Surgida como ritual conmemorativo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús y convertida en los últimos años en un recurso turístico, la Semana Santa es la gran fiesta de Ayacucho. Como toda celebración, congrega a numerosos peregrinos que buscan renovar su fe, a turistas atraídos por las costumbres de las regiones del interior y a citadinos que reproducen la tradición local. Para todos ellos, la Semana Santa es un paréntesis en la vida cotidiana, ya que los lleva a participar en actos únicos, a vestir prendas especiales y hasta a consumir potajes que solo se preparan en esta época del año.

A menudo, se asume que la Semana Santa se implantó en esta parte del país en la colonia, con la conquista, las reformas del Concilio de Trento y la evangelización de la población indígena. Esta versión es parcialmente cierta: la celebración llegó en el siglo XVI, mientras que las primeras procesiones documentadas son de inicios del siglo XVII. Pero su peculiaridad radica en que fue reconfigurada entre mediados del siglo XIX y la segunda mitad del siglo XX, de tal forma que la Semana Santa de hoy es, sobre todo, una expresión de piedad popular que se impone sobre la celebración litúrgica oficial. Esta transformación no solo fue resultado de la influencia del contexto histórico, sino también de las decisiones de la Iglesia local.
El presente artículo precisamente ofrece una breve síntesis de esta transformación histórica, desde el siglo XVII hasta la época contemporánea, en la que la globalización ha ocasionado un nuevo cambio. Iniciemos nuestro recorrido con una breve descripción del ritual, tal como es hoy.
Una breve descripción del ritual
La Semana Santa ayacuchana empieza cuatro días antes del Domingo de Ramos, con cuatro sencillas procesiones: las de Cristo Pobre (miércoles), Jesús Salvador del Mundo (jueves), el Señor de la Agonía y la Virgen Dolorosa (Viernes de Dolores) y el Señor de la Parra (sábado).
El Domingo de Ramos, la imagen de Jesús, en actitud de bendición, es trasladada del monasterio de Santa Teresa a la Catedral en el lomo de un pollino blanco. Sigue a la imagen otro jumento que lleva canastos con frutas. Doce varones ataviados como los apóstoles rodean al Mesías, mientras los acompañantes lo vitorean con sus palmas y ramos de olivo. Se trata de una pintoresca representación de su entrada triunfal a Jerusalén.
El lunes y martes se suceden dos procesiones que evocan dos momentos importantes de la Pasión: la Oración del Huerto y la Sentencia. El miércoles tiene lugar una de las manifestaciones más antiguas y emotivas: la procesión del Encuentro. La imagen de Jesús Nazareno, con la cruz a cuestas camino al Calvario, se encuentra primero con San Juan y luego con la Verónica, como preludio a la emotiva reunión con María. Luego del recorrido de las imágenes, el Hijo de Dios y su madre se encuentran en un ángulo de la Plaza Mayor. El público asistente contempla con consternación esta triste despedida de quien se halla camino al suplicio.
El Jueves Santo no hay procesión alguna; el día está dedicado a la bendición de los Santos Óleos y a la misa conmemorativa de la Cena del Señor. En la noche, peregrinos y citadinos visitan los monumentos eucarísticos que se han levantado en las iglesias de la ciudad. El Viernes Santo se realiza la emotiva procesión del Santo Sepulcro y de la Virgen Dolorosa. Las imágenes salen del templo de Santo Domingo y se desplazan por el perímetro de la Plaza Mayor en medio de la oscura noche y con cientos de acompañantes que visten de riguroso luto y llevan cirios encendidos.
El Sábado Santo, por la mañana, los mayordomos y sus colaboradores trasladan hacia la Catedral los adornos de cera del anda procesional del Señor de Pascua de Resurrección. Al mediodía, realizan el armado de dicha anda, también llamada Trono Watay. En la noche, celebran con cohetes, bombardas, fuegos artificiales y una banda de músicos la víspera de Pascua.
El domingo, en la madrugada, la monumental pirámide de cera adornada con cientos de cirios, en cuya cúspide va la imagen del Resucitado, recorre la Plaza Mayor, que se halla abarrotada de gente, como una enorme embarcación que se desplaza muy lentamente por un mar humano. La procesión culmina al rayar el alba y, con ella, la Semana Santa.
"La Semana Santa de hoy es, sobre todo, una expresión de piedad popular que se impone sobre la celebración litúrgica oficial."

