Doctor en Antropología por New York University y profesor principal de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Huerta-Mercado se ha especializado en el estudio de la cultura popular urbana y ha dedicado buena parte de su trabajo a explorar aquello que suele quedar fuera de los discursos oficiales: el humor, el chisme, los rituales, las formas de celebrar y los códigos con los que nos reconocemos unos a otros.
En esta conversación, Huerta-Mercado parte del humor y de la cultura popular para explorar una pregunta de fondo: qué nos hace sentir parte de algo en un país atravesado por diferencias, desconfianzas y cambios en las formas de relacionarnos. Hablamos de aquello que compartimos, de los códigos con los que nos reconocemos y de las formas, grandes o pequeñas, en que todavía conseguimos encontrarnos.

El humor como termómetro de poder
En El Chongo Peruano usted sostiene que el humor funciona como un termómetro del poder: puede afirmarlo, cuestionarlo o desafiarlo, y también crear grupos que se reconocen entre sí a través de la risa. Hoy, en medio del descrédito político y de una sociedad cada vez más fragmentada, ¿de qué se ríe el Perú y con quién? ¿El humor todavía nos permite construir comunidad o termina reforzando las trincheras que ya existen?
El humor es una goma social, y a veces una goma peligrosa: Aristóteles ya acusaba al humor de ser humillante, como el cargamontón del patio escolar, donde todos ríen juntos, pero hay una víctima. Lamentablemente, el humor peruano ha sido muchas veces burla de arriba hacia abajo, una tendencia que Freud explicaría como válvula de escape: nos burlábamos para hablar de lo que la sociedad prohibía. En una sociedad que se dice democrática, ser racista o machista es malo, así que esos chistes entraban como caballo de Troya. Lamentablemente, por mucho tiempo eso fue lo que nos unió, tanto en el espectáculo de la calle como en el patio escolar. Pero paulatinamente —yo creo que esto es un aprendizaje— los peruanos estamos burlándonos más de nosotros mismos.
Immanuel Kant sostenía que el humor surge cuando se da un absurdo. Y digamos que sí se dan varios absurdos en la sociedad peruana, y eso permite que el humor sea fácil. Nos reímos de lo mal que elegimos en el Perú, de que elegimos emocionalmente y de que no les exigimos nada a los congresistas, si siempre hacen lo mismo. Entonces, eso nos está uniendo cada vez más a través de la autoburla. Antes, tenía que esperar al programa cómico del sábado en la noche; ahora los jóvenes fabrican su propio humor con memes que se burlan de uno mismo o de lo pintorescos somos muchas veces los peruanos. Simplemente, el humor es como una sábana que pones sobre una superficie y te permite ver sus contornos. Y, caray, nuestra historia tan peculiar hace que la realidad sea absurda por todos lados.
"Simplemente, el humor es como una sábana que pones sobre una superficie y te permite ver sus contornos."
Cuando la risa también sanciona
Si bien el humor nos une a través de la autoburla, ¿qué ocurre cuando esa lógica convive en las redes con la funa y el linchamiento digital? ¿Las redes están convirtiendo la burla en una forma de sanción social?
El problema es que el internet habla un lenguaje muy definido: Es A o es B, estás conmigo o estás en mi contra. No se puede dialogar. Por miedo a que lo dejen de querer o lo funen a él mismo, uno termina apoyando incluso al cargamontón. Hemos retrocedido bastante en la calidad del debate: la discusión se reduce a bien o mal, y la funa se vuelve un arma concreta, un poder de guerrilla que hasta las instituciones temen. Lamentablemente, ahorita hay un gran poder del ataque y de la burla en las redes sociales.
Lo vemos con los streamers: en cuanto se hacen famosos, su vida privada entra en escrutinio y empieza la burla, muchas veces con una sanción social injusta. Creo que todavía estamos deslumbrados con el internet y la inteligencia artificial, pero conforme nos demos cuenta de cuántas fake news y posverdad generan linchamientos injustos, deberíamos dar paso a un humor más sano, más integrador y menos agresivo. Mientras tanto, el problema es que la estructura misma del medio es bastante propicia para atacar: la tendencia es escuchar para responder, no para entender, y ahí el humor termina siendo un elemento agresivo que no debería ser.
El desahogo siempre se va a generar; el problema es si es positivo o negativo. La masculinidad, como en buena parte de Occidente, es una creación social: la sociedad separa al niño de la mamá y lo somete a una vigilancia constante, porque la masculinidad, a diferencia del rol femenino, es algo que se puede perder y hay que estar demostrando todo el tiempo. Por eso a los hombres les gusta hablar de sus hazañas sexuales, o de chicas, y por eso existe —sin que se justifique— la agresividad en la calle: son formas de marcar que uno es hombre frente a una inseguridad de fondo.
El humor machista y homofóbico es parte de esa reafirmación: burlarse del otro, feminizarlo o hacer chistes homosexuales no hace sino revelar la angustia de no haber completado la masculinidad, y es a través del humor que drenamos ese temor. Cuando la vedette saca a bailar a un hombre en un show para varones y hace chistes sobre el tamaño de su pene o su potencia, lo humilla. Todo el grupo ríe, y hasta la víctima ríe, porque es un punto tan frágil que se presta a la burla, uno de los grandes terrores del macho peruano actual.
