Fe, religión y espiritualidad
La «fe religiosa» presenta una serie de elementos comunes en casi todas las religiones existentes, aunque también numerosas diferencias. La «fe» se define, según el diccionario de la RAE, como: «Conjunto de creencias de una religión. Conjunto de creencias de alguien, de un grupo o de una multitud de personas. Creencia que se da a algo por la autoridad de quien lo dice o por la fama pública».[1]
La espiritualidad puede considerarse un recurso psicosocial individual que contribuye en la promoción de la salud, favorece los pensamientos, las palabras y las acciones, además de fomentar modificaciones en el comportamiento del individuo.
Para Platón, el ser humano está compuesto por cuerpo y alma. El cuerpo es corruptible y mortal, mientras que el alma es trascendente e inmortal. En el pensamiento platónico, el objetivo de la vida es alcanzar la sabiduría y la virtud, y ello solo es posible mediante el conocimiento de las ideas. El alma constituye, para Platón, la dimensión del ser humano capaz de conocer las ideas y, por ende, de alcanzar la sabiduría y la virtud.
Para Aristóteles, la espiritualidad puede entenderse en relación con la búsqueda de la felicidad. Según su pensamiento, la felicidad constituye el fin último de la vida y se alcanza a través de la realización de nuestras capacidades como seres humanos. Para ello, Aristóteles propone la práctica de la virtud y la búsqueda del justo medio.
"Cuando hemos hecho las cosas a medias o cuando lo hemos hecho sin ganas, solemos pensar que podríamos haber hecho las cosas de otra forma. Si actuamos con virtud y excelencia moral, esa sensación disminuirá."
Estoicismo y espiritualidad

La ataraxia se representa aquí como una tranquilidad de conciencia. Cuando hemos hecho las cosas a medias o cuando lo hemos hecho sin ganas, solemos pensar que podríamos haber hecho las cosas de otra forma. Si actuamos con virtud y excelencia moral, esa sensación disminuirá, pues habremos actuado de la mejor manera que sabíamos hacerlo.
Desde distintas tradiciones filosóficas pueden encontrarse aproximaciones a lo que hoy entendemos por espiritualidad.
Santo Tomás de Aquino fue uno de los filósofos más importantes de la Edad Media. Sus obras estuvieron profundamente influidas por la teología. Para él, la espiritualidad está relacionada con la búsqueda de Dios y la salvación. Según el filósofo, la razón es capaz de conocer a Dios a través del estudio de la naturaleza y la revelación divina. La fe y la razón son complementarias y se necesitan mutuamente para alcanzar la verdad.
La expresión «Noche oscura» se ha incorporado a la doctrina espiritual como un concepto general utilizado para designar las experiencias purificativas y de desolación por las que atraviesan los místicos en el proceso de unión con Dios.
En el pensamiento kantiano, la espiritualidad puede vincularse con la moral. Según el filósofo, la moralidad es la única fuente de valor absoluto y, por tanto, la única forma de alcanzar la trascendencia. La moralidad se basa en la razón y el respeto por la dignidad humana. Solo a través de la práctica de la moralidad podemos alcanzar la trascendencia y la felicidad.
Por su lado, Nietzsche sostenía que la espiritualidad está relacionada con la voluntad de poder. Según él, la vida no tiene un sentido predeterminado, sino que somos nosotros los que debemos crearlo. La voluntad de poder, para Nietzsche, es la fuerza que nos impulsa a crear nuestro propio sentido de la vida y a superar las limitaciones impuestas por la moral y la religión.
Para Spinoza, todo está determinado y no existen causas finales. Esto implica que las cosas no están predestinadas, que no existe la providencia y que Dios no tiene un plan preconcebido. En este punto aparece una aparente contradicción respecto a su concepción de Dios: ¿cómo algo que no existe podría tener un plan? Asimismo, las cosas no tienden hacia lo bueno ni lo malo y Dios no colocó al ser humano en el centro de la creación —por mencionar algunos de los elementos que Spinoza consideraba prejuicios—. El filósofo sostenía que todas las religiones habían atribuido a sus respectivas divinidades características, emociones y reacciones propias de los seres humanos, y que las castas sacerdotales imponían a sus fieles normas creadas por personas, frecuentemente de manera interesada, atribuyéndolas a supuestos mandatos divinos.
Además, Spinoza creía que existía una sola sustancia, a la que podemos llamar Dios o Naturaleza, que engloba todas las cosas. Cada una de ellas constituye un atributo o aspecto del Todo. Asimismo, sostenía que, si existía un camino espiritual para llegar a la paz interior, este pasaba por la lógica, por la comprensión racional de las leyes de la naturaleza y por el amor a Dios junto con la práctica del bien.
Según Pierre Teilhard de Chardin SJ, la espiritualidad se relaciona con la evolución de la conciencia humana hacia la unidad. Teilhard sostenía que la espiritualidad era un proceso que implicaba la integración de la mente, el cuerpo y el espíritu en un todo unificado.
Esta idea puede recordar, en ciertos aspectos, la obra de Gregory Bateson, antropólogo interesado en los patrones de comunicación y uno de los precursores de lo que posteriormente se conocería como terapia sistémica. Según esta perspectiva, toda la evolución conduce a la socialización. Es una fuerza cósmica la que nos arrastra a la unidad. Como resultado de esta unidad, el ser humano llegará a una cuarta etapa: el Punto Omega. Este será el resultado de la unión de millones de conciencias y dará lugar a un mundo cada vez más integrado.

