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Edición Nº 70

Una campaña para la gente
Percy Medina
26 de marzo, 2026

Cada vez es más común escuchar que en el Perú la ciudadanía está cansada y siente desafección frente a la política; es algo que no debe sorprendernos si vemos que el escenario político suele estar marcado por promesas vacías, escándalos recurrentes, polarización y un uso del poder para favorecer intereses particulares o de pequeños grupos. Esta desafección hacia los partidos y los gobernantes tiene relación con una sensación también generalizada: las personas no se sienten representadas por las autoridades que eligen. La consecuencia en procesos electorales es un incremento de la abstención y del voto nulo o en blanco, cuando no de un voto emocional de castigo. En ese contexto, recuperar la centralidad de los temas sustantivos en las campañas electorales sería una condición para que la democracia funcione.

Como sabemos, la democracia representativa se basa en que el pueblo no gobierna directamente, sino que entrega su poder a representantes para que, en su nombre, tomen decisiones. Les entrega un mandato, un encargo, no un cheque en blanco, sino una autorización que está condicionada por expectativas, propuestas y compromisos. Para que ese mandato sea legítimo y duradero, debe surgir de una decisión informada y plenamente consciente. Y para que exista decisión informada, la campaña electoral tiene que ofrecer a los electores la oportunidad de conocer qué piensa hacer cada candidato en relación con los asuntos que inciden en su vida cotidiana.

Cuando la agenda de campaña no coincide con la agenda de la gente, se produce una desconexión peligrosa. Las personas están preocupadas por la inseguridad, la corrupción, el desempleo, la calidad de la educación de sus hijos, etc.; sin embargo, muchas campañas giran en torno a eslóganes vacíos, disputas personalistas o controversias diseñadas para dominar la conversación mediática. El resultado es que los ciudadanos no encuentran respuestas a sus preguntas concretas y terminan reforzando su escepticismo. Se regresa a la idea de que todos son iguales, nadie habla de lo que realmente importa y el voto no cambia nada.

Discutir temas sustantivos significa ir más allá de la retórica general y entrar en el terreno de las políticas públicas, pero desde la perspectiva de lo que estas implican para la gente. ¿Qué propuesta existe para generar empleo de calidad? ¿Cómo se financiará el sistema de salud y cómo mejorará el acceso? ¿Qué reformas se plantean en educación para que los niños aprendan lo que les será útil en la vida? ¿Qué estrategia se seguirá frente a la inseguridad y qué impacto se prevé? Estas preguntas no solo permiten evaluar la competencia técnica de los candidatos, sino también identificar diferencias ideológicas y programáticas que pueden traducirse en impactos concretos en la vida de cada persona.

Las democracias con tradición de debate programático ofrecen ejemplos de cómo esta dinámica fortalece el vínculo representativo. En países como Alemania, las campañas suelen estar acompañadas de documentos detallados en los que los partidos especifican medidas, plazos y prioridades. En Canadá, las plataformas electorales son analizadas por medios y organizaciones independientes que hasta estiman costos y efectos. En Chile, los programas presidenciales se han convertido en un insumo central para el debate público. Estos ejemplos no implican la ausencia de tensiones o críticas legítimas en esos países, pero muestran que es posible desarrollar campañas donde el contenido importa.

"La competencia democrática no puede darse únicamente entre personas, sino entre proyectos."

¿Por qué es tan relevante que el contenido esté presente de manera muy visible? En primer lugar, porque solo a través de la discusión sustantiva el elector puede comparar alternativas reales. La competencia democrática no puede darse únicamente entre personas, sino entre proyectos: un candidato puede proponer reducir impuestos para estimular la inversión, otro puede priorizar el gasto social financiado con mayor carga tributaria, un tercero puede apostar por una reforma institucional para mejorar la eficiencia del gasto y del Estado. Cada perspectiva tiene implicaciones distintas en términos de distribución de recursos, oportunidades y riesgos. Sin información clara sobre esas diferencias, el voto se basa exclusivamente en una reacción emocional y no en una evaluación razonada de opciones.

En segundo lugar, el debate programático contribuye a la rendición de cuentas. Cuando los compromisos son explícitos, es más fácil evaluar el desempeño posterior. Si un candidato prometió aumentar el presupuesto educativo en determinado porcentaje o implementar una reforma específica, la ciudadanía y los medios pueden verificar si cumplió o no. En cambio, cuando la campaña se limita a generalidades del tipo «vamos a mejorar la educación» o «vamos a combatir la corrupción», resulta casi imposible exigir responsabilidades. La vaguedad favorece la impunidad política.

En tercer lugar, discutir temas sustantivos es una muestra de respeto al elector y una oportunidad de aprendizaje colectivo; es asumir que la ciudadanía es capaz de comprender problemas complejos y de tomar decisiones informadas. Ello, por supuesto, requiere de una aproximación pedagógica a la exposición programática. Muchas estrategias de campaña parten de la premisa contraria: que la gente solo responde a estímulos emocionales simples y que no tiene tiempo ni interés en analizar propuestas. Esa visión, además de estar probablemente muy alejada de la realidad, es terrible para el desarrollo cívico de una sociedad. Cuando los ciudadanos perciben que se les habla solo para pedir su voto y no como actores con capacidad de discernimiento, la desafección indudablemente aumenta. Ofrecer contenido serio, adecuadamente explicado, es una forma de reconocer su inteligencia y su derecho a participar de manera significativa. Hoy las nuevas tecnologías pueden ser de gran utilidad si se usan para difundir información en formatos amigables, explicar propuestas y generar espacios de interacción directa.

Un abordaje de los temas sustantivos, pensando en los electores, permite que cada persona identifique cómo las propuestas programáticas pueden influir en su propia vida. La política fiscal, por ejemplo, no es una abstracción: afecta cuánto se paga de impuestos y qué servicios se reciben. La política laboral no es algo alejado de la vida diaria: determina las condiciones de trabajo, si hay estabilidad o no, así como los salarios y beneficios. La política energética incide en el costo de la electricidad, el gas y la gasolina que consumimos. Si las campañas logran traducir las propuestas en mensajes de efectos concretos para la gente ―«esta medida significará más guarderías en tu barrio», «esta otra implicará cambios en tu boleta de luz»―, el vínculo entre programa y experiencia cotidiana se vuelve tangible.

Además, la discusión programática puede reducir la polarización. Cuando el debate se centra en identidades o en ataques personales, la lógica es binaria y excluyente. En cambio, al discutir políticas específicas, es posible encontrar matices, acuerdos parciales o puntos de convergencia. Esto no elimina el conflicto, pero lo canaliza hacia diferencias sustantivas, en lugar de enemistades simbólicas, que llevan también a la violencia verbal en la esfera digital. Una democracia más deliberativa tiende a ser también más estable.

Frente a esta tarea, existe una responsabilidad compartida de partidos, candidatos, medios de comunicación, influencers y organizaciones de sociedad civil. Los partidos y candidatos deberían elaborar propuestas destinadas a las personas y saber comunicarlas. Los medios de comunicación e influencers tendrían que interpelar con preguntas concretas y contrastar datos. Las organizaciones de la sociedad civil pueden generar espacios de diálogo, debate y análisis comparado. Y la ciudadanía, aun desde la natural desconfianza, puede exigir contenido y compromisos en lugar de resignarse al espectáculo. La calidad de la campaña no es un fenómeno espontáneo, es el resultado de incentivos y demandas.

"Si los ciudadanos sienten que nadie los representa y que la política no aborda sus agendas cotidianas, los fundamentos de la democracia se minan gravemente."

En contextos donde la confianza institucional es baja, insistir en el debate sustantivo puede parecer ingenuo. Sin embargo, es precisamente en esos contextos donde resulta más urgente. Si los ciudadanos sienten que nadie los representa y que la política no aborda sus agendas cotidianas, los fundamentos de la democracia se minan gravemente.

La democracia representativa implica confiar en que quienes resulten elegidos actuarán en nombre de cada persona y del conjunto. Esa confianza se construye sobre la base de compromisos públicos y de la posibilidad de comparar alternativas. Cuando el elector esté en la cámara secreta, debería poder responder a preguntas básicas: ¿qué propone el candidato por el que votaré?, ¿en qué se diferencia de los demás?, ¿cómo impactará cada propuesta en mi vida y en la de otras personas? Si no puede hacerlo, el mandato otorgado será débil y la legitimidad del gobierno, frágil.

Una campaña electoral que discute temas sustantivos no garantiza por sí sola buenos gobiernos, pero sí crea las condiciones para una elección más consciente: permite que el voto sea una herramienta de orientación colectiva y no solo una expresión de malestar o de lealtad ciega. Frente al desencanto y la desconfianza, apostar por el contenido es apostar por la inteligencia cívica; es recordar que la política, en su mejor versión, no es un espectáculo, sino una deliberación pública sobre cómo queremos vivir juntos.

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Percy Medina
Percy Medina

Abogado y politólogo. Jefe de Misión en Perú del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral - IDEA Internacional

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