La violencia contra niños, niñas y adolescentes. Comprender para prevenir

para que pueda ser he de ser otro
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia

Octavio Paz, Piedra de sol

En el Perú, debido a las dificultades socioeconómicas que atraviesan muchos hogares en las distintas regiones del país, es común escuchar historias de niños y niñas que se hacen cargo de sus hermanos pequeños mientras sus padres o madres trabajan, ya sea en el campo o la ciudad. Lamentablemente, también es común escuchar que, ante el más mínimo error, reciban castigos muy duros cuando sus padres consideran que no realizaron la labor encomendada de forma cabal. Por ejemplo, cuando el hermano o hermana menor a su cargo sufre un accidente bajo su cuidado. Esa es la historia de Celia, una niña de siete años, quien, llorando, narraba llena de temor el castigo que le daría su madre cuando supiera que su hermanito de 2 años había sufrido una caída mientras jugaba.

En 2002, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la violencia como un problema de salud pública (OMS, 2002; Saz, 2021), lo que implica que las acciones para combatirla deban ser integrales y supongan el trabajo conjunto de la ciudadanía, las organizaciones de la sociedad civil y el Estado. Si nos centramos en el caso peruano, hasta mayo de 2021, el Servicio de Atención Urgente del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) registró 2460 casos de violencia familiar, sexual y otros de alto riesgo. De todos ellos, 1924 se refieren a violencia contra la mujer y 536, contra varones.

En el desagregado por edad, se registra 1374 casos de violencia contra niños, niñas y adolescentes (MIMP, 2021). Por otro lado, la encuesta ENARES[1] de 2019 señalaba que el 68,9 % de la población de 9 a 11 años había sufrido violencia psicológica o física al interior de la familia (INEI, 2019; Zapata, 2021). Si bien las cifras en sí mismas son alarmantes, lo más preocupante es que, detrás de ellas, existan rostros humanos que muchas veces no llegan a visibilizarse y que, día a día, experimentan historias atravesadas por otras condiciones de vulnerabilidad personales, sociales o estructurales, como la pobreza, que agudizan el riesgo de generar escenarios de violencia. Aunque la violencia contra la mujer sea una realidad alarmante en nuestro país, nos centraremos en aquella que se ejerce contra niños, niñas y adolescentes como integrantes del grupo familiar.

En la encuesta ENARES antes mencionada, llama la atención que el 58,5 % de las personas encuestadas manifiesten tolerancia a la violencia contra niños, niñas y adolescentes por parte de los adultos a su cargo (INEI, 2019; Zapata, 2021). Esto se relaciona con el hecho de que muchas veces sea la familia, como institución cerrada, el escenario para situaciones de abuso y maltrato recurrentes y prolongadas en el tiempo (Saz, 2021), que pueden pasar desapercibidas o ser racionalizadas como patrones de crianza. Las medidas de aislamiento social en el contexto de pandemia por la COVID-19 han recrudecido estos problemas en las relaciones intrafamiliares. Han llevado a convivir días enteros a padres, madres, hijos e hijas en un mismo espacio; lo cual, aunado a las dificultades económicas por la pérdida de los empleos o la recarga laboral que supone realizar trabajo remoto mientras se atienden las responsabilidades del hogar, exacerba aún más los ánimos.

En este punto, convendría definir el concepto de violencia. En 2002, la OMS lo hacía del siguiente modo:

El uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones. (p. 5)

De la definición anterior, se comprende que cualquier escenario de violencia se establece dentro del marco de una relación: con uno mismo, con alguien más o con un colectivo. Es en la naturaleza de los vínculos que desarrollamos donde surgen gestos, actitudes o comportamientos que pueden ser leídos como violentos, como una exacerbación de ese impulso vital que nos conmina a la defensa o a la sobrevivencia, que es la agresión. La diferencia entre ambos conceptos radica en que la violencia puede comprenderse como un impulso agresivo desbordado, que puede llevar a la destrucción de uno mismo, de los otros o de lo otro, el mundo compartido. En ese sentido, cualquier ser humano podría estar en riesgo de establecer relaciones violentas. ¿Cómo reconocerlo? Lo primero es ser conscientes de que tal riesgo existe, lo que nos puede llevar a estar alertas en los momentos que pueda surgir. Lo segundo es reconocer los propios límites, el punto en el que un gesto o acto puede transgredir y atentar contra la integridad física, psicológica o espiritual de alguien más.

