Donde todo comenzó a ordenarse
Crónica de la vigésima edición del Camino Ignaciano: fe, comunidad y el descubrir a Dios en todas las cosas

¿Dónde encontrar hoy la fe?
No como consuelo rápido ni como respuesta prefabricada, sino como experiencia viva, capaz de sostener la existencia en medio de un mundo fragmentado. Vivimos en una época marcada por el individualismo, la desconfianza en las instituciones, la normalización de la corrupción y una sensación persistente de incertidumbre, especialmente entre los jóvenes. El futuro no se presenta como promesa, sino como pregunta. Y ante ese escenario, la espiritualidad —cuando no es reducida a mercancía o eslogan— parece desplazada, sospechosa o simplemente irrelevante.
Sin embargo, la pregunta por el sentido no desaparece. Cambia de forma, se esconde, se posterga, pero insiste. Viktor Frankl lo formuló con claridad después de atravesar el horror: “El hombre puede soportar casi cualquier cómo, si encuentra un porqué”. Tal vez no se trata tanto de encontrar respuestas inmediatas, sino de aprender a habitar la búsqueda sin anestesiarla.
Llegué a la vigésima edición del Camino Ignaciano con muchas preguntas, pero sin la expectativa de resolverlas. No vine a buscar respuestas claras, ni certezas doctrinales, ni una experiencia extraordinaria que pudiera ser contada luego con épica. Vine —aunque entonces no lo sabía del todo— dispuesto a escuchar. Déjate sorprender fue la frase que marcó el inicio del camino y que, sin saberlo aún, atravesaría toda la experiencia. Eso intenté hacer: dejarme sorprender.
“Déjate sorprender”, repetían los acompañantes. Lo decía el padre Julio, lo decían los gestos más que las palabras, lo encarnaba cada persona que fue llegando ese viernes 2 de enero a la Iglesia de la Compañía de Jesús, en la Plaza Mayor del Cusco, para iniciar la travesía. Jóvenes de distintos lugares, historias diversas, con mochilas cargadas no solo de ropa y cuadernos, sino también de expectativas, cansancios, búsquedas y silencios.

Había llegado con la idea de participar como reportero, como escritor, incluso como editor de esta revista. Pero apenas cruzamos el umbral, todos fuimos nombrados de la misma manera: caminantes. Ese bautismo sencillo, casi inadvertido, fue también una renuncia. Ese día dejé de ser periodista para volverme caminante del Camino Ignaciano. Y, con ello, acepté —no sin resistencias— la invitación a dejarme sorprender.
El cielo de la Plaza Mayor nos recibía con un celeste limpio, casi transparente. Aunque era verano, la tarde cusqueña se hacía sentir con su frío seco; el sol, alto todavía, parecía jugar a esconderse entre las nubes, iluminando por momentos las fachadas y luego retirándose con discreción. Eran las 3:15 de la tarde. Frente a la Iglesia, mochilas alineadas en el suelo y pequeños grupos conversando marcaban el inicio de algo que aún no sabíamos nombrar. Allí, entre piedra, historia y espera, comenzó el camino.

Frente a la Iglesia, mochilas alineadas en el suelo y pequeños grupos conversando marcaban el inicio de algo que aún no sabíamos nombrar. Allí, entre piedra, historia y espera, comenzó el camino.
Capítulo I
Volver a uno mismo
El cansancio, la mochila y las preguntas que evitamos
La vida en la ciudad nos arrastra a una velocidad que no deja espacio para detenernos. Entre horarios, responsabilidades y expectativas ajenas, postergamos las preguntas más íntimas: de dónde venimos, qué nos ha marcado, qué heridas aún caminan con nosotros. Vivimos rodeados de conversaciones pendientes —con nuestra historia, con quienes fuimos, con quienes somos—, pero rara vez encontramos el silencio necesario para escucharlas. Creemos conocernos, o tememos descubrir cuánto nos desconocemos, y seguimos avanzando, acumulando respuestas rápidas para preguntas que nunca nos atrevemos a habitar. Por eso, al iniciar el Camino, una inquietud comenzó a abrirse paso dentro de mí, con la claridad de lo inevitable: tal vez había llegado, por fin, el momento de sentarme conmigo mismo y escuchar.
Éramos veintinueve caminantes —hombres y mujeres— cuando partimos rumbo a Urcos para iniciar, o tal vez reencontrar, nuestro camino. Sin saberlo, en ese trayecto también empezábamos a tejer una comunidad hondamente humana. La llegada a Wasinchis, la casa de retiro que sería nuestro hogar, quedó grabada como una escena suspendida en la penumbra: el auditorio a oscuras, un pequeño altar al centro iluminado por velas, una Biblia abierta y una frase escrita a mano que parecía dirigida a cada uno: “Vengan a mí todos los que estén cansados”. Y yo lo estaba. No sabía exactamente de qué, pero lo estaba. Todos entramos con mochilas grandes, visibles, y con otras invisibles que pesaban mucho más.
No traíamos solo ropa y cuadernos; traíamos historias, culpas, silencios, expectativas. Aún no podía nombrar qué me pesaba, pero sí sabía que quería aligerarlo. “¿Qué llevo conmigo? ¿Qué peso innecesario sigo cargando?”, me preguntaba. Entendí entonces que el Taller de Autoconocimiento no prometía respuestas rápidas, sino algo más exigente: mirarse sin atajos. Así comenzó oficialmente el Camino Ignaciano. Y, sin saberlo, ese primer gesto de honestidad marcaría el tono de todo lo que vendría después.

