La madre de todas las crisis y sus oportunidades

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Probando que siguen siendo dos de las universidades más científicas y creativas del planeta, la Universidad de Cambridge y el Massachussets Institute of Technology (MIT) acaban de realizar un crucial estudio[1] sobre la crisis climática que vivimos todos. Tiene varios aportes: 1) explorar de manera sistemática los peores escenarios futuros que podría producir el cambio climático, 2) explicar por qué no se le hace tanto caso a este peligro y, el más importante, 3) involucrar en el análisis a las variables económicas, sociales, políticas e institucionales, no vinculadas en forma directa con esta crisis.

Estos científicos, y muchos otros más,  nos proponen nuevos conceptos y “estados mentales” a los que tendremos que ir acostumbrándonos: límites naturales del planeta[2], puntos de no retorno, eventos catastróficos, advertencias tempranas, cascada de eventos, fallas sincrónicas, cambios cualitativos, riesgo sistémico, amenaza catastrófica global, colapso societal, interrelaciones inexploradas, incertidumbre profunda, variables y procesos que desconocemos, entre otros. Todos, conceptos y variables, se encuentran muy alejados del discurso lineal y cuantitativo al que nos tienen acostumbrados los macroeconomistas convencionales; invitados privilegiados de los medios masivos, que se despachan cotidianamente con sus “proyecciones al futuro” y, a estas alturas, ya no prevén nada.

El primer llamado de atención es que las extinciones masivas de especies no son nuevas, han ocurrido cinco de ellas en la historia de la tierra. Lo segundo es tener en cuenta que estas extinciones masivas no ocurren en el mismo momento. Todos los habitantes del planeta no nos vamos a morir el mismo día. Las regiones y países más vulnerables (en muchas dimensiones) van a ser los primeros y los más fuertemente golpeados. Por ejemplo, en el año 2070 dos mil millones de personas van a vivir en las zonas de “extremo calor”. Antes de morir por sofocación o hambre van a intentar migrar; los actuales procesos migratorios parecerán un juego de niños. No hay que estirar mucho la imaginación para considerar las posibilidades de conflictos armados, locales, regionales y mundiales que ello implica. Con el incremento de las temperaturas, la productividad de la tierra cae dramáticamente, produciendo hambrunas en diversas partes del planeta. Y no sigo, para no deprimir a los lectores.

Hay varias razones para que la gente de a pie, y los políticos de turno, no le den importancia al cambio climático: 1) los estudios científicos son ininteligibles para ellos y, además, generalmente estos se orientan a cambiar las cosas para el bien, y por lo tanto desestiman los peores escenarios; 2) las interrelaciones entre los diversos campos del conocimiento son complejas y difíciles de medir (y más de comprobar), lo que ahuyenta a muchos científicos e investigadores; 3) la ideología dominante que pregona que cada uno debe buscar su propio interés, que la mano invisible del mercado resolverá todos los problemas, y que preocuparse por el bien común y la comunidad es una pérdida de tiempo; y 4) la explosión de fake-news que han posibilitado las redes sociales, muchas de ellas promovidas por los intereses afectados por las regulaciones y medidas ambientales de los gobiernos, que generan mucha incertidumbre, y lo que me atrevería a llamar “caos mental” en mucha gente[3].

Pero, como dije, el principal aporte del artículo es la visión integradora, comprensiva, holística sobre la crisis climática; relacionándola con esferas consideradas lejanas a la naturaleza, como la economía, la salud, la sociedad, las instituciones, la política, las guerras. Como dice el propio artículo: “El cambio climático se va a desenvolver en un mundo con ecosistemas, geopolítica y tecnologías en permanente cambio. Vamos a ver ‘guerras calientes’.”

De acuerdo al gráfico presentado, los actuales jinetes del apocalipsis son el cambio climático, las enfermedades contagiosas, la desigualdad económica, las hambrunas, la escasez de recursos (principalmente agua y energía), la fragilidad estatal y los conflictos armados. Todos, juntos, separados, mezclados y/o potenciados, van a terminar, más temprano que tarde, con la humanidad entera.

