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Edición Nº 71

Suicidio en el Perú: una crisis silenciosa
Rosa Isla Castillo
8 de julio, 2026

El suicidio constituye un problema complejo de salud pública a nivel mundial, con más de 720 000 personas que pierden la vida por esta causa cada año[1]. El impacto epidemiológico en la región evidencia una crisis crítica entre la población más joven. Según información de la Organización Panamericana de la Salud[2], el suicidio constituye la tercera causa de fallecimiento en el grupo etario de 10 a 24 años en la Región de las Américas, registrando un aumento del 38 % en su tasa de mortalidad entre 2000 y 2021.

En el contexto peruano, esta tendencia también tiene un impacto significativo en la población joven. Según datos del Ministerio de Salud[3], los intentos de suicidio en adolescentes y jóvenes de entre 12 y 29 años se relacionan con problemas sentimentales, conflictos familiares y situaciones de violencia física o psicológica. Esta realidad se agudiza en subgrupos expuestos a estresores permanentes y discriminación, tales como la comunidad LGBTIQ+, que reporta tasas elevadas de ideación y planificación suicida debido al rechazo en sus entornos[4].

Plano detalle de unas manos sobre una sábada blanca.

Asimismo, en los últimos años, esta problemática ha mostrado una tendencia creciente en nuestro país. Según el Sistema de Información de Defunciones, se registraron 735 fallecimientos por suicidio durante 2024, con mayor incidencia en las regiones de Arequipa (119) y Lima Metropolitana (115), seguidas por Cusco (70) y Puno (59). Por otro lado, la tendencia se mantuvo constante a principios de 2025, registrándose 74 casos solo en el mes de enero. Por su parte, la línea de orientación 113 del Minsa[5] registró un total de 1 153 intervenciones asociadas a conductas suicidas e ideación suicida. La distribución por grupo etario de estos datos muestra una prevalencia en la población de 18 a 29 años con el 45 % de las llamadas, en contraste con el 40 % correspondiente a los adultos. Esto evidencia la búsqueda de ayuda a través de los recursos que brinda el Estado peruano, pero pone de manifiesto una crisis de salud pública en el Perú.    

En cuanto a las diferencias por género en nuestro país, un estudio observó mayor frecuencia de suicidios en varones (69,5 %), con un promedio de edad de 34 años, siendo las personas solteras el grupo con mayor afectación según estado civil[6]. Otra investigación sobre eventos en el Puente Villena en Lima Metropolitana[7] identificó que la mayoría de quienes fallecen por suicidio son hombres, solteros y residentes de distritos ajenos al lugar del evento. Lo descrito se ve respaldado por el informe regional de la OPS de 2025: la Región de las Américas[8] registra 9 muertes por suicidio por cada 100 mil habitantes, con una mayor tasa de mortalidad en hombres que en mujeres.

"Según datos del Ministerio de Salud, los intentos de suicidio en adolescentes y jóvenes de entre 12 y 29 años se relacionan con problemas sentimentales, conflictos familiares y situaciones de violencia física o psicológica."

Gráfica sobre el suicidio en el Perú.

Esta preocupación también se evidencia en universidades de nuestro país. Un estudio realizado por el Consorcio de Universidades en el Perú[9] revela que un 19,1 % de la población estudiantil manifestó haber experimentado pensamientos suicidas, mientras que un 6,3 % presentó planificación suicida durante el semestre académico[10]. Esto pone en evidencia que la vida universitaria no solo tiene retos académicos, sino también desafíos vinculados al desarrollo personal asociados a problemas de salud mental.

El impacto de esta información nos lleva a pensar qué elementos definen el suicidio. Más que un diagnóstico médico, el suicidio constituye un comportamiento complejo y multicausal[11]. Desde una mirada biopsicosocial, existe una interacción entre la vulnerabilidad biológica —manifestada en una alta sensibilidad y reacciones emocionales intensas— y los factores estresores del entorno[12]. Al no contar con estrategias de afrontamiento adecuadas para regular las emociones, el individuo puede llegar a ver la conducta suicida como una forma de comunicar su desesperación o de interrumpir un dolor emocional que percibe como intolerable.

En otras palabras, el deseo de morir es el intento de escapar de un dolor emocional profundo. La persona se queda sin recursos para afrontar su problema[13]. Puede surgir a partir de la convergencia de determinantes biológicos, psicológicos y sociales, como el consumo excesivo de alcohol, las deudas, la violencia doméstica y el abuso sexual[14]. Asimismo, intervienen factores individuales y psicológicos, como la presencia de trastornos mentales y del comportamiento, entre ellos la depresión[15].

