A quien viaja por primera vez sobre las aguas del río Marañón o cualquiera de sus afluentes a su paso por el Alto Amazonas peruano le resulta fácil dejarse hipnotizar. El paisaje te atrapa: la vegetación que parece no tener fin, el río insondable. Es inevitable recordar a Vargas Llosa en La casa verde: «la lancha cabecea por aguas turbias, entre dos murallas de árboles que exhalan un vaho quemante, pegajoso» .
A medida que uno se adentra en la selva por cualquiera de los ríos que alimentan al Marañón, cuyas formas, vistas desde el aire, parecen serpientes, podrá ver de manera superficial algunas edificaciones de madera y techos de yarina —hojas de palmera secas— en las veredas del río. Si el tiempo y la ausencia de clases escolares lo permiten, verás a los uchis —niños y niñas en el idioma awajún—, quienes interrumpirán sus juegos o actividades familiares para ver tu embarcación. La mayoría observará con curiosidad o timidez desde la protección de los árboles o en compañía de sus familias, muchas de las cuales encontrarás lavando ropa apaciblemente, bañándose o mitayando —pescando—. Habrás interrumpido así la cotidianidad del momento con el ruido del motor y enviando olas a la orilla.

Es fácil caer en la idealización del lugar: «qué vida tan tranquila, sin el ruido asfixiante de las ciudades, lejos de la contaminación; todo parece más sencillo». En lo personal, me genera un anhelo nostálgico y, a su vez, me genera una sonrisa notar la libertad con la que los niños juegan con balsas, arena y agua. Pero el anhelo y la sonrisa duran poco tiempo. Recuerdo las historias que hay dentro de cada comunidad, cada familia. Esa postal, entonces, da paso a reflexiones sobre un mundo cada vez más complejo y que, lejos de mejorar, se agrava .
Cuando bajas de la chalupa —lancha—, pones pie en sus tierras, convives con la comunidad y te involucras con las familias; todas aquellas idealizaciones se desvanecen. Descubres que las preocupaciones y los dolores están ahí, latiendo, ensañándose especialmente con culturas que hasta hace apenas unas décadas vivían casi intactas. El sufrimiento emocional actual no nace de la nada; está amarrado con nudos ciegos a las brutales transformaciones familiares, económicas y culturales que la Amazonía ha experimentado en los últimos años.
"El sufrimiento emocional actual está amarrado con nudos ciegos a las brutales transformaciones familiares, económicas y culturales que la Amazonía ha experimentado en los últimos años."
Las viejas sombras que persisten
Para entender el presente, es necesario mirar las heridas antiguas, aquellas que ya existían, pero que hoy se han transformado.
Pienso en el suicidio. Sus altos índices en estas comunidades no constituyen una realidad completamente nueva. Diversos autores han documentado que, históricamente, entre la población awajún —particularmente entre las mujeres— han existido formas de autoenvenenamiento asociadas a conflictos afectivos, pérdidas, tensiones familiares o situaciones de profundo sufrimiento. Antes, el autoenvenenamiento se llevaba a cabo mediante el uso de barbasco, una planta cuyas hojas son venenosas y se usan también con fines de pesca masiva. Hoy, bajo la influencia de la cultura occidental, se recurre a medios muy accesibles como el champú, el detergente o las pastillas. El dolor es el mismo; el método ha cambiado.
Aunque las guerras tribales han desaparecido, las acusaciones de brujería aún persisten en algunas comunidades. Estas pueden tener efectos profundos en la vida social: fracturan familias, generan desplazamientos o, en ciertos casos, desencadenan ciclos de represalias y tensiones internas.
Los homicidios o feminicidios en el sentido más «ordinario» son poco frecuentes en estas zonas. Sin embargo, la violencia no desaparece: se expresa bajo otras lógicas culturales y relacionales, donde operan normas implícitas de reciprocidad y reparación del daño. Entre ellas, por ejemplo, el iikmamu como forma de venganza —la idea de devolver lo recibido, ya sea a uno mismo o a la familia—.
"Desde que el estilo de vida occidental se ha impuesto, se respeta más a quien domina el castellano, tiene un título o recibe un sueldo del Estado."
La dependencia del dinero y la fractura del cuidado
¿Qué ocurre cuando la cultura mestiza se impone sobre las formas culturales locales? Primero llegó la religión, luego la escuela, y con ellas el Estado y la economía monetaria. Prácticas como el trueque, ciertas formas de reciprocidad y el ipamamu —formas de trabajo colectivo similares a la mink’a— han ido debilitándose, alterando los equilibrios que sostenían la vida comunitaria. En nombre del «progreso» se ha impulsado un modelo que también transforma la relación con el entorno natural, que pasa a ser visto cada vez más como «recurso».