El artículo junta varias de las crisis que estamos viviendo en estos momentos: empezando por los climas extremos en diversas partes del mundo; siguiendo con la pandemia de la COVID-19 que no termina, y que ahora se agrava con la viruela del mono; las migraciones de Medio Oriente y el África hacia Europa, y de Centro América a Estados Unidos; la guerra en Ucrania; la inflación mundial que tiene sus raíces en la crisis financiero del 2008; la disrupción de las cadenas de suministro mundiales; el conflicto de China con Estados Unidos sobre la isla de Taiwán; el resquebrajamiento de la globalización, entre otros. Todos estos fenómenos están relacionados, y este artículo abre trocha en lo que debería ser una mirada amplia y comprensiva de la economía y la política[4].

¿Se pueden evitar estos escenarios catastróficos? Sí, se puede. La principal condición es que actuemos todos juntos, comenzando por los políticos a cargo de sus respectivos países. Como ha quedado claro, estamos ante una crisis sistémica, global, compleja. No va a ser fácil salir de ella. Sólo la resolveremos si es que actuamos desde varios frentes, a diversos niveles y de forma concertada. Nadie puede quedar fuera de la solución.

Lo que vemos es que, prácticamente, todos los países declaran orientarse y tener como objetivo de largo plazo el desarrollo sostenible[5]. Es cierto que, como en el caso del Perú, para muchos países, esta intención es puramente retórica. Pero los países líderes como Alemania, Noruega, Finlandia, Corea del Sur y Nueva Zelandia están diseñando y aplicando políticas, y tomando medidas concretas para convertir a sus sociedades y economías en sostenibles. El caso de China es muy notorio, pues hasta hace poco ha sido considerado el país más contaminante del planeta, y hoy pugna por ser el líder en el desarrollo sostenible[6].

Para el Perú y América Latina, no sólo representa una cuestión de sobrevivencia, como para todo el mundo, sino que es también una oportunidad de aventajar a los países desarrollados. Parece imposible, pero no lo es.

Como ya se sabe, el Desarrollo Sostenible (DS) va mucho más allá del limitado pero muy popular Crecimiento Económico (CE), que ha sido el objetivo principal, y casi único, de nuestro país durante las últimas décadas. El DS implica cuatro dimensiones: 1) la económica (en donde se ubica el PBI, las variables macroeconómicas, la creación de la riqueza, entre otras); 2) la social (que implica la distribución más justa de la riqueza, los servicios sociales como la educación y la salud, el pleno empleo, entre otras); 3) la ambiental (la naturaleza, la biodiversidad, el calentamiento global, las energías renovables, entre otras); y 4) la político-institucional (el poder ejecutivo, legislativo, sociedad civil, la corrupción, entre otras).

La dimensión que ha estado totalmente ausente en los objetivos y las políticas de los países ha sido la ambiental. Esto viene ocurriendo desde la revolución industrial inglesa de fines del siglo XVIII. Es decir, hace dos siglos y medio que los países, sobre todo los más desarrollados, han tomado decisiones económicas y sociales sin considerar a la naturaleza; o, más propiamente, considerando que la naturaleza era una fuente inagotable de recursos y que podría ser contaminada sin costo y sin límite. El calentamiento global, la pérdida de aire y agua limpia, la acidificación de los océanos, la lluvia ácida, el incremento de las enfermedades degenerativas, los virus de origen zoonótico, entre muchos otros fenómenos, han creado los escenarios catastróficos que nos presenta el artículo de la U. de Cambridge y el MIT.

Los países desarrollados no sólo son los que más contaminan y más contribuyen al cambio climático, sino que en estos dos siglos y medio han destruido la naturaleza propia y la que los rodea. Esta afirmación puede comprobarse en el hecho de que China está activamente “recuperando su naturaleza”; habiendo sembrado anualmente 50,000 kilómetros cuadrados de cubierta forestal desde el año 2000[7] y movilizando a una buena parte de su ejército en esta tarea.