Entendí entonces que el Taller de Autoconocimiento no prometía respuestas rápidas, sino algo más exigente: mirarse sin atajos. Así comenzó oficialmente el Camino Ignaciano.
Aprender a pedir
Luces, sombras y la gracia que ilumina
“La espiritualidad ignaciana no se trata de pedir cosas de frente —nos dijo Marcelo, comunicador de la red ESEJOVEN y acompañante del Camino—. Se trata de pedir una gracia que nos ilumine. Disponer el corazón para lo que Dios quiera, no para lo que nosotros esperamos”. Sus palabras quedaron flotando en el aire la mañana del segundo día, como una advertencia silenciosa. Pedir no resultados, sino luz. Pedir no certezas, sino claridad para ver. Mientras sonaba de fondo una canción de U2, la pregunta regresó con una honestidad incómoda: ¿qué es eso que he estado buscando durante tanto tiempo y que todavía no encuentro? El Camino Ignaciano no ofrecía respuestas cerradas; proponía un método, una forma de habitar la pregunta.
Guiados por el estudiante jesuita Daniel Lapachelle SJ, los primeros bloques del Taller de Autoconocimiento nos invitaban a reconocer nuestras luces y nuestras sombras, no como un juicio, sino como el primer gesto de verdad hacia uno mismo. En ese ejercicio comencé a verme con menos defensas. No se trataba de explicarnos, sino de sentirnos —como escribió Ignacio de Loyola, “no es el mucho saber lo que satisface al alma, sino el sentir y gustar internamente”. Descubrí que mi seguridad, esa que suelo mostrar como firmeza, era a veces una defensa sutil; una tela delgada para evitar que el juicio ajeno me tocara. El ejercicio me obligó a preguntarme qué ven realmente los otros en mí, qué partes intento ocultar, qué rasgos necesitan ser reconciliados. “Solo identificando nuestras luces y sombras podemos reconocernos y amarnos”, repetía Daniel. Y en esa mezcla de exigencia y gracia comenzó un proceso menos cómodo, pero mucho más verdadero.

Volver a las raíces fue una parte decisiva del proceso: revisar la historia cultural que nos formó, las costumbres heredadas, las frases de infancia que aún nos habitan sin pedir permiso. En un grupo diverso, proveniente de distintas regiones del país y trayectorias pastorales diferentes, descubrir cómo la cultura moldea identidad resultó revelador: ¿qué raíces nos sostienen y cuáles todavía nos atan? Hacerme esa pregunta fue desconcertante; no sabía con claridad cuál era mi “tierra santa”, si Lima era hogar o apenas escenario. Lo desafiante —y a la vez profundamente enriquecedor— fue que esas reflexiones no se limitaban a la palabra escrita. Muchas veces no se trataba de responder con frases, sino de hacerlo a través del cuerpo y la creatividad: pintando, dibujando, modelando plastilina, armando collages, escribiendo canciones o poemas. En el compartir grupal descubrimos que, al traducir lo que sentíamos en una expresión artística, reflexionábamos con mayor profundidad. Aparecían sentidos que no sabíamos que estaban ahí.
Uno de los ejercicios más reveladores fue escribir nuestra autobiografía. Nos la pidieron desde el primer día y la construimos por etapas, como si aprender a narrarnos fuera también aprender a leernos. Al inicio dudé: soy joven, ¿qué tengo de memorable?, ¿no recuerdo mi infancia o no quiero hacerlo? Pero pronto entendí que no se trataba de escribir para otros, sino de reconocer mi propia historia como un territorio habitado por Dios, presente en gestos mínimos, en decisiones, en silencios. Así como revisábamos nuestra vida, conocíamos también la de san Ignacio de Loyola, no como la de un santo lejano, sino como la de un hombre herido que encontró sentido en su propia ruptura. Esa era la Etapa Loyola: el autoconocimiento como peregrinación interior. Un proceso exigente, que implicó desmontar máscaras, confrontar luces y sombras, revisar vínculos, el cuerpo, la fe, y comprender, finalmente, que Dios no solo habita en lo que vendrá, sino también en todo aquello que ya fue. “Buscar y hallar a Dios en todas las cosas”, como proponía Ignacio, implicaba también buscarlo en la propia historia.

