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Edición Nº 71

Salud mental, fe y dignidad humana: una mirada integradora desde la práctica clínica social-comunitaria
Yolanda Arribasplata, CSJ / Kevin Flaherty, SJ
7 de julio, 2026

Hablar de salud mental en el Perú implica referirse no solo a síntomas o diagnósticos, sino también al sufrimiento humano, la desigualdad y la dignidad de las personas. Este artículo nace de mis diez años de trabajo clínico y comunitario en sectores periféricos de San Juan de Lurigancho, acompañando a familias afectadas por múltiples formas de vulnerabilidad psíquica, emocional y social. Muchas de las reflexiones aquí desarrolladas han sido co-construidas en diálogo con Kevin Flaherty, SJ, psicólogo y sacerdote jesuita, quien durante años ha trabajado en contextos periféricos de Lima, integrando el acompañamiento psicológico y espiritual centrado en la dignidad humana.

Desde estas experiencias compartidas, comprendimos que el sufrimiento psíquico rara vez puede entenderse de manera aislada. La privación de salud mental suele emerger en contextos marcados por pobreza, violencia y exclusión social. Aunque en los últimos años este tema adquirió mayor visibilidad en el debate público, todavía suele abordarse desde una mirada desvinculada de las realidades sociales en las que viven las personas.

Esta comprensión coincide con la definición de salud mental propuesta por la Organización Mundial de la Salud[1], que la entiende como un estado de bienestar que permite a las personas afrontar las tensiones de la vida, desarrollar sus capacidades y participar activamente en su comunidad. La salud mental no se limita a la ausencia de trastornos, también depende de condiciones sociales, económicas y relacionales que pueden sostener o vulnerar profundamente a las personas[2].

Desde nuestro trabajo clínico y social en contextos de pobreza y exclusión, observamos que muchas personas llegan a consulta agotadas por sus sufrimientos. Con frecuencia aparecen experiencias de ansiedad, depresión, de trauma, consumo problemático de sustancias, desregulación emocional y trastornos mentales severos que impactan profundamente a las familias. En muchos casos, el sufrimiento psicológico no puede separarse de las condiciones de violencia, precariedad y fragilidad vincular en las que las personas viven.

Jóvenes rezando en grupo.

"Desde la experiencia clínica, muchas personas con sufrimiento psicológico viven formas persistentes de exclusión social. No solo padecen síntomas; cargan también con miradas que las invalidan o silencian."

En dichos contextos, el sufrimiento psíquico/emocional suele expresarse como cansancio crónico, hipervigilancia, insomnio, desesperanza o sensación persistente de amenaza[3]. En el Perú, las brechas en el acceso a la salud mental continúan siendo profundas. Aunque últimamente se han implementado nuevos Centros de Salud Mental, el acceso sigue siendo insuficiente y desigual. Existe una marcada concentración de psiquiatras y psicólogos en Lima Metropolitana, mientras muchas regiones rurales, amazónicas y periféricas carecen de atención especializada[4]. En estos contextos, la prioridad cotidiana suele ser sobrevivir antes que atender el sufrimiento psíquico/emocional.

En la práctica clínica social-comunitaria es frecuente escuchar frases como: “No tengo tiempo para deprimirme”, “primero tengo que trabajar” o “tengo que decir que estoy bien, aunque por dentro me esté muriendo”. Estas expresiones revelan cómo el sufrimiento psíquico muchas veces debe ser silenciado para responder a las exigencias básicas de la supervivencia cotidiana.

Las cifras muestran la magnitud de la crisis en salud mental. Entre 2009 y 2022, las atenciones en el Perú pasaron de 419 703 a más de 1 405 665 casos, hablando únicamente de sintomatología ansiosa[5]. Esta situación resulta preocupante en jóvenes: el 32.3 % presenta algún problema de salud mental o emocional[6], mientras que el 37 % de estudiantes universitarios evaluados reporta síntomas severos de ansiedad[7]. Estas cifras permiten visibilizar solo parte de una realidad mucho más compleja, marcada también por otras formas de sufrimiento psíquico severo que afectan profundamente a las personas y sus familias. En muchos contextos de pobreza y violencia cotidiana, este sufrimiento no puede comprenderse solo desde lo clínico, sino también como respuesta a condiciones persistentes de inseguridad, incertidumbre y sobrecarga de responsabilidades, como se evidencia a continuación:

