
1655. Un terremoto sacude Lima y echa abajo templos, casas y muros. En Pachacamilla, sin embargo, una pared de adobe queda en pie. Pocos años antes, un esclavo angoleño había pintado en ella a un Cristo crucificado. Nadie lo había encargado y ninguna autoridad lo protegía. Lo cuidaban los vecinos, gente pobre y afrodescendiente, que se juntaba allí a rezar y a cantar. Más de una vez se ordenó borrarlo, y no se pudo. Treinta y dos años después, tras otro terremoto, una copia de aquella imagen salió por primera vez en procesión. Desde entonces, cada octubre, Lima y buena parte del Perú se visten de morado.
Me gusta empezar por esa pared porque dice algo del Perú que nos cuesta nombrar. Nuestras instituciones se agrietan una y otra vez. Desconfiamos del gobierno, de los partidos, de la justicia y, muchas veces, también del vecino. Y, sin embargo, algo sigue en pie. Millones de peruanos seguimos reuniéndonos detrás de un anda, alrededor de una mesa, en la tribuna de un estadio o frente al altar de nuestros difuntos. ¿Qué es lo que todavía nos junta? ¿Qué dicen esas prácticas de quiénes somos? ¿Y qué podría aprender de ellas la política? Por eso titulamos este número de Intercambio «Lo que nos congrega». La palabra viene del latín congregare, que significa «reunir el rebaño». Tiene algo de pastoral y algo de plaza pública, y eso es justamente lo que queremos mirar.
Empezamos, cómo no, con el Señor de los Milagros, al que dedicamos una infografía. Susana Baca, que nos recibió en su casa de Chorrillos, nos habla del Cristo Moreno al que ella canta como «hermano negro». Habla también de la memoria afroperuana y de una convicción que conviene escuchar en estos tiempos: hacer memoria para perdonarnos, nunca para odiarnos. Marvin Quispe, SJ, acompaña desde hace siete años a los peregrinos del Señor de Qoyllur Rit’i, la «estrella de la nieve». Desde esa experiencia reflexiona sobre la promesa y la comunidad como camino de reencuentro con Dios. Mijail Enriquez, sacerdote del Cusco, nos lleva a Paucartambo, donde la Mamacha Carmen, la «madrecita» del pueblo, sostiene durante todo el año la vida de una comunidad andina y amazónica a la vez.
Las regiones tienen mucho que decir en este número. Nelson Pereyra recorre cuatro siglos de Semana Santa en Ayacucho y muestra cómo el rito ha ordenado, separado y reunido a una ciudad entera. Angela Farfán, joven danzante de Quispicanchi, pone palabras a algo que ningún programa de fiestas registra: son las mujeres, con su cuidado silencioso, quienes hacen posible la celebración. Jaime Pulgar Vidal nos saca del templo y nos lleva al estadio. Allí el huayno, las bandas de pueblo y hasta las rondas campesinas de Cutervo logran una descentralización que la política formal sigue postergando.
¿Solo nos reúnen los grandes rituales? Alexander Huerta-Mercado cree que no. Con humor y lucidez, el antropólogo nos describe como una comunidad «microcelebratoria», hecha de cumpleaños, sobremesas, cenas de Navidad y memes compartidos. También nos advierte que internet nos conecta más, pero nos comunica menos. Rosario Olivas le da la razón desde la historia: comer juntos, desde los banquetes incaicos hasta la olla común, ha sido una de nuestras formas más antiguas de hacer comunidad. Joseph Dager recoge entonces la pregunta política. Si la prensa escrita ayudó a que millones de desconocidos se imaginaran como nación, ¿pueden hoy los medios públicos ayudarnos a imaginar de nuevo una comunidad nacional?
¿Es esta una experiencia solamente peruana? Desde Brasil, Jocineia Santos y Gamba Junior leen el Carnaval como una memoria afrodescendiente que se transmite con el cuerpo. Y Eduardo Anaya, SJ, nos muestra cómo, en un México herido por la violencia y las desapariciones, el altar de muertos se ha vuelto también un gesto de paz.
Como creyente, no puedo leer estas páginas sin pensar en la palabra ekklesía, que en griego significa «asamblea; los convocados». Antes de ser institución, la Iglesia fue eso: gente que se juntaba a partir el pan y a recordar. Jesús lo dijo con sencillez: «Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). En el Perú, esa promesa se cumple en lugares sumamente diversos. En una pared de adobe, en una cruz del camino al nevado, en una olla común. Dios no espera a que nuestras instituciones funcionen para hacerse presente. Se deja encontrar donde la gente se junta, se cuida y hace memoria.
En nuestro número anterior hablamos de salud mental. Este es, de algún modo, su continuación, porque la comunidad y el ritual nos protegen del aislamiento. Lo que congrega también sana. Y en noviembre, con la visita de León XIV, volveremos a ver a un pueblo que sale a la calle a encontrarse.
Esperamos que esta edición sea de su agrado y que les ayude a reconocer, en medio de nuestras grietas, aquello que todavía nos sostiene.
Frank Gutierrez Blas, SJ
Director

Director de Revista Intercambio. Estudios de economía y filosofía con postgrados en teología y administración y finanzas. Revisor de Obras y Comunidades de Jesuitas del Perú y párroco en la Parroquia de Quispicanchi en Urcos-Cusco.
Subir por la promesa: Qoyllur Rit’i y el reencuentro con Dios en comunidad
Virgen del Carmen de Paucartambo: la fiesta que equilibra la vida de un pueblo andino-amazónico