Ya no basta con conocer el bosque, cultivar la tierra o dominar los saberes de los abuelos. Ahora se necesita dinero para comer de manera sana y equilibrada. Desde que el estilo de vida occidental se ha impuesto, se respeta más a quien domina el castellano, tiene un título o recibe un sueldo del Estado. Es allí, en ese cambio, donde se percibe una herida silenciosa en la interacción social que indica el desmoronamiento del tajimat pujut —buen vivir— y, con ello, de su orgullo cultural.
Esto último nos lleva a una realidad desgarradora que se escucha con frecuencia, lo cual nos obliga a parar un momento y hacer un ejercicio de empatía mediante la imaginación. Piensa por un momento: ponte en la piel de un padre o madre awajún en una comunidad de esta zona del Perú, ubicada a una distancia considerable de cualquier ciudad, sin estudios ni trabajo estable, con una chacra y algunos animales de corral como únicas posesiones, pero con varios hijos a los que alimentar, vestir y educar. Quieres que tus hijos sean profesionales para que tengan un futuro diferente al tuyo, pero necesitas dinero para financiar la universidad.
Si eres el padre, es posible que tomes la decisión —con o sin acuerdo con tu pareja— de migrar a la ciudad en busca de trabajo, dejando a la familia en la comunidad y prometiendo volver pronto.
Con el tiempo, en algunos casos, el trabajo en la ciudad se vuelve estable. Pero también aparece la distancia. Construyes nuevas rutinas, relaciones, formas de vida. En ocasiones, el consumo de alcohol aparece como una forma de sobrellevar la distancia, la soledad o el estrés. Con el tiempo, el vínculo con la familia de origen se va erosionando. Es posible que conozcas a otra mujer y formes una nueva familia, relegando progresivamente a la primera. Esta es, de forma rápida y sin profundizar demasiado, una de las historias más frecuentes que he podido escuchar y observar.
Ahora, pongámonos en el lugar de la madre. Después de un tiempo de espera, te enteras de que el padre ha formado otra familia. Te sientes abandonada y engañada. El sufrimiento se prolonga con el tiempo y lo vives junto a tus hijos. Algunas lo expresan y lo comparten con sus familiares; otras lo contienen en silencio o incluso, en algunos casos, llegan al extremo del suicidio. Ese malestar también termina filtrándose en la vida cotidiana y en la relación con los hijos, muchas veces en forma de violencia.
Con el tiempo, algunas de estas mujeres conocen a otro hombre, quien puede llegar a aceptar a los hijos de la relación anterior. La figura del padrastro aparece así con relativa frecuencia en estas trayectorias familiares.
"El malestar aquí nunca es un problema individual; es el síntoma de una sociedad que se está fracturando."

No todas las historias siguen este mismo recorrido. En otros casos, cada vez más visibles, eres la madre que —con cierto manejo del castellano o redes familiares en la ciudad— migra en busca de trabajo. Tus hijos no siempre pueden acompañarte, por lo que quedan al cuidado de abuelas, tías u otros familiares. La distancia también reorganiza aquí los vínculos. En algunos casos, estableces nuevas relaciones en la ciudad y formas otra familia. Algunas regresan por sus hijos; otras mantienen vínculos intermitentes o terminan rompiéndolos. No se trata de interpretar estas ausencias desde categorías rígidas de la psicología occidental o desde teorías del apego. En contextos como estos, la familia extensa ha funcionado históricamente como una red de cuidado y protección. Sin embargo, la ausencia prolongada de la madre —y también del padre— no era lo habitual. Las consecuencias se hacen visibles en la vida cotidiana. Ese vacío deja huellas en la infancia y la adolescencia: los hijos crecen con adultos menos disponibles, con cuidados más fragmentados y con vínculos que se estiran entre la comunidad y la distancia.
De forma paralela, los conflictos familiares que no pueden resolverse en comunidad ahora se judicializan. Cada vez más se acude a la justicia ordinaria a denunciar la violencia o exigir una pensión de alimentos. El Estado otorga medidas de protección que rara vez se ejecutan, audiencias y otros procesos legales que llegan mediante notificaciones que rara vez se entienden y que se prolongan en tiempo. Herramientas necesarias, sí, pero que, lejos de sanar vínculos o de consolar el sufrimiento que hay detrás de cada caso, tienden a romper más las relaciones comunales. El malestar aquí nunca es un problema individual; es el síntoma de una sociedad que se está fracturando.