"Desde diversas formas postconciliares hasta otras expresiones contemporáneas de espiritualidad, millones de personas continúan buscando formas de conexión con lo espiritual, independientemente del nombre que le otorguen."
Espiritualidad moderna
Las nociones modernas de espiritualidad se desarrollaron a lo largo de los siglos XIX y XX, combinando ideas cristianas con tradiciones del esoterismo occidental y elementos procedentes de religiones asiáticas, especialmente de la India. Este proceso recibió un importante impulso con el movimiento hippie de los años sesenta, que incorporó creencias tradicionales y el uso de sustancias como la ayahuasca —reapropiada en la actualidad por la New Age—, entre otros alucinógenos.
La espiritualidad se desvinculó cada vez más de las organizaciones e instituciones religiosas tradicionales. Sin embargo, ¿es esto responsabilidad de las personas o de las instituciones? Lo cierto es que, desde diversas formas postconciliares hasta otras expresiones contemporáneas de espiritualidad, millones de personas continúan buscando formas de conexión con lo espiritual, independientemente del nombre que le otorguen.
Los terapeutas, en su mayoría, indican poseer un sentido de espiritualidad. ¿Cómo es posible, entonces, considerar que esta constituye una parte de nosotros que puede dejarse en la puerta del consultorio y no utilizarse como una poderosa aliada del proceso terapéutico, sin por ello incurrir en formas de adoctrinamiento —presentes también en determinados contextos religiosos—, independientemente de la religión o tipo de espiritualidad que profesen los pacientes?
En mi experiencia, he comprobado en numerosas ocasiones que, cuando se habla con los pacientes sobre espiritualidad, respetando siempre la visión espiritual propia del paciente, esta puede convertirse en un motor que facilite e impulse el cambio que se busca generar en el proceso terapéutico. Nos encontramos con un paciente identificado, una pareja o familia, representado por el cubo opaco.
Como terapeutas, buscamos encontrar en ellos la esencia, el «bloque de mármol», y comenzamos a trabajar mediante herramientas técnicas, hipótesis —que cambian a lo largo del proceso— y objetivos terapéuticos.
Trabajamos buscando lo mejor que podemos hallar en ellos porque confiamos en que, en toda persona o sistema que sufre, hay «tesoros escondidos». Al ingresar a la sala de terapia, pasamos a formar parte del sistema terapéutico y, junto con los pacientes con quienes trabajamos, debemos hacerlos partícipes del cambio: un cambio de segundo orden que suponga una transformación cualitativa capaz de modificar la estructura familiar que mantiene los síntomas.
Finalmente, buscamos lograr que sea el propio sistema que acudió a nosotros el que se apropie de su proceso de cambio, mientras nosotros, sin falsas modestias, podamos sanar. Como decía Virginia Satir, pionera de la terapia familiar: «Quien logra sanar una familia está ayudando a salvar el mundo».
[1] Real Academia Española. (s. f.). Fe. En Diccionario de la lengua española. Recuperado el 27 de mayo de 2026, de https://dle.rae.es/fe

Psicólogo y director del Centro REDES. Psicoterapeuta familiar, de pareja e individual, especializado en terapia familiar sistémica y supervisión clínica.
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