Un estudio reciente, nos muestra que la naturaleza, representada por la biodiversidad, se encuentra principalmente en América del Sur, en el sur de África y parte del sudeste asiático[8]. En el resto del planeta, en donde se ubican los países más desarrollados y los países en desarrollo más contaminados (China y la India), queda muy poca naturaleza. Lo mismo ocurre con los ríos[9] y la riqueza marina: el Pacífico sur es la mayor reserva de peces en el mundo, a donde vienen a pescar las flotas de los países desarrollados sencillamente porque ya han depredado sus propios océanos[10].

Si tomamos como referencia las recientes teorías asumidas por el Banco Mundial sobre la riqueza de las naciones[11], que dividen el capital en tres grandes grupos: 1) capital productivo y financiero, 2) capital humano y social y 3) capital natural; tendremos que concluir que el mayor capital natural está en nuestros países, y probablemente la mayor riqueza (a secas) mundial también (porque a medida que pasan los años tanto el capital natural como el capital humano irán adquiriendo mayor importancia que el capital productivo y el financiero).

El calentamiento global, la escasez de agua, el incremento de enfermedades, entre otros fenómenos, han sido los creadores del catastrófico escenario que vivimos hoy en día.

De hecho, los países desarrollados tendrán que “decrecer”. Es decir, tienen que achicar su dimensión puramente económica y financiera para llegar al Desarrollo Sostenible, mientras que nuestros países tienen todavía un amplio margen para el crecimiento económico y financiero. Estas constataciones, nuestro abundante capital natural y humano, y nuestro margen de crecimiento económico, abren la posibilidad (por primera vez en la historia) que el Perú y América Latina puedan alcanzar y superar a los países desarrollados en el camino hacia el Desarrollo Sostenible. A esta oportunidad yo le llamo el “atajo” hacia el desarrollo sostenible, porque lo primero que tenemos que hacer es dejar de seguir e imitar a los países desarrollados (sobre todo a los más contaminantes), ganarles en iniciativa, creatividad y determinación, abriendo un camino propio e inédito.

Pero claro, estamos hablando de oportunidad, de posibilidad, y estas hay que aprovecharlas, hay que capturarlas; no están garantizadas. ¿Seremos capaces de aprovechar esta oportunidad, de capturar esta posibilidad? ¿Antes de ello, seremos capaces de darnos cuenta que existen? ¿Tendremos la suficiente autonomía de pensamiento y valentía para intentarlo? ¿Podremos librarnos de la ideología dominante que nos dice que basta reactivar la economía, concentrarnos sólo en el crecimiento, dejar que actúe la mano invisible del mercado y regresar al exitoso statu quo anterior a la pandemia?

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[1]. Climate Endgame: Exploring catastyrophic climate change scenarios (2022); Luke Kemp et al., PNAS, U. de Cambridge, MIT, Cambridge, USA.
[2]. Rockstrom, Johan, et al (2009); Planetary Boundaries: Exploring the Safe Operating Space for Humanity, Ecology and Society.
[3]. Los últimas dos argumentos son míos, no atribuibles al artículo de la U. de Cambridge y el MIT.
[4]. Para una ampliación de esta idea buscar el Curso Economía Política Contemporánea (EPC) en Facebook, Instagram, Youtube, TikTok.
[5]. Ver los diversos artículos de la Revista Intercambio No. 57, Otoño 2022.
[6]. Ver el artículo “La transición energética de China y sus implicancias para el Perú”, Rebecca Ray, Revista Intercambio No. 57, 2022.
[7]. La gran reforestación China, El País, 9 Oct 2018.
[8]. The economics of Biodiversity, The Dasgupta Review, 2021.
[9]. Two-thirds for Earth’s longest rivers no longer free-flow, Gaworecki, Mongabay, 2019.
[10]. Los mapas que muestran cómo 5 países acaparan el 85% de la pesca mundial, BBC, 2018.
[11]. World Bank Group (2021), The Changing Wealth of Nations-Managing Assets for the Future.

 

Primavera 2022


Fernando Villarán

Universidad Antonio Ruiz de Montoya

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