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Edición Nº 70

Las «nuevas derechas» en América Latina: democracia, orden y justicia social en disputa
Rodrigo Gil Piedra
25 de marzo, 2026

En los últimos años, América Latina ha experimentado una visible reconfiguración de sus derechas. La región ha sido escenario del surgimiento de liderazgos y movimientos que, aunque heterogéneos entre sí, comparten ciertos rasgos: discursos confrontacionales, apelaciones directas al «pueblo» frente a las élites políticas tradicionales, una fuerte presencia en el espacio digital y una intensa politización de temas culturales. Este fenómeno ha sido interpretado de distintas maneras. Algunos lo entienden como un giro conservador; otros, como una reacción frente a avances en derechos sociales, y también como parte de una crisis más profunda de la representación política.

Más allá de las etiquetas, lo cierto es que estas corrientes se expanden en un contexto regional marcado por democracias fatigadas, instituciones debilitadas y sociedades atravesadas por profundas desigualdades. Por ello, comprender el avance de estas nuevas derechas requiere situarlo en una pregunta más amplia: ¿qué nos dice este fenómeno sobre la relación entre democracia, justicia social y ciudadanía en América Latina?

Un nuevo ciclo político

A diferencia de las derechas tecnocráticas o liberal-económicas que marcaron buena parte de la política latinoamericana durante los años noventa y el inicio del siglo XXI, las derechas que hoy emergen en distintos países de la región se caracterizan por un lenguaje político distinto. Sus discursos suelen combinar tres elementos: crítica al sistema político, defensa de valores tradicionales y promesas de orden frente a contextos percibidos como caóticos.

En países como Brasil, Argentina o El Salvador, han surgido liderazgos que se presentan como outsiders o como figuras dispuestas a confrontar frontalmente a las élites políticas. Estos actores capitalizan un malestar social extendido frente a la corrupción, la ineficacia estatal y la inseguridad. En muchos casos, su narrativa se construye sobre la idea de que la democracia representativa ha sido capturada por intereses particulares y que solo un liderazgo fuerte puede restablecer el orden y la autoridad.

Este estilo político no se limita a la figura del líder. También implica nuevas formas de organización y movilización. Redes digitales y comunidades virtuales han adquirido un papel central en la construcción de identidades políticas. La arena digital se ha convertido así en un espacio privilegiado para la circulación de discursos polarizantes y para la articulación de comunidades militantes que trascienden fronteras nacionales.

"Actores políticos y movimientos conservadores recurren a marcos religiosos para dotar de legitimidad moral a sus posiciones públicas."

Las «guerras culturales» y la movilización conservadora

Uno de los rasgos más visibles de este nuevo ciclo político es la centralidad de las llamadas «guerras culturales». Temas vinculados con la familia, la educación, la religión o los derechos sexuales y reproductivos han pasado a ocupar un lugar central en la disputa política.

En distintos países de la región han surgido movimientos y plataformas que se movilizan contra lo que denominan «ideología de género», cuestionando políticas educativas o iniciativas orientadas a ampliar derechos para mujeres y diversidades sexuales. Estas movilizaciones no son espontáneas ni exclusivamente locales, ya que forman parte de redes transnacionales que comparten discursos, repertorios de acción y estrategias de comunicación.

En este escenario, la religión ha adquirido un papel particularmente relevante. En muchos casos, actores políticos y movimientos conservadores recurren a marcos religiosos para dotar de legitimidad moral a sus posiciones públicas. Lenguajes provenientes del mundo religioso, como las referencias a la defensa de la vida, la familia o el orden natural, se trasladan así al campo político, contribuyendo a construir narrativas que presentan determinadas agendas como parte de una lucha por preservar valores fundamentales de la sociedad.

Este fenómeno no implica necesariamente una politización directa de las iglesias como instituciones, pero sí evidencia cómo repertorios simbólicos de origen religioso pueden ser movilizados en la esfera pública para articular identidades políticas y fortalecer coaliciones conservadoras. En ese sentido, la religión funciona tanto como un lenguaje moral compartido como un recurso de movilización que permite conectar con amplios sectores de la ciudadanía.

Para amplios sectores de la población, estas agendas se presentan como una defensa de valores morales o culturales que perciben amenazados. Sin embargo, también reflejan tensiones más profundas en sociedades atravesadas por cambios acelerados en materia de derechos, transformaciones en los roles de género y redefiniciones culturales más amplias. En este contexto, debates complejos sobre educación, ciudadanía o derechos tienden a desplazarse hacia confrontaciones simbólicas sobre identidad, moralidad y pertenencia, intensificando la polarización política y reduciendo el espacio para la deliberación democrática.

Democracia bajo presión

El avance de estas corrientes plantea interrogantes importantes sobre el futuro de la democracia en la región. No todas las nuevas derechas son autoritarias, ni todos sus liderazgos buscan debilitar las instituciones democráticas. Sin embargo, en varios casos se observan tensiones con principios fundamentales del orden democrático.