En el compartir grupal descubrimos que, al traducir lo que sentíamos en una expresión artística, reflexionábamos con mayor profundidad. Aparecían sentidos que no sabíamos que estaban ahí.
Así transcurrieron los primeros días del Camino: jornadas que comenzaban a las siete y media de la mañana y se extendían hasta pasadas las diez de la noche. Para el cuarto día ya me había acostumbrado —más o menos— a la cama incómoda y corta, de la que se me salían los pies. Dormía mejor. Las mañanas secas y frías, con ese sol cusqueño que quema sin avisar, empezaron a sentirse más acogedoras. Incluso compartir habitación con todos los hombres, una de mis primeras grandes incomodidades, terminó tejiendo una comunidad inesperada: bromas, chapas, conversaciones nocturnas que empezaban antes de los talleres y no tenían hora de cierre.
El quinto día, coincidiendo con la bajada de Reyes, dejamos atrás la Etapa Loyola para entrar en la Etapa Manresa. Comenzaban los talleres de oración y los Ejercicios Espirituales. El camino, lentamente, empezaba a profundizarse.
Aprender a escuchar
Oración, discernimiento y la intimidad de un Dios que se deja encontrar

“La conexión con Dios es única e irrepetible, así como nuestra historia con Él también lo es”, nos dijo el padre Julio Hurtado SJ al inicio de esta nueva etapa. Lo dijo sin grandilocuencia, casi como quien recuerda algo evidente. Pero en el contexto del Camino, esa afirmación tenía peso: nadie podía rezar por otro; nadie podía vivir la experiencia espiritual en nombre ajeno. Cada encuentro sería personal, intransferible.
Había hecho Ejercicios Espirituales antes, conocía el método y sus silencios, pero esta vez era distinto: llegaban después de haberme enfrentado a mí mismo. Ya no buscaba entender el método, sino dejar que el método me entendiera a mí. Si la primera etapa fue mirarme por dentro, esta era aprender a mirar con Él. Los talleres de oración comenzaron por lo esencial: disponer el cuerpo, respirar, soltar la tensión que la ciudad nos había enseñado a cargar, aprender a detenernos. Descubrí entonces que la oración no empieza cuando hablamos, sino cuando hacemos silencio, porque muchas veces no es que Dios no hable, sino que nosotros no escuchamos. Ignacio lo entendía como un diálogo, “como un amigo habla con su amigo”: una conversación sincera, sin fórmulas ni máscaras, donde uno se presenta tal como es y, en ese acto simple y radical, aprende también a escuchar.

Descubrí que la oración no empieza cuando hablamos, sino cuando hacemos silencio, porque muchas veces no es que Dios no hable, sino que nosotros no escuchamos.
Uno de los ejercicios más reveladores fue desmontar las imágenes falsas de Dios que habíamos cargado durante años. En pequeños sketches representamos esas caricaturas invisibles: a mi grupo le tocó el “Dios negociador”, y entre risas incómodas encarnamos una fe convertida en transacción. Otros mostraron al Dios castigador, al indiferente, al lejano. La pregunta quedó suspendida en el aire: ¿con cuál de ellos he rezado? Frente a esas distorsiones emergió con fuerza el Dios de Jesús: cercano, misericordioso, sin condiciones. Desde ahí, la oración dejó de ser solo reflexión para volverse experiencia viva. Lo comprendimos también al dramatizar la Última Cena: el auditorio se hizo cenáculo, el pan y el vino circularon entre nosotros, y el Evangelio dejó de ser relato distante para convertirse en presente. La contemplación ignaciana no invita a mirar desde fuera, sino a entrar en la escena hasta que la historia te atraviese.
Pero el camino espiritual no fue una línea recta de certezas. Hubo consolaciones —paz profunda, lágrimas serenas, gratitud inexplicable— y también desolaciones: sequedad, distracción, cansancio interior. Aprendí que ambas forman parte del mismo proceso, que la fe no se mide por la intensidad de lo que se siente, sino por la fidelidad con la que se permanece. Ignacio lo sabía: la consolación ensancha el alma, la desolación la prueba. Y permanecer, aun en medio de esa tensión, era también una forma de aprender a creer.

