InstagramFacebookXLinkedIn

Edición Nº 72

Susana Baca: «Un pueblo sin memoria es un pueblo que se pierde»
Álvaro Fabián Suárez
21 de octubre, 2026
Susana Baca cantando en un concierto.

¿Qué se siente cantarle tan de cerca al Señor de los Milagros, incluso dentro de la propia iglesia?

El Señor de los Milagros es, en realidad, un gran símbolo. A mí me ha tocado cantarle muy de cerca, casi frente a él. También nos permitieron grabar un video dentro de la iglesia, de madrugada, porque a cualquier otra hora el templo está lleno de gente que va a pedirle milagros. Recuerdo estar en la procesión y escuchar cómo la gente le pedía que se resolvieran sus conflictos laborales, que se llegara a un entendimiento antes de tener que ir a la huelga.

Me quedé muy emocionada con esa vivencia. Cada vez que me ha tocado cantarle, siento la fuerza de la oración y de la gente encargándose a Él. Se siente que las cosas ocurren gracias a esa fe: la misma fe que encarnó primero la liberación de los esclavos y hoy encarna la liberación de los problemas de la gente.

Para la producción de esta canción llegué a viajar hasta Nigeria, haciendo el camino de regreso de la trata de esclavos: del Perú a España, y de España a África. Allá encontramos un coro magnífico de cantantes nigerianos y grabamos un disco entero con ellos. La canción más importante de ese disco es justamente esta, al Señor de los Milagros, que compuse junto con Francisco Basili.

Estar en la procesión, ver a los padres alzar a sus niños para que el Señor los bendiga, ver a la gente llorar y rezarle... se siente que es un ser vivo. Está la imagen, pero la gente le habla como si estuviera ahí, presente. Es algo muy emocionante. Hay que vivir ese momento; yo lo he vivido varias veces, y varias veces no he podido resistir la emoción.

¿Es esta la primera vez que le dedica una canción al Señor de los Milagros? ¿Cómo surgió la idea de hacer una canción nueva para esta tradición?

Sí, claro. Lo que pasó es que, hace unos años, la gente del diario El Peruano nos invitó a su oficina. Estaban arreglando la calle por donde pasa el anda camino al Hospital Loayza, que queda justo al costado del diario, y querían hacerle un homenaje al Señor desde su propia terraza. Me convocaron para cantar, y yo dije: «No voy a cantar las canciones antiguas, que son bonitas, pero vamos a crear una nueva». Y así se hizo.

"La misma fe que encarnó primero la liberación de los esclavos y hoy encarna la liberación de los problemas de la gente."

En la canción usted insiste en nombrar al Cristo Morado como «hermano negro». ¿Por qué le pareció importante nombrarlo así?

«Cristo, hermano negro, perdón»: así dice la letra, y es bien fuerte. Es decirle que es como nosotros, negro y santo a la vez. Es hablarle al Cristo, pero también hablarle a la gente sobre el Cristo.

¿Cree que esta manera de nombrar lo sagrado, reconociéndolo como propio, se repite en otras fiestas religiosas del país? ¿Pueden esas fiestas y devociones convertirse también en espacios donde una comunidad conserva y transmite su historia?

Yo creo que sí. Y se da en todo el Perú, en las fiestas religiosas. En Apurímac, por ejemplo, sale en procesión la Virgen de Cocharcas, a la que la gente cariñosamente le dice «la Mamacha». A mí me tocó conocer ese templo cuando era ministra. Recuerdo que los pobladores de la zona querían reconstruirlo. Es un templo muy antiguo y muy hermoso, con un trabajo elaborado; pero es de adobe, y las lluvias y el tiempo lo habían destrozado. Vinieron a pedirme que se reconstruyera para que la Virgen estuviera bien, en su casa. Trabajamos con una arquitecta joven, apasionada por su tierra, y conseguimos los fondos. La gente quedó feliz de recuperar su templo.

Esa zona, además, había sido muy golpeada en la época del conflicto armado interno, cuando el Perú vivió la guerra entre el Ejército, la policía y Sendero Luminoso. De esos días tenemos que recordar. No podemos perder la memoria, porque fue muy duro y no puede repetirse. Pero recordar no es recordar para odiarnos entre peruanos; al contrario, es para perdonarnos, cerrar esa página y volver a vivir. Hay que exorcizar la memoria.

