La semántica de la Justicia Social en el discurso de la Compañía de Jesús en AL

Entre las Preferencias Apostólicas Universales recientemente definidas por la Compañía de Jesús para los años 2019-2029 figura, en primer lugar, el “discernimiento”. Este no debe entenderse como la búsqueda de la voluntad de Dios orientada exclusivamente por los movimientos interiores de mi vida individual. La fe cristiana enuncia que Dios no se encuentra fuera del mundo y que aquello que acontece en el mundo es fundamental en la búsqueda para que su reino “venga a nosotros”.

¿El reino de Dios puede venir a nosotros sin que nosotros estemos implicados en esta venida? Si Dios actúa en el mundo, esto no sucede como una acción que viniese desde fuera del mundo, sino a través del intercambio de las libertades humanas. Estas últimas se fundamentan en la capacidad de autonomía humana de la que Dios mismo se hace dependiente.

Si la Iglesia piensa de tal forma su servicio a la humanidad, entonces, dentro de su “discernimiento”, precisa entender cómo el conocimiento de los éxitos y los fracasos de esta humanidad puede contribuir a la construcción del “reino de Dios”: Dios, a través del entrecruce de nuestras libertades, se da a conocer en “los signos de los tiempos”, en los que hay conflicto, violencia e injusticia, así como también esperanza, iniciativa y lucha para construir un mundo más vivible para todos.

Las observaciones que presentaremos a continuación se enfocan en el tema del vocabulario por el que se busca enunciar una voluntad de transformación de la sociedad. El “discernimiento” necesita de una perspectiva ética o religiosa para aplicarse a su objeto, sin embargo, el análisis mismo de su objeto precisa de instrumentos que no participan directamente de tales perspectivas, sino más bien de disciplinas especializadas para aproximarse a la realidad en su complejidad. A estos instrumentos corresponde un lenguaje, un vocabulario que también depende de ciertas perspectivas.

La pequeña reflexión que ofrecemos tiene como objetivo atraer la atención sobre el uso y sentido de las palabras que acompañan nuestros discursos habituales. Debemos reconocer que los medios de comunicación no son de mucha ayuda en esta tarea, pues difunden una cierta vulgata que da una imagen aséptica de nuestras situaciones económicas, sociales y políticas. Imagen a la que nos acostumbramos a través del uso no cuestionado del vocabulario que usamos y que nos pone en peligro de perder las dimensiones reales que forman el trasfondo de las situaciones cotidianas en las que estamos involucrados.

En lo que sigue, buscamos ilustrar este tema considerando tres etapas del vocabulario de la Iglesia y de la Compañía de Jesús, limitándonos al terreno de América Latina (AL) desde la década de los 60 hasta la actualidad. La primera etapa corresponde aproximadamente al periodo que va del año 1960 hasta 1990; la segunda etapa ocupa los años desde 1990 hasta el 2010; y, una tercera etapa, en proceso de maduración, va del año 2010 hasta hoy.

Etapa I: 1960 – 1990

En la primera etapa, cuando vemos los documentos sobre el “Apostolado Social” de la Compañía de Jesús, en general se puede notar una insistencia significativa sobre dimensiones “estructurales” del problema de la injusticia. Aquí nos hallamos, entre otras, en la línea de reflexión de la Teología de la Liberación. No se trata de disminuir el papel de la libertad, sino de indicar que las libertades se encuentran articuladas entre sí por estructuras que se pueden modificar. “Hay que caer en la cuenta de que las estructuras socio-económicas, dada su interdependencia mutua, se constituyen en un bloque o sistema total social; la insuficiencia intrínseca de algunas estructuras fundamentales vigentes para establecer un orden justo se traduce en una insuficiencia global del sistema vigente, que está en desacuerdo con el Evangelio” (Carta de Pedro Arrupe, 1968).

En los “discernimientos” de esta etapa, las estructuras que producen injusticia no son enfocadas como propias de una realidad natural, sino, más bien como el producto de una realidad histórica, esto es, transformable. Algunos ecos de esta línea se pudieron percibir en los decretos de la Congregación General 32 (1974) sobre Fe y Justicia. Esta primera etapa se sirvió de un vocabulario particular, distinto de aquel de la etapa que presentamos a continuación.

