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Edición Nº 70

Tiempos de desesperanza
Nicolás Lynch
25 de marzo, 2026

Hay un viejo dicho que señala que, tanto en la política como en el amor, la esperanza es lo último que se pierde. Pues bien, si algo caracteriza los tiempos actuales en la política, es la pérdida de la esperanza en que nuestros esfuerzos puedan tener como fruto cambios que nos lleven a un mundo mejor.

Pero ¿cuál es el elemento que nos lleva a esta pérdida de esperanza? El creciente dominio de la extrema derecha en la arena social y política. Es importante remarcar este punto, se trata de la extrema derecha, no solo de la derecha, es decir, de las tendencias políticas conservadoras que están no solo a favor de mantener el injusto orden basado en la desigualdad social porque lo consideran el estado natural de las cosas, sino incluso de regresar a formas de dominación que parecían superadas; a la vez, están dispuestas a defender sus puntos de vista al margen, e incluso en contra, de cualquier tipo de reglas o leyes previamente establecidas. Esto significa que a la extrema derecha no le interesa la democracia, sino que prefieren los regímenes autoritarios y, como lo vemos diariamente, la ley del más fuerte. En este contexto se desenvuelven hoy nuestras vidas.

Sin embargo, a diferencia de otros tiempos difíciles, ahora nos enfrentamos a un fenómeno de dimensión planetaria que influye y ordena ―desordena, sería mejor decir― nuestro país y la región del mundo donde vivimos. Dos son las características que a nivel político nos dan la pauta de lo que está sucediendo: la crisis civilizatoria o crisis de la forma de vivir que hemos conocido y la transición geopolítica. La crisis civilizatoria se expresa en la falta de respuestas de la democracia liberal occidental, paradigma dominante, hasta hace pocos años, frente a la creciente ola autoritaria. Después de la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, existió la ilusión en los centros de poder dominantes de que pasábamos a una nueva época en la política mundial, que estaría caracterizada por la democracia liberal y su contraparte, la economía de mercado. Esto llevó a pensadores como Francis Fukuyama a hablar de «el fin de la historia» al señalar que ya no habría nadie que pudiera desafiar al dúo establecido. Pero esa ilusión duró poco ―al menos como horizonte civilizatorio―, tuvimos primero la crisis económica del 2008, cuyas consecuencias duran hasta ahora, y luego la ofensiva de la ultraderecha de la última década, que parece tener su pico con la segunda presidencia de Donald Trump. Se trata de un período de casi cuatro décadas en que la democracia liberal occidental, con buenas condiciones a su favor, no ha podido establecerse de manera definitiva.

"Si algo une estas dos características de la política mundial, es el desdén generalizado por las normas y las instituciones políticas y el uso desaforado de la fuerza para la solución de los conflictos."

Por otra parte, tenemos a la transición geopolítica de un mundo unipolar, liderado por los Estados Unidos, a un mundo multipolar, que incluye a un conjunto de potencias emergentes y disputa la hegemonía mundial con el primero. Esta transición es negada por los Estados Unidos, que pretende afirmar su papel dominante luego de su triunfo en la Guerra Fría contra la Unión Soviética, y desestima la capacidad de otras fuerzas emergentes, como China que, al menos económicamente, le pisa los talones. La transición se expresa en las agudas disputas comerciales entra las potencias, pero también y cada vez más en el terreno militar. La guerra de Rusia con Ucrania, el genocidio israelí en Palestina y el potencial conflicto en el mar del sur de China por Taiwán son ejemplos de ello. No obstante, si algo une estas dos características de la política mundial, es el desdén generalizado por las normas y las instituciones políticas y el uso desaforado de la fuerza para la solución de los conflictos.

Estos conflictos mundiales se expresan en América Latina también en una ofensiva de extrema derecha y, especialmente en los últimos tiempos, en una intervención militar abierta de los Estados Unidos en la región, con el ataque a Venezuela, la presencia de una gran flota en el mar Caribe, las presiones brutales y las amenazas recurrentes a la soberanía de los países. Todo esto le da un espaldarazo a las fuerzas conservadoras, que han sido el tradicional aliado del imperio del norte y las directas beneficiarias de su intervencionismo.

