Nos encontramos en un contexto electoral complejo que conlleva a plantearnos una pregunta fundamental: ¿Qué democracia queremos construir y cuál es el papel de los jóvenes ignacianos para hacerla posible? Con frecuencia se afirma que, por parte de la juventud, existe desinterés político, el cual se atribuye a la desconfianza en las instituciones, la percepción de corrupción generalizada, la falta de representación auténtica y el desencanto frente a promesas incumplidas que no responden a sus necesidades y expectativas. Sin embargo, más que apatía, lo que existe muchas veces es una búsqueda de nuevas formas de participación e incidencia que no siempre encuentran espacios reales dentro de los canales tradicionales de la política.
Por otro lado, se afirma que existe un cambio generacional en la juventud, que algunos califican como «líquido» o incluso «superficial», marcado por la inmediatez, la crisis de identidad (therians), la cultura digital, la inteligencia artificial y las nuevas formas de relacionarse con la realidad. No obstante, nuestra misión como Centro Loyola Ayacucho no es juzgar ese cambio, sino comprenderlo y acompañarlo.
Fieles a la «Fórmula del Instituto» de la Compañía de Jesús (1550), que orienta su misión «según qué parecerá conveniente para la gloria de Dios y el bien común […]», asumimos el desafío y la esperanza de discernir los signos de este tiempo y responder a ellos con creatividad y profundidad. Por ello, nuestra misión es seguir apostando por fortalecer y educar la sensibilidad hacia la participación ciudadana, promoviendo así una conciencia crítica, ética y solidaria que permita a los jóvenes asumir un rol activo, desde nuestra espiritualidad ignaciana, en la construcción del bien común y en la transformación de la sociedad.
"La democracia no se agota en el acto de votar, implica participación informada, respeto de los derechos humanos, separación de poderes, transparencia y una orientación clara hacia el bien común."

Las elecciones 2026 se desarrollan en un clima de alta polarización. La ciudadanía expresa desconfianza frente a la inestabilidad política, los constantes enfrentamientos entre poderes del Estado y los reiterados escándalos de corrupción que erosionan la legitimidad de las instituciones. A ello se suman la cantidad de partidos y las candidaturas sin propuestas claras, muchas veces centradas en discursos populistas.
En la región de Ayacucho, la decepción se entrelaza con problemáticas estructurales, como el empleo juvenil precario, la corrupción, la limitada o nula presencia del Estado en comunidades rurales y amazónicas, la expansión de economías informales y las diversas tensiones en territorios vinculados al VRAEM. La política suele percibirse como distante, centralista y poco sensible a nuestras realidades locales.
Esta realidad poliédrica expone un desafío profundo para la democracia: ¿Cómo recuperar la confianza ciudadana? ¿Cómo evitar que el desencanto derive en apatía o en opciones autoritarias que prometen orden a costa de nuestros derechos? La respuesta no puede ser únicamente normativa o institucional, requiere un proceso de reconstrucción ética, cultural y espiritual de la política.
La democracia no se agota en el acto de votar, implica participación informada, respeto de los derechos humanos, separación de poderes, transparencia y una orientación clara hacia el bien común. La calidad democrática está directamente vinculada a la capacidad del Estado para garantizar derechos básicos como educación, salud, trabajo digno, acceso a la tierra y al territorio, así como a la seguridad jurídica, sin vulneración de la dignidad humana.
Desde nuestra espiritualidad ignaciana, la política se comprende como una forma eminente de caridad, en la medida en que busca organizar la vida social de modo más justo y humano. Los Ejercicios Espirituales ofrecen una clave esencial para este momento histórico cuando señalan que «en toda buena elección, en cuanto es de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple, solamente mirando para lo que soy criado» (169) . Esta afirmación nos recuerda que toda decisión auténtica ha de orientarse a un fin mayor y no a intereses particulares o emociones pasajeras. Aplicado al ámbito político, el discernimiento implica examinar no solo las propuestas, sino también la intención profunda que las anima, preguntándonos: ¿están realmente orientadas al servicio del bien común y a la dignidad de los más vulnerables?
Nuestra preferencia apostólica de acompañar a los jóvenes en la creación de un futuro esperanzador responde a que creemos que los procesos formativos son una tarea urgente. Ayudarles a leer la realidad, a reconocer su responsabilidad histórica y a descubrir que la participación política puede vivirse con discernimiento y sentido ético es también un camino auténtico de servicio y de fe encarnada en la realidad.
La región de Ayacucho, con su historia marcada por conflictos armados y violaciones de derechos humanos, presenta un contexto donde la educación en derechos humanos y democracia es crucial para el fortalecimiento ciudadano, para la promoción de la paz, la justicia y la reconciliación.
Desde el Centro Loyola Ayacucho se ha apostado por procesos formativos que integran las dimensiones espiritual, ética y sociopolítica porque sentimos que no hay transformación social sostenible sin personas formadas interiormente, capaces de discernir y actuar con coherencia.

"La política necesita liderazgos éticos y estos no se improvisan, se gestan en procesos largos de formación, reflexión y acompañamiento."
Los espacios de formación brindados incluyen talleres de derechos humanos, ciudadanía, memoria histórica, análisis de coyuntura y liderazgo comunitario con el fin de fortalecer capacidades, habilidades críticas y un compromiso con el bien común. Una metodología central para nosotros es la de «ver, juzgar y actuar», en sintonía con la tradición social de la Iglesia y que nosotros hemos traducido en clave ignaciana como «contemplar, discernir y elegir para el mayor servicio de la misión». La metodología hace énfasis en el análisis de la realidad local y en el sustento de valores tales como la justicia, la solidaridad, el respeto a la dignidad humana y los puentes de diálogo entre fe, cultura y política. Desde esta perspectiva, los jóvenes son invitados a leer su contexto, preguntándose, por ejemplo: ¿Qué está pasando en Ayacucho? ¿Cómo impactan las decisiones nacionales en nuestras comunidades? ¿Qué propuestas responden realmente a nuestras necesidades?
Este ejercicio, vivido como proceso de discernimiento espiritual, fortalece una ciudadanía crítica, informada y responsable. Asimismo, el centro promueve la articulación en diversas redes locales, nacionales e internacionales, a través de mesas de trabajo, espacios de diálogo interinstitucional y la colaboración con organizaciones de derechos humanos. De este modo, la formación no queda en el plano teórico (contemplación), sino que se traduce en incidencia concreta (la acción). Por ello, buscamos vivir el ideal ignaciano de ser «contemplativos en la acción», integrando la reflexión profunda y el compromiso transformador con nuestra región.
De cara a las elecciones 2026, el principal desafío, que a la vez constituye nuestra esperanza, no es únicamente motivar a votar, sino formar conciencia democrática. Esto implica combatir la desinformación, generar espacios seguros donde los jóvenes puedan expresar dudas y posiciones sin temor a las polarizaciones, y reconstruir vínculos sociales deteriorados por la desconfianza.
Otro desafío fundamental es el de la coherencia. Formar jóvenes ignacianos comprometidos con la política supone acompañarlos también en sus procesos personales, como cultivar la honestidad, la capacidad de escucha, la apertura al diálogo y el servicio desinteresado. La política necesita liderazgos éticos y estos no se improvisan, se gestan en procesos largos de formación, reflexión y acompañamiento.
A pesar del contexto descrito y a pocos meses de las elecciones, la esperanza sigue siendo posible. En Ayacucho, tierra marcada por el dolor y el terror, pero también por la resiliencia y la resistencia, los jóvenes tienen un papel fundamental. Su participación informada, crítica y ética puede contribuir a cerrar brechas históricas y a fortalecer la democracia.
Desde el Centro Loyola Ayacucho, nuestra apuesta es seguir acompañando a los jóvenes en su caminar para que no renuncien a la política, sino que la resignifiquen como espacio de servicio. Como expresa san Ignacio en los Ejercicios Espirituales, «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras» (230); esta convicción ilumina también la participación ciudadana. Amar y servir no son actitudes abstractas, sino compromisos concretos que se traducen en acciones orientadas al bien común. Seguir formando conciencia crítica, practicar el discernimiento y fortalecer nuestro compromiso con los más vulnerables se vuelve una tarea desafiante y esperanzadora.
La política no se sostiene de manera individual; requiere de nosotros como ciudadanos activos y comunidades organizadas. En este proceso electoral, más que nunca, la formación integral de los jóvenes se convierte en una contribución concreta a la democracia y al futuro del país. Mantengamos viva la esperanza y recordemos que la política, entendida desde el Evangelio y la espiritualidad ignaciana, es sinónimo de servicio y no de privilegio.
Centro Loyola Ayacucho
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