Violencia y silencio: juventudes invisibles
¿Por qué se está debilitando el tejido comunitario? No hay una única respuesta; existen responsabilidades compartidas.
Por un lado, la intervención del Estado —a través de programas de asistencia— y de algunas ONG que, al no alcanzar a todas las familias por igual, puede generar tensiones, comparaciones y recelos donde antes predominaban formas de cooperación. Por otro lado, la persistencia de formas de violencias que no siempre se nombran, especialmente la violencia sexual que ocurre dentro de los espacios familiares.
Hablar de salud mental en la Amazonía peruana implica también abordar aquello que permanece silenciado. La violencia sexual no es únicamente un fenómeno externo: en muchos casos ocurre dentro de entornos de confianza. Comprender sus causas requeriría un análisis más amplio; sin embargo, lo que más interpela es el silencio que la rodea.
El miedo, la vergüenza, la dependencia económica —a veces vinculada a la figura del padrastro— y la normalización del sufrimiento dificultan que las víctimas hablen. Cuando lo hacen, con frecuencia no encuentran espacios seguros donde sean escuchadas o protegidas.
A este escenario se suma un elemento cada vez más presente: el acceso temprano y escasamente supervisado a teléfonos móviles e internet. En contextos donde la educación afectiva y sexual es limitada, muchos adolescentes construyen su visión de las relaciones y la sexualidad a través de contenidos digitales, a menudo violentos o pornográficos. Se trata de un fenómeno que apenas comienza a ser discutido en las comunidades.
El refugio amargo del alcohol
Cabe preguntarse en qué momento el alcohol dejó de ser una práctica ritual y festiva —como el masato— para convertirse en una práctica cotidiana que profundiza tensiones ya existentes en las familias, especialmente en lo relacionado con el cuidado de los hijos y la administración de recursos económicos.
Pero no se trata solo de alcoholismo en términos clínicos.
Con frecuencia, el consumo aparece más bien como una forma de evasión y desahogo. En un contexto donde los espacios colectivos de diálogo se han debilitado, el alcohol se convierte en un canal precario para exteriorizar malestares y preocupaciones que no encuentran otros espacios de expresión sin ser juzgados.

El cuerpo sin alma: la medicina tradicional que se diluye en la memoria de los ancianos
En este contexto, las formas tradicionales de cuidado también han cambiado.
En la cosmovisión indígena, la separación occidental entre cuerpo y mente no existe como tal: el malestar del espíritu afecta al cuerpo y el del cuerpo afecta al espíritu. En ese marco, las plantas medicinales no se limitaban al ámbito de lo «sagrado» o a lo visionario, sino que desempeñaban un papel cotidiano en la regulación emocional y en la vida comunitaria.
El uso del datem (ayahuasca), el tsag (tabaco) o el baikua (toé), acompañado de dietas estrictas y de la guía de los muun (sabios), podía generar transformaciones profundas en la vida interior de las personas. Incluso la wais (wayusa), en su uso cotidiano, contribuía a sostener ciertos equilibrios.
Hoy, sin embargo, muchos de estos conocimientos se han ido restringiendo, fragmentando y perdiendo. Con ello, también se debilitan las formas tradicionales de acompañar el sufrimiento.
Una pregunta urgente
Reducir este fenómeno a «conductas individuales» o a «problemas de conducta» constituye un error y, sobre todo, una forma de perder de vista lo esencial. Detrás de la violencia, las adicciones y el dolor emocional hay una crisis profunda de abandono. Padres ausentes por la necesidad de trabajar, madres desbordadas emocionalmente, escuelas no contextualizadas y comunidades enteras arrastradas por una serie de cambios que han reducido las formas de cuidado mutuo.
La pregunta más urgente —y al mismo tiempo más ignorada— sobre la salud mental en la Amazonía es la siguiente: ¿quién está escuchando realmente a estos jóvenes?
Porque detrás de cada intento de suicidio, de cada rostro perdido en la adicción o de cada estallido de violencia, rara vez se trata de una patología espontánea. Lo que subyace, en la mayoría de los casos, es una larga y triste historia previa de silencios familiares, de lazos rotos y de un sufrimiento profundo que nadie —absolutamente nadie— se detuvo a mirar a tiempo.
¿Y ahora? ¿Podemos ponernos en la piel de uno de estos niños o jóvenes?

Psicólogo social comunitario del Servicio de Atención Rural El Cenepa del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. Especializado en violencia de género y diálogo intercultural.
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