Salud mental en la nueva realidad: datos actuales y líneas de acción

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El concepto de salud y cómo comprendemos la salud ha variado a lo largo de los años. En un principio, contábamos con una concepción de salud que solo incluía la salud física y los malestares notorios que impedían nuestro funcionamiento óptimo en la sociedad. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud (OMS, 1946) definió la salud como “el estado de completo bienestar físico, mental y social y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. En el año 2020, surgió una pandemia por un virus que se propagaba en todos los continentes a un ritmo veloz e imparable: la COVID-19. Nuestros hogares y nuestras mentes se vieron afectadas por el miedo, el temor, la tristeza, y la preocupación que supone una situación de esta magnitud y con un gran nivel de incertidumbre. Por ello, el bienestar de sociedades enteras se vio gravemente afectado por esta crisis; y el ideal de un bienestar completo, físico, mental y social, se vio más como una idea lejana.

La adversidad asociada con las consecuencias socioeconómicas, el miedo al virus y su propagación, así como las preocupaciones relacionadas, han tenido un impacto indudable en la salud mental de las poblaciones.

La COVID-19 en nuestra salud mental

En este sentido, investigaciones internacionales han mostrado que el miedo a la COVID-19 está relacionado con un incremento en los niveles previos de ansiedad, depresión, estrés post traumático e ideación suicida (Bitan et al., 2020; Cao et al., 2020; Ornell, et al., 2020; Sahu, 2020; Zhai & Du 2020). Asimismo, existen reportes de estados de confusión, temor, cólera, aumento en el consumo de sustancias psicoactivas y experiencias de estigma (Brooks et al., 2020).  Además, se prevé que habrá un incremento en sintomatología de estrés postraumático en respuesta a la pandemia y sus secuelas (Dutheil et al., 2020).

Dichos resultados internacionales se ven reflejados en la realidad peruana, donde los problemas mentales más frecuentes son el estrés, y los síntomas ansiosos y depresivos. Estas sintomatologías se encuentran asociadas al temor al contagio, al duelo, a la inseguridad económica y a la posibilidad de acceder a tratamientos (Ragúz, 2021). De manera particular, en el caso de población infantil y sus cuidadores primarios (Fundación Baltazar y Nicolas, 2021), se ha detectado que los menores se muestran más demandantes y quejosos a partir de la pandemia. Además, las cuidadoras reportan en su mayoría dificultad para afrontar la tarea parental; mientras que 9 de cada 10 cuidadoras presenta ansiedad, depresión o estrés. En adición, el 32.1% de cuidadoras reportó que sus sensaciones de nerviosismo y dificultad para dejar de pensar en problemas incrementaron durante la pandemia.

Por otro lado, otro grupo que se vio afectado también fue la población universitaria. En esta se puede reconocer, no solo las preocupaciones sobre el riesgo de contagio, el aislamiento social, las pérdidas económicas y la incertidumbre respecto a la continuidad de la carrera; sino también el tener que realizar los estudios en modalidad a distancia.

Una investigación realizada por el Consorcio de Universidades en Perú (Cassaretto et al., 2021), dio cuenta del estado de salud mental de estudiantes de pregrado a causa del confinamiento por el estado de emergencia sanitario. Las diversas experiencias que debieron vivir los jóvenes, como la muerte de seres queridos, la educación a distancia y los cambios en los hábitos de salud generaron efectos notorios en la salud mental. Se encontró que los jóvenes mostraron dificultades para lidiar con múltiples roles y tareas, y para adecuarse a educación remota/virtual; así como deterioro de hábitos de salud y detrimento de diagnósticos de salud previos.

Por otro lado, un estudio en la población peruana mayor a 18 años, mostró que existe una prevalencia de síntomas depresivos en un 32.9% de la población a partir de la vivencia de la pandemia por la COVID-19 (Antiporta et al., 2021); cifra que es cinco veces mayor a la reportada en estudios previos a la pandemia. De esta investigación son resaltantes las diferencias halladas por sexo, edad y nivel socioeconómico. En este sentido, se encontró que las mujeres y las personas jóvenes reportan mayor prevalencia de síntomas depresivos que los hombres y las personas de mayor edad. Asimismo, las personas que muestran mayor ingreso económico evidenciaron 50% menos de probabilidades de presentar un problema de salud mental, frente a las personas con un ingreso mínimo. Estos resultados presentados son similares a un estudio realizado en población general, estudiantes de medicina y personal de salud (Pedraza et al., 2021). En este se encontró que el ser mujer y tener menor edad, se correlaciona con mayores puntajes de ansiedad, depresión y angustia psicológica. Asimismo, a partir de la pandemia, es el personal de salud en primera línea el que muestra mayor angustia psicológica, pero menores síntomas de depresión que los otros participantes.

