La Responsabilidad es Colectiva: reflexión sobre el Programa BECA 18

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Si bien el Perú ha hecho importantes avances en términos de reducción de la pobreza en la última década[1], la desigualdad social continúa siendo un problema que ha vuelto a tomar importancia en los círculos de debate académico y de políticas públicas. Efectivamente, hay desigualdades que no desaparecen con el crecimiento económico y que son difíciles de erradicar[2]. Esta situación ha planteado un reto para el Estado, que se ha visto en la necesidad de asumir esta tarea para poder continuar creciendo como país y para saldar una deuda histórica con un gran sector de la población peruana que siente que vive en un país profundamente desigual[3].

Ante esta situación, el gobierno de Humala hizo una apuesta por crear y rediseñar programas sociales que contribuyan a reducir las desigualdades y promuevan una inclusión social efectiva. Este viraje hacia un Estado con mayor presencia en lo social se ha hecho sobre la base del conocimiento técnico producido por expertos, quienes han hallado una importante y recíproca relación entre la educación superior y la pobreza en el Perú[4]. Las investigaciones señalan que las barreras sociales y económicas que miles de jóvenes deben enfrentar al intentar acceder, permanecer y culminar la educación superior, les impiden salir de la exclusión.

Estas brechas no solo son económicas, sino que se mezclan con otro tipo de barreras (sociales y culturales) que hacen que la experiencia de estos jóvenes en la educación superior sea, muchas veces, incómoda, frustrante y dolorosa. Les cuesta identificarse con sus pares o docentes, o son discriminados por su forma de hablar el castellano o de vestir[5]. En ese sentido, el sistema educativo peruano no está exento de las dinámicas de poder y exclusión que son típicas de la forma cómo nos relacionamos los peruanos, y la educación juega su papel socializando a los individuos y recordándoles, frecuentemente, cuál es su posición en la sociedad[6].

Reconociendo la complejidad del problema educativo, y con el propósito de ayudar a cerrar estas brechas, en el año 2011 se creó el programa Beca 18[7]. Mediante sus dos enfoques principales, desarrollo humano y capital humano, Beca 18 busca asegurar que jóvenes académicamente aptos y con potencial, pertenecientes a hogares pobres o pobres extremos de todo el país, tengan la oportunidad de acceder a una educación superior de calidad y culminarla a tiempo, para así salir de la pobreza y contribuir al bienestar y desarrollo de su familia, comunidad o región. De esta forma, el programa no solo financia los estudios, sino que también cubre una serie de costos indirectos de la educación, tales como alojamiento, comida, libros o fotocopias, entre otros. A diferencia de otros programas de becas que lo han precedido, Beca 18 se enfoca tanto en el acceso como en la culminación de los estudios; lo que ha hecho que su tasa de deserción sea de cerca del 5%, bastante baja para la magnitud de un programa como este[8].

Si bien Beca 18 ha permitido, hasta el día de hoy, que más de 45,000 jóvenes tengan la oportunidad de estudiar en una universidad o instituto técnico[9], el programa tiene que lidiar con diversas dificultades, incluyendo las nuevas dinámicas que se dan dentro de las propias instituciones educativas que reciben estudiantes anualmente. Los becarios vienen de distintas regiones del país, con diferentes niveles académicos y conocimientos, con diversas costumbres e identidades, y se tienen que insertar en entornos que no necesariamente están preparados para recibirlos y, al mismo tiempo, lidiar con las complicaciones y dificultades del Estado en su experiencia de postulación y permanencia en el programa[10].

Para los becarios, la experiencia de inserción y permanencia en la educación superior está marcada por una serie de relaciones dicotómicas[11]. En primer lugar, mantienen una relación de mutua desconfianza con el Estado. Por un lado, las acciones del programa parecen estar más orientadas a prevenir el engaño de los postulantes que a facilitar su inserción educativa. La demora en entregar la primera subvención o el control de las actividades diarias denota cierta suspicacia con respecto a las capacidades y responsabilidades de los jóvenes. Por otro lado, los cambios constantes de las facilidades y gestores del programa generan una sensación de vulnerabilidad e inestabilidad entre los jóvenes, que se convierte en desconfianza hacia el Estado. Así, los becarios terminan cuestionando la propia capacidad del programa y aprenden, en el proceso, a negociar con este; es decir, aprenden a temprana edad a relacionarse con el Estado peruano.

En segundo lugar, las experiencias de discriminación y exclusión explícitas e internalizadas dentro de las instituciones educativas hacen que la relación con las universidades o institutos sean contradictorias. Varios de los becarios tienen experiencias en las que son discriminados, especialmente cuando se pone al descubierto su condición como estudiantes del programa. No obstante, en un país donde el discurso de la diversidad es lo políticamente correcto, las exclusiones internalizadas, explicadas por los becarios como diferencias de “personalidad”, son las más prevalentes. Los becarios se sienten y se saben distintos al resto. Si bien se percatan de que muchos de los estereotipos que tienen sobre los otros estudiantes no son tan reales, igual prefieren mantener su condición de becarios en secreto y son conscientes de que están en un lugar donde personas como ellos no pueden ingresar así no más.