"Más que un diagnóstico médico, el suicidio constituye un comportamiento complejo y multicausal."

Persona recibiendo atención psicológica en un consultorio con una psicóloga.

Por todo lo mencionado, la prevención del suicidio se debe abordar desde el modelo de salud pública y no debe reducirse únicamente al enfoque médico[16]. Lamentablemente, las acciones preventivas suelen verse limitadas por el estigma en instituciones públicas y privadas. Este se compone de un conjunto de actitudes, estereotipos y creencias negativas sobre las personas con conductas suicidas. Esto conlleva discriminación y limita la búsqueda de ayuda profesional y social de quienes lo necesitan.

Se puede decir que el estigma se estructura en tres niveles: público, internalizado y familiar. Por ejemplo, los individuos en riesgo suicida, por el temor de ser segregados o juzgados en sus entornos, evitan buscar ayuda profesional[17]. De igual modo, esto limita la conformación de redes de ayuda para los sobrevivientes de pérdida por suicidio —familia, amigos o personas del entorno del fallecido por suicidio—, quienes se ven forzados al aislamiento debido a prejuicios sociales que los culpan indirectamente del fallecimiento de su familiar[18]     .

Se debe erradicar eficazmente el estigma y promover entornos seguros. Estas acciones son indispensables para derribar los mitos culturales. Uno de los prejuicios frecuentes es la falsa creencia de que «el que se quiere matar no lo dice, y el que lo dice es solo para llamar la atención». Este mito invalida los intentos de comunicar el malestar y, por tanto, limita la búsqueda de ayuda en las personas en crisis     .

Asimismo, existe el temor de que «hablar sobre el suicidio o preguntar sobre el deseo de morir puede incentivar la conducta suicida». La evidencia científica demuestra que abordar el suicidio de manera empática, asertiva y responsable reduce la angustia psicológica, calma la carga emocional y fomenta la red de apoyo. Educar a las comunidades sobre este tema contribuye a desarticular tanto el estigma público como el internalizado, abriendo la oportunidad para que las personas vulnerables busquen ayuda sin temor a ser juzgadas o excluidas.

"La prevención del suicidio se debe abordar desde el modelo de Salud Pública y no debe reducirse únicamente al enfoque médico."

Gráfica sobre el suicido en el Perú con datos. Número dos.

La restricción del acceso a medios también constituye una acción preventiva mediante la implementación de barreras físicas, una de las estrategias con mayor eficacia para disminuir el riesgo de suicidio. Un ejemplo de aplicación práctica para los sectores público y privado, orientado al cuidado de las personas, consiste en identificar aquellos espacios vulnerables, con el propósito de realizar las modificaciones y adecuaciones de seguridad en su infraestructura. Esto contribuye a salvaguardar a la comunidad. 

Finalmente, el diseño y la implementación de un protocolo preventivo dentro de cualquier institución no puede limitarse exclusivamente a normar acciones de detección temprana o de intervención en la crisis inmediata —antes y durante el evento—. Una estrategia integral de salud pública y de cuidado comunitario debe incorporar obligatoriamente un eje de postvención, entendido como el conjunto de acciones orientadas a acompañar a las personas tras el fallecimiento por suicidio     .

Un fallecimiento por suicidio repercute profundamente en el círculo social cercano de la persona afectada. Los familiares y amigos —llamados sobrevivientes de pérdida sufren sentimientos de culpa, vergüenza, rechazo y aislamiento prolongado. Asimismo, pueden presentar mayor vulnerabilidad debido al impacto de lo sucedido —trauma vicario— y desarrollar ideación suicida[19]. Lo anterior demuestra que el suicidio no constituye un fenómeno exclusivamente individual, sino una situación que afecta a la comunidad.

Psicóloga atendiendo a un paciente en su consultorio.

"El suicidio no constituye un fenómeno exclusivamente individual, sino una situación que afecta a la comunidad."

Si una institución carece de lineamientos claros de posvención para contener el sufrimiento de los sobrevivientes de pérdida, el trauma colectivo se vuelve crónico y aumenta la posibilidad de contagio suicida en otros miembros vulnerables del grupo. El cuidado de la salud mental comunitaria requiere la postvención como parte de la prevención secundaria.

En general, el suicidio puede prevenirse en muchos casos. Por ello es necesario sensibilizar a la comunidad, identificar señales de alerta y contar con canales de ayuda.    