Etapa II: 1990 – 2010

A partir de los años 90, con la caída del muro de Berlín, vemos nacer una etapa que la literatura económica califica como el neoliberalismo. La Compañía de Jesús en AL esboza un “discernimiento” sobre el neoliberalismo en una carta especial donde se enumeran varios defectos del mismo, así como también se anima a los jesuitas a estudiarlo en profundidad. Sin embargo, no encontramos en este documento una crítica sistemática, más bien hallamos una reflexión antropológica sobre los defectos del neoliberalismo en función de una perspectiva humanista y cristiana.

Por otro lado, debemos observar que las obras sociales de la Compañía de Jesús dependen, en esta etapa, de las perspectivas de los donantes norteamericanos y europeos sobre AL. Esta línea toma en cuenta, además de las cuestiones del “desarrollo” sobre las que tienen su propio discurso, un punto de vista político. Esto último debido a las terribles dictaduras que se vivieron en AL durante la segunda parte del siglo XX, hechos que destruyeron la vida política. En general, estos organismos internacionales destacan tres orientaciones mayores en las actividades que las ONG de acción social debían desenvolverse, orientaciones de las que la Compañía de Jesús no se distanció mucho en este contexto. Esbocemos estas tres orientaciones:

La preocupación de mitigar los inconvenientes del sistema neoliberal en sus orientaciones, mismas que buscan disminuir el papel del Estado y ampliar el papel del mercado (Consenso de Washington). Bajo esta perspectiva, las ONG debían asumir la tarea de facilitar la “gobernabilidad”, “participación ciudadana”, el cumplimiento de los “derechos humanos”, así como la “participación de la sociedad civil” en una verdadera “ciudadanía”.

En esta misma perspectiva, los organismos internacionales donantes a los centros sociales de la Compañía de Jesús privilegiaban el apoyo a los pequeños productores de suburbios o del campo.  Lo que se buscaba era que estos últimos adquiriesen aptitudes empresariales que los relacionen de manera positiva con el mercado, con el objetivo de la reducción de la pobreza.

La preocupación por la conservación y respeto de los pueblos originarios subió progresivamente y, entre otras cosas, se entrelazó con una reflexión incipiente sobre lo ecológico y la preservación de la naturaleza.

Estas tres orientaciones no agotan las líneas de acción que promovían las organizaciones internacionales. Pero, tomándolas en cuenta, encontramos que las obras de la Compañía de Jesús no se distancian de ellas. Incluso el tema mismo del sistema neoliberal es analizado como presentando defectos a remediar, más que como un sistema problemático en sí mismo.

Ahora bien, con ello no negamos que los Centros Sociales de la Compañía de Jesús no hayan realizado y realicen un trabajo valiente para construir a su escala las condiciones de un vivir juntos que contribuya, bajo diversos acercamientos, a la dignidad y a la identidad de las personas y de los grupos a los cuales se están dirigiendo. Pero, la cuestión parece plantearse hoy desde una reflexión diferente sobre el lenguaje que se usa. Por ejemplo, cuando hablamos de “exclusión” ¿significa que los “excluidos” van a encontrar una verdadera solución “incluyéndose” en el funcionamiento del sistema económico y social actual?

Etapa III: 2010 – …

En la tercera etapa, dominada por la desregulación de la economía y la influencia de las empresas multinacionales sobre los gobiernos, vemos que lo privado adquiere una influencia creciente sobre lo público. Se busca el aumento de las ganancias como una finalidad en sí misma, que se traduce en este capitalismo por una preocupación del aumento patrimonial sin relación necesaria con el funcionamiento de la economía (Thomas Piketty). Finalidad que no restringe significativamente las orientaciones destinadas a fomentar la responsabilidad social y el desarrollo sostenible. Esto se explicita con el crecimiento del capital financiero que forma una esfera poco conectada con la economía real y toma proporciones relativas frente al PBI mundial (Gaël Giraud, SJ).  Capital que estimaciones modestas consideran como alcanzando 14 veces el equivalente del PBI mundial. Esta situación tiene incidencia sobre la economía real, en el sentido de que sus accionistas, para que la empresa se siga sosteniendo, exigen una remuneración que obliga a las empresas a buscar una rentabilidad creciente para pagar dividendos atractivos. Esto tiene evidentemente consecuencias sobre dos dimensiones: por un lado, se arman políticas de flexibilización del trabajo que fragilizan la situación del empleo; por otro lado, la orientación que ejerce la presión para la productividad sitúa en peligro permanente la relación entre la producción industrial y la naturaleza.