¿Y cree que esa forma de entender la masculinidad ha cambiado en los últimos años?
Espero que sí, aunque más por parte de las chicas que de los hombres. Por ejemplo, al simpatizar con BTS y otros grupos de K-pop, ellas están mandando un mensaje: ya no quieren al macho alfa violento, sino hombres vulnerables, delicados, empáticos —siempre me dicen “empáticos”, aunque no sé cómo saben que los chicos coreanos lo son, pero es la idea. Lo interesante es que las chicas ahora tienen más voz, y nos han enseñado que perciben que el tipo de masculinidad al que nosotros hemos sido socializados no es el adecuado, o no es el que ellas quieren.

Ese ha sido justamente el problema, y con el racismo ha sido muy delicado: representar en televisión a mujeres andinas como sucias o agresivas, en teoría “solo como chiste”, ha naturalizado un montón de prejuicios. Lo mismo con los chistes machistas y homofóbicos, que naturalizan el machismo y la homofobia.
Toda censura es problemática, pero esto ha obligado a los comediantes a autocensurarse para poder seguir vigentes, porque ahora sí hay grupos con voz para reclamar. Los grupos antes silenciados ahora pueden quejarse, y eso obliga a los comediantes a autocensurarse si quieren conservar su público.
¿Y qué opina de la gente que defiende que «al humor no se le puede tocar, porque es humor»?
En el Perú, sí. Viviendo en una realidad poscolonial donde el racismo ha sido naturalizado, el humor no ha hecho más que reforzarlo: socializa mal a los niños desde temprano y alimenta el odio a la homosexualidad y el machismo. Un ejemplo clásico son los cómicos ambulantes, que siempre se burlan agresivamente de su público porque ese público lo acepta. Pero en cuanto alguien lo grabó con el celular y lo subió a redes, llovieron las quejas, y eso los obligó a autocensurarse para seguir siendo aceptados por un público más amplio.
Creo que el valor está en que hay mucha más conciencia que antes. Antes la burla iba contra el migrante andino, contra el cuerpo; ahora hay más autoconciencia y más voces que pueden reclamar por sus propios derechos. Todo debe tener un límite.
"Viviendo en una realidad poscolonial donde el racismo ha sido naturalizado, el humor no ha hecho más que reforzarlo."
Pequeños rituales que nos congregan
Usted ha planteado varias veces la pregunta de qué nos une como país. Más allá de los grandes rituales religiosos o patrióticos, ¿qué pequeños rituales cotidianos siguen creando pertenencia entre los peruanos? ¿Hay alguno que consiga cruzar, aunque sea parcialmente, esas fronteras de clase, religión y edad que dividen lo que usted mismo ha llamado “pequeño continente”?
Pues, por lo mismo que es "un pequeño continente" es difícil. Hoy en el Perú hay varios y no hay acuerdo entre ellos. En teoría nos une el mismo Estado, pero lo que más nos ha unido, en realidad, es estar en contra de él; esa contradicción también es una forma de unión.
Creo que los rituales privados son más importantes de lo que pensamos. Basta ver la cantidad de tiendas de piñatas, fiestas y cotillón que hay. La cena de Navidad une generaciones y etapas de vida enteras; hasta el olor del panetón nos resulta familiar a casi todos. La sobremesa de cada fin de semana, la fiesta de cumpleaños, los quinceañeros: todas cumplen esa labor ritual. Los rituales son, en el fondo, una forma de comunicarse con lo sagrado; son teatralizados, cíclicos y colectivos, pero su verdadera función es unir a las personas. Somos una comunidad microcelebratoria: tenemos rituales familiares, de equipo, juveniles, pequeños pero constantes. Y cuando no existen, los inventamos: en la pandemia, al perder el control de todo, inventamos el ritual de aplaudir y cantar Contigo Perú a las ocho de la noche.
El fútbol también es un ritual: cuando juega la selección, une; cuando juegan Alianza y la U, separa, pero al menos une a cada hinchada. Y está la religiosidad popular, muy extendida: el altar en casa, con la virgen y las fotos de familiares. Como institución, la religión puede estar en crisis, pero la religiosidad popular —el santo personal, el recuerdo de la familia— sigue siendo fuerte, aunque una a microgrupos y no a grandes masas.
Lo que más nos une, en definitiva, sigue siendo la comida como un acuerdo social muy particular, el fútbol, y la idea del Perú como un pasado idealizado: Machu Picchu es algo que la mayoría de peruanos nunca ha visto, pero el orgullo de pertenecer a un país que lo tiene sigue siendo algo poderoso.
Es curioso lo del fútbol ¿cómo aún nos congregamos para apoyar a la selección, aunque pierda todo el tiempo?
Es que es la oportunidad de decir “nosotros”, de sentir que formamos parte de un grupo más grande. Es una de las pocas veces que podemos decir eso frente a un ritual global como el Mundial.