Así concluyeron los talleres de oración. Habíamos aprendido —o al menos comenzado a aprender— a disponernos, a escuchar, a contemplar, a discernir los movimientos interiores. Lo que seguía ya no sería preparación. Sería entrar de lleno en los Ejercicios Espirituales.
El umbral del silencio
Todo fue siempre un llamado
El sexto día nos recibe soleado. El cielo parecía haberse abierto apenas lo suficiente para dejarnos ver la claridad, como si también él se estuviera preparando para lo que venía. Las nubes acariciaban el sol con una delicadeza que no lo ocultaba, sino que lo volvía más íntimo, más cercano. El viento frío, ese viento constante de Urcos, nos saludaba como un viejo conocido que nunca falta a su cita.
El desayuno, como cada mañana, se volvió un ritual de comunión: en nuestras voces convivían el cansancio y la gratitud de quienes habían atravesado algo difícil de explicar. Sin anunciarlo, dejábamos de ser desconocidos para convertirnos en comunidad, unidos no por la costumbre sino por la búsqueda. En la tarde, Julio nos preparó para cruzar un umbral: comenzaban los Ejercicios Espirituales y, con ellos, un silencio real y exigente. “Este soy yo, Señor. Así vengo.” La frase implicaba despojarse de máscaras. Entonces entendí que el silencio no es vacío, sino revelación: el crujido del pasto, el viento entre las hojas, la lluvia anunciándose antes de caer. Callar era aprender a oír.

Allí, en esa quietud, el Principio y Fundamento dejó de ser teoría para volverse experiencia: estamos hechos para amar y servir, y todo —encuentros, pérdidas, heridas— puede conducirnos a Dios.
Sin horarios que ordenaran el día, el tiempo se abrió como un territorio interior. Solo quedaban algunos puntos de encuentro; lo demás dependía de nosotros y de la decisión de no huir. Fue en esos momentos que encontré refugio en la laguna de Urcos, donde el viento peinaba el paisaje y el agua parecía respirar. Allí, en esa quietud, el Principio y Fundamento dejó de ser teoría para volverse experiencia: estamos hechos para amar y servir, y todo —encuentros, pérdidas, heridas— puede conducirnos a Dios. Comprendí que mi historia no era una suma de episodios aislados, sino una historia acompañada. Él había estado siempre: en mi familia, en los amigos que llegaron y en los que se fueron, en cada paso que, aun sin saberlo, me había traído hasta allí.
“Nosotros amamos porque Él nos amó primero.” (1 Juan 4:19)
Esa frase dejó de ser una cita. Se volvió memoria y evidencia. Yo no había llegado hasta ahí por casualidad. Había sido llamado. Acompañado. Sostenido. Incluso en los momentos en que creí estar solo. Sentado frente a la laguna, entendí que encontrar a Dios no significaba escapar del mundo, sino aprender a verlo en todo. En la materia, en la historia, en los vínculos, en el propio corazón. Y por primera vez, esa idea dejó de ser una enseñanza. Se convirtió en experiencia.
En ese silencio, que al inicio parecía una ausencia, comenzó a revelarse como lo que realmente era: una presencia.

La noche del perdón
La salvación no es una meta lejana, sino un regreso

La última noche de los Ejercicios volvimos a la parroquia de Urcos, pero entramos por una puerta lateral, como quien se acerca a un misterio. El templo estaba a oscuras, iluminado solo por velas led que dibujaban sombras largas sobre las paredes; frente a cada uno alumbraba una vela. Era la noche de penitencia. El examen de conciencia no se vivió como juicio, sino como una invitación a mirar la propia fragilidad a la luz del amor. Al fondo, el padre Julio esperaba para quienes quisieran confesarse. Hacía quince años que no me confesaba. Me acerqué con torpeza, cargando culpas y silencios difíciles de ordenar, y entendí pronto que no estaba ante un juez, sino ante un Padre. La absolución cayó como una lluvia suave: no fue solo un rito, sino la experiencia concreta de ser perdonado. Apagué mi vela y salí a la noche; la oscuridad seguía ahí, pero ya no pesaba.

Los últimos días transcurrieron sin estridencias: cada uno avanzó a su ritmo, sostenido por un silencio que incomodó y reveló a la vez. Hablamos de la salvación no como premio futuro, sino como relación restaurada y libertad interior para ordenar la vida hacia el amor y el servicio. Comprendí que no se trata de huir del mundo, sino de encontrar a Dios en todas las cosas. Cerramos en el templo de Urcos, entre cantos en quechua y una complicidad serena que ya nos unía. Cuando recibimos la polera con el lema “Enviados a las fronteras del mundo”, dejó de ser eslogan para volverse llamado. El padre Julio lo resumió: la misión es la misma, cambian las formas; la buena noticia es que Dios está entre nosotros. Miré por última vez el cielo frío, los cerros y la laguna que guardó mis preguntas. Si la salvación era don, la misión sería respuesta. Y lo que nos esperaba ya no era el silencio. Era la peregrinación.