Para el bebé, la mirada afectiva de la madre le da la certeza de que él existe, le permite mirarse a sí mismo y ver su entorno con mayor confianza.

Pese a las estadísticas, el riesgo de cruzar el límite entre agresión y violencia puede ser más sencillo de reconocer en relaciones entre personas adultas. Ante una diferencia laboral, por ejemplo, un debate o intercambio de opiniones que se convierte en conflicto, lo más probable es que, pese al desborde del ánimo, ninguno de los adultos involucrados utilice gritos o golpes para convencer a la otra persona de pensar o actuar como desea. ¿Por qué hacerlo entonces con niños, niñas y adolescentes a nuestro cargo? ¿Por qué es tan difícil controlar el impulso agresivo en esos casos y evitar que se convierta en un acto violento? Tal vez porque, en nuestra sociedad, aún es difícil pensar en ellos como sujetos de derechos, como seres humanos diferenciados con necesidades de reconocimiento y respeto. Los patrones de crianza que se transmiten culturalmente ahondan la dificultad, ya que, en el pasado, los castigos físicos eran utilizados y validados en circunstancias diversas: familiares, escolares, eclesiales y comunitarias; en otras palabras, eran parte de la dinámica convencional de interacción.

Entendiendo la violencia como un problema en las relaciones que establecemos, al pensar en aquellas que mantenemos con niños, niñas y adolescentes, conviene recordar las palabras de Claude De Rouvray (2009), psicoanalista francesa: “Se dice del niño que es el padre del hombre”. Con ello sugería el hecho de que las vivencias de la infancia dejan su huella en los adultos que, convertidos en madres o padres, asumen labores de crianza. Ante esa realidad, de acuerdo con la autora, quedan dos alternativas: replicar inconscientemente la historia vivida en nuestros vínculos tempranos como hijos o hijas, o, aceptando esos eventos como parte de nuestra historia, decidir conscientemente seguir una vía distinta, libre de la violencia experimentada en la niñez o adolescencia.

La segunda opción implica un trabajo personal profundo, porque demanda conectarse con el dolor que supuso haber sido víctima de violencia en algún momento de la vida, lo cual es difícil y complejo. Implica involucrarse en un proceso de autoconocimiento que, tras la comprensión e historización de esas experiencias dolorosas, lleve a las personas a una mayor comprensión de su historia de vida, lo que, en el mejor de los casos, disminuirá los riesgos de que la historia se replique. Lo cierto es que, en un país donde la salud mental de la población no llega a ser una prioridad, atravesar ese proceso es más difícil. ¿Qué hacer entonces?

Dentro de la teoría de las relaciones objetales[2],  se considera que los vínculos que el ser humano establece con quienes se encarguen de su cuidado durante sus primeros meses de vida se reeditan o actualizan en sus relaciones posteriores, esto es, las que establece a lo largo de su niñez, adolescencia y adultez. Para Melanie Klein, si la cualidad de estas nuevas relaciones fuese saludable, contribuirían a la reparación o restauración de las huellas dejadas por vínculos tempranos no satisfactorios.

En “El Papel de Espejo de la Madre y la Familia en el Desarrollo del Niño”, Donald Winnicott (1982) plantea que la mirada de la madre ?o de quien se encargue del cuidado primario del bebé?, si es afectiva y empática, le devuelve la certeza de que él existe. Este proceso no es sencillo, pues se necesita de una madre o cuidador dispuesto a mirar al bebé real con el que interactúa, no a aquel que figuró en su imaginación, a aquel que desearía que este fuera o a sí mismo. Un bebé que se ve reflejado en la mirada de quien cumple esa función puede mirarse a sí mismo, empezar a mirar el entorno con mayor confianza y menor riesgo de perderse en él. El verse reflejado en la mirada de su cuidador es un proceso anterior al reconocimiento de sí mismo en la imagen que le devuelve el espejo (Winnicott, 1982).

Winnicott apela a esta metáfora no solo para explicar el desarrollo temprano del bebé, sino para graficar la labor del psicoterapeuta, que no consiste en realizar interpretaciones inteligentes acerca de lo que le sucede al paciente, sino en devolverle aquello que este trae y, a largo plazo, contribuir al reconocimiento de su propia existencia. A partir de ello, podrá encontrar formas distintas de vincularse en las que, reconociéndose a sí mismo, logre mirar al otro en su existencia auténtica, no como una proyección de su fantasía. Sin embargo, y siguiendo la línea de Klein, este proceso complejo y arduo puede reconocerse en relaciones distintas a las tempranas y terapéuticas también. Es decir, existen vínculos que pueden facilitar la experiencia del reconocimiento y la recreación de uno mismo, del otro y de la realidad, vínculos que, pese a las dificultades, avances y retrocesos, faciliten la maduración.

