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Edición Nº 70

Un nuevo sistema internacional que ya nace demasiado viejo
Antonio José Pagán Sánchez
25 de marzo, 2026

El mundo se está volviendo cada vez más peligroso, y lo está haciendo a una velocidad inquietante. Las tensiones entre grandes potencias, lejos de amainar, no dejan de aumentar, agitando, a lo largo del mundo, distintos avisperos que bien podrían escalar hacia un conflicto mayor y del que, como especie humana, no tardaríamos en arrepentirnos. En la vida hay problemas cuya única solución es no crearlos, y la puerta a la barbarie, una vez abierta, es muy difícil cerrarla.

El escenario con mayor potencial de desencadenar un conflicto a gran escala es el de la cuestión taiwanesa. Una operación militar por parte de China contra Taiwán, que el país asiático considera como territorio propio, podría acabar provocando un enfrentamiento directo contra Estados Unidos y también contra algunos de sus aliados, especialmente Japón. A este conflicto se suman a su vez otros que, si bien no tienen tanto potencial de generar un enfrentamiento generalizado, como son la invasión rusa de Ucrania, la crisis en Oriente Medio con Irán, la situación de Gaza y las tensiones entre las dos Coreas, sí que nos recuerdan lo preciada que es la paz, y que ni la seguridad humana ni la internacional están garantizadas.

El fenómeno que subyace detrás de todos estos acontecimientos es la más que posible defunción del llamado orden liberal internacional. Este orden es el conjunto de normas, instituciones y prácticas que han estructurado el sistema internacional, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, sobre la base de principios como el multilateralismo, el libre comercio, la cooperación institucionalizada, la soberanía estatal y la promoción de los derechos humanos. ¿Era un orden hipócrita? Seguramente, en tanto sus valedores occidentales invocaban principios que no siempre cumplían. Pero un mundo en el que se abandona incluso la pretensión de actuar conforme a principios morales o legales, como parece ser cada vez más habitual entre grandes potencias, da como resultado no un mundo más justo, sino, por el contrario, uno más peligroso e inestable. No cabe duda de que echaremos de menos el orden liberal internacional una vez que este haya sido sustituido por la ley de la selva.

El cuestionamiento más significativo del orden liberal internacional, y que más posibilidades tiene de acabar con él, no proviene de los países opositores habituales, sino paradójicamente de su propio creador y de su principal defensor desde hace ya ocho décadas: Estados Unidos. A lo largo del último año, el país ha emprendido una cruzada contra el libre comercio a través de una guerra arancelaria lanzada contra la práctica totalidad de países del mundo y, además, se ha decidido a reforzar su influencia sobre los países del hemisferio occidental hasta el punto de acabar negando la capacidad de agencia de estos. Sin embargo, el aspecto más trascendental radica en que se ha llegado al extremo de cuestionar la integridad territorial de terceros países. Esta visión no solo se ha extendido a América Latina y el Caribe a través de las amenazas de hacerse con el control del canal de Panamá, sino que incluso se ha lanzado contra dos de sus aliados tradicionales, como son Dinamarca y Canadá. En el caso de este último, se ha llegado al punto de poner en duda su propia existencia como Estado. Esta visión no es muy distinta a la de otras potencias revisionistas que al día de hoy tampoco reconocen el derecho a existir de algunos de sus vecinos.

El no reconocimiento del derecho de otros Estados a existir, así como de su propia soberanía, es tristemente una constante histórica, pero no por ello es menos controvertido, especialmente a la vista de que sus catastróficos resultados ya han sido comprobados por las generaciones que nos precedieron. Hay quien dice que la experiencia es eso que obtienes después de haberla necesitado. Afortunadamente, en el siglo XXI no necesitamos experimentar las consecuencias de un conflicto a gran escala para saber sus altos costes sociales: nos basta con abrir un libro de historia o, desafortunadamente, en el caso de otros conflictos bélicos existentes en la actualidad, con encender la televisión.

"Corremos un riesgo real de que la integridad territorial y la soberanía dejen de ser principios articuladores del comportamiento internacional de los Estados en general y de las grandes potencias en particular."

En este sentido, el nuevo sistema internacional al que parecemos encaminarnos no es el propio de un ordenamiento político más justo con la totalidad de países existentes, sino uno más bien desprovisto de valores y en el que las grandes potencias pueden ejercer el poder a su antojo siempre que se lo puedan permitir. Este sistema es tan «nuevo» que su espíritu ya fue recogido por Tucídides hace «tan solo» dos mil quinientos años en su obra Historia de la Guerra del Peloponeso: «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». En otras palabras, corremos un riesgo real de que la integridad territorial y la soberanía dejen de ser principios articuladores del comportamiento internacional de los Estados en general y de las grandes potencias en particular. No necesitamos más que remitirnos a la propia historia para saber cuáles son las consecuencias de este viejo modelo que ha regido durante la práctica totalidad de la existencia histórica de los Estados: guerra, sufrimiento y muerte.

"En lugar de azuzar conflictos que podrían acabar estallando entre nuestras manos, todos nos beneficiaríamos como especie si los esfuerzos se destinaran a afrontar algunos de los principales problemas de la humanidad."

El preocupante deterioro de la situación internacional se vuelve todavía más llamativo si tenemos en cuenta que nunca como hoy la humanidad había dispuesto de los medios materiales, científicos y tecnológicos para garantizar a todos una vida digna. Y en lugar de canalizar los esfuerzos de nuestra especie en pos de solventar los acuciantes problemas socioeconómicos que afrontamos a nivel colectivo, la energía es destinada a tensiones y conflictos políticos que apenas reportan beneficios ilusorios en términos de orgullo nacional, ego, prestigio e identidad, a cambio de pagar el peaje de un alto coste en vidas. Los jóvenes europeos que con tanto entusiasmo se despedían de sus familias para ir al frente bélico recién comenzada la Primera Guerra Mundial fueron también los primeros en experimentar las dramáticas consecuencias del conflicto.

En lugar de azuzar conflictos que podrían acabar estallando entre nuestras manos, todos nos beneficiaríamos como especie si los esfuerzos se destinaran a afrontar algunos de los principales problemas de la humanidad. No son pocos; por ejemplo, según el Banco Mundial, para el año 2030, alrededor del 9 % de la población mundial seguirá viviendo en situación de pobreza extrema. Según la UNESCO, todavía hay 251 millones de niños y jóvenes no escolarizados y, de acuerdo con cifras de ACNUR, a finales de 2024 había más de 123 millones de personas desplazadas por persecuciones, conflictos y violaciones de derechos humanos. Mientras tanto, la desigualdad continúa aumentando en la mayoría de países, alcanzando en América Latina y el Caribe ―la región más desigual del mundo― algunos de sus niveles más alarmantes; la inseguridad alimentaria y la malnutrición siguen cobrándose millones de vidas cada año, y la protección del medio ambiente afronta severos desafíos.

La historia nos observa. Aún estamos a tiempo de decidir qué páginas escribiremos y qué mundo legaremos a las generaciones futuras.

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Antonio José Pagán Sánchez
Antonio José Pagán Sánchez

Investigador postdoctoral del Centro de Estudios sobre China y Asia-Pacífico de la Universidad del Pacífico.

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