Si la salvación era don, la misión sería respuesta. Y lo que nos esperaba ya no era el silencio. Era la peregrinación.
Tras las huellas de piedra y el cielo
Caminar con los pies heridos y el corazón despierto
Antes de la misión, tocaba caminar. No como metáfora, sino con el cuerpo entero expuesto al frío de la madrugada cusqueña, con la mochila marcando los hombros y el aliento acompasado al ritmo del grupo. Era la llamada Etapa París, la peregrinación física que encarna todo lo rezado en silencio, todo lo discernido en soledad. Partimos antes del amanecer, cuando el cielo de Urcos aún dudaba entre la noche y el día, y avanzamos en silencio, escuchando el crujido de nuestras botas sobre la tierra húmeda y el viento descendiendo desde los cerros. Después de la contemplación, venía el polvo del camino; después del recogimiento, el movimiento. El cuerpo aprendía, paso a paso, aquello que el alma apenas comenzaba a comprender.

Nuestro recorrido por la ruta del barroco andino nos llevó a templos donde la fe se volvió arte mestizo y catequesis en oro y color. Al cruzar el umbral del Templo de San Pedro Apóstol de Andahuaylillas entendí por qué la llaman la Capilla Sixtina de América: su exterior austero estalla por dentro en frescos, retablos dorados y ángeles suspendidos, como si el cielo hubiera descendido a habitar la tierra. No era turismo, era oración prolongada. Esas iglesias, sobrevivientes de siglos y terremotos, nos recordaban que la fe, cuando se encarna en un pueblo, adopta su lengua y su memoria; y que mientras avanzábamos hacia ellas, también peregrinábamos hacia dentro, hacia ese lugar donde la fe deja de ser idea y se vuelve experiencia.
En lo alto de las montañas de Urcos, con el amanecer encendiendo el cielo y el frío mordiéndonos las manos, pensé en las mochilas invisibles que cada uno cargaba: heridas, decisiones, quiebres que nos habían cambiado el rumbo, como la herida de Ignacio que dio origen a su discernimiento. Caminar removía la historia personal y tejía comunidad: ya no éramos extraños, sino veintinueve caminantes que se habían reconocido en sus fragilidades. La Etapa París evocaba aquel momento en que Ignacio y sus compañeros comprendieron que la misión se discierne juntos. También nosotros lo intuíamos: el Camino nos había entrelazado, y ese lazo no era el final, sino el umbral. Pronto seríamos enviados, no como salvadores, sino como compañeros dispuestos a reconocer a Dios en el rostro concreto del otro, porque el amor que se contempla siempre termina convirtiéndose en misión.
Después de la contemplación, venía el polvo del camino; después del recogimiento, el movimiento. El cuerpo aprendía, paso a paso, aquello que el alma apenas comenzaba a comprender.

Mientras descendíamos por el camino de tierra, con las montañas abriéndose frente a nosotros y el cielo extendiéndose sin límites, comprendí que peregrinar es aceptar que uno nunca regresa siendo el mismo. Que algo ha cambiado, que algo ha despertado y que el siguiente paso ya no es hacia adentro. Es hacia los demás.

Capitulo II
La Misión
El Camino deja de ser búsqueda y se convierte en entrega
Es domingo, previo a nuestra última semana en el Camino.
Estamos reunidos en el auditorio de Wasinchis, sentados en círculo, como tantas otras veces. Pero esta vez el aire es distinto. Ya no es el silencio introspectivo de los ejercicios espirituales ni la incertidumbre temblorosa de los primeros días. Es otra cosa. Una mezcla de alegría, nerviosismo y una forma nueva de cariño y complicidad que ha empezado a crecer entre nosotros. La comunidad ya no es un concepto: es un latido.

En el centro, el padre Julio, laptop encendida, Excel abierto, nombres y destinos listos para ser pronunciados. A sus costados, los acompañantes. Se respira emoción. Y nervios. Empieza Roma, la etapa final.
Van llamando comunidades: París, Jerusalén, Loyola, Pamplona... Cada nombre es una pequeña historia que comienza. Aplausos. Abrazos. Algunos se miran con sorpresa, otros con alivio. Hasta que escucho con claridad:
—Fabián, Yllari, Danuska, Kimberly y Josef… son la comunidad Montserrat. Irán a Ccoñamuro.
"Ccoñamuro".
La palabra resuena en mí como un eco antiguo. No sé dónde queda. No sé quién vive ahí. No sé qué nos espera, y ni puedo ubicarlo en el mapa. Pero sé que ese es mi lugar. Nos acompañaría Juan Diego, asesor de la Red ESEJOVEN Piura, peregrino antes que nosotros, testigo activo de lo que este Camino puede hacer en una persona. Nos miramos entre los seis. Sonreímos. Sin decirlo, sabemos que algo importante está por comenzar. Esa misma tarde, cada grupo diseñó la bandera que nos acompañaría los días de misión.