En primer lugar, muchos de estos movimientos privilegian formas de liderazgo altamente personalistas. La política se organiza en torno a figuras que se presentan como intérpretes directos de la voluntad popular, minimizando el papel de los partidos políticos, los parlamentos u otras instituciones intermediarias.

En segundo lugar, se observa una creciente desconfianza hacia instituciones clave de la democracia liberal, como los tribunales de justicia, los organismos electorales, la prensa o las organizaciones de derechos humanos. Estas instituciones son frecuentemente presentadas como parte de un sistema corrupto o desconectado de las demandas ciudadanas.

Finalmente, el énfasis en el restablecimiento del orden frente a la inseguridad y el crimen organizado ha generado un clima en el que amplios sectores sociales muestran mayor tolerancia hacia medidas de excepción, concentración de poder o restricciones a ciertas libertades civiles.

Estas dinámicas no son exclusivas de América Latina. Forman parte de una tendencia más amplia que atraviesa diversas democracias contemporáneas. Sin embargo, en contextos institucionales frágiles, como los de muchos países latinoamericanos, los efectos pueden ser particularmente intensos.

Crisis social y malestar democrático

Sería un error interpretar el auge de estas corrientes únicamente como una reacción ideológica. En buena medida, su expansión refleja problemas estructurales que las democracias latinoamericanas no han logrado resolver.

La región sigue siendo una de las más desiguales del mundo. Millones de personas viven en condiciones de precariedad económica, acceso limitado a servicios básicos y escasa protección frente a la violencia. A ello se suma una persistente crisis de representación: partidos políticos debilitados, sistemas partidarios fragmentados y una ciudadanía que percibe a las élites políticas como distantes o indiferentes frente a sus preocupaciones. En este contexto, discursos que prometen orden, autoridad y recuperación de valores comunitarios pueden resultar especialmente atractivos para sectores que se sienten abandonados por el Estado o excluidos de los beneficios del desarrollo.

La inseguridad, en particular, se ha convertido en una preocupación central en muchas sociedades latinoamericanas. El avance del crimen organizado, la expansión de economías ilegales y la debilidad de las instituciones encargadas de garantizar la seguridad generan una sensación de desprotección que erosiona la confianza en la democracia.

Cuando las instituciones democráticas no logran responder eficazmente a estas demandas, se abre espacio para proyectos políticos que prometen soluciones rápidas, incluso a costa de debilitar los equilibrios institucionales.

"La cuestión de fondo es cómo reconstruir democracias capaces de responder a las demandas de justicia social y dignidad ciudadana."

Justicia social y horizonte democrático

Frente a este escenario, el desafío para América Latina no se limita a disputar el terreno electoral. La cuestión de fondo es cómo reconstruir democracias capaces de responder a las demandas de justicia social y dignidad ciudadana.

La experiencia histórica de la región muestra que la estabilidad democrática depende no solo de reglas institucionales, sino también de la capacidad del Estado para garantizar derechos, reducir desigualdades y ofrecer horizontes de inclusión social. Cuando amplios sectores de la población perciben que la democracia no mejora sus condiciones de vida, su legitimidad se erosiona.

Esto no significa ignorar las preocupaciones culturales o identitarias que movilizan a muchos ciudadanos. Tampoco implica desestimar el malestar frente a sistemas políticos que han sido incapaces de renovarse. Más bien exige abrir espacios de diálogo que permitan canalizar esas inquietudes dentro de marcos democráticos y respetuosos de los derechos humanos.

En última instancia, el avance de nuevas derechas en América Latina revela una tensión profunda entre dos aspiraciones que atraviesan la historia política de la región: la búsqueda de orden y la búsqueda de justicia social. La tarea pendiente para nuestras democracias consiste en demostrar que ambas aspiraciones no son incompatibles.

Si la democracia logra ofrecer seguridad, inclusión y reconocimiento a amplios sectores de la ciudadanía, podrá fortalecer su legitimidad y enfrentar con mayor solidez los desafíos del presente. Pero si continúa asociándose con desigualdad, ineficacia y distancia frente a las necesidades sociales, seguirá abriendo espacio a proyectos políticos que prometen soluciones simples a problemas complejos.

El futuro democrático de América Latina dependerá, en gran medida, de la capacidad de sus sociedades para renovar el pacto entre ciudadanía, Estado y justicia social. Solo así será posible construir democracias que no se limiten a garantizar elecciones periódicas, sino que también ofrezcan condiciones reales de dignidad y participación para todos.

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Rodrigo Gil Piedra
Rodrigo Gil Piedra

Magíster en Sociología y licenciado en Ciencia Política por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Actualmente se desempeña como docente en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Sus líneas de interés incluyen partidos políticos, regímenes políticos, procesos electorales y movimientos sociales.

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