Los nuevos peruanos

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En los últimos treinta años la sociedad peruana ha sufrido grandes cambios, de los cuales no nos hemos percatado, cambios que han afectado nuestra visión de la realidad y nuestra vida. Para poder comprender esto primero debemos hacer una reflexión sobre cuál ha sido el orden tradicional que hemos vivido en el país.

En un Perú tradicionalmente centralista, donde todo era Lima, con una sociedad dividida, existían dos grupos culturales: los educados y los ignorantes (en el fondo los analfabetos), con una élite cultural blanca o auto denominada “blanco dominante”, siendo la denominación racial una identidad relacionada al costeño. Ser serrano tenía cierta carga negativa y costeño era lo natural.

Era una sociedad rural y extremadamente desigual: muy pocos propietarios, pero muy ricos; muchos proletarios y una sociedad realmente pobre. El Perú era Lima y el resto no importaba. Las provincias daban a Lima pero Lima no daba nada a las provincias.

Los estratos sociales en el Perú estaban bien definidos en una pirámide. En 1821 tenemos españoles arriba, mestizos en medio e indios abajo. Luego viene la independencia y lo único que ocurre es que los mestizos suben un poquito pero los indios siguen abajo. En 1900 aparece el concepto de clase alta-aristócrata, donde estaban los dueños; clase media-bisagra, donde estaban los que trabajaban para los dueños; clase baja, donde estaban los que sirven para los que trabajan para los dueños; y luego los campesinos. Posteriormente aparecen los niveles A, B, C, D. El A son los más ricos, el B y C en el medio y el D los más pobres. Hemos vivido toda nuestra historia, hasta hace treinta años, una situación de pirámide muy definida.

Detrás de este concepto existían diversos estereotipos: que los del nivel A eran educados, modernos, blancos, inteligentes, honrados, limpios, informados, vivían en ciudad y eran optimistas. Esa definición llevaba escondida el hecho de que, cuanto más pobre eras, eras más ignorante, más tradicional, indígena y, además, con aspiración a ser blanco y de ojos verdes. Significaba que eran poco informados, rurales, fatalistas, sucios y deshonestos. Hemos vivido durante mucho tiempo con la idea de “cuanto más limeño eres, estás más cercano al estereotipo del rico”; mientras que la provincia era el estereotipo de los pobres. Pero esto ha sufrido una ruptura muy grande en los últimos treinta o cuarenta años.

Esa ruptura del orden: clase alta, clase media, clase baja y campesinos, se debe a varias razones. Primero, por la reforma agraria en los años setenta, que ataca a la punta de la pirámide, los propietarios de las tierras, los ricos del Perú. La reforma agraria le quita mucho de poder a esta clase alta. En los años ochenta llega la hiperinflación y afecta, básicamente, a los que tienen ingresos monetarios; es decir, a los empleados, que forman la clase media tradicional y trabajaban para los terratenientes o los dueños de los negocios; esta era la clase asalariada. Sin embargo, los ricos no pierden tanto porque tienen bienes y estos se revaloran, y los pobres tampoco pierden tanto con la inflación pues no tenían nada que ahorrar, por lo tanto nada se depreciaba. Posteriormente, entre los ochenta y noventa, viene el terrorismo, atacando a todos, sobre todo a las clases más bajas, especialmente en las zonas rurales. Esto, junto a la ley de la reforma agraria y la hiperinflación, ocasiona una crisis integral, una crisis interna.

La reforma agraria, mal ejecutada, empobreció más al campo, con importaciones subvencionadas que fueron contra el agro durante muchos años. El resultado de todo esto fue un fenómeno sin precedente en nuestra historia republicana: las migraciones. La gente, los pobres del campo, empiezan a salir y a poblar las ciudades, y los cerros se transforman en barrios.

Entre el año 1960 y el 2012 Lima pasó de tener un poco más de dos millones y medio de habitantes, a tener casi nueve millones. Sin embargo, al mirar la estructura, vemos que los barrios que existían hasta el año ochenta: la Victoria, Breña, Miraflores y San Isidro, fueron los que pasaron de ser un millón y medio a tres millones doscientos; y en las zonas llamadas “conos” o “invasiones” eran doscientos cincuenta mil y hoy son cinco millones y medio de personas. Es decir, el crecimiento de la ciudad se da sobre todo en la zona periférica. La ciudad de Lima hoy es una donde los llamados “conos”, Lima Norte y Lima Este, son la mayoría de la ciudad.

Este mismo fenómeno está pasando en Arequipa, Trujillo, etc. Pero todavía, para mucha gente, las ciudades son el centro, cuando en realidad las verdaderas poblaciones que conforman la ciudad son las periferias.