Cuando hicimos el libro «Del fuego y del agua» con mi esposo, tuvimos que investigar y leer sobre la historia de la esclavitud, y yo no podía soportarlo: cómo pudieron tratar así a las personas. Yo crecí rodeada de mujeres hermosas, mujeres muy religiosas y creyentes, que nos formaron en conocer esa historia sin odio. Nos enseñaron que había que perdonar, porque quienes esclavizaron estaban muy equivocados, muy lejos del camino frente a Dios. Es bien importante no olvidar la historia, pero sin enfermarse de rencor. Perdonar.

Procesión del Señor de los Milagros.

"No es recordar para odiarnos entre peruanos; al contrario, es para perdonarnos, cerrar esa página y volver a vivir. Hay que exorcizar la memoria."

En más de una oportunidad ha mencionado lo doloroso que ha sido investigar la historia afroperuana. ¿Cómo conviven ese dolor y esa memoria con la alegría y la soltura que también son parte del festejo?

Es liberar el alma, y eso es muy necesario. Lo he vivido en las comunidades afro de Ecuador y de Colombia, en lugares donde la gente festeja su tradición. Esa tradición está ligada a recordar la esclavitud, pero a la vez son cantos festivos. Uno se pregunta cómo es posible.

Hicimos una grabación muy linda entre música afroecuatoriana y música afroperuana, compartiendo el cajón con la marimba. Cuando terminamos de grabar y escuchamos el resultado, todos terminamos bailando: era la fiesta de habernos entendido, de sentirnos parte de una misma comunidad, parte del arte. El arte es liberador. Y eso es lo que tenemos que entregarles como tradición a las próximas generaciones, porque es un sentimiento que da vida, que hace que el odio se vaya. Es la alegría de estar juntos, de retomar esa comunidad.

Entonces no se trata de hacer arte a pesar del dolor, sino con el dolor.

Con el dolor, sí. Con el dolor y la memoria. Un pueblo sin memoria es un pueblo que se pierde.

Hoy, desde distintos espacios de poder, existe el riesgo de que la memoria de estos pueblos se borre, se simplifique o se reescriba. Frente a eso, ¿qué papel pueden cumplir el arte y las tradiciones culturales para mantener viva esa memoria y seguir transmitiéndola?

Entre las festividades de nuestros pueblos encuentro un punto de partida necesario, a pesar de que vivimos desigualdades muy grandes. Hay gente en nuestras comunidades de la sierra que sufre demasiado. Yo trabajé como maestra en las alturas de la sierra y vi esa lucha diaria: cómo esa gente lucha por mejorar, por darles una buena educación a sus hijos, porque entienden con claridad que ahí está la posibilidad de progresar.

Y pienso que eso también tiene que ver con lo que recibimos desde niños. Recuerdo que, de niña, aquí cerca vivían unas tías mías y, en el verano, nos juntábamos todos los sobrinos en Chorrillos, que en esa época era pura fiesta, por la playa, por todo. Ellas nos enseñaban a bailar, nos enseñaban música, cantaban, nos hacían cantar, nos hacían trencitas, nos contaban cuentos. Nos hacían hacer teatro: yo, por ejemplo, hacía de San Martín de Porres de chiquita, con hábito y todo.

Ahí se van cultivando los valores. Para mí, ahí se cultivaron también los valores del pueblo afroperuano: en la música, en los cuentos, en la celebración, en esa manera de estar juntos y de transmitir lo que somos. Eso me templó y me hizo ser la artista que soy ahora; una artista a la que escuchan en el mundo entero y que comparte escenario con otra gente que también busca y expone su identidad a través del arte.

Usted habla de una tradición que se recibe y, al mismo tiempo, se transforma. ¿Cómo ocurre ese proceso en la música afroperuana?

Claro, y que se sigue componiendo. Los jóvenes músicos, cuando llegan a escuchar el landó, saben que es un ritmo difícil de aprender. Pero el que tiene interés, el que es músico de verdad, de esos que se entregan al trabajo, lo aprende y compone sobre él. Ahí hay un hilo histórico y artístico: uno escucha a los cantantes antiguos, y ese conocimiento, esas tradiciones, se van aprendiendo.