Julia (seudónimo), madre de tres hijos y residente de San Juan de Lurigancho. Se despierta antes de las cinco de la mañana para cocinar, organizar a sus hijos y salir a trabajar limpiando casas o vendiendo gelatina. Su hijo mayor padece un problema serio de salud; su hija presenta sentimientos persistentes de soledad; y el menor tiene dificultades atencionales y conductuales. Julia casi no duerme. Vive preocupada y emocionalmente sobrecargada. Incluso durante la noche permanece anticipando cuentas, enfermedades y problemas. Sin embargo, continúa funcionando porque la vida cotidiana no le permite detenerse.

Historias como la de Julia muestran cómo el sufrimiento psíquico se entrelaza con la pobreza multidimensional. No todo sufrimiento derivado de la pobreza constituye un trastorno mental; sin embargo, la exposición sostenida a precariedad, violencia y agotamiento incrementa significativamente la vulnerabilidad psíquica[8]. Pero existe algo más profundo: muchas personas terminan sintiendo que han perdido su valor como seres humanos. La precariedad sostenida deteriora progresivamente la autoestima, la esperanza y la percepción de dignidad.

Aquí encontramos una profunda resonancia con los relatos evangélicos. En el Evangelio de Lucas, Jesús inicia su misión proclamando: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha enviado a anunciar la buena noticia a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos y poner en libertad a los oprimidos” (Lc 4, 18-19). Este pasaje no expresa únicamente una dimensión espiritual; revela también una profunda restitución humana y social. Jesús se acerca precisamente a quienes eran excluidos, marginados o considerados indignos. Desde la experiencia clínica, muchas personas con sufrimiento psicológico viven formas persistentes de exclusión social. No solo padecen síntomas; cargan también con miradas que las invalidan o silencian.

En distintos contextos peruanos, pedir ayuda psicológica todavía suele asociarse con debilidad o “locura”, retrasando el acceso a tratamientos oportunos y profundizando el aislamiento emocional. En este sentido, la intervención terapéutica puede convertirse en un espacio profundamente humanizador. En el relato del paralítico, Jesús dice: “Levántate, toma tu camilla y anda” (Jn 5, 8). Más allá de la curación física, existe allí una restitución de dignidad y capacidad de acción. Algo similar ocurre con la mujer encorvada (Lc 13, 10-17): Jesús no reduce a las personas a su padecimiento, sino que las reconoce como sujetos dignos de ser restaurados e incorporados nuevamente al vínculo social. Esta mirada tiene importantes implicancias para la salud mental. Como terapeutas, no trabajamos únicamente para disminuir síntomas; trabajamos también para ayudar a reconstruir vínculos, sentido y reconocimiento humano allí donde el sufrimiento los ha erosionado. Por ello, el abordaje de la salud mental no puede limitarse al tratamiento individual cuando el problema ya se ha agravado. Resulta necesario fortalecer estrategias de prevención e intervención temprana, acompañamiento familiar y espacios comunitarios que favorezcan experiencias de pertenencia y cuidado mutuo.

Asimismo, las personas que atraviesan trastornos mentales severos requieren especial atención, pues el sufrimiento psíquico no afecta únicamente al paciente, sino también a todo el entorno familiar. Muchas familias reorganizan su vida cotidiana alrededor del cuidado, enfrentando desgaste emocional, sobrecarga económica, miedo, incertidumbre y aislamiento social. Cuidar la salud mental implica también acompañar a quienes sostienen silenciosamente ese sufrimiento[9].

Uno de los mayores desafíos actuales es la fragilidad de los vínculos comunitarios. Muchas familias viven atrapadas en dinámicas de supervivencia, mientras la violencia y la inseguridad incrementan el aislamiento emocional. Resulta difícil construir proyectos de vida saludables cuando las personas permanecen expuestas diariamente al miedo y la incertidumbre. Frente a ello, los profesionales de salud mental estamos llamados a una tarea que va más allá del consultorio: fortalecer redes comunitarias y trabajar articuladamente con escuelas, parroquias, organizaciones sociales y familias. En este marco, la fe puede convertirse también en una fuente de sostén y esperanza. En medio de contextos marcados por desigualdad y exclusión, muchas personas encuentran en Dios una experiencia de acompañamiento y fortaleza para sostener la vida cotidiana y cuidar de otros.