En adición a estos datos, durante la pandemia por la COVID-19, el consumo de drogas ha aumentado a nivel mundial, pues 275 millones de personas consumieron drogas en el mundo durante el último año y más de 36 millones de personas han sufrido trastornos por el consumo de estas sustancias (UNODC, 2021). En el Perú, el alcohol es la droga más consumida por los jóvenes, donde el 29.5% de escolares han consumido alcohol alguna vez en su vida (DEVIDA, 2019).

¿Qué hacemos frente a esta realidad?

Frente a los datos presentados, la pregunta natural es ¿qué podemos hacer al respecto? Existen diversas estrategias con las cuales podemos abordar esta nueva realidad y ejercer nuestra labor en las problemáticas de salud mental que aquejan a la población peruana.

Para poder llevar a cabo una evaluación profesional y humana, es necesario considerar el efecto que ha tenido la pandemia en el entramado familiar y las situaciones de pérdida (familiares, económicas o de salud) que puedan haber sufrido las personas. Por ello, el acceso a las intervenciones psicoterapéuticas debe ser uno de los grandes pilares del trabajo para la mejora del bienestar mental. En estos espacios de psicoterapia, los profesionales deben comprometerse, no solo a generar espacios de escucha y apoyo, sino también de creación de materiales y estructuras para el quehacer psicológico.

Asimismo, el trabajo de la psicología es de suma importancia, pero siempre debe ser complementado con el conocimiento de otros profesionales dentro de la salud. Como nos enseña la evidencia internacional, la educación en salud debe darse de diversos frentes, como la enfermería, psiquiatría, medicina, entre otros (Huarcaya, 2020; Liu et al., 2020; Unicef, 2020). Este trabajo en conjunto y multidisciplinario puede generar productos como guías e instrucciones para el trabajo con pacientes en servicios de salud mental.

Como profesionales en la salud mental, es importante que convengamos en la necesidad de que los temas de salud mental sean una prioridad en la agenda del gobierno. Desde años previos a la pandemia, el foco que se le ha dado a la salud mental siempre ha sido poco claro e, incluso, a veces nulo. Por ello, es importante designar mayores recursos económicos y humanos, teniendo en cuenta que la población ya viene mostrando sintomatología que afecta a su calidad de vida y su bienestar general. Desde la sociedad civil se vienen realizando esfuerzos para tratar las temáticas que nos aquejan como ciudadanos, tales como los síntomas depresivos, ansiosos, estrés, entre otras. Sin embargo, estos esfuerzos son aislados y no se encuentran bajo un mismo paraguas regulador, rol que debería ser ejercido por el Estado. Por ello, resulta indispensable generar una política clara de salud mental, donde todos los profesionales que ejercen la tarea de prevención y tratamiento sean parte fundamental.

En esta línea, la formación continua y el fortalecimiento de capacidades en profesionales de Centros de Salud Mental Comunitaria se posiciona como una acción necesaria para ejercer una labor ética y eficiente en el cuidado de la salud mental. Muchas de las iniciativas en el campo se basan en el conocimiento superfluo, y no necesariamente en técnicas especializadas, ni metodologías que fomenten una réplica de las acciones. Es menester que cada acción sea regulada por un objetivo y basada en evidencia para salvaguardar el bienestar de las personas en el trato que se le brinda y en las actividades que se realizan.

Por otro lado, como se ha evidenciado, la emergencia sanitaria ha traído consecuencias preocupantes en la salud, siendo una de ellas, y muchas veces pasada por alto, las conductas adictivas y el consumo de sustancias. El quehacer preventivo y de tratamiento en el consumo de sustancias debe recibir una mayor atención en la agenda de los organismos encargados de favorecer la salud. Asimismo, en la actualidad se reconoce que no existen solamente las adicciones a sustancias, sino también a conductas, como, por ejemplo, realizar apuestas, jugar videojuegos y hacer uso de redes sociales o del internet. Este es un tema que debe llamar la atención de la comunidad de investigadores y alertar a los gobiernos para evitar mayores consecuencias negativas en la población.

Luego de los rezagos de la pandemia, es importante que convengamos en la necesidad de que los temas de salud sean transversales y prioritarios en la agenda del gobierno.

Por todo ello, deben fomentarse investigaciones que continúen recogiendo las experiencias y las consecuencias de esta emergencia sanitaria. Estos diagnósticos y reconocimiento del estado de la población, podrán dar pie a programas y leyes pertinentes que permitan llevar a cabo acciones estratégicas que promuevan el bienestar de nuestra sociedad. Sin embargo, recordemos que la salud mental no solo un tema de importancia hoy en día, ni solo en el marco de la COVID-19; sino que la salud mental debe ser el eje de importancia y atención que guíe nuestro quehacer y de todos los encargados de guiar nuestro país.

Referencias

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Invierno 2022


Cecilia Chau Pérez Aranibar

Pontifica Universidad Católica del Perú – PUCP

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