Partimos a la mañana siguiente. Salimos de Urcos por una trocha que asciende entre montañas, dejando atrás otras comunidades mientras el paisaje se abre en una inmensidad verde y silenciosa. Llegamos a media mañana y nos recibió Marcelino López, catequista del lugar, con la serenidad de quien ha vivido siempre en diálogo con la tierra. Ccoñamuro, con sus casas de adobe, chacras y cerros guardianes, es una comunidad agrícola de 800 hectáreas, con unas 120 familias donde la vida sigue el ritmo de las cosechas. Nos instalamos en su casa, junto a costales de papas y un gallinero, y salimos a conocer los alrededores: subimos un cerro desde donde, entre la neblina, se adivinaban a lo lejos las siluetas del Cusco. Sentados allí, compartimos expectativas y miedos mientras el viento golpeaba el rostro y un perro desconocido se sumaba silenciosamente a nuestra conversación.

De regreso, almorzamos con Marcelino y escuchamos su historia de vida antes de acompañar a su hijo Milky a pastar las ovejas. Terminamos corriendo tras el rebaño por una pampa abierta, entre risas y tropiezos, en una escena tan simple como profundamente humana. Al caer la noche —rápida y fría en la altura— organizamos con el equipo las actividades para los niños del día siguiente y cerramos la jornada compartiendo lo vivido y rezando por la comunidad que nos había recibido sin condiciones. Acostado sobre el suelo duro, envuelto en el sleeping y escuchando el viento contra las paredes de adobe, entendí algo esencial: la misión no era venir a cambiar este lugar, sino permitir que este lugar empezara a cambiar algo en mí. Y aquello recién comenzaba.

La misión no era venir a cambiar este lugar, sino permitir que este lugar empezara a cambiar algo en mí. Y aquello recién comenzaba.
Día 2
Aprender el ritmo de la tierra
Donde el cuerpo se cansa, pero el corazón empieza a comprender
La segunda mañana en Ccoñamuro empezó antes que el sol. Entre arañas diminutas y pericotes que corrían con naturalidad por el primer piso, recordábamos que nosotros éramos los huéspedes. Dormir en el suelo, sobre cuero y lana de oveja, tenía algo de rústico y honesto. A las seis abrí los ojos sin haber descansado del todo. El frío era punzante, pero en la sierra se aprende a confiar en el sol.
A las ocho llegó el señor Marcelino con un desayuno, para luego partir a cortar pasto para los cuyes. Con hoces, sacos de rafia y una botella de chicha de jora helada, subimos treinta minutos cuesta arriba entre cerros y riachuelos. Marcelino nos enseñó el gesto simple —agarrar desde la raíz, cortar por debajo— y nos dejó trabajando mientras él atendía sus cultivos de papa y olluco. El ritmo del corte se volvió casi meditativo: agarrar, cortar, juntar, repetir. Hasta que llegó la lluvia. Corrimos a guardar el pasto antes de que se mojara y se echara a perder, refugiándonos bajo un techo de tejas donde por un momento solo existieron la lluvia y nuestra respiración agitada.

Cuando escampó terminamos el trabajo con las manos adoloridas y la sensación de haber participado, aunque fuera mínimamente, del esfuerzo que sostiene esta comunidad. Marcelino cargó los sacos con una naturalidad que nos dejó en silencio; nosotros apenas logramos avanzar unos metros antes de quedarnos sin aire. Llamó entonces a su hijo Efraín, de catorce años, que apareció en una moto de carga y resolvió lo que para nosotros parecía una hazaña física. El contraste enseñaba sin necesidad de palabras. Almorzamos olluco saltado con atún mientras Marcelino nos hablaba de la vida en la chacra, de los precios en el mercado de Urcos y de lo incierto que puede ser depender del clima.
Por la tarde preparamos el taller con los niños. Mientras esperábamos la llave de la canchita, Ani —sobrina de Marcelino— se acercó a mostrarnos flores y plantas del lugar. Trepó un pequeño muro y nos regaló una flor de tumbo serrano, un “tintín” como le decían ahí. En ese gesto sencillo había una hospitalidad que no necesitaba explicación.
En la cancha nos esperaban Jordy, Joselino, Neymar, Milky, Annita, Ani y Sebastián, que apenas tiene tres años. Jugamos fútbol primero y luego hicimos el taller: les pedimos que dibujaran su comunidad y cómo se veían dentro de ella. En los papeles aparecieron casas de adobe, cerros verdes, flores gigantes y niños jugando. Era un mundo sencillo, pero completo. Cerramos recordándoles que todo eso que aman es un regalo y que Dios también habita ahí.