Las procesiones más antiguas
La Semana Santa llegó a Huamanga con los conquistadores en el siglo XVI. Inspirada en las celebraciones penitentes de la península ibérica y de Lima y motivada por las disposiciones de los tres primeros Concilios Limenses, la Semana Santa durante la época colonial fue, sobre todo, la celebración litúrgica del Triduo Pascual, con escaso espacio para la religiosidad popular. Sin embargo, los fieles no dejaron de representar a su modo la pasión, muerte y resurrección de Jesús a través de procesiones, dos de las cuales perviven en la actualidad: la procesión de Jesús Nazareno y la de Pascua de Resurrección.
El cronista Fernando de Montesinos refiere que la imagen de Jesús Nazareno fue mandada confeccionar hacia 1600 por un cura que tenía doctrina a ocho leguas (unos 38 km) de Huamanga y que luego fue guardada en la iglesia del monasterio de Santa Clara de Asís, siendo asistida por una religiosa llamada Luisa del Peso, quien le pidió infructuosamente por la vida del corregidor García Solís de Portocarrero. Posteriormente, en medio de una gran sequía, se organizó una procesión, al punto que al trasponer el ícono la puerta del templo «llovió con tanta abundancia que se remediaron los campos»[1].
Ambos atributos —la vida del corregidor y la lluvia— asociados a esta efigie aparecen posteriormente en la obra del franciscano Diego de Córdova y Salinas, quien escribió una historia de su orden hacia 1651[2]. Dichos atributos brindan pistas sobre la antigüedad y la asociación del culto a Jesús Nazareno. Efectivamente, en los primeros años del siglo XVII posiblemente la imagen de Cristo con la cruz a cuestas ya era venerada públicamente, pues el corregidor García Solís de Portocarrero fue ajusticiado el 14 de septiembre de 1601 por sentencia del oidor Francisco de Coello. Por lo tanto, se infiere que la imagen fue traída a Huamanga a fines del siglo XVI. Por otro lado, la devoción aparece asociada con las lluvias. Precisamente, la Semana Santa se celebra entre marzo y abril, cuando deben culminar las precipitaciones para dar paso a la cosecha. No en vano las andas de la procesión de Jesús Nazareno son adornadas con cenefas de cera que representan choclos y flores.
El historiador del arte Ricardo Mariátegui Oliva sugiere que la talla del Nazareno fue elaborada por el maestro andaluz Juan Martínez Montañés en Sevilla y traída para el templo de Santa Clara[3]. Martínez Montañés vivió entre 1568 y 1649 y es ampliamente reconocido en la península ibérica por haber fabricado esculturas renacentistas, aunque con algo de influencia del barroco. Si efectivamente él talló al Nazareno, entonces algún mecenas financió la obra y la trasladó a Huamanga. ¿Quién fue dicho mecenas? ¿Acaso el encomendero Antonio de Oré, fundador del convento de Santa Clara de Asís, o uno de sus descendientes? Precisamente, uno de sus descendientes implantó en el siglo XVII la celebración de la Semana Santa en su obraje de Chincheros, tal como relata la historiadora Miriam Salas. Por ahora, son preguntas que las futuras investigaciones históricas aclararán.
Con respecto a la procesión de Pascua de Resurrección, esta forma parte de un ritual que se superpone al Triduo Pascual y a las procesiones que se realizan en el transcurso de la semana. En efecto, las ceremonias relacionadas con la Pascua comienzan el 29 de junio, cuando los mayordomos —los principales responsables del ritual— reciben oficialmente la mayordomía en la Misa de San Pedro y San Pablo. Continúan el 1 de noviembre con el Yuyachikuy a los aynis y ofertantes; durante los carnavales, con la ofrenda del Killi Watay en la Catedral; el Domingo de Ramos, con el Taripakuy y la entrada de chamizo; el Sábado Santo, con el Trono Watay, en la víspera, hasta llegar el Domingo de Pascua, día central en que ocurre la impresionante procesión de Cristo Resucitado. Este complejo ritual solo pudo ser instituido en la colonia, cuando la población indígena asimiló el catolicismo y lo reestructuró de acuerdo con su cosmovisión y expectativas.

"Al finalizar la centuria, la Semana Santa ayacuchana se transformó en una suerte de «infracción solemne del orden cotidiano»."
