Voluntariados y ciudadanías para la convivilidad: perspectivas y oportunidades

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Creo, con firmeza, que la COVID-19 nos ha colocado en un lugar privilegiado. En un lugar de enunciación, en un lugar epistemológico del que deberíamos ser cada vez más conscientes. A veces, creo que un par de años más de “encerrona” nos hubiera hecho mucho bien. Colocar este punto al inicio de cualquier reflexión sobre nuestra acción concreta e incidente en la humanidad supone reconocer que estamos ante un problema hermenéutico: un dilema de interpretación de la realidad, de apropiación de ella, de pensar diverso sobre la visualización del horizonte y de observación de los límites, oportunidades y posibilidades que como sociedad tenemos por trenzar. Se trata, en definitiva, de reconocer la dinámica alrededor de la creación de nuevos discursos de solidaridad, de sus mensajes a nuestro presente y futuro, que nos hacen tanta falta o que, mejor dicho, son tan necesarios para seguir esperanzando la vida.

La primera afirmación esperanzadora que escuché en los primeros días de la encerrona fue que había llegado el día en que reconocíamos que la educación está más allá de la escuela: que está en la familia, en el barrio, en la comunidad, en la chacra, en el bosque.  Esta afirmación es una percepción compartida por muchos/as, sobre todo por quienes están involucrados/as en acciones concretas de ciudadanía activa: voluntariados diversos, desde las organizaciones voluntarias que pertenecen a la Red Nacional de Voluntariado “Soy Voluntari@” hasta las experiencias voluntarias de educación comunitaria articuladas en el Colectivo Nacional de Educación Comunitaria Intercultural. No puedo negar que esta afirmación fue una luz (y sigue siendo) en medio de tanta incertidumbre y temor.

Efectivamente, luego de algunas semanas conscientes, ya estábamos generando un discurso nuevo, desde una manera de percibir la nueva realidad, en la afirmación de que la historia “no sería la misma”, “nunca más”. Brote de este insight, de este comprender para comprendernos[i], fue el reconocimiento de los cientos y miles de esfuerzos solidarios que acontecieron y que jamás serán contados todos, pero que evidentemente nos llevaron a mostrar y afirmar que la humanidad no radica en la pura racionalidad, si no en la múltiple y diversa expresión de solidaridad. Este sentido de cuidado del otro toca la profundidad del espíritu del ser humano y revela un sentido de solidaridad. Como la afirmación de Margaret Mead, de que el primer signo de humanidad en una cultura antigua es un fémur curado, señal de que alguien se quedó y cuidó a esa persona herida.

Entonces, la solidaridad nos hizo iguales. Y es que quizá la horizontalidad sea su principal característica. Como dice María Nieves Tapia, el servicio no revela solidaridad, porque depende del lugar desde donde y hacia donde generamos el servicio. Sin embargo, la solidaridad es siempre servicio horizontal. Soy testigo de los esfuerzos y estrategias de ayuda que mucha gente en diferentes situaciones, y de diversas maneras, pudieron generar: de ayuda en el edificio, barrio, condominio, AAHH, chacra, comunidad nativa, cada quién desde sus saberes comunitarios, desde su territorio, y mucha gente hasta transgrediendo las prohibiciones instauradas, porque el cuidado del otro está en primer lugar. Y cada quien desde su ser mujer, varón, costeño, andino, amazónico, afro, migrante, obrero, empleado, empresario, niña, niño, adolescente, joven, adulto; en fin, desde “su lugar” con una lectura de los hechos, aprendizaje propio y, por tanto, con discursos de la historia cercanos y esperanzados.

Si hay algo que no se ha paralizado en este tiempo resiliente, es la articulación para la solidaridad. En ese sentido, la definición de ciudadanía activa: “trabajar hacia el desarrollo de la comunidad a través de la participación para mejorar la calidad de vida de todos los miembros de la comunidad”[1], fue objeto de reflexión desde la nueva realidad, desde la percepción de quienes son testigos y actores de esas experiencias solidarias reconociendo que la participación fue total, arriesgada, intergeneracional, intercultural, comunitaria.