La misión no es un evento extraordinario: es entrar, aunque sea por un instante, en la vida ordinaria de otros y dejar que esa vida empiece a transformarte.
Al anochecer se despidieron corriendo cuesta abajo y, en el camino, jugamos a lanzar piedras a una casa abandonada, tratando de acertar a los huecos de las paredes. Por un momento desaparecieron las distancias: ya no era visitante, era uno más en el juego. La noche volvió rápido. Cenamos una sopa caliente, compartimos lo vivido y rezamos juntos antes de dormir. “Mientras esto es para nosotros solo tres días, para ellos es su realidad”, dijimos en voz alta. Y entendí que la misión no es un evento extraordinario: es entrar, aunque sea por un instante, en la vida ordinaria de otros y dejar que esa vida empiece a transformarte.
Día 3
El cerro resbaloso y el corazón firme
La gracia de permanecer
El tercer día en Ccoñamuro amaneció bajo una lluvia persistente que golpeaba las tejas como un tambor antiguo. Dormir seguía siendo un desafío, pero ya no un enemigo: la gran manta de lana que compré en el mercado de Mercado de San Pedro terminó cubriéndonos a los tres. A las ocho desayunamos lentejas con papa, arroz y un huevo montado —aquí las categorías no importan: todo es alimento, todo es energía— mientras el señor Marcelino nos avisaba que la lluvia impediría arar la papa ese día. Él viajaría a Urcos para un taller de crianza de cuyes y nosotros quedaríamos esperando. La mañana transcurrió entre cartas, conversación y el sonido constante de la lluvia. Al mediodía, cuando la neblina había borrado el horizonte, apareció Ani con el almuerzo —trucha con tallarines y papa— cargando los platos con la naturalidad de quien sabe que aquí todos ayudan. Poco después la lluvia cedió y el cielo empezó a abrirse, como si el día nos concediera una segunda oportunidad.
Subimos nuevamente a la cancha. Nos esperaban Jordy, Neymar, Jeni Mónica, Ani, Anita, Joselino y Milky. Jugamos fútbol, repetimos dinámicas y cerramos con el último taller: “Mi yo del futuro”. En los papeles aparecieron futbolistas llenando estadios, profesoras frente a pizarras, médicos con bata blanca, policías cuidando su comunidad. Había algo profundamente sagrado en esos dibujos. Les dimos galletas y chocolates, y les agradecimos por todo lo compartido. Sabíamos que era nuestro último día. Algunos sonrieron; otros guardaron silencio. No era un adiós definitivo, pero sí un cierre.

Esa misma noche, decidimos subir el cerro una vez más.
Ccoñamuro, nos explicaron, significa “cerro resbaloso”. Esa tarde entendimos por qué. El barro convierte el camino en una prueba de equilibrio. Subimos paso a paso, sujetando ramas, dándonos la mano, advirtiendo cada piedra suelta. La oscuridad cae rápido. Solo nuestras linternas dibujan pequeños círculos de luz sobre el suelo húmedo. Arriba, el frío es intenso. Pero el cielo… el cielo es un espectáculo. Un manto de estrellas se despliega sobre nosotros. A lo lejos, las luces de la ciudad de Cusco brillan como un corazón que late en la distancia. Del otro lado, Ccoñamuro permanece tenue, discreto, pero vivo. La oscuridad no asusta. Abraza. Rezamos ahí mismo.