La realidad del Perú hoy es que somos el 78% urbano y 22% rural. Este nivel de urbanización es más alto que en Inglaterra, Francia o España, más alto que cualquier país europeo; estamos al nivel de urbanización de Estados Unidos. Esto cambia absolutamente la estructura social, la estructura de distribución geográfica y la estructura cultural de las ciudades.

La vida de las ciudades, a raíz de esta aglomeración, genera informalidad y falta de empleo, y las personas empiezan a generar su propio trabajo. Crece la desorganización urbana, las ciudades crecen de manera desarticulada, los problemas de transporte se hacen grandes, hay un gran problema inicial en la formación de las ciudades. Pero este gran problema se convierte luego en una tremenda oportunidad, llamada “urbanización”.

Las zonas urbanas tienen capacidad de contar con servicios públicos, mercados cercanos y capacidad de bienestar agregado. Es entonces cuando se generan esquemas de desarrollo, porque aparecen economías de mercado. Este es el caso de Gamarra. Adicionalmente, en las zonas urbanas existe electricidad, lo que significa bajo costo, y mayor bienestar. Sus hijos tendrán la posibilidad de ir a un colegio cercano, caso contrario a la zona rural donde, o no tienen colegio, o tienen que caminar cuatro horas para llegar al más cercano.

También se da otro fenómeno que nunca se había visto en el Perú: por primera vez se empieza a ver un crecimiento mayor en las provincias, a diferencia de años anteriores, cuando Lima era siempre más del 50% del PBI. En el 2005, según datos macroeconómicos, por primera vez las provincias empiezan a tener un PBI mayor que Lima, y la diferencia sigue creciendo. Ahora las provincias son el 53% del PBI y Lima es el 47%.

Debido a los problemas que hubo de la reforma agraria, la hiperinflación, la migración, la informalidad y el crecimiento de las provincias, se origina otro fenómeno: la pirámide de clases sociales se empieza a transformar en un rombo, donde hasta los datos económicos de las investigadoras (con respecto a los niveles A, B, C, D, E) empiezan a resaltar que la mayor cantidad ya no está en el E, si no en el C y en el D.

Los informes del BIF o del Banco Mundial dicen claramente que existe un 20% de clase media tradicional y, a la vez, que un 38% de gente ya no es pobre pero tampoco es clase media estable. Los datos económicos muestran que más del 50% de la población ya entró en una situación con cierto nivel de bienestar.

Todo esto influye en la necesidad de un cambio de óptica, porque tradicionalmente tenemos la idea de que si eres rico entonces eres blanco, tradicional, educado y vives en Miraflores; pero si eres pobre entonces eres medio indígena y analfabeto. Las mezclas sociales de crecimiento de este nuevo grupo de inmigrantes han sido tan grandes que ya no podemos decir eso; ahora se plantea la necesidad de ver a la sociedad, no en función de cuánto tienen, sino en función de cuántos son; tratar de ver qué grupos sociales existen en términos de forma de pensar, de forma de actuar y de sus relaciones sociales.

En cuanto a los peruanos urbanos, que son el 80% de la población total, encontramos un grupo (8%) a los que llamamos “sofisticados”[1], que son ricos y modernos, de clase media o alta. Pero, ¿quiénes son los sofisticados?, es el joven, urbano, tecnológico, que está informado de lo que pasa en el mundo, sigue el fútbol, sigue la Champions League, usa un teléfono de última generación y, en el fondo, termina siendo un yuppie.

En el otro extremo tenemos casi un 9% a los que denominamos “resignados”: pobres por lo general, un poco mayores de edad, muchos de ascendencia indígena, pero que tienen como característica que viven resignados a ser pobres. Son los pobres tradicionales, los que no cambian, los últimos en adoptar cualquier moda, muy pegados a la religión (“yo soy pobre porque las circunstancias son así; ¿quién me va a sacar de la pobreza?, el destino, Dios o el gobierno”). Estos dos grupos (que forman casi el 17%) corresponden al estereotipo que teníamos de la pirámide de clases.

Pero existe un gran número que se clasifica desde otra perspectiva. Tenemos por ejemplo a los “progresistas” (21%), quienes buscan progreso y a los que no les interesa su imagen personal, sólo desean invertir su dinero. Es un hombre que siempre está buscando productividad, y en ir mejorando más cada día. Tiene mucho dinero pero no es yuppie, ni es fino, es el dueño del comercio de su zona; probablemente sus hijos están en colegios privados.