"En medio de contextos marcados por desigualdad y exclusión, muchas personas encuentran en Dios una experiencia de acompañamiento y fortaleza para sostener la vida cotidiana y cuidar de otros."

En este sentido, una fe saludable favorece una mayor aceptación de sí mismos y disminuye la culpa dañina, permitiendo comprender el sufrimiento psicológico no como castigo personal, sino como una realidad humana que necesita cuidado. Cabe señalar que en algunas parroquias existen profesionales de salud mental, espacios de apoyo mutuo y programas orientados al fortalecimiento familiar. Así como las escuelas para padres y las experiencias comunitarias pueden favorecer el autoconocimiento, la comunicación y el cuidado de los vínculos. En esta línea, Morales[10] señala que la salud mental requiere comprender al ser humano en interacción constante con su entorno y la calidad de sus relaciones humanas.

Finalmente, la salud mental no constituye únicamente un asunto clínico. Es una expresión concreta de dignidad humana. En una sociedad donde muchas personas sobreviven sintiéndose invisibles, descartables o profundamente solas, cuidar la salud mental implica también afirmar que toda vida merece ser vivida con dignidad, esperanza y posibilidad de vínculo.

Persona sentada en cementerio de Lima., Perú.

[1] Organización Mundial de la Salud. (2022). Informe mundial sobre salud mental. Organización Mundial de la Salud.

[2] Lemma, A., Target, M., y Fonagy, P. (2011). Brief Dynamic Interpersonal Therapy: A Clinician's Guide. New York: Oxford University Press; Lemma, A. (2016). Introduction to the Practice of Psychoanalytic Psychotherapy (2.ª ed.). Wiley-Blackwell. https://doi.org/10.1002/9781118788767

[3] Saavedra Castillo, J. E. (2023). Pobreza y salud mental en ciudades de la Sierra del Perú: Ayacucho, Cajamarca y Huaraz. Anales de Salud Mental, 39(1). Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado-Hideyo Noguchi. https://openjournal.insm.gob.pe/revistasm/asm/article/view/44

[4] Diario El Comercio. (2025, octubre 16). Salud mental en crisis: desafíos, avances y soluciones urgentes en el Perú [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=38UyNKRU2NE

[5] Ministerio de Salud del Perú. (2023). Situación de la salud mental en el Perú. Ministerio de Salud del Perú.

[6] Secretaría Nacional de la Juventud (SENAJU). (2023). Ministerio de Educación del Perú.

[7] Canessa Lohmann, B., et al. (2025). II Estudio de salud mental en universitarios del Consorcio de Universidades. Consorcio de Universidades.

[8] Organización Mundial de la Salud. (2022). Informe mundial sobre salud mental. Organización Mundial de la Salud.

[9] Martínez-Cardona, M. del C., Estrada González, C., Vélez-Velásquez, A. L., Muñoz-Avendaño, N., López Peláez, J., Bermeo De Rubio, M., & Toconas-Morea, V. R. (2020). Relaciones de familia en pacientes con esquizofrenia. Archivos Venezolanos de Farmacología y Terapéutica, 39(5). https://doi.org/10.5281/zenodo.4262890

[10] Morales, P. (2023). La salud mental en nuestros días. Colegio de Psicólogos del Perú. https://cppl.org/la-salud-mental-en-nuestros-dias/

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Yolanda Arribasplata, CSJ / Kevin Flaherty, SJ
Yolanda Arribasplata, CSJ / Kevin Flaherty, SJ

* Yolanda Arribasplata, CSJ: Religiosa de la Congregación de San José y psicóloga. Especializada en acompañamiento a poblaciones vulnerables, migrantes y promoción de la salud mental.
** Kevin Flaherty, SJ: Sacerdote jesuita y psicólogo. Especialista en espiritualidad ignaciana, acompañamiento pastoral y formación en psicología y misión jesuita, con amplia trayectoria en el Perú.

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