Sin embargo, esta región del mundo no se encuentra desprovista de recursos para hacer frente a las fuerzas del pasado que hoy quieren regresar. Se ha desarrollado un acumulado democrático que hay necesidad de poner en valor una y otra vez. El primer momento de este período es la lucha antioligárquica. Los pueblos de América Latina han tenido, en el último siglo, una muy importante experiencia en la disputa por la democracia con sus élites oligárquicas y sus aliados extranjeros, principalmente los Estados Unidos. Si tomamos estos últimos cien años, han sido las luchas por la tierra, la organización sindical y la educación las que dieron forma a la democratización social ―el reconocimiento del otro como igual― a lo largo del siglo XX. El segundo momento, sobre el cimiento de la primera democratización, es el de las luchas por la democracia política, contra las dictaduras militares de la década de 1970, y las transiciones a la democracia, entre las décadas de 1970 y 1990. Finalmente, el tercer momento  ―el denominado giro a la izquierda― es el triunfo de un conjunto de coaliciones progresistas que, con suerte, condiciones y capacidad desiguales en las primeras décadas del siglo XXI, buscan unir democratización social y democracia política.

"Han sido las luchas por la tierra, la organización sindical y la educación las que dieron forma a la democratización social —el reconocimiento del otro como igual— a lo largo del siglo XX."

Los resultados han sido reconocimientos, derechos, ciudadanía, instituciones representativas y participativas, crecimiento de la sociedad organizada y la esfera pública. Todo siempre recortado y episódico, aunque presente, dejando una memoria que no solo es de víctimas, sino también de organización y de lucha.

No obstante, junto a los avances sustantivos, también hay retrocesos: más todavía, todo un período que apunta a una regresión. Se trata de una contraofensiva política e ideológica de las fuerzas más conservadoras, que tiene un punto de quiebre con la salida de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil en 2016. En lo inmediato, es una reacción contra los avances democráticos de la región, que he señalado líneas arriba, pero van más allá. Pretenden un orden predemocrático y, en este sentido, antidemocrático, en el que se establezcan relaciones de dominación por la fuerza, en las que no haya lugar para alguna forma de estado de derecho o este sea una burla abierta del mismo. No me atrevo todavía a calificarlo ―como han hecho algunos tomando del fascismo europeo―, pero creo que se están gestando formas autoritarias que abrevan en el racismo, el clasismo y la violencia de género exacerbados.

El Perú no es ajeno a esta derechización. Es más, no ha pasado por los importantes procesos de democratización de la región en los últimos cien años, como han sido los dos períodos de gobiernos nacional populares en nuestra América a mediados del siglo XX y a principios del siglo XXI, salvo la breve y militar del gobierno de Velasco, por lo que no cuenta con los anticuerpos indispensables para enfrentar a la derecha y, peor aún, a la extrema derecha. En el último tiempo, estamos enfrentando una crisis política, sin salida a la vista, en la que se juntan la coyuntura con la historia, encarando el desgobierno del día a día: las personas se preocupan solo por sus intereses inmediatos y personales, la desinstitucionalización da cuenta de que las reglas sirven para burlar derechos, no para afirmarlos, y el poder profundiza la condición del Estado ajeno a su propia sociedad.

"Solo la exposición pública de la corrupción que ha atravesado a la clase política, ocurrida en la última década, ha sido capaz de disolver las ilusiones en las bondades del modelo."

Esta crisis es producto de décadas de implementación de un modelo económico basado en la exportación de materias primas, que deja una alta rentabilidad a quienes lo ejecutan, pero produce solo muy poco empleo; solo tiene en cuenta el bienestar de un pequeño sector de la población, aunque deja en la informalidad y la desocupación al resto. Sin embargo, el modelo ha sido prolífico ―ante la ausencia de alternativas― en despertar las ilusiones en una población deseosa de un mejor porvenir, lo que ha hecho muy difícil, para la oposición al mismo, revertir la situación. Solo la exposición pública de la corrupción que ha atravesado a la clase política, ocurrida en la última década, ha sido capaz de disolver las ilusiones en las bondades del modelo. Nos encontramos ahora sin ilusiones, pero con una aguda fragmentación de la sociedad y la política, consecuencia de décadas de propaganda individualista que hizo creer a millones que era posible salir adelante por cuenta propia, incluso en un contexto de dictadura o democracia limitada.

Creo que la forma de empezar a superar esta crisis es afrontar la falta de credibilidad del poder en los diferentes niveles. No obstante, ante el grave deterioro de la autoridad y de los mecanismos de representación existentes, el sentido de los esfuerzos debe ser de abajo hacia arriba, concentrando la voluntad en la organización social y sus posibilidades de proyección política. Por más difícil que parezca hoy día, creo que este es el camino para revertir la desesperanza y poder volver a creer que un mundo mejor es posible.

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Nicolás Lynch
Nicolás Lynch

Sociólogo, investigador y político peruano. Profesor Principal de Sociología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y profesor en la Maestría de Ciencias Políticas de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

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