Yo, por ejemplo, aprendí en mi propia casa: cuando llegaban mis tíos con su guitarra, de mi padre, que también tocaba. De pequeña oía todo eso, y eso se te queda. Después estudié para maestra —le agradezco a mi madre haberme impulsado a eso, porque pasar por la universidad fue muy importante en mi vida—, pero llevaba mi tradición dentro. Y ahí siguen, componiendo a partir de esa raíz.

Nicomedes y Victoria Santa Cruz fueron pioneros en recuperar y poner en valor la tradición musical afroperuana. Hoy, varias décadas después, ¿cómo ve la música afroperuana que se está haciendo en el país? ¿Cómo dialoga esa tradición con lo que están creando las nuevas generaciones?

Nuestra música afroperuana está, en parte, repitiendo lo mismo. A mí lo que me hizo cambiar fue tomar contacto con la poesía. Yo empecé mi trabajo como cantante cantando poesía. Porque las letras tradicionales son muy repetitivas, casi no dicen nada, o son recuerdos muy personales, y los jóvenes las escuchan y no entienden bien de qué hablan. Hay que buscar nuevas expresiones.

Por eso me parece interesante el trabajo de los raperos. Aunque la música en sí no siempre sea muy elaborada, ellos están creando un discurso actual, que dice lo que sienten. Hace un par de años, un chico cantaba sobre los incendios en la selva peruana: componía versos sobre eso. Me parece muy interesante que puedan juntar su herencia con lo que se vive hoy en el Perú.

Pasa también con composiciones de otras partes, como cuando Natalia Lafourcade canta a los desaparecidos, algo que nosotros también hemos vivido. Lo vimos en Ayacucho, cuando se leyó el informe de la Comisión de la Verdad, con las familias de quienes no pudieron enterrar a sus hijos porque los habían desaparecido. Su canción «Hasta la raíz» tiene una fuerza increíble, y se canta con esa misma fuerza en toda América Latina, en países como Argentina, donde la represión militar fue igual de terrible.

La música, las letras y la poesía tienen esa fuerza para contar la historia.

La familia Ballumbrosio tocando cajón y otras percusiones de la música afroperuana en la sala de su casa.

"Ahí se cultivaron también los valores del pueblo afroperuano: en la música, en los cuentos, en la celebración, en esa manera de estar juntos y de transmitir lo que somos."

En esta transformación de la manera en que circulan la música y la cultura, ¿qué lugar siente que ocupan hoy las redes sociales? ¿Qué posibilidades abren y qué problemas plantean?

Sí, creo que eso es lo bueno de las redes, que puedes conocer y acceder a cosas que antes estaban mucho más lejos. Pero también hay cosas malas: te dan noticias falsas como si fueran verdaderas. La gente ya no se junta a contarse lo que vive, sino que todo pasa por ese aparatito, todo el tiempo, y ya no se sabe bien qué es real y qué no. Lo positivo es que, si me hablan de un músico africano que cantó algo, lo busco y lo escucho de inmediato. Aunque ahí también está la publicidad interrumpiendo la canción para venderte algo; es una guerra.

Me parece muy importante lo que ha dicho el Papa sobre los algoritmos. Qué bueno es tener en la cabeza de la Iglesia a una persona tan lúcida. A veces uno se aleja de la Iglesia, con tanta desesperanza, pero oírlo hablar así es como volver a sentir que la fe está de tu lado. Estoy esperando su llegada al Perú, y me pregunto cómo lo vamos a recibir, cómo nos vamos a sentir, porque hay gente muy molesta en ciertas zonas del país por el abandono que ha sufrido y sigue sufriendo. Los ignoran, y además los creen ignorantes, cuando en realidad están muy lúcidos y muy claros.

¿Qué cree que nos une hoy como país y qué es lo que todavía nos separa?

Nos unen las creencias, las tradiciones. Pero también tenemos mucho que nos desune, y ese es nuestro riesgo: es peligroso que nos termine uniendo la rabia y la injusticia, como ya nos ha pasado antes. Por eso la memoria es tan importante: no podemos repetir eso.

Pienso en la gente que hablaba quechua y lo ocultaba. Yo estudié en La Cantuta, donde llegaban estudiantes de todo el Perú, muchos de ellos quechuahablantes, pero escondían su lengua: hablaban solo en español y decían que no sabían quechua. Y es que te discriminan por tu forma de ser, de pensar, de vestir, hasta el día de hoy. Si concursas para un trabajo y compites contra alguien de San Isidro siendo de Ayacucho, por más preparado que estés, el prejuicio racial hace que se lo den al otro. Eso es lo que nos desune. Y, a la vez, esa misma diversidad es nuestra riqueza: por algo nuestra cocina es una maravilla.

