Nuestra responsabilidad hacia el medioambiente, fundamentación teológica

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Perú es uno de los seis países del mundo con mayor biodiversidad. Esta variedad es un don, una “herencia gratuita” que requiere nuestra “responsabilidad cuidadosa” (Documento Aparecida 471). Esta biodiversidad tiene una función muy importante para el equilibrio ecológico y el clima, tanto en Latinoamérica como en el mundo entero. A la vez, en nuestro país, se observa un alarmante daño hecho al medio ambiente y los crecientes impactos negativos del cambio climático. Por su gran biodiversidad Perú es, después de Honduras y Bangladesh, el tercer país del mundo más vulnerable al cambio climatico (Tyndall Centre for Climate Change).

Como lo recalcó reiteradas veces el Papa Benedicto XVI, la crisis ecológica y el cambio climático nos urgen a revisar nuestra relación con la naturaleza, la que en la perspectiva de fe es percibida como parte de la creación de Dios. Vale recordar aquí que el texto de Génesis 1, en su lenguaje poético y metafórico, comunica que Dios creó la vida en sus múltiples formas, posibilitando la evolución de esa vida a lo largo del tiempo. En Génesis 1 el ser humano tiene un lugar destacado en medio de la creación, pero depende del aire, del agua, de las plantas y de las demás criaturas para poder vivir.

El término “creación” no se refiere solamente a un acto, al comienzo del universo, sino también a la presencia permanente de Dios en sus criaturas. Cuando en nuestra fe hablamos de “creación”, reconocemos que la Tierra es el espacio de vida que nos fue confiado como don. Estamos llamados a cultivar y cuidar esta Tierra (Gen 2,15) con respeto y responsabilidad. A través de sus ricas imágenes el texto de Génesis 2 nos dice que el ser humano sólo puede existir en un conjunto de relaciones. Como criatura está llamado a vivir en una relación fundante con Dios, su creador. También necesita de un espacio en el cual pueda vivir y desarrollarse (“jardin”). Requiere de una relación con este espacio (trabajo cultivador), de medios de subsistencia (“frutos del arbol”), de la relación con los animales y de la comunidad con las demás personas (varón y mujer).

Como criatura, el ser humano se encuentra en una comunidad de destino con los otros seres vivientes. Con la imagen impactante del diluvio, los autores de Génesis 6 y 7 advierten sobre el peligro de que actitudes y acciones, impregnadas de violencia, destruyan el tejido de relaciones que generan y sostienen la vida en la tierra y la van llevando a la catástrofe (“la tierra estaba pervertida” Gen 6,11). Frente al peligro del ser humano de autodestruirse y de destruir la vida en la tierra, en Génesis 9, Dios sella una alianza con Noé, representante de la humanidad, y con todos los seres vivos. Este pasaje bíblico nos alienta a ser aliados y aliadas de Dios en la lucha por cuidar la creación.

Los otros seres vivientes son co-criaturas del ser humano, con su propio lugar en la “casa común” que es la Tierra. Tienen su valor propio, más allá de su utilidad para el ser humano. Reconocer este valor es una consecuencia necesaria de la fe bíblica en la creación. De ahí nuestra fe en Dios nos compromete a una relación responsable con las otras criaturas. Nos impulsa a reconocer y apreciar que nuestra civilización está sostenida por una gran red de relaciones muy complejas en la naturaleza que generan y mantienen la vida; relaciones de interdependencia y de un frágil equilibrio ecológico, donde intervenciones pequeñas pueden generar efