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Edición Nº 71

Pantallas que duelen: redes sociales, ansiedad y salud mental en los jóvenes
Antonio Carrón de la Torre, OAR
8 de julio, 2026

Una adolescente de quince años se acuesta cada noche con su celular bajo la almohada. Antes de dormir revisa, una vez más, cuántos mensajes recibió, cuántos likes acumuló su última foto, qué publicaron sus amigas. Si el resultado no la satisface, le espera una noche en vela y la sensación difusa de no ser suficiente. Esta escena, repetida en millones de hogares, describe una de las transformaciones más silenciosas de nuestro tiempo. La pregunta que nos convoca y provoca como sociedad —y como Iglesia— es si estamos a la altura de comprenderla.

Los lentes de un niño reflejando la pantalla del celular.

Una generación bajo presión

La Organización Mundial de la Salud advierte que los trastornos de salud mental son una de las principales causas de carga de enfermedad entre adolescentes en el mundo. Estima que, aproximadamente, uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años convive con algún trastorno mental, siendo la ansiedad y la depresión los más frecuentes. Estas cifras describen biografías rotas, vocaciones postergadas y, en los casos más graves, vidas interrumpidas: el suicidio figura entre las principales causas de muerte en este grupo etario.

El Perú no es ajeno a esta realidad. Estudios del Instituto Nacional de Salud Mental «Honorio Delgado-Hideyo Noguchi» han documentado prevalencias significativas de episodios depresivos y trastornos de ansiedad en adolescentes de Lima y otras regiones. La pandemia de COVID-19 agravó este panorama: el aislamiento, el cierre de escuelas y la pérdida de seres queridos dejaron una huella psíquica que aún estamos lejos de procesar. El propio Ministerio de Salud ha reconocido el incremento de la demanda de atención, una exigencia que supera ampliamente la oferta disponible en los servicios públicos.

A esta crisis se suma un factor de enorme peso: la omnipresencia de las redes sociales en la vida cotidiana de niños y adolescentes. Se trata de un fenómeno que no es accesorio, sino que ha reconfigurado la manera en que se construye la identidad, se establecen los vínculos y se mide el propio valor.

El debate global: ¿causa o catalizador?

La discusión académica internacional sobre la relación entre redes sociales y salud mental juvenil está lejos de cerrarse. El psicólogo social Jonathan Haidt sostiene —en obras como La generación ansiosa (2024)[1]—que el reemplazo de la «infancia basada en el juego» por una «infancia basada en el smartphone», junto con la masificación de las redes sociales desde aproximadamente 2010, ha provocado un deterioro mensurable en la salud mental de los adolescentes, particularmente en las niñas. Su tesis señala una correlación entre el incremento de diagnósticos de ansiedad, depresión y autolesiones y la expansión del uso intensivo de plataformas como Instagram o TikTok.

Otros investigadores, como Candice Odgers o Andrew Przybylski, matizan estas conclusiones, advirtiendo que la evidencia disponible muestra correlaciones modestas y que el deterioro de la salud mental juvenil obedece a una constelación de factores: precariedad económica, soledad, presión académica y, sí, también el ecosistema digital. La discusión no debe encerrarse en un falso dilema. Las redes no son la única causa, pero tampoco son inocentes, dado que funcionan como un catalizador que amplifica vulnerabilidades preexistentes y crea otras nuevas.

Y aquí conviene ser claros: es necesario tomar partido. No es lo mismo una herramienta neutra que un dispositivo diseñado deliberadamente para capturar la atención. Las plataformas dominantes operan bajo una economía de la atención que premia el contenido emocionalmente intenso, la comparación social permanente y el scroll infinito. Documentos internos de Meta, conocidos en 2021 como los «Facebook Papers», mostraron que la propia empresa había detectado efectos nocivos de Instagram sobre la imagen corporal de las adolescentes, sin que ello se tradujera en cambios sustantivos. La pregunta ética no es solo cuánto tiempo pasan los jóvenes frente a la pantalla, sino ante qué tipo de pantalla están, quién la diseñó y con qué intereses.

"Las redes no son la única causa, pero tampoco son inocentes, dado que funcionan como un catalizador que amplifica vulnerabilidades preexistentes y crea otras nuevas."

El rostro peruano del problema

En el Perú, el acceso a internet móvil se ha expandido notablemente durante la última década. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), la mayoría de hogares peruanos cuenta con al menos un miembro que accede a internet, y entre los jóvenes de 12 a 24 años el uso es prácticamente universal en zonas urbanas. Esta democratización ha llegado, sin embargo, sin acompañamiento: sin alfabetización digital crítica, sin educación emocional y sin servicios de salud mental capaces de responder a los nuevos malestares.