Finalmente, ante estas condiciones que aparentan ser adversas, los becarios utilizan una serie de soportes que les permiten desenvolverse y vivir el día a día. La familia, otros becarios y, en menor medida, sus amigos de la universidad o instituto se convierten en el sostén que les permite continuar. Asimismo, los becarios pasan mucho tiempo solos y su nivel de autonomía e independencia les permiten racionalizar las dificultades y sobrepasarlas. Sin embargo, los problemas siguen ahí y no todos tienen las mismas herramientas para pasar esta prueba.

En efecto, el programa y las instituciones educativas enfrentan una serie de problemas que necesitan ser atendidos para mejorar la experiencia educativa de los becarios. El hecho de que los becarios no deserten del programa no significa que estos no experimentan la frustración, el miedo, la exclusión o la discriminación. Los programas sociales como Beca 18 tienen la responsabilidad, y la posibilidad, de mejorar las relaciones entre el Estado y la ciudadanía, y abrir espacios, donde no los había antes, para la reforzar la cohesión social y la confianza interpersonal. Beca 18 no es solo una oportunidad para sacar de la pobreza económica a miles de familias, sino también una ocasión para deconstruir las relaciones que permiten que la exclusión social se mantenga.

Beca 18 es una política social necesaria para un país con desigualdades múltiples y persistentes como el Perú[12], cuyos ciudadanos tienen una confianza significativa en el valor e importancia de la educación. La tarea es difícil y no es solo la responsabilidad del Estado. Las instituciones educativas, en el marco de la nueva Ley Universitaria, deben comprarse el pleito y asumir el compromiso ético que significa tener becarios de Beca 18 en la comunidad educativa; entender lo que viven los becarios diariamente es tan solo el punto de partida.

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[1] Comisión Económica para América Latina y el Caribe. El Panorama Social de América Latina, 2015. Santiago de Chile: CEPAL. 2015
[2] MORA SALAS, M., J. P. PÉREZ SÁINZ, & F. CORTÉS. Desigualdad Social en América Latina. Viejos Problemas, Nuevos Debates. San José: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). 2005
[3] ARAGÓN, J., M. CRUZ, C. DE BELAÚNDE, M. EGUREN, N. GONZÁLEZ & A. ROMÁN. La ciudadanía desde la escuela: vivir en el Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos. 2016

[4] BENAVIDES, M. “Educación y estructura social en el Perú: Un estudio acerca del acceso a la educación superior y la movilidad intergeneracional en una muestra de trabajadores urbanos”. En ARREGUI, P, M. BENAVIDES, S. CUETO, B. HUNT, J. SAAVEDRA & W. SECADA, ¿Es posible mejorar la educación peruana?: Evidencias y posibilidades (pp. 125-146). Lima: Grupo de Análisis para el Desarrollo. 2004
CASTRO, J., G. YAMADA & O. ARIAS. Higher Education Decisions in Peru: On the Role of Financial Constraints, Skills, and Family Background. Lima: Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico. 2011
[5] ZAVALA, V. & G. CÓRDOVA. Decir y callar. Lenguaje, equidad y poder en la Universidad peruana. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú. 2010
[6] BOURDIEU, P. & y J. PASSERON. Los Herederos. Los estudiantes y la cultura. Buenos Aires: Siglo veintiuno editores. 2003
[7] BELTRÁN, A., J. CASTRO & G. YAMADA. Casos de estudio sobre oportunidades para programas de crédito educativo expandidos: Perú. Lima: Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico. 2008.
[8] ARAMBURÚ, C., D. NÚÑEZ & J. MARTÍNEZ. Motivaciones de los postulantes seleccionados e ingresantes de Beca 18 que deciden no seguir la beca. Lima: Programa Nacional de Becas y Créditos Educativos. 2015
[9] PRONABEC. Memoria Institucional del Programa Nacional de Becas y Crédito Educativo 2012 – 2015. Lima: Programa Nacional de Becas y Crédito Educativo. 2016
[10] COTLER, J., A. ROMÁN, A. & P. SOSA. Educación Superior e Inclusión Social: Un estudio cualitativo de los becarios del programa Beca 18. Lima: Programa Nacional de Becas y Crédito Educativo. 2016.
MCCOY, E., A. ROMÁN & F. VILLEGAS. ¿Sujetos o agentes de movilidad social? El caso de los y las becarias de Beca 18. Trabajo Final para el curso de Desigualdad Social, Pobreza y Desarrollo Humano. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú. 2014
[11] ROMÁN ALFARO, A. Trayendo de vuelta al individuo: Los soportes externos en el proceso de inserción y permanencia en la educación superior de los becarios y becarias de Beca 18. Tesis para optar el grado de Magister en sociología. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú. 2016
[12] TILLY, C. La desigualdad persistente. Buenos Aires: Manantial. 2000


Andrea Román

Investigadora del Instituto de Estudios Peruanos (IEP)

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