Asimismo, las ceremonias centrales de la Pascua no solo coinciden con la culminación de la temporada de lluvias, sino con la cosecha de los frutos turgentes, como el choclo, y con la espera para la gran cosecha de frutos secos, como el maíz. Además, la Pascua aparece en contraposición al ritual del Tullu Payay con el que se recuerda a los muertos en la primera quincena de noviembre, en plena estación del estío, cuando ya se siembra en el campo y se esperan las primeras lluvias. En el Tullu Payay se recogen los huesos que se hallan dispersos en el cementerio de la ciudad; además, se ofrece chicha de qora, de maní y de maíz morado. Como hipótesis, se postula que este ritual constituye la otra cara de la fiesta de Resurrección, no solo porque en esta se celebra la vida y en aquel se recuerda la muerte, sino porque ambos rituales ocurren en momentos de oposición del ciclo agrícola.
Semana Santa y circuitos mercantiles en el siglo XIX
Una primera gran transformación de la Semana Santa ayacuchana se produjo en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el ritual quedó asociado al circuito mercantil del ganado impulsado por los ingresos provenientes de la exportación de guano y por el aumento de la capacidad de consumo de los pobladores de Lima. El ganado que se criaba en Ayacucho y Andahuaylas era negociado en la capital del país. En tal coyuntura, las ferias ganaderas de Chupas y Acuchimay, que se realizan el Viernes Santo y el Sábado Santo respectivamente en los límites de la ciudad de Ayacucho, se configuraron como actividades asociadas al ritual. Ambas, además, forman parte de un doble circuito de ferias ganaderas que se inicia en la cuenca del río Pampas —en Cangallo y Andahuaylas— en los días previos al Domingo de Ramos y se desplaza hacia la ciudad en los días de Semana Santa, para finalmente encontrarse en la víspera de Pascua en el cerro de Acuchimay, al sur de la urbe[4].
En tal coyuntura, aparecieron dos nuevas procesiones que se vincularon a la del Encuentro y la de Pascua de Resurrección que venían de tiempos virreinales. Dichas procesiones son las de Domingo de Ramos y la de Viernes Santo.
La procesión que rememora la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén fue instituida por el sacerdote Isidro Miranda como una representación casi fidedigna de la piedad popular en la que debían participar especialmente niños y adolescentes. En ese mismo periodo, los fieles Marcos Pantoja y Pablo Moya instauraron la procesión de la Virgen de la Soledad del Viernes Santo, a la que posteriormente se agregó la imagen de Cristo yacente. Con el correr del tiempo, esta última procesión se convirtió en una manifestación propia de la élite local, compuesta por hacendados, comerciantes y autoridades del Estado peruano.
A ambas procesiones se les agregaron, en las últimas décadas del siglo XIX, otras que salían de manera desordenada de las iglesias de algunos barrios de la ciudad. Al finalizar la centuria, la Semana Santa ayacuchana se transformó en una suerte de «infracción solemne del orden cotidiano»[5], que alteraba no solo la bucólica cotidianeidad de Ayacucho, sino que amenazaba con alterar la jerarquía social existente.

La Semana Santa en el siglo XX: de la disciplina al turismo
El obispo Fidel Olivas Escudero reestructuró y reguló el funcionamiento del ritual para evitar la erosión de las diferencias sociales que allí se producía. Lo hizo, además, para consolidar una Iglesia local fuerte que, en indisoluble unión con sus fieles, debía contrarrestar el avance del liberalismo, del socialismo, del anarquismo y del protestantismo. Para ello, solo autorizó las cinco procesiones del Viernes de Dolores, Domingo de Ramos, Miércoles de Encuentro, Viernes Santo y Pascua de Resurrección y suprimió las otras que salían de los templos barriales. Además, cuidó que estas manifestaciones culminaran a las 7 de la noche y dispuso que cada una de ellas debía garantizar la participación de un determinado grupo social. Así, la procesión del Señor de la Agonía y de la Virgen Dolorosa estaba dirigida a los sectores populares del barrio de La Magdalena. La procesión del Domingo de Ramos estaba orientada a los niños y adolescentes; la de Jesús Nazareno, a los campesinos y sectores populares de la ciudad; la del Viernes Santo estaba dirigida a los integrantes de la élite local, y la del Domingo de Pascua, a los campesinos que llegaban de pueblos algo lejanos como Cangallo, Socos, Vinchos o Lambrashuaycco con la feria de Acuchimay. Se trataba de una suerte de distinción social establecida por la jerarquía eclesiástica.