La brecha es particularmente dolorosa. Mientras un adolescente de un colegio privado limeño puede acceder a terapia psicológica y a conversaciones familiares sobre el uso del celular, otro de una zona rural andina o amazónica enfrenta los mismos algoritmos y las mismas dinámicas de comparación, pero sin red de apoyo y sin servicios cercanos. La Defensoría del Pueblo ha llamado la atención sobre la insuficiencia de la oferta pública: los Centros de Salud Mental Comunitaria, creados al amparo de la Ley N.° 30947, han crecido, pero siguen siendo insuficientes para la demanda real del país.

A ello se suman fenómenos específicos: el ciberacoso escolar, que el sistema SíseVe del Ministerio de Educación viene registrando con preocupación; la exposición temprana a contenidos violentos o sexualizados; la presión por mostrar una vida exitosa en contextos de profunda desigualdad; y la circulación de retos virales y comunidades en línea que romantizan la autolesión o el suicidio. No estamos ante un problema individual, sino ante un problema de salud pública.

"La pregunta ética no es solo cuánto tiempo pasan los jóvenes frente a la pantalla, sino ante qué tipo de pantalla están, quién la diseñó y con qué intereses."

Estudiante frustrada y estresada frente a la pantalla de una computadora.

Una mirada desde la fe: la dignidad herida

Frente a este escenario, la tradición cristiana tiene mucho que aportar. No tanto recetas técnicas —que corresponden a la psicología, la psiquiatría y la política pública—, sino un horizonte de sentido. La fe nos recuerda que cada joven es portador de una dignidad que no depende de los seguidores que tenga, de los likes que reciba ni del cuerpo que muestre. Esta convicción, aparentemente simple, es profundamente subversiva en una cultura que reduce el valor humano a su rendimiento visible.

El papa León XIV, desde el inicio de su pontificado, ha llamado la atención sobre los desafíos antropológicos que plantean las tecnologías contemporáneas, en especial la inteligencia artificial y los entornos digitales. Eligió su nombre, según ha explicado, en continuidad con León XIII, quien escribió la Rerum Novarum frente a la revolución industrial. Hoy la Iglesia está llamada a responder con la misma audacia frente a una nueva revolución que afecta el trabajo, los vínculos y la dignidad humana. Pensar la salud mental de los jóvenes en el Perú no puede limitarse a un asunto sanitario, sino que constituye también una cuestión de justicia social y de defensa de la persona frente a poderes que la instrumentalizan.

La Iglesia en el Perú, presente en parroquias, colegios, universidades y comunidades de base, tiene una capilaridad que pocas instituciones poseen. Esa cercanía es un activo pastoral al servicio de los jóvenes que sufren: escuchar sin juzgar, formar a familias y educadores en alfabetización digital crítica, abrir espacios de comunidad presencial que ofrezcan una alternativa real a la soledad acompañada de la pantalla.

Chica joven en su cuarto viendo su celular.

 Tomar partido: un horizonte de acción

Reconocer la complejidad del fenómeno no debe paralizarnos. Hay decisiones que, como sociedad y como Iglesia, podemos y debemos tomar.

Primero, exigir al Estado peruano una implementación efectiva de la Ley de Salud Mental, con financiamiento suficiente y servicios accesibles también en zonas rurales.

Segundo, regular con seriedad a las plataformas: verificación de edad real, transparencia algorítmica, prohibición de diseños adictivos dirigidos a menores. Países como Australia, Francia y España ya avanzan en esa dirección, y el Perú no puede quedarse atrás amparado en el mito de la «innovación»     .

Tercero, recuperar el lugar de la familia, la escuela y la comunidad de fe como espacios primarios de cuidado. No se trata de demonizar la tecnología —los jóvenes tienen derecho a habitar el mundo digital con criterio y creatividad—, sino de evitar que la pantalla sustituya la mirada del padre, la conversación con el amigo o el abrazo de la abuela.

Cuarto, escuchar a los propios jóvenes. Ellos no son víctimas pasivas del ecosistema digital, sino que muchas veces son los primeros en intuir lo que les hace daño y los primeros en ensayar respuestas creativas.

La adolescente con la que abrimos no necesita un sermón sobre los peligros del celular. Necesita adultos que la miren a los ojos, una sociedad que no la mida por sus likes, un Estado que garantice su derecho a la salud mental y una comunidad de fe que le recuerde, con palabras y con gestos, que es amada antes de cualquier publicación. Esa es la apuesta. Esa es, también, la urgencia.


[1] Haidt, J. (2024). La generación ansiosa: Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes. Deusto.

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Antonio Carrón de la Torre, OAR
Antonio Carrón de la Torre, OAR

Sacerdote agustino recoleto. Consejero general de la Orden de Agustinos Recoletos y docente del Centre for Child Protection de la Universidad Gregoriana de Roma, especializado en educación, protección de menores y pastoral.

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