Sin embargo, en este contexto, en la mayoría de los países se movilizan grandes movimientos que claman por un cambio de paradigma en el manejo de la economía en una perspectiva no solo ambiental, sino también de respeto por las culturas y de preocupación por formas de producir y vivir que permitan una vida futura a la humanidad y al planeta. Durante decenios se multiplican reuniones internacionales sobre el tema, en este contexto la Iglesia se pronuncia por primera vez de manera completa sobre la necesidad de preservar la naturaleza y del tipo de civilización que necesitaríamos para reorientar las diversas dimensiones de la vida humana.

Justicia Social - Centros Sociales jesuitas

Los Centros Sociales jesuitas han trabajado en la promoción y desarrollo de diversas poblaciones como parte de su compromiso por la Justicia Social.

Lo importante en esta pequeña reflexión es que en esta etapa vemos reaparecer la noción de “sistema”, palabra que el Papa Francisco usa en la encíclica Laudato Si para preguntarse si la sociedad actual puede realmente contribuir a la producción de una manera de producir y de vivir que sea compatible con la preservación y el respeto de la “Casa Común”.

Hagamos aquí una observación. Los objetivos del milenio, promovidos por la ONU en esta etapa, hablan con mucha claridad del apoyo que los “países desarrollados” tendrían que dar a los países “en vías de desarrollo” para cumplir con estos objetivos.

La elección de estos términos es interesante, ¿se puede pensar un desarrollo de los países que siguen considerados “en vías de desarrollo” si este consiste en alcanzar un nivel de vida semejante al de los “países desarrollados? ¿Es posible sostener esta ambición si caemos en la cuenta que para ello necesitaríamos de varios planetas?

Esta última pregunta, desarrollada entre otros autores por Gaël Giraud SJ y Cecile Renuard, pone en cuestión la capacidad del sistema capitalista, tal cual, para promover un mundo donde una vida digna sea posible para todos. En estas reflexiones, la Compañía de Jesús está siguiendo un proceso de maduración, proceso que es atestado por el cambio de denominación de la “Secretaría para la Justicia” por “Secretaría para la Justicia y la Ecología”. Se espera que los estudios que los Provinciales de AL ya pedían sobre el neoliberalismo y la mundialización profundicen la reflexión sobre el futuro de la acción social de la Compañía de Jesús.

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Nos encontramos en la institución eclesial y con las instituciones que tienen que apoyarla, como es la Compañía de Jesús, con una tensión inevitable entre dos dimensiones. Se trata de tomar la realidad tal como se presenta en sus contradicciones y ofrecer un servicio que ayude a procesarlas con lucidez. Sin embargo, estas instituciones no pueden renunciar a la dimensión de un futuro que podríamos llamar utópico, la realización del Reino de Dios. Este reino se encuentra en el presente, pero también este reino implica en sí mismo el cuestionamiento de este presente.

El problema se sitúa en la tensión entre el realismo del servicio presente y la capacidad de no quedarse encerrado en este presente, ser capaces de ponerlo en cuestión para ver en qué medida se puede transformar en función de un proyecto que lo supera. Este problema constante, que implica necesariamente a otras instituciones, quizá pueda plantearse con mayor agudeza en la situación presente de este siglo. Para la Compañía se trata de saber poner en cuestionamiento constante el funcionamiento mismo de sus obras sin perder, por otro lado, el realismo y el compromiso presente con las situaciones que se ofrecen a su iniciativa. Aquí radica el desafío de la acción y de la reflexión de una institución que quiere combinar lo utópico con lo pragmático.

Invierno 2019


Bernardo Haour Hartmann, SJ

Profesor emérito de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya