Cada vez que me visto para danzar, siento que no solo estoy colocando sobre mi cuerpo un traje bordado con paciencia y dedicación. Estoy vistiendo una historia. Antes de salir de casa, mi madre acomoda alguna prenda de mi vestimenta y revisa que no falte nada. Mientras tanto, yo solo quiero salir a encontrarme con mi comparsa. Ella, en cambio, parece siempre comprender algo que de niña no alcanzaba a entender: vestir un traje para danzar también es vestir una responsabilidad. Recuerdo que, antes de comenzar una peregrinación, ya tenía listo un mate caliente y un chullo para soportar el frío. «No te quites el gorro, hija, todavía falta caminar bastante», decía. Yo sonreía, convencida de que exageraba. Horas después, cuando el mal de altura aparecía en plena caminata, comprendía que, como casi siempre, tenía razón.
Hoy, varios años después, cuando vuelvo a colocarme el traje para danzar, descubro que ese primer recuerdo nunca fue solo una escena familiar. Era una lección sobre la forma en que las mujeres sostienen nuestras fiestas religiosas.
Soy una mujer joven de la provincia de Quispicanchi, en la región de Cusco, un territorio donde las montañas no son únicamente parte del paisaje, sino seres protectores; donde la Pachamama continúa siendo motivo de gratitud y donde los santos patronos convocan cada año a miles de personas que peregrinan, rezan y danzan como una sola comunidad. Crecí entendiendo que aquí la fe no permanece quieta dentro de una iglesia. Camina, sube cerros, se cansa, se emociona y llora.

En los Andes, el cuerpo nunca ha sido un simple instrumento para ejecutar una danza. El cuerpo recuerda, comunica y agradece. Cada paso acompaña una promesa; cada recorrido expresa una devoción que difícilmente podría resumirse en palabras. Desde la antropología, solemos entender el patrimonio cultural inmaterial como aquel conjunto de conocimientos, prácticas y expresiones que una comunidad reconoce como parte de su identidad. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntar quiénes hacen posible que ese patrimonio continúe vivo. ¿Quién enseña los primeros pasos? ¿Quién explica por qué cada promesa debe cumplirse? ¿Quién recuerda cuándo empieza el novenario, cómo se prepara una ofrenda o qué significado tiene cada traje?
La respuesta, al menos en mi comunidad, casi siempre tiene rostro de mujer.
Las mujeres son las primeras que nos enseñan a rezar. Antes de aprender el nombre de una danza, aprendemos junto a ellas a persignarnos frente al Taytacha, a agradecer a la Virgen o a pedir permiso a la Pachamama antes de emprender un camino. Son quienes nos enseñan que la espiritualidad andina y la tradición católica no necesariamente se enfrentan, sino que dialogan cotidianamente en nuestras formas de comprender el mundo.
"Crecí entendiendo que aquí la fe no permanece quieta dentro de una iglesia. Camina, sube cerros, se cansa, se emociona y llora."
Hay escenas que probablemente nunca aparecerán en los programas oficiales de las festividades, pero que constituyen su verdadera esencia. Mientras los músicos afinan sus instrumentos, ellas ya están repartiendo el desayuno entre los acompañantes y los integrantes de nuestra danza. Cuando el resto apenas despierta, ellas llevan varias horas cocinando. Cuando un niño rompe alguna parte del traje, siempre aparece una madre con aguja e hilo. Cuando alguien comienza a sentir los efectos del soroche, basta escuchar la voz tranquila de una mamá wayri: «Siéntate un ratito, hijito», mientras acerca una taza de mate, le frota alcohol en las manos y le coloca un mantón para abrigarle la cabeza. No importa si el danzante tiene diez, treinta o cincuenta años. Para ellas todos siguen siendo hijos de la fiesta.
En muchas celebraciones de Quispicanchi sucede algo que siempre me ha conmovido profundamente. Después del Taytacha, el Señor que convoca la procesión, aparece la Virgen. Y son mujeres quienes la cargan, la acompañan y la resguardan durante todo el recorrido. Podría pensarse que caminan detrás, ocupando un segundo lugar. Pero nunca lo he sentido así. Con los años entendí que esa posición tiene otro significado. Mientras el hijo avanza, la madre permanece vigilando que nada le ocurra. No necesita caminar al frente para sostener el camino. Basta con acompañarlo. Esa misma imagen aparece una y otra vez durante las fiestas.
Mientras los danzantes avanzamos orgullosos mostrando nuestros trajes, nuestras madres caminan algunos metros atrás preguntando si ya comimos, si llevamos agua suficiente o si el frío no está siendo demasiado intenso. Cuando termina la procesión, mientras muchos celebran el éxito de la comparsa, ellas ya están organizando el almuerzo para recibir a todos.
Pocas veces buscan reconocimiento. Quizá porque aprendieron que cuidar también puede ser una forma de rezar.

El antropólogo francés Marcel Mauss afirmaba que las sociedades se sostienen mediante relaciones de reciprocidad. En los Andes, ese principio encuentra una expresión profunda en el ayni, esa lógica de dar, recibir y devolver que estructura gran parte de nuestra vida comunitaria. Las fiestas religiosas son uno de los espacios donde ese principio adquiere mayor fuerza: nadie participa únicamente para sí mismo. Todos aportan algo para que la celebración exista.
Sin embargo, existe un trabajo que rara vez se nombra. Es el trabajo del cuidado.
Ese cuidado cotidiano que prepara alimentos para cientos de personas, borda durante meses un traje que quizá solo será usado unos días, enseña a una niña la primera oración antes de dormir y permanece despierto hasta que el último peregrino haya regresado sano a casa.
Ese trabajo tiene rostro de mujer.
Por eso considero que ellas son las principales portadoras del patrimonio cultural inmaterial de nuestras comunidades. No solo porque conocen las canciones, las recetas, los bordados o las historias, sino porque han encontrado la manera de convertir todos esos saberes en experiencias compartidas. La cultura no se transmite mediante discursos; se aprende viendo a una madre levantarse antes del amanecer para asegurarse de que nada falte dentro de las comparsas.
Desde pequeña aprendí que aquí la danza nunca fue solo danza. Es una oración que se hace con el cuerpo. Cada paso acompaña una promesa, una petición o un agradecimiento. En la obra de José María Arguedas, el mundo andino aparece como un espacio en el que la fiesta y la vida nunca están separadas. Sus relatos muestran que cantar, bailar, peregrinar y compartir la comida no son momentos extraordinarios que interrumpen la rutina, sino formas de recrear la comunidad y reafirmar la pertenencia.

"La danza nunca fue solo danza. Es una oración que se hace con el cuerpo. Cada paso acompaña una promesa, una petición o un agradecimiento."
Hoy entiendo que cuando mi madre acomodaba mi blusa o mi lliclla antes de salir, no estaba corrigiendo un detalle de mi vestimenta. Estaba transmitiéndome una forma de amar a mi comunidad. Me estaba enseñando que la fe también se expresa en los gestos pequeños: en servir un plato de comida antes de sentarse a comer, en cargar a la Virgen con la misma ternura con la que alguna vez cargó a sus hijos, en bordar durante noches enteras para que alguien más pueda danzar con orgullo.
Las fiestas religiosas nos congregan porque compartimos una devoción, una memoria y una historia que nos une. Pero, sobre todo, permanecen vivas gracias a personas concretas que, muchas veces desde el silencio y lejos de los grandes protagonismos, entregan su tiempo, su esfuerzo y su corazón para sostener cada detalle que las hace posibles.
Este texto es un agradecimiento para ellas.
A las madres que rezan mientras acompañan y a nuestras abuelas, que tantas veces sintieron que su aporte era pequeño frente a las grandes responsabilidades que asumían sus compañeros, queremos decirles algo: no lo fue. Su entrega también ha sido parte fundamental de nuestra historia y de nuestra memoria colectiva. Para las jóvenes y las niñas que heredamos esta tradición, para que sepamos que tenemos un lugar en ella y que podamos participar no solo desde aquello que recibimos, sino también desde aquello que soñamos, transformamos y construimos.
Y, sobre todo, para mi madre, porque ahora comprendo que nunca caminó detrás de mí. Siempre fue quien hizo posible que pudiera seguir caminando.
Danzante. Antropóloga por la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco.
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