
Cuidar no es fácil en el Perú de hoy. Vivimos rodeados de señales que parecen decir lo contrario: la extorsión que ahoga a comerciantes y transportistas, el miedo que reorganiza nuestras rutinas más básicas, la desconfianza que ha ido vaciando de sentido a buena parte de nuestras instituciones. En ese clima, cuidar la mente —la propia y la del otro— puede sentirse como un lujo que no nos podemos dar.
Este número de Intercambio nace de la convicción contraria: que ese cuidado no es un lujo sino una urgencia. Por eso lo titulamos «Cuidar la mente de un país en crisis». No basta con diagnosticar nuestro malestar colectivo. Hay que disponerse también a responder por él.
Isabel Vásquez y Mariana Caro abren el número desde la experiencia clínica. Su balance es honesto: el Perú ha avanzado. Hoy tenemos más centros de salud mental comunitaria, más presupuesto y más profesionales formados. Pero seguimos lejos de cubrir la demanda real. Y el estigma sigue siendo uno de los obstáculos más persistentes para sanar. Derek Osain va a la raíz estructural de ese malestar: el miedo crónico a la inseguridad y la corrupción no solo enferman a las personas. También preparan el terreno para que el autoritarismo se presente como la única salida.
Esa herida se vive distinto según dónde a uno le tocó nacer. Alberto de la Calle nos lleva al Alto Amazonas y nos muestra algo que no es una curiosidad antropológica: el sufrimiento psíquico de los pueblos awajún es la huella de transformaciones económicas y culturales que han debilitado, en pocas décadas, los cuidados que antes sostenían a esas comunidades.
Hay urgencias que no admiten espera y preguntas que preferimos no hacernos. Rosa Isla documenta una crisis de suicidio que la conversación pública prefiere no ver. Antonio Carrón, OAR, examina el costo emocional de crecer bajo la mirada constante de una pantalla y nos obliga a tomar partido: ¿una tecnología neutral o un diseño que sabemos que desgasta a nuestros jóvenes? Daniel Yépez nos devuelve a la raíz más temprana de todo esto, la crianza, y a una posibilidad hermosa: que los vínculos tiernos de hoy sanen las heridas que no resolvimos ayer. Ana María Guerrero cierra este bloque con una pregunta que recoge a los tres anteriores: ¿qué cuidado comunitario podemos construir cuando ni siquiera tenemos las palabras para nombrar lo que nos duele?
El malestar contemporáneo no respeta fronteras. Sonia Igei y Daniel Navarro le ponen nombre a algo que excede al Perú y que muchos reconocerán como propio: el agotamiento (burnout) de quienes ya no distinguen entre descansar y sentirse culpables por hacerlo.
Cerramos con una mirada que no es un capítulo aparte, sino el horizonte de todo lo anterior. José Antonio Pérez Del Solar nos recuerda que ninguna terapia es neutral frente a las preguntas últimas de sentido y trascendencia que trae cada persona. Yolanda Arribasplata, CSJ, y Kevin Flaherty, SJ, lo dicen con una claridad que nos interpela: la fe vivida con hondura no es un consuelo barato frente al sufrimiento, es una experiencia concreta de dignidad para quienes el país ha tratado como descartables. Su mirada nos recuerda al buen samaritano del Evangelio, el que se detiene en el camino, se acerca al herido y se hace cargo de él sin preguntar antes si lo merece. Es también lo que san Ignacio nos enseñó a nombrar como cura personalis: atender a la persona entera —cuerpo, mente y espíritu— y no solo el síntoma que terminó haciéndose visible. Claudia Neyra cierra el número recordándonos que el arte también es un camino legítimo para sanar lo que las palabras todavía no alcanzan a nombrar: el cuerpo que se mueve, la imagen que se crea, el sonido que se comparte.
Cuidar la mente de un país en crisis no es solo tarea de especialistas. Es una vocación que el Evangelio y la espiritualidad ignaciana nos ayudan a nombrar: detenernos, acercarnos, hacernos cargo. Esperamos que este número de Intercambio sea una invitación a tan bonita y desafiante tarea: el cuidar los unos a los otros.
Frank Gutiérrez Blas, SJ
Director

Director de Revista Intercambio. Estudios de economía y filosofía con postgrados en teología y administración y finanzas. Revisor de Obras y Comunidades de Jesuitas del Perú y párroco en la Parroquia de Quispicanchi en Urcos-Cusco.
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