Cuando se percibe con evidencia que la toma de decisiones es compartida, entonces hay una comunidad de vida. ¿cómo hacer extensa esta experiencia que las organizaciones de voluntariado y las de educación comunitaria vivenciaron? ¿cómo hablar (y ser escuchados) estos mensajes en la forma de organizarnos, de gestionar la educación, la salud, la gobernanza territorial ciudadana?

Sentipensar desde ahí la propia historia, es estar, como afirma Paulo Freire, en esa marcha esperanzadora de los que saben que cambiar es posible[2]. Y esta toma de conciencia nos lleva a tomar una postura en la historia; esa que salió a las calles a sacar a los vacadores dueños de una verdad a medias. Esa ciudadanía activa que se piensa así misma, tratando de comprenderse en la diversidad, hace posible sentipensar un país capaz de colocar su mayor potencial en el lugar que corresponde: en el horizonte de una sociedad capaz de aprender de su diversidad. Esa es la clave dinamizadora de la ciudadanía que sentipensamos desde las experiencias de voluntariado y educación comunitaria, al menos desde lo que soy testigo.

La sindemia y la crisis civilizatoria nos han colocado en un lugar privilegiado de la historia; para comprender el pasado desde lo que hablamos del presente[3], y sentipensar lo que interpretamos de los acontecimientos que vivimos y generamos. Es un ser-hacer consciente desde las condiciones de nuestra historia propia: de género, de clase, de raza, de nación; con las urgencias del otro, de la sociedad. Qué difícil no reconocer que a pesar de los sustentos ideológicos que nos diferencian y distancian, en el momento más crítico, los contrarios nos hemos aproximado. Es la inevitable experiencia compartida. De la misma manera, nos ha puesto en un lugar crítico con el enfoque de desarrollo; a tal punto que se escuchan propuestas para la generación de un ODS más, enfocado en la convivencialidad o convivialidad[4], en tanto que esta es una nueva forma de establecer nuestras relaciones con todo. Dirá Illich, “que esto hace posible la configuración de una humanidad que asume su límite para la realización de su propio fin: la ciudadanía planetaria”, un destino común acordado mínimamente, una idea de sociedad compartida y actualizada en la realidad, respondiendo a los desafíos de todos y todas.

Esta situación crítica nos ha situado en el sentipensar propio, ancestral, popular. Nos ha colocado en una situación dialógica y comunitaria, en la que nuestra occidentalidad colonial no sólo se ve cuestionada, sino que además necesita del encuentro con otros saberes de otras de la comunidades, en este sentido el “Comando Matico” es la expresión más significativa de experiencia solidaria y epistemológica.

En conclusión, las perspectivas y oportunidades para un voluntariado hoy deben estar concentradas en dos puntos significativos: 1) en el encuentro decolonial con experiencias solidarias/voluntarias de las comunidades, como quien va descubriendo sus formas de sentipensar sus luchas y narrar sus historias; y 2) en reconocer y que la clave de la articulación no está en construir, sino en trenzar la historia en red, configurando un horizonte real, posible y seguro para todos y todas.

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[1] Cfr. Manual de Manual de Educación en los Derechos Humanos con jóvenes, del Council of Europe, en: https://www.coe.int/es/web/compass
[2]  Freire, Paulo, Pedagogía de la indignación, p. 27.
[3] Cfr. Mignolo, Walter. El lado más oscuro del Renacimiento. Universitas Humanística, núm. 67, enero-junio, 2009, pp. 165-203.
[4] Cfr. Illich, I., La convivencialidad, En Obras Reunidas I, México: Fondo de Cultura Económica, 2006, pp. 120-145.
[i] Cfr. LONERGAN, B. Insight. Estudio sobre la comprensión humana, Salamanca, Editorial Sígueme-UIA, 1999, 950 pp.

 

Primavera 2022


Ze Everaldo Vicentello

Escuela para el Desarrollo

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