (Brasil).

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