Como adultos cuidadores, tenemos la responsabilidad de propiciar ambientes saludables y seguros para niñas, niños y adolescentes, sin riesgo de replicar un pasado de violencia.

A un adolescente que proviene de un contexto familiar y social precario, que se encuentre en situación de riesgo por condiciones como la violencia y la pobreza, tal vez le sea difícil proyectarse a un futuro distinto de la realidad que conoce. Sin embargo, si en el contexto escolar o comunitario encuentra referentes distintos a los conocidos, adultos que se vinculen con él dándole la opción de desplegar sus habilidades y capacidades en un clima de reconocimiento y respeto, tal vez esas nuevas formas de relación lo ayuden a concebir un proyecto de vida y a tomar decisiones que lo lleven a concretarlo. Ese fue el caso de Raúl, quien habiendo estado en situación de calle desde pequeño, a los 13 años, en su encuentro con educadores que le mostraron que podía volver a confiar y optar por una forma de vida distinta para él, tomó decisiones que lo llevaron a reconstruirse como persona.

Como adultos cuidadores, tenemos la responsabilidad de propiciar ambientes que faciliten el desarrollo saludable de niñas, niños y adolescentes. Lograrlo supone el reto y la valentía de mirarnos a nosotros mismos en los niños y niñas que fuimos, integrar eventos de nuestra propia historia para proyectarnos a un futuro distinto, con menos riesgos de replicar un pasado de violencia.  Establecer y fortalecer relaciones humanas saludables significa mirar a niños, niñas y adolescentes como los seres humanos distintos que son, devolverles su propia imagen frente al espejo de nuestra mirada, no las proyecciones de nosotros mismos o la imagen ideal que de ellos nos habíamos figurado.

Para ir al encuentro del otro necesitamos habernos encontrado con nosotros mismos y ese encuentro se produce siempre en relación. Prevenir la violencia pasa justamente por comprender la naturaleza de esa relación.

Referencias

De Rouvray, C. (2009). Los primeros años de la educación. En La Casa de la Familia. Una contribución psicoanalítica a la salud pública en el Perú (pp. 89-103). Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

INEI. (2019). INEI presentó resultados sobre la encuesta nacional de relaciones sociales. http://m.inei.gob.pe/prensa/noticias/inei-presento-resultados-de-la-encuesta-nacional-sobre-relaciones-sociales-2019-12304

MIMP. Estadísticas del MIMP. https://www.mimp.gob.pe/omep/estadisticas-violencia.php

OPS y OMS. (2002). Informe mundial sobre la violencia y la salud. Resumen. https://www.who.int/violence_injury_prevention/violence/world_report/es/summary_es.pdf

Paz, O. (1997). Piedra de sol. En Obra poética I (1935-1970). Obras completas. Edición del autor (pp. 217-233). Fondo de Cultura Económica.

Saz, A. (15 de julio de 2021). Jornadas APM: Violencias en el ciclo de la vida: infancia, adolescencia y vida adulta [Seminario web]. ISEP. https://www.youtube.com/watch?v=b0qvDp_Mf08

Winnicott, D. (1982). Papel del Espejo de la Madre y la Familia en el Desarrollo del Niño. En Realidad y juego (pp. 179-188). 3ª ed. Gedisa.

Zapata, D. (2021). Experiencias de violencia en estudiantes de una universidad privada de Lima- Perú. Artículo inédito.

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[1] Encuesta Nacional de Relaciones Sociales llevada a cabo por el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI).
[2] La teoría de las relaciones objetales, fundada por Melanie Klein en su relectura de Freud, enfatiza la construcción de la fantasía a partir de las relaciones con un objeto real. Inicialmente, el bebé se relaciona con un objeto subjetivo (aquel que figura su mente); a lo largo de los primeros meses de vida, y producto de un proceso de maduración biológica y psíquica, aprenderá a relacionarse ya no con el objeto de su mundo subjetivo, sino con un objeto externo. Recién en ese momento, se puede afirmar que participa de relaciones con un objeto –sujeto– real.

Verano 2021/2022


Claudia Neyra Quijandría

Instituto de Protección al Menor y Personas Vulnerables de la UARM