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Edición Nº 71

Más allá del acompañamiento: cuidado emocional comunitario en un país herido
Ana María Guerrero
8 de julio, 2026

Cuando hablamos de salud mental en el Perú, lo hacemos cuando el daño es visible a la mayoría: una mujer con el rostro golpeado, un adolescente que se corta los brazos, la niña que un día deja de hablar, el hombre con una crisis de pánico camino al trabajo. Recién entonces nos preguntamos qué pasó, quién puede ayudarles o a qué servicio hay que llamar. Aunque son preguntas necesarias y merecen responderse, también son preguntas tardías, que aparecen cuando un sufrimiento “tomó cuerpo”. Antes debieron aparecer preguntas que no se hicieron: qué vínculos fallaron, qué señales se ignoraron, qué instituciones no respondieron o qué formas de violencia o desamparo se volvieron parte de la vida cotidiana. Si hablamos de cuidado emocional comunitario, debemos empezar por allí. Cuando alguien necesita ayuda, sí, pero sobre todo cuando una comunidad resiste a interpelarse sobre lo que hizo o dejó de hacer, sobre su lugar y responsabilidad frente al sufrimiento o la soledad del otro.

Todo síntoma tiene una historia

Un síntoma no nace cuando es visible; antes hubo experiencias que lo fueron creando: algunos vínculos particulares, palabras no dichas, ciertas pérdidas importantes, respuestas que fallaron, las condiciones materiales de la vida, los mandatos familiares que se aprendieron por generaciones, las humillaciones vividas, las tantas formas de violencia que se naturalizaron. Lo psíquico es inseparable de las condiciones de vida, así como lo social no es un campo aislado de lo íntimo.

Una autolesión, una crisis de angustia o una conducta violenta pueden ser la parte más visible de un conflicto que no ha tenido mejor forma de ser pensado. Por eso, cuando aparecen, no basta con “atacarlas” para que cesen o enmarcarlas como conductas problemáticas. Será necesario dejarnos interpelar por ellas, preguntarnos qué función cumplen para la persona: en qué situaciones se producen, a qué vínculos se asocian o qué palabras sustituyen. Los síntomas no solo son la expresión de un malestar, sino también la posibilidad de plantear u organizar una respuesta posible frente a experiencias que no pudieron ser pensadas, dichas o sostenidas de otro modo.

Una psicóloga dando una sesión de terapia grupal a un grupo de adultos.

"Lo psíquico es inseparable de las condiciones de vida, así como lo social no es un campo aislado de lo íntimo."

La mayoría de las veces, los síntomas son “soluciones” básicas para atender tensiones internas. Aunque sean respuestas precarias, surten efecto ante el desborde emocional o para situaciones difíciles de manejar. Y esto puede parecer contradictorio, pues también generan sufrimiento o diversas consecuencias negativas; sin embargo, en la economía psíquica, tienen una función reguladora o de descarga. Incluso pueden preservar en la persona cierta estabilidad psíquica, pese a que haya sufrimiento y alguna ganancia al mismo tiempo. Por eso decimos que todo síntoma tiene su historia, porque comprenderlo implica reconocer una forma particular de expresarse, evitar, sostener o mantener en equilibrio. Su abordaje debe ir más allá de la conducta observable y nos demanda explorar las condiciones subjetivas e intersubjetivas que le dan sentido. Esto siempre ocurre dentro de la historia singular de quien lo vive, con los particulares contextos que permiten su emergencia. En ese sentido, los síntomas insisten no como mensajes claros, sino como tintineos en zonas oscuras del psiquismo, aquellas que albergan experiencias difíciles de procesar.

Pensar desde estas premisas obliga, por tanto, a reformular el problema. Si el síntoma tiene historia, las intervenciones individual o comunitaria no deben quedarse en atender su forma más visible. Debe preguntarse también por sus marcos de producción, la historia que lo hizo posible o las funciones de cuidado que debieron alojar, proteger o poner límites, pero que nunca llegaron. Cuidar individual o comunitariamente supone asumir que el sufrimiento, teniendo siempre expresiones singulares, no trata de fallas particulares. Debe leerse en clave vincular e institucional para comprender cómo el grupo organiza lo que le ocurre. Por ejemplo, qué dolores reconoce, qué voces autoriza, qué silencios impone, a quiénes se protege o a quién se le deja solo.

Siendo así, conviene distinguir planos cuando tenemos heridas particulares y colectivas. Por un lado, la psicoterapia trabaja con la historia singular de una persona: sus vínculos, sus formas de amar, temer, defenderse o callar. Por el otro, la intervención comunitaria, actúa sobre la trama de lo compartido en un grupo. Esa trama compartida, sin embargo, nunca es homogénea. Siempre encontramos posiciones distintas, jerarquías, voces que se autorizan a hablar y otras más silenciadas, además de los conflictos sobre qué puede decirse, quién puede decirlo y qué consecuencias tiene el hacerlo.

La intervención comunitaria no reemplaza la clínica individual, pero los grupos tampoco pueden quedar ajenos a lo que sucede dentro de sí mismos. Hay sufrimientos que necesitan de una elaboración más íntima y otros necesitan, invariablemente, de testigos y de reconocimiento colectivo. Es así que llegamos a la necesidad de crear redes capaces de convertir experiencias de dolores privados en demandas legítimas de cuidado y respuestas públicas.

Construir condiciones para pensar

Un problema frecuente en intervenciones comunitarias es la dificultad para diferenciar las “prácticas de cuidado” de las “lógicas de adaptación”… al daño. Por ejemplo, enseñar técnicas de respiración a mujeres que siguen viviendo con sus agresores, dar talleres de autoestima a adolescentes humillados en su casa o el colegio, o recomendar tips de autocuidado a cuidadoras exhaustas. Quizás puedan funcionar de manera puntual, pero son insuficientes ante las condiciones que sostienen y reproducen el daño. La pregunta que se abre, entonces, es cómo salir de la pedagogía del aguante, donde la trampa es “soportar mejor lo que no debe ser soportado”, y pasar a una ética del cuidado y la responsabilidad, donde la vida del grupo no está ajena a lo que le ocurre a uno de sus miembros.

Una familia con su hijo caminando al lado de una trabajadora.

Suele asociarse la salud mental al ejercicio de hablar o expresarse por diferentes medios. Poco se dice sobre las condiciones necesarias para transformar una experiencia vivida en una experiencia pensable y, solo después, comunicable. Imaginemos a una adolescente que le dice a todos que se siente bien y oculta, al mismo tiempo, que está dejando de alimentarse. O un hombre que bromea sobre su agotamiento para no admitir que se siente al límite. O en una comunidad que justifica los golpes a la mujer o los niños porque “así es su cultura” o “siempre fue así”, en vez de asumir la violencia cotidiana que se practica.

Se propone, entonces, que las prácticas en salud mental no se queden en el hablar o el expresarse sin mayor objetivo que la propia expresión. Para que la palabra repare algo de lo vivido, debemos ligarla a los afectos, a los hechos y a la apertura de construir nuevos sentidos. Las experiencias se reorganizan y metabolizan al reconocer lo vivido, al diferenciar roles y responsabilidades, y cuando las personas y los grupos recuperan nuevos o mejores márgenes de acción. Cuando esto no ocurre, la experiencia dolorosa puede ser contada innumerables veces, pero sin procesarse psíquicamente ni obtener reconocimiento de los otros. Como resultado, tenderá a volver –o repetirse-- por vías menos elaboradas. A veces como un síntoma corporal, una descarga sobre terceros, una repetición vincular o como un mandato transmitido entre generaciones.

Así, al iniciar una intervención comunitaria, la primera pregunta no debería ser “qué actividad haremos” o incluso “qué objetivo tenemos”, lo que puede ser prematuro si se formula desde afuera. El punto de partida es la escucha de lo que le preocupa a la comunidad, qué reconoce como problema, qué quiere transformar y qué recursos tiene para hacerlo. Hay muchas técnicas –y se aprenden-- para recoger esta información. Lo que menos hay son marcos éticos que reconozcan la alteridad y la dignidad de los grupos y las comunidades, sin reducirlas a objetos de obediencia, estudio o diagnóstico.

En el acompañamiento o intervención con grupos encontraremos un plano del discurso explícito o manifiesto, fácil de identificar, y otro más subyacente o latente, que nos informará sobre lo que el grupo vive con insistencia pese a que no pueda formularlo como una demanda. Aquí empieza todo, articulando ambos planos: lo que la comunidad dice de sí misma y aquello que, en sus prácticas y modos de relacionarse, se evita, se calla, se repite y pide ser pensado. El reconocimiento de estos distintos planos de la comunicación le permitirá al grupo interpelarse y formular preguntas sobre su historia o experiencia común, sin que de manera externa se imponga como explicación o hipótesis previa. Esa historia se construye en el diálogo y en la experiencia concreta del encuentro. Solo entonces preguntas como “qué se aprendió a callar”, “a quién se protegió” o “a quién se dejó solo” dejan de ser invasivas y se vuelven herramientas para pensar juntos.

"Para que la palabra repare algo de lo vivido debemos ligarla a los afectos, a los hechos y a la apertura de construir nuevos sentidos."