Después de tantos años de trabajo desde la cultura y el arte, ¿cómo ve hoy al país frente al racismo?

Creo que estamos mejor, aunque yo pensaba que mi país estaba menos enfermo de racismo de lo que en realidad está. Cuando fui miembro del Tribunal de Honor en un proceso electoral, teníamos que vigilar que los candidatos no se insultaran entre ellos, y se insultaban en términos raciales. Ahí uno ve que seguimos enfermos de racismo y que eso viene de la ignorancia, de la falta de conocimiento.

Por eso les digo a los jóvenes que tienen que recorrer el país recogiendo los cantos, las palabras, los poemas que hay. Este país tiene tanta cultura, tanta belleza por descubrir, y es necesario que los jóvenes caminen ese país y recojan lo que hay. Ese conocimiento de nuestras comunidades es lo que nos puede ayudar a unirnos.

"La música, las letras y la poesía tienen esa fuerza para contar la historia."

Susana Baca cantando en vivo con su banda completa.

Usted habla de la importancia de tener una raíz antes de crear o fusionar con otras formas musicales. ¿De dónde viene esa raíz en su propia música y qué le ha permitido hacer?

Tienes que tener la raíz. La mía está en esas fiestas familiares donde a los niños nos acostaban temprano mientras la fiesta seguía y, cuando llegaba la madrugada, era el momento de la zamacueca, que tiene ese algo del erotismo. Ese baile solo lo bailaban las tías mayores, porque a las jóvenes les podían faltar el respeto bailándolo, mientras que a una señora mayor jamás. Toda esa tradición la tuve que absorber.

Después puedo trabajar música más moderna, pero mi raíz está ahí. Si no tienes tu tradición, ¿cómo vas a fusionar con ritmos modernos? Hay que ir al fondo, a la raíz. Si no, es puro éxito fácil, que dura un mes y se acaba.

Para cerrar, después de todo lo que hemos conversado sobre la tradición, la memoria y las nuevas generaciones, ¿qué cree que deberíamos hacer para que toda esa riqueza cultural no se pierda y siga siendo una fuente de encuentro para el país?

Como digo, volver siempre a la raíz. Cuando fui ministra tenía la idea de hacer un gran trabajo de recopilación, como el que hice yo misma de joven, cuando recorrí el país de Tacna a Piura completamente por tierra, caminando, parando en los pueblos, durmiendo ahí, grabando, buscando a la gente. Ese material es buenísimo, y quise hacerlo a mayor escala con Roel, un investigador del folclore peruano que fue mi maestro. Le propuse trabajar juntos un registro de las festividades del Perú, y él sabía todo eso. Lamentablemente, enfermó y murió, y me quedé sin poder hacerlo.

Cuando llegué al Ministerio pensé: «Este es el momento». Quería que estudiantes de música recorrieran el país recogiendo y registrando ese material, y contábamos con el apoyo del Smithsonian de Estados Unidos y de la Unesco. Pero tuve que salir del cargo y el proyecto se quedó ahí. Por eso les digo a los jóvenes músicos: recorran el país, vayan de fiesta en fiesta y graben. Ojalá algún día lo hagan, porque ese archivo es fundamental.

Existe, por ejemplo, uno de música de la sierra en el Instituto Riva-Agüero de la Universidad Católica, con material valioso que han recogido distintos investigadores, pero está disperso: hay que hacer todo un trámite para poder escucharlo. Yo misma fui a Radio Cutivalú, en Piura, y me grabé un montón de cosas; fueron muy generosos conmigo. Hay un archivo maravilloso ahí afuera. Lo que toca es seguir ese trabajo: volver a las tradiciones, a las fiestas, a la raíz. Y difundirlo, porque en esa belleza está también nuestra manera de unirnos.

Compartir en:
Álvaro Fabián Suárez
Álvaro Fabián Suárez

Editor de la Revista Intercambio. Periodista y comunicador audiovisual. Bachiller en Periodismo por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

Recomendado

© 2024, Compañía de Jesús Provincia del Perú
Contacto
Logotipo Jesuitas del Perú