Este lema, que figura a la entrada del Instituto Nacional de Salud Mental, expresa una verdad tan grande como desconocida. Durante mucho tiempo, la salud se dividió en dos ámbitos: salud física y salud mental. Del mismo modo, las enfermedades fueron clasificadas como orgánicas (de origen «puramente biológico») o mentales. Esta distinción pasó por alto que el ser humano es único e indivisible, cuyas manifestaciones psíquicas repercuten en el funcionamiento del cuerpo y cuyas alteraciones aparentemente biológicas también influyen en las emociones, los pensamientos y las conductas. Además, esta división ignora que el ser humano vive en estrecha interacción con sus semejantes y con el medio ambiente, nuestra casa común.
Debido a esta situación, no se atiende correctamente la magnitud de la carga global de la enfermedad debida a los trastornos mentales, aunque estos tienen efectos adversos de carácter social, económico y humano[1]. Las personas que tienen estas enfermedades son descuidadas tradicionalmente por los responsables de la generación de políticas dirigidas a la prevención, detección precoz, tratamiento y recuperación de estas mismas; además, también sufren discriminación y segregación de parte de los mismos vecinos y familiares.

"La experiencia de los profesionales y técnicos que trabajan en los CSMC y centros de salud revela una tensión constante entre la formación recibida y las condiciones reales de trabajo."
Uno de los mecanismos de respuesta ha sido la atención desde el primer nivel de salud. Fuera de los modelos usuales, reactivos, donde se busca detectar la enfermedad o condición y resolverla o derivar al paciente a otra instancia, si el problema supera el nivel de resolución del establecimiento, el modelo actual apunta a trabajar con un enfoque en la población y los ciudadanos en su contexto económico y social, con la perspectiva de mejorar las condiciones sociales durante el curso de vida con una perspectiva de largo plazo. Ello también implica un compromiso con la justicia social y la equidad, atendiendo las necesidades de las poblaciones usualmente desatendidas, por pobreza, lejanía, carencia de hogar, víctimas de violencia, inmigrantes, niños, adolescentes y adultos mayores. El enfoque debe priorizar la promoción y prevención de la salud, ofreciendo servicios en equipo con la población y los trabajadores de primer nivel. Es en este espacio donde los centros de salud mental comunitarios (CSMC), creados luego de la reforma de los servicios de salud mental en el Perú, juegan un papel importante tanto en la atención como en el enlace con otras instancias[2]. Estos realizan actividades preventivo-promocionales en colaboración con organizaciones de la sociedad civil y de otras instancias del Estado. Reciben pacientes derivados de los centros de salud generales para brindar atención integral de salud, derivan algunos a los servicios de psiquiatría de los hospitales generales y reciben a quienes están recuperados, participando también en la prevención de situaciones como la violencia familiar, las adicciones y las conductas antisociales, detectando casos y apoyando en su recuperación[3].
El punto crítico para la acción de los CSMC, como en toda entidad que atiende a personas, es el personal que las pone en marcha. Médicos psiquiatras y de familia, psicólogos, enfermeros, trabajadores sociales, terapeutas físicos, farmacéuticos, otros profesionales, personal técnico y administrativo conforman el personal que los conduce[4]. La experiencia de los profesionales y técnicos que trabajan en los CSMC y centros de salud revela una tensión constante entre la formación recibida y las condiciones reales de trabajo. Aunque la mayoría reconoce que su formación clínica —hospitalaria y comunitaria— les brindó herramientas para el abordaje diagnóstico y terapéutico, también indican que hay deficiencias no cubiertas en áreas administrativas, gestión de recursos y trabajo interdisciplinario.
La transición desde un entorno formativo estructurado en hospitales especializados y en hospitales generales (con rotaciones ocasionales en el caso de los psiquiatras y psicólogos en CSMC) hacia un escenario comunitario con recursos limitados obliga a los profesionales a desarrollar adaptaciones rápidas, creatividad clínica y una comprensión más amplia del contexto social.
A nivel personal, los desafíos se concentran en la alta demanda asistencial, sobre todo en el caso de los médicos, la necesidad de realizar entrevistas breves y decisiones terapéuticas rápidas, así como el manejo de emergencias con escasos recursos. Un problema extra es el estigma hacia la psiquiatría —tanto en el personal como en los usuarios— que aparece como un obstáculo transversal que afecta la adherencia, la colaboración interprofesional y la percepción del rol del psiquiatra.
La falta de recursos diagnósticos y terapéuticos, junto con la exigencia de trabajo de campo, añade una carga emocional y operativa considerable. En este último caso, las habilidades de los enfermeros y los trabajadores sociales en campo son indispensables, logrando el enlace con recursos comunitarios a pesar de ser pocos profesionales y que no siempre se encuentran especialistas en el área al momento de ofrecer plazas[5].
"La ausencia de jerarquías funcionales claras y la inestabilidad del personal generan discontinuidad en los procesos terapéuticos y administrativos."

En cuanto a la labor institucional, los centros enfrentan sobrecarga de pacientes y déficit de profesionales, tiempos reducidos de atención, escasez de medicamentos y dificultades en la coordinación interdisciplinaria. Hay profesionales que ingresan con entusiasmo, pero los pagos diferidos, la falta de capacitación en quienes no son especialistas, la atracción hacia puestos más seguros y hacia zonas con más especialistas contribuyen a que el personal tenga alta rotación. La ausencia de jerarquías funcionales claras y la inestabilidad del personal generan discontinuidad en los procesos terapéuticos y administrativos. Además, las referencias inadecuadas y el rechazo de pacientes por parte de hospitales complejizan la continuidad del cuidado.
A pesar de las dificultades, los CSMC y su personal cumplen sus labores cubriendo áreas que necesitan atención, pero que pueden hacerse fuera de los hospitales, en un entorno más familiar y cercano. Las necesidades en salud mental de la población atendida incluyen principalmente trastornos del ánimo, ansiedad, psicosis crónica, trastornos de personalidad y neurodivergencias. Las prioridades clínicas se orientan hacia casos de riesgo suicida, psicosis activa, consumo de sustancias y poblaciones vulnerables como adultos mayores. Sin embargo, la falta de medicación adecuada y la presión por cumplir metas cuantitativas limitan la calidad del abordaje.
Conversando en diversas ocasiones de modo informal con varios trabajadores de los CSMC, médicos psiquiatras, psicólogos y enfermeros principalmente, mantienen el entusiasmo por el modelo porque apunta a crear y reforzar comunidades saludables y evitar el desarrollo de problemas de salud mental. Sin embargo, muchos coinciden en que el respaldo estatal se percibe como parcial, distante y con problemas de presupuesto y de enlace con otras instituciones: aunque existen respuestas rápidas en situaciones críticas —como casos de abuso infantil— y campañas de tamizaje, persisten problemas de logística, retrasos en pagos y énfasis en productividad (mayor cantidad de pacientes por hora de cada profesional) más que en evolución clínica. La dificultad para mantener personal estable afecta la continuidad de los servicios, y también la de capacitación de personal que no tiene especialización en el área, dada la escasez del mismo; una psiquiatra recordó que debió hacer capacitaciones a su propio personal al advertir actitudes de prejuicio y desconocimiento del manejo de los pacientes.
"En ciertos hospitales generales, por ejemplo, se asume que todos los pacientes derivados son esquizofrénicos y, por ello, difíciles de manejar."
Otro problema que perciben es la dificultad para enlazar con otras instancias de salud. En el caso de pacientes derivados a centros de mayor complejidad, también señalan dificultades para dar continuidad a su seguimiento en los CSMC, debido a la falta de medicamentos que los pacientes recibieron en los hospitales generales o especializados, así como a las demoras en la aceptación de las referencias, ya sea por falta de espacios o por los prejuicios existentes en algunos establecimientos. En ciertos hospitales generales, por ejemplo, se asume que todos los pacientes derivados son esquizofrénicos y, por ello, difíciles de manejar. Sin embargo, las patologías que ameritan una derivación son diversas, y todos los pacientes merecen el mismo trato para sentirse acogidos y bien atendidos. También advierten, en el caso de las visitas domiciliarias, un punto clave para la recuperación de muchos pacientes que no pueden movilizarse o no quieren salir de su vivienda, que no se realizan con la frecuencia que se necesita por la dificultad en la disposición de personal necesario.
Finalmente, las experiencias compartidas muestran la complejidad del trabajo comunitario: visitas domiciliarias en zonas de difícil acceso, creación de consultorios con recursos propios, falta de capacitación a personal no especializado, acompañamiento longitudinal de pacientes y casos clínicos complejos que requieren derivación a instituciones especializadas. Estas vivencias revelan tanto la precariedad del sistema como la resiliencia y compromiso de los profesionales y técnicos comprometidos que trabajan en estos lugares, quienes mantienen la atención viable en lugares en donde muchos ciudadanos con situaciones que amenazan su bienestar o con trastornos mentales han aprendido a encontrar espacios seguros, respaldo y atención sin estigmas.

[1] Vigo, D., Thornicroft, G., & Atun, R. (2016). Estimating the true global burden of mental illness. The Lancet Psychiatry, 3(2), 171–178. https://doi.org/10.1016/S2215-0366(15)00505-2
[2] Thornicroft, G., Deb, T., & Henderson, C. (2016). Community mental health care worldwide: current status and further developments. World Psychiatry, 15(3), 276–286. https://doi.org/10.1002/WPS.20349
[3] Ley N.º 30947 - Normas y documentos legales - Congreso de la República - Plataforma del Estado Peruano. (n.d.). Retrieved May 25, 2026, from https://www.gob.pe/institucion/congreso-de-la-republica/normas-legales/1423694-30947.
[4] Norma técnica de salud: Centros de salud mental comunitarios - Informes y publicaciones - Ministerio de Salud - Plataforma del Estado Peruano. (n.d.). Retrieved May 25, 2026, from https://www.gob.pe/institucion/minsa/informes-publicaciones/279706-norma-tecnica-de-salud-centros-de-salud-mental-comunitarios¿
[5] Toyama, M., Castillo, H., Galea, J. T., Brandt, L. R., Mendoza, M., Herrera, V., Mitrani, M., Cutipé, Y., Cavero, V., Diez-Canseco, F., & Miranda, J. J. (2017). Peruvian Mental Health Reform: A Framework for Scaling-up Mental Health Services. International Journal of Health Policy and Management, 6(9), 501. https://doi.org/10.15171/IJHPM.2017.07

Médica psiquiatra del Hospital Nacional Arzobispo Loayza. Docente y adjunta a la Dirección de Docencia e Investigación, especializada en salud mental, formación médica e investigación sobre el uso de nuevas tecnologías en psiquiatría.
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