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Edición Nº 71

Crianza con ternura: la fuerza de los vínculos para la salud mental
Daniel Yépez Barrionuevo
8 de julio, 2026

La salud mental está profundamente ligada a las vivencias de la infancia y el contexto donde se producen, pues estas moldean la personalidad e influyen directamente en el bienestar y en los vínculos que establecemos a lo largo de la vida. En concreto, los estilos de crianza que ejercemos como adultos suelen estar condicionados por nuestras propias experiencias en la niñez. Nuestras memorias infantiles, sean de justicia y ternura o de violencia y vulneración de derechos, pueden transformarse en una fuente de sabiduría para la crianza actual, siempre que seamos capaces de resignificarlas[1] en favor del bienestar de quienes están bajo nuestro cuidado. Solo al volver la mirada hacia nuestra propia historia podremos transformar las prácticas que ejercemos como cuidadores en el hogar o la comunidad.

Bajo esta premisa, es necesario cuestionarnos como sociedad qué historias de ternura o de dolor se están transmitiendo hoy en nuestro país y cuáles son los frutos de la crianza de aquellos niños heridos que ahora son padres y madres. Las estadísticas nos interpelan, pues prácticamente cinco de cada diez niñas y niños sufren violencia en sus hogares[2]. Esta situación sugiere un entorno familiar de adversidad que, inevitablemente, se reproduce en entornos sociales igualmente hostiles.

"Las estadísticas nos interpelan, pues prácticamente cinco de cada diez niñas y niños sufren violencia en sus hogares."

Una papá y una mamá jugando con su hijo.

La evidencia científica indica que las experiencias adversas en la niñez (EAN) son eventos perjudiciales y crónicos que generan estrés tóxico. Estos sucesos tienen efectos acumulativos y consecuencias de diversa gravedad para la salud integral. Las EAN se refieren al abuso físico, psicológico y sexual, la negligencia física y emocional o la disfuncionalidad familiar —violencia de género, abandono, consumo de sustancias y problemas de salud mental de los cuidadores—. Estas vivencias no solo quebrantan el bienestar emocional presente, sino que dejan huellas profundas y dolorosas en la adultez, etapa en la que existe una alta probabilidad de reproducir ese entorno de sufrimiento hacia la niñez bajo su protección[3], si es que no se resignifican estas experiencias para identificar y decidir conscientemente los patrones de crianza a transformar para el cuidado sensible de las infancias.

Para ilustrar este impacto, veamos algunas evidencias: cuando una niña, niño o adolescente experimenta cuatro o más EAN, tiene 3,9 veces más probabilidades de sufrir depresión, cifra que aumenta a 4,7 veces al llegar a la adultez. Una progresión similar ocurre con la ideación suicida: la probabilidad es de 1,9 veces en la niñez y se dispara a 10,5 veces en la etapa adulta. Un dato alarmante se observa en los intentos de suicidio: por cada EAN, el riesgo aumenta 2,5 veces durante la niñez, pero al alcanzar la adultez, la probabilidad se incrementa hasta 37,5 veces[4]. Estas experiencias son dolores que el tiempo no borra por sí solo, recordándonos que sanar el presente de nuestras infancias es una condición fundamental para asegurar que su futuro no sea una extensión de sus heridas; para ello es necesario sanar al niño y a la niña de ayer.

Frente a esta realidad de crueldad hacia las infancias, surge como propuesta la crianza con ternura como una vía para promover el bienestar emocional en las infancias. Lejos de ser una práctica permisiva o muestra de debilidad —como sugiere el imaginario social—, la crianza con ternura es una postura ética basada en el respeto y el compromiso con la dignidad de las niñas y niños. Esta se constituye como una forma de resistencia frente a cualquier práctica que pretenda vulnerar la vida o el cuerpo de la niñez de manera cruel o violenta[5].

La crianza con ternura es un factor protector, capaz de interrumpir los ciclos transgeneracionales de violencia. La presencia de relaciones de cuidado seguro, sensible y de vínculos afectivos sólidos —no solo dentro de la familia, sino también en espacios como la escuela y la comunidad— es determinante para la salud y el bienestar integral de las infancias y sus adulteces futuras[6]. En este entramado, la familia constituye el espacio más significativo para cultivar tales fortalezas, definidas por el acompañamiento de adultos leales que brindan protección y amor, responden a las necesidades de salud y fomentan relaciones de confianza[7]. Asimismo, las vivencias comunitarias, como contar con amigos cercanos, desarrollar un sentido de pertenencia escolar, mantener creencias que ofrezcan consuelo, sentirse bien consigo mismo y disponer de adultos fuera del hogar legítimamente interesados en su bienestar[8], además de otorgar bienestar inmediato, actúan como escudos protectores ante las experiencias adversas a lo largo de la vida.

"El resultado de vivir una niñez inmersa en la ternura y en entornos relacionales simétricos se traduce en una sólida salud integral, bienestar emocional, éxito académico y una alta capacidad para regular impulsos agresivos."

Para la crianza con ternura, es imperativa la dignificación de las infancias como sujetos de derechos mediante relaciones horizontales y dialogantes que validen las experiencias y emociones, libres de prácticas de control rígido. Este enfoque contrarresta el adultocentrismo, permitiendo que niñas y niños participen activamente en la toma de decisiones, desarrollen un pensamiento crítico sobre su realidad y resuelvan conflictos a través de la responsabilidad con los otros. De la misma manera, la libertad de jugar de manera autónoma, creativa y colaborativa se erige como una experiencia vital, social y de expresión emocional indispensable[9]. El juego activa áreas cerebrales que liberan neuroquímicos esenciales como la oxitocina, serotonina, dopamina y endorfinas, las cuales mitigan el estrés, generan calma y funcionan como el principal antídoto contra el sufrimiento socioemocional[10].    

En consecuencia, la confluencia de la actividad lúdica, el cuidado sensible que respete la dignidad e identidad única de las infancias transforma profundamente su bienestar. El resultado de vivir una niñez inmersa en la ternura y en entornos relacionales simétricos se traduce en una sólida salud integral, bienestar emocional, éxito académico y una alta capacidad para regular impulsos agresivos. En definitiva, una persona criada con ternura integrará la empatía y la solidaridad, replicando el cuidado y rechazando la violencia en todas sus formas.

Como reflexión final, el desafío de la salud mental en el Perú exige transformar los hogares y las comunidades en espacios de ternura y cuidado. Es fundamental dejar de concebir los problemas psíquicos como asuntos exclusivamente individuales o clínicos para comprenderlos como un sufrimiento psicosocial. Para lograrlo, es imperativo restaurar a la niñez desde sus propias narrativas de vida, devolviéndoles la certeza de merecer amor y respeto. Esto implica diseñar e implementar políticas públicas orientadas a resignificar las memorias de infancia de los adultos que hoy asumen responsabilidades de cuidado, superando además los estereotipos de género asociados a esta tarea. En última instancia, criar desde la ternura se alza como un acto de resistencia y revolución afectiva; implica comprender que sanar la memoria emocional de quienes cuidan es también proteger el bienestar presente de las infancias, permitiendo transformar el dolor heredado en una fuerza donde la vida pueda florecer sin miedo y en toda su plenitud.


[1] El proceso de resignificación implica dar un nuevo sentido y trascender las heridas transgeneracionales, es el acto de restaurar, liberar y transformar el impacto del pasado para ejercer una maternidad o paternidad basada en el amor y el respeto a la dignidad de las infancias.

[2] La Encuesta Nacional de Relaciones Sociales (ENARES, 2024) indica que el 45,5% de niñas y niños de 9 a 11 años, y el 43,6% de adolescentes, sufren violencia física y psicológica en sus hogares.

[3] Vincent Felitti y Robert Anda son los principales investigadores que demostraron una relación directa entre las experiencias adversas en la niñez y el deterioro de la salud integral en la vida adulta en su estudio: “Relationships of Childhood Abuse and Household Dysfunction to Many of the Leading Causes of Death in Adults” (1998).

[4] Bhushan D, et al. Roadmap for Resilience: The California Surgeon General’s Report on Adverse Childhood Experiences, Toxic Stress, and Health. Office of the California Surgeon General, 2020.

[5] El enfoque de crianza con ternura es implementado por World Vision en 14 países de América Latina y el Caribe.

[6] Investigadores como Felliti, Anda, S. Hillis, C. Bethell desarrollan ampliamente los impactos positivos en el bienestar y la salud mental de las experiencias tiernas durante la niñez.

[7] Susan Hillis (2010), es una de las principales teóricas que explica cómo las fortalezas familiares son factores protectores ante las experiencias adversas durante la niñez.

[8] Christina Bethell y Alicia Lieberman amplían las experiencias positivas y benevolentes durante la niñez a la experiencia en el entorno educativo y comunitario.

[9] Peter Gray desarrolla ampliamente el sentido social y emocional del juego en el bienestar y desarrollo de las infancias.

[10] Jack Panksepp, uno de los principales investigadores de la neurociencia afectiva, propone el juego como parte de los sistemas emocionales que existen especialmente en todos los mamíferos, incluidos los seres humanos.

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Daniel Yépez Barrionuevo
Daniel Yépez Barrionuevo

Psicólogo y coordinador del Programa Estratégico Nacional de Niñez de World Vision Perú. Especialista en protección de la niñez, desarrollo infantil y programas de intervención social.

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