Los peruanos somos un país de victorias morales: nuestras celebraciones y feriados suelen conmemorar derrotas: la Batalla de Angamos, Arica, el salto de Alfonso Ugarte o Túpac Amaru. La misma idea de “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Estamos totalmente acostumbrados a celebrar derrotas, y creo que los jóvenes ya no disfrutan tanto celebrar a héroes masacrados o suicidas. Recuerdo un mural en Polvos Azules con Túpac Amaru y Bolognesi que reemplazaron por uno de Goku, de Dragon Ball, y nadie se quejó: tal vez esos sean los héroes que hoy prefieren los jóvenes, que llegan a ser exitosos a partir del esfuerzo, no solo del sufrimiento.
Creo que ha sido un error pensar que todo tiene que pasar por el sufrimiento y que la única victoria posible es la moral, tanto en el fútbol como en la guerra.
"Los peruanos somos un país de victorias morales: nuestras celebraciones y feriados suelen conmemorar derrotas."

Dos cosas. Primero, estoy de acuerdo con farmear aura, porque saca a los jóvenes a la plaza pública, a encontrarse cara a cara y no mediados por una pantalla. Segundo, creo que internet nos conecta más, pero nos comunica menos: la vigilancia mutua nos separa porque dejamos de ser auténticos, tenemos miedo de opinar, de meter la pata. Los jóvenes están como Túpac Amaru, jalados de un lado por lo woke y del otro por lo políticamente correcto y la moral. En el Perú siempre hemos tenido miedo al qué dirán, y ahora internet lo sabe y lo exhibe todo; sentimos que puede acabar con nuestra vida, y eso nos ha limitado mucho.
Un ejemplo claro es el amor, que es algo cultural: antes, con la pareja, había momentos duros, aburridos, sofocantes, pero habían. Ahora todo se resuelve con emoticones —una frase dura seguida de un corazón, y ya se arregló—; puede haber relaciones a distancia, pero con menos compromiso. Estar más conectados no nos hace estar más comunicados. Creo que tenemos que rescatar el arte, el deporte, el espacio público y la conversación cara a cara: ahí sí podríamos estar más unidos.
¿Cuáles serían hoy los desafíos más fuertes para encontrar identidad o sentirse parte de algo más grande en este país?
Fácil: juzgarnos menos. Tenemos miedo al otro, nos sentimos vigilados, y en el fondo todos nos hemos vuelto una suerte de Vengadores, no por superhéroes sino porque nos gusta vengarnos. Sentimos que una funa en internet puede acabar con nuestra vida, y eso nos ha vuelto extremadamente vigilantes los unos de los otros. Si fuéramos menos juzgadores y más tolerantes, podríamos desarrollar muchas más cosas.
Me duele, por ejemplo, que no tengamos tanta creatividad musical como otros países, porque tenemos miedo de experimentar: sabemos que nos van a hundir entre nosotros mismos. Creo que tenemos que desarrollar un mundo con menos envidia y más colaboración, entender que el bien del otro no nos perjudica, hasta nos puede beneficiar. En un ambiente tan cerrado y conservador como el peruano, es difícil destacar sin sentirse juzgado, y la funa de internet es brutal. Necesitamos aprender que el bien de uno puede ser el bien de todos, en vez de ser una sociedad que se vuelve agresiva —en el humor o en la crítica— apenas ve que al otro le está yendo bien. Hace falta estar más en paz con lo que tenemos y pensar en colaborar en vez de competir.
"Creo que internet nos conecta más, pero nos comunica menos."
Me gustaría que hubiera más espacios públicos. En Lima casi no los hay: los parques están enrejados, las calles son inseguras, las casas amuralladas, y hasta la gente prefiere vivir en condominios cerrados. El espacio público debería ser un espacio de libertad, pero en el Perú es más bien donde a uno lo gritan por su apariencia, lo bullean, lo fastidian.
Creo que el ritual sería justamente eso: espacios públicos donde podamos sentarnos todos a conversar, decir “somos diferentes, bailemos juntos" y sentirnos libres de ser quienes somos, sin miedo a ser juzgados.
Para cerrar, ¿qué recomendaría que sigamos haciendo, como personas y ciudadanos, en el día a día, para seguir encontrándonos?
Ahí sí apelo a mi cristianismo. Creo que nuestro fin supremo es conocer el amor: cómo ha sido, cómo es y cómo puede llegar a ser. Y creo que Dios, aunque me contradigan, es simple, sencillo. No hay necesidad de complicarse mucho la vida y, más bien, hay que buscar en el amor una respuesta. Todos estamos preocupados por el qué dirán, todos tenemos miedo a ser juzgados; ya es hora de liberarnos un poco de eso, dedicarnos a amar con libertad, sentirnos protegidos por el grupo y animarnos a dejarnos querer y a querer. Ahí soy bien hippie, pero muy cristiano.

Editor de la Revista Intercambio. Periodista y comunicador audiovisual. Bachiller en Periodismo por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
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