Estas disposiciones fueron cumplidas hasta la década de 1960. En esta nueva coyuntura, de la mano de las modificaciones dispuestas por el Concilio Vaticano II, el arzobispo Otoniel Alcedo Culquicóndor permitió el despliegue de la piedad popular en el ritual y reimplantó algunas de las procesiones que habían sido eliminadas por monseñor Olivas Escudero, como las del Señor del Huerto (lunes) y del Señor de la Sentencia (martes). Además, toleró la transformación de la Semana Santa en un atractivo turístico para una ciudad que buscaba dinamizar esta actividad turística como una importante fuente de empleo y de ingresos. Por primera vez, apareció un programa de mano del ritual y material publicitario para atraer turistas. Las procesiones no solo contaban con la asistencia de fieles, sino también de visitantes que solo observaban estas manifestaciones de fe.
"El ritual integra a fieles, peregrinos y turistas, a habitantes de la ciudad y del campo, y vincula la cotidianeidad urbana con la dinámica rural."
A modo de conclusión
Como resultado del proceso histórico que hemos sintetizado líneas arriba, la Semana Santa ayacuchana conjuga en la actualidad la liturgia oficial del Triduo Pascual con las procesiones como expresión de la religiosidad popular y con actividades profanas como las ferias, que también congregan a multitudes. Así, el ritual integra a fieles, peregrinos y turistas, a habitantes de la ciudad y del campo, y vincula la cotidianeidad urbana con la dinámica rural.
Sin embargo, en tiempos de globalización, la Semana Santa enfrenta serias amenazas, como la presencia de actividades inicialmente asociadas al ritual, pero que hoy han adquirido vida propia, pues congregan a miles de personas que, en un solo día, dinamizan la economía y generan importantes ingresos. Es el caso del «Pascua Toro» o del antiguo arrastre de bovinos que eran ofrecidos al hospital, a la cárcel y al asilo en la víspera de Pascua de Resurrección. Bajo el influjo de la globalización, el «Pascua Toro» se ha transformado en una celebración similar a la fiesta taurina de Pamplona.
Asimismo, la aparición de nuevas procesiones en los barrios periféricos de la ciudad altera la característica central de la Semana Santa ayacuchana: la representación exacta de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Estas nuevas manifestaciones son sinceras expresiones de piedad popular, pero, lamentablemente, buscan competir con las tradicionales procesiones, al expresar un sentimiento reivindicativo de los barrios frente al núcleo de la ciudad.
Además, ferias como la de Acuchimay o Chupas se han convertido en escenarios para la venta de bienes industriales y bebidas alcohólicas, así como para espectáculos musicales con artistas populares.
A pesar de estas tensiones entre tradición y modernidad, la Semana Santa de Ayacucho persiste. El gran desafío de Ayacucho radica en salvaguardar la esencia de su ritual frente al desborde comercial. La vigencia de esta festividad dependerá de la capacidad de Ayacucho para adaptarse al mundo global sin perder el fervor profundo que, desde la época colonial, la define como el epicentro de la fe y la identidad andina.
[1] Montesinos, F. de. (1906). Anales del Perú (Vol. 2). Imprenta de Gabriel L. y del Horno.
[2] Córdova y Salinas, D. (1957). Crónica franciscana de las provincias del Perú. Academy of American Franciscan History.
[3] Mariátegui, R. (1974). Santa Clara de Ayacucho: Plateresco y mudejarismo de los siglos XVI y XVII en el Perú.
[4] González, E., Gutiérrez, Y., & Urrutia, J. (1995). La ciudad de Huamanga: Espacio, historia y cultura. Concejo Provincial de Huamanga-Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga-Centro Peruano de Estudios Sociales.
[5] Santisteban, H. (2007). Aspectos etnológicos, simbólicos y fenomenológicos de la fiesta. En La fiesta: Memoria del IV Encuentro Internacional sobre el Barroco (p. 369). Unión Latina-GRISO-Universidad de Navarra.

Historiador y doctor por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Docente de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga y miembro correspondiente de la Academia Nacional de la Historia. Coautor de Historia y Cultura de Ayacucho.
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