También tenemos a la “mujer moderna”, 27% de la población. Es la mujer del futuro que, a pesar de ser mamá, quiere realizarse por sí misma, busca trabajo, quiere compartir la dirección del hogar con el esposo. Es una mujer activa pero que puede ser hermana de la “mujer conservadora” (18% de la población), que es la mujer tradicional. Cada vez menos cantidad de mujeres pertenecen a este grupo: Es la mamá tradicional que está en la casa cuidando a los hijos, cocinando; es la que administra el dinero de la casa. Para esta mujer el centro de su vida es el hogar.

Un 18%, que son los “adaptados”, personas que les interesa mucho el statu quo, su prestigio, quedar bien con la sociedad. Es la persona que guarda el concepto de buenas costumbres y está buscando mucho respeto social, a diferencia del “progresista”, que lo que busca es el crecimiento.

Con estos cambios se ha roto el concepto de aspiracionalidad[2]. Los de la clase alta miraban hacia el extranjero (Europa o Estados Unidos), y copiaban lo de afuera; las clases medias tradicionales miraban a las clases altas y copiaban lo de ellas; y las clases bajas copiaban a las clases medias. Sin embargo, la nueva mayoría, estos dos tercios de la población que han llegado a la ciudad, tienen como característica principal que han crecido sin depender de las clases altas. Cuando los migrantes llegaron a Lima empezaron a crecer solos en sus zonas, a formar su propio negocio, su propio mercado, sus propios sistemas informales; son grupos que han crecido económicamente fuera del sistema tradicional. Por lo tanto, no le deben nada al de arriba, no dependen de ellos, con lo que se ha roto el concepto de aspiracionalidad. Esta nueva clase media empieza a crear su propia cultura, su propia manera de pensar. Incluso miran la televisión de afuera y se traen modas directamente hacia acá; escuchan el reggaeton afuera y lo transforman en ‘perreo’, ya no copian hacia arriba. Son grupos que han creado su propia aspiracionalidad, generando las modas en la ciudad.

Detrás de estos grupos existen más cambios importantes. Por ejemplo, la ruptura del concepto de izquierda y derecha, la idea tradicional de que los pobres son de izquierda y los ricos de derecha.

Este grupo ha crecido debido a un gran liberalismo económico, porque el Estado no ha entrado a ayudarlos pero tampoco a controlarlos. Ha crecido informalmente, con barrios desorganizados; ellos prefieren un Estado que no intervenga. Por eso es que ni el Estado ni los partidos políticos han podido ingresar. No hay representatividad política en estos grupos. De los 1400 distritos que hay en el Perú, menos del 10% tienen autoridades que son de partidos nacionales, todos ellos han elegido a alguien que esté en su grupo.

Un punto importante a destacar es que el sentimiento colectivo de comunidad no existe aún en este sector, debido al liberalismo económico. Han crecido gracias a su propio esfuerzo, de manera individual. No es un grupo uniforme, cada uno actúa por su lado. Esa idea de la comunidad andina que se ha traído a las ciudades no existe, cada uno todavía ve su propio beneficio.

Sin embargo, ha crecido un poco el orgullo nacional, el sentir que lo nuestro es bueno. Ha desaparecido el considerar que lo “importado” era mejor, no importaba de dónde, lo importante era decir que el producto no era peruano. Ahora hay un mayor sentimiento nacionalista.

Cuando hablamos de aspiracionalidad racial no estamos hablando de grandes cifras. Sí, el racismo existe, hay gente que se cree blanca y que habla mal del que no lo es, pero hay dos variables que llaman la atención: Primero, en las nuevas generaciones ‘serrano’ ya no es un insulto como lo fue antes. Una persona mayor todavía usa el término como despectivo, sobre todo los limeños tradicionales lo usan como insulto; pero los jóvenes no: serrano es una denominación de origen. Segundo, cuando hablamos de discriminación, y se presenta un caso en algún lugar público, se habla del tema en twitter, en los periódicos y la televisión. De lo que antes no se hablaba ni se denunciaba, hoy se ve en los medios y genera movimientos sociales.

Hoy en día vemos un Perú que, hasta hace poco, eran una gama de colores separados, pero que ahora se está formando un mosaico donde ya hay formas. Por primera vez se está formando un concepto de nación peruana; y esperemos que con el tiempo, esta nación peruana llegue a ser una mezcla de colores. Hay un mosaico, se están viendo cosas pero es un mosaico donde no se han mezclado las clases sociales. El siguiente paso es que se mezclen, ahí tendremos una nación.

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[1] Ver: www.arellanomarketing.com/inicio/estilos-de-vida/
[2] Término usado en Marketing, hace referencia al deseo de la población de parecerse a las clases altas.


Rolando Arellano

Arellano Marketing

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