Francisco, un Papa llamado y enviado a los confines de la Tierra

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Francisco se muestra al mundo como un Papa sencillo que pone su mirar en lo humano despreciado y olvidado (los pobres, los migrantes, los refugiados, las mujeres, los niños, los gays).

El Papa pone su mirada y nos invita a mirar en lo que duele hoy en el mundo. Nos quiere hacer sensibles al dolor-hermano. Quiere que recentremos nuestro mirar, que contemplemos al mundo y que nos dejemos afectar hasta lo más profundo de nuestro ser, posiblemente hasta las entrañas de misericordia de Dios. Este acto nos debe afectar tan radicalmente que nos lleve a responder desde la afección profunda y no desde la ley o el canon. Es un volcarse a una praxis que contempla, se compadece, actúa y transforma desde el sentir débil y necesitado del otro y de la otra. Una sensibilidad no a flor de piel, sino a flor de entrañas, que te lleva a hacerle justicia al que sufre.

Uno de los destinatarios privilegiados del Papa son los migrantes del mundo. Esta sensibilidad de Francisco le ha llevado a afinar no sólo el contemplar, sino el oír. Hasta Roma ha llegado el grito y clamor de miles de inmigrantes y refugiados que llegan a Europa. Son ellos los pequeños de Yahvé que claman a Dios y buscan cobijo y misericordia en los países más poderosos del planeta.

Frente a una cultura global de la indiferencia y el descarte en el mundo, el Papa propone la cultura del encuentro y de la hospitalidad. Su primera salida fue a encontrarse a las puertas del socorro en Lampedusa con los inmigrantes quienes, arriesgándolo todo, dejan sus países por la pobreza y violencia.

El Papa habla fuerte a la cultura del bienestar económico de países poderosos (Encíclica Laudato Si), que no quieren forasteros en sus países amurallados de discriminación y xenofobia. Pero pone el acento en las causas que provocan la cultura del descarte de una gran parte de la humanidad. Causas que responden a un sistema económico injusto que ha provocado un desastre social y ambiental. Un crecido sistema global capitalista al límite, centrado ahora en el despojo y saqueo de los recursos y poblaciones, que muestra el fracaso de un modelo de civilización inviable.

Toda esta situación al límite es insostenible en el mediano y largo plazo para el mundo, dado que ha creado toda una gran crisis humanitaria, la cual se ve reflejada en el incremento de los conflictos bélicos, los actuales niveles de pobreza en el mundo y los dramáticos desplazamientos de migrantes y refugiados hacia Europa (más de 850 mil personas en el 2015).

A esto hay que sumar los miles de migrantes y refugiados de México y Centroamérica, que están huyendo de sus países por causa de la pobreza y violencia. Personas y familias que salen de sus países y se encuentran con barreras criminales y militares represivas, que atentan contra los Derechos Humanos en México y Estados Unidos. Cada año pasan por México 400 mil inmigrantes de Centroamérica y un millón de mexicanos, documentados y no, rumbo a Estados Unidos.

El Papa ha puesto en el centro de la discusión la lucha entre el bien y el mal en el mundo; en lenguaje ignaciano: la lucha crucial entre la bandera de Jesucristo y la bandera de Lucifer. El mundo como un campo de batalla. Y, ante esa disyuntiva, hay que definirnos como cristianos y cristianas. Definir de qué lado estoy y cómo actúo para responder al llamamiento del Rey Eternal. Es un llamado de Dios a una misión y con una promesa, como aparece en la meditación del Rey Eternal: “Mi voluntad es de conquistar toda la tierra… por tanto, quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria (EE 93, 95).

Esta debe ser la confianza radical que tiene el Papa, y exige, para el seguimiento de Jesús en la misión de rescatar a esta humanidad rota, extraviada y desolada.


Arturo González, SJ

Director del Servicio Jesuita al Migrantes México

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