A lo lejos, las luces de la ciudad de Cusco brillan como un corazón que late en la distancia. Del otro lado, Ccoñamuro permanece tenue, discreto, pero vivo. La oscuridad no asusta. Abraza. Rezamos ahí mismo.
Agradecemos por todo: las risas, el cansancio, la incomodidad, los aprendizajes, las conversaciones, el trabajo en la chacra, los niños, el señor Marcelino y su familia, el frío, el silencio, la comunidad que se ha tejido entre nosotros. Terminamos la misión en el mismo lugar donde la comenzamos: en altura, mirando el horizonte.
“¿Cómo no creer en Dios?”, pienso. Si ha puesto en mi camino a gente tan sencilla y tan grande al mismo tiempo.
Las lágrimas llegan sin permiso. No solo por la nostalgia de que todo termina, sino por la alegría profunda de haber estado ahí. Y porque sé, en el fondo, que esto no termina aquí. Bajamos con más dificultad que al subir. El barro traiciona. En el último tramo resbalo y caigo. Era casi inevitable. Se preocupan, luego nos reímos. No es grave, tal vez era necesario llevarme un poco de ese cerro en la ropa, como prueba física de lo vivido.
Al llegar, Neymar nos espera con la cena: tortilla de huevo con papa, plátano frito y arroz. Poco después llega el señor Marcelino con mate de muña. Nunca había probado uno tan fresco, tan necesario. Compramos una Inca Kola para compartir. Le servimos un vaso. Lo recibe con gratitud sincera. Jugamos un rato más en el comedor. Conversamos. Reímos. Ya no somos visitantes. Somos parte de una historia compartida. Esa noche dormimos mejor.
Al día siguiente partiríamos de regreso a Wasinchis. Quedaban solo un último día de Camino. Pero algo dentro de mí comenzaba a comprender que el Camino no se estaba acabando, se estaba quedando.
Capitulo III
Regresar para quedarse
El final del inicio
El último día en Ccoñamuro comenzó antes que nosotros. A las cinco de la mañana sentí algo deslizarse por mi cabeza: la cola de un pericote perdiéndose entre mi pelo. El susto duró segundos; la anécdota quedaría. A pesar de que salté del miedo, Josef y Juan Diego apenas se movieron y siguieron durmiendo, como quien ya ha aprendido a convivir con lo inesperado. El cuarto estaba frío, pero ya no era hostil. El suelo había dejado de ser incomodidad para convertirse en refugio. Afuera, la sierra despertaba.
Desayunamos por última vez con el señor Marcelino: un locro de zapallo caliente, espeso, generoso. Aquí la comida no es solo alimento, es cuidado, comunidad, una forma silenciosa de decir “estás en casa”. A las ocho y media partimos. Marcelino, su esposa y Neymar nos despidieron sin discursos, solo con sonrisas y manos firmes. Al alejarnos volteé: estaban sentados bajo el sol compartiendo papas. Levantaron la mano. Una escena simple, perfecta. Sentí un nudo en la garganta. Había llegado pensando en servir; me iba habiendo sido servido.
La van nos esperaba en la entrada. Partimos en silencio mientras el paisaje retrocedía lentamente detrás de nosotros. En el camino recogimos a los compañeros que habían estado en Sallac y, sin planearlo, empezamos a cantar “Un beso y una flor” de Nino Bravo. Las voces se quebraban, pero la canción decía exactamente lo que sentíamos: partir no es perder, es llevarse. Al regresar a Wasinchis compartimos nuestras misiones: algunos en la chacra, otros con textiles, otros con niños. Todos habíamos ido a dar algo y todos habíamos recibido más. Entendimos que el servicio es encuentro, que la fe es acción y que Dios habita en las personas.

Todos habíamos ido a dar algo y todos habíamos recibido más. Entendimos que el servicio es encuentro, que la fe es acción y que Dios habita en las personas.
Esa misma tarde celebramos la última misa en la Capilla de Canincunca, donde el padre provincial Víctor Hugo Miranda nos recordó que el liderazgo nace del servicio y que las comunidades no necesitan salvadores, sino compañeros. Salimos con la sensación de ser realmente enviados. Por la noche, la despedida se volvió celebración: jóvenes de la Red Juvenil del Cusco nos recibieron con danzas tradicionales andinas y una yunza improvisada donde caían pequeños regalos entre risas y abrazos. Luego la música siguió en el auditorio. Bailábamos entre cansancio y nostalgia, sabiendo que algo en nosotros había cambiado, aunque todavía no pudiéramos nombrarlo.

Bailábamos entre cansancio y nostalgia, sabiendo que algo en nosotros había cambiado, aunque todavía no pudiéramos nombrarlo.
Al día siguiente, abordamos el bus que nos llevará de regreso a la ciudad del Cusco.
Me siento junto a la ventana. El vehículo avanza lentamente por la carretera. Las montañas empiezan a alejarse. La ciudad aparece en el horizonte como un organismo vivo, vibrante, ruidoso. Observo en silencio.
Los cerros quedan atrás. El cielo se llena de cables. El viento limpio se mezcla con el humo. El silencio se transforma en ruido. Y, sin embargo, algo permanece intacto. Cierro los ojos un momento. Recuerdo los rostros. Las manos. Las risas. El frío. El cansancio. El amor.
Entiendo, finalmente, que el Camino Ignaciano nunca fue el trayecto entre un punto y otro.
El verdadero camino ocurrió dentro de mí. Y no terminó cuando dejamos Ccoñamuro. No terminó cuando subimos a la van. No terminó cuando regresamos a Wasinchis. No termina ahora que el bus entra a la ciudad. Porque el Camino Ignaciano no es un lugar al que se llega. Es una forma de vivir. Es elegir ver a Dios en todas las cosas. En el ruido y en el silencio. En la abundancia y en la carencia. En el otro y en uno mismo.
El bus se detiene. La ciudad nos recibe. Respiro profundo.
Y entonces lo sé con certeza absoluta:
El Camino Ignaciano no ha terminado.
Recién empieza.

Editor de la Revista Intercambio. Periodista y comunicador audiovisual. Bachiller en Periodismo por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
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