[1] Organización Mundial de la Salud. (2024). Suicidio. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/suicide

[2] Organización Panamericana de la Salud. (2026, 20 de mayo). Suicidio entre adolescentes y adultos jóvenes aumenta en las Américas: OPS alerta sobre la necesidad urgente de prevención. https://www.paho.org/es/noticias/20-5-2026-suicidio-entre-adolescentes-adultos-joven

[3] Ministerio de Salud. (2025). Boletín Epidemiológico de Salud Mental: Conductas e ideación suicida en el Perú. MINSA.

[4] The Trevor Project. (2024). 2024 Perú Encuesta Nacional sobre la Salud Mental de Jóvenes LGBTQ+. https://www.thetrevorproject.org/survey-international/assets/static/2024_Peru_National_Survey_ES.pdf

[5] Punto Seguido - UPC. (2024, 4 de noviembre). Cifras de la Línea 113 en 2024 revelan crisis de salud mental: cada día, siete peruanos intentan suicidarse. https://puntoseguido.upc.edu.pe/cifras-de-la-linea-113-en-2024-revelan-crisis-de-salud-mental-cada-dia-siete-peruanos-intentan-suicidarse/

[6] Contreras-Cordova, C. R., Atencio-Paulino, J. I., Ccoicca-Hinojosa, J. D., Paucar Huaman, W., Sedano, C., & Valle, R. (2022). Suicidios en el Perú: Descripción epidemiológica a través del Sistema Informático Nacional de Defunciones (SINADEF) en el periodo 2017-2021. Revista de Neuro-Psiquiatría, 85(1), 19-28. https://doi.org/10.20453/rnp.v85i1.4152

[7] Muñoz, J., Vega, J., Mendoza, C., & Muñoz, H. (2003). Suicidio e intento de suicidio por salto desde altura en el Puente Villena. Revista de Neuro-Psiquiatría, 66(3), 223-233. https://doi.org/10.20453/rnp.v66i3.1444

[8] Organización Panamericana de la Salud. (2025). Informe sobre el estado de la mortalidad por suicidio en la Región de las Américas. OPS.

[9] Otiniano, F. (2024). Estudio sobre salud mental en universitarios del Consorcio de Universidades 2024: Resultados de la Universidad del Pacífico. Universidad del Pacífico, Bienestar y Formación Estudiantil.

[10] Cassaretto et al., 2021; Otiniano, 2024

[11] Wasserman, D. (Ed.). (2021). Oxford textbook of suicidology and suicide prevention (2a ed.). Oxford University Press.

[12] Crowell, S. E., & Kaufman, E. A. (2021). Biopsychosocial models of radical self-harm. En D. Wasserman (Ed.), Oxford textbook of suicidology and suicide prevention (2a ed., pp. 195-204). Oxford University Press.

[13] Dunkley, K. R., Berg, J., & Kerkhof, A. J. (2021). Psychological escape and pain tolerance theories. En D. Wasserman (Ed.), Oxford textbook of suicidology and suicide prevention (2a ed.). Oxford University Press.

[14] Pirkis, J., Bantjes, J., Dandona, R., Knipe, D., Pitman, A., Robinson, J., Silverman, M., & Hawton, K. (2024a). Preventing suicide: A public health approach to a global problem. The Lancet, 403(10423), 285-296. https:/doi.org/10.1016/S0140-6736(23)01127-1

[15] Fazel, S., & Runeson, B. (2020). Suicide. The New England Journal of Medicine, 382(3), 266-274. https://doi.org/10.1056/NEJMra1902944

[16] Pirkis, J., Bantjes, J., Dandona, R., Knipe, D., Pitman, A., Robinson, J., Silverman, M., & Hawton, K. (2024b). Addressing key risk factors for suicide at a societal level. The Lancet, 403(10423), 297-307. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(23)01127-1

[17] Van Spijker, B. A., Van Straten, A., & Kerkhof, A. J. (2010). The effectiveness of a web-based self-help intervention to reduce suicidal thoughts: A randomized controlled trial. Trials, 11, Artículo 25. https://doi.org/10.1186/1745-6215-11-25

[18] Hanschmidt, F., Lehnig, F., Riedel-Heller, S. G., & Kersting, A. (2018). The stigma of suicide survivorship and related alth outcomes of loss survivors: A systematic review. Archives of Suicide Research, 22(3), 341-369. https://doi.org/10.1080/13811118.2017.1355286

[19] Pitman, A., & Osborn, D. (2018). Bereavement after suicide. The BMJ, 361, Article k1862. https://doi.org/10.1136/bm    j.k1862

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Rosa Isla Castillo
Rosa Isla Castillo

Psicóloga especialista del Servicio de Apoyo Psicológico y Psicopedagógico de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Con experiencia en acompañamiento psicológico y bienestar de estudiantes universitarios.

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