Una red, por definición, debe sostener

Pero pensar, hablar y escuchar tampoco son suficientes. Se necesita construir un marco de escucha dentro de una red ética de cuidado y responsabilidad, lo que supone ir más allá de la lógica del directorio de instituciones para derivar a la persona-problema. ¿Quién responde cuando el problema de un grupo no se puede sostener institucionalmente? ¿Qué pasa cuando el sufrimiento sobrepasa los límites de las intervenciones individuales? ¿Qué ocurre cuando el grupo no sostiene a sus miembros porque no logra activarse para ese fin? ¿Qué hacemos cuando las instituciones afianzan los temores y la desconfianza?

En un país como el Perú, herido en tantas dimensiones, los grupos no se sostienen o lo hacen con dificultad. A veces se parten por la verticalidad, los silencios o por las quejas a media voz. Otras veces no toleran discrepancias o diferencias, se experimentan traiciones, maltratos, o no sostienen simplemente acuerdos de convivencia. A veces los grupos funcionan como fueros o pequeñas islas anárquicas, sin capacidad de articularse a otros grupos e instituciones, sin mayor trama o lazo articulador. De ahí la necesidad de que nuestros esfuerzos se constituyan dentro de una red mayor que busque construir y sostener una comunidad, y con esta, sus organizaciones, sus liderazgos, sus saberes, sus recursos y sus propias formas de apoyo, con capacidad para reconocer límites, pedir ayuda y responder de manera organizada.

Si pensamos en un colegio que observa violencia en el aula o el recreo, entonces no basta con derivar al psicólogo a los chicos, hay que educar en comunicación, respeto y tolerancia. Si un centro de salud recibe una adolescente embarazada, no basta con atenderla, hay que seguir el caso y verificar su seguridad. Si una parroquia detecta algún tipo de abuso en su interior, debe proteger a la víctima y denunciar al agresor. Dicho de otra manera, cada actor o comunidad tienen roles que no son simples trámites que les permitirán, eventualmente y más adelante, desentenderse de la persona. El trabajo en red, lejos de ser un circuito administrativo, supone la construcción de un sistema de soporte que forma y conforma un tejido de agentes y responsabilidades con una ética común.

"El trabajo en red, lejos de ser un circuito administrativo, supone la construcción de un sistema de soporte que forma y conforma un tejido de agentes y responsabilidades con una ética común."

Grupo de jóvenes adultos en una sesión de terapia grupal.

Cuidar de la salud mental en espacios comunitarios exigirá, entonces, organización: actores responsables, rutas de acción, tiempos de respuesta, criterios de riesgo, formas de seguimiento y límites. Las estrategias pueden ser sencillas, pero no improvisadas. Los espacios de escucha necesitan sostenerse; el reconocimiento del riesgo debe ser compartido por todos; se necesitan protocolos de derivación, rutas claras para el seguimiento de casos y, por supuesto, mecanismos comunitarios para no dejar a su suerte a la persona afectada. No se trata, pues, de contener desde la pasividad o de absorber el daño para que todo pase y nada cambie; sino de notar e implementar que cuidar es hacerse cargo: preguntar, escuchar, proteger, separar, intervenir, medicar u hospitalizar si fuera necesario, romper un secreto, retirar a niños, niñas y adolescentes de situaciones de riesgo o reclamar a una institución que su burocracia o lentitud también daña. El cuidado no siempre es una acción amable; se aleja de la condescendencia, no supone tolerar negligencias. A veces exigirá sostener conflictos para poner límites y tomar decisiones.

Si intentásemos una apretada síntesis, puede afirmarse que cuidar es responder. Acogiendo y dándole lugar a la escucha, para que el dolor pueda ser pensado. Con protección y cuidado responsable, cuando hay riesgo para la vida o el desarrollo humano. Con límites claros, cuando hay transgresión y violencia. Con tratamiento especializado, cuando el sufrimiento se desborda. O con justicia, memoria y reparación, cuando una comunidad es herida y dejada sola.

En el Perú solemos llegar tarde al sufrimiento y a la injusticia. Muchas veces ni se llega; se normaliza la impunidad. Nos acostumbramos a reaccionar solo cuando algo se volvió síntoma, cuando estalló una crisis o se instaló la tragedia. El cuidado emocional comunitario es para salir con antelación. Es para llegar antes. Requiere voluntad, pero también organización y respuesta para no repetir el daño ni el abandono.

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Ana María Guerrero
Ana María Guerrero

Psicóloga clínica especializada en teoría psicoanalítica. Directora de Proyecto UMA, docente de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y consultora en salud mental, violencia social e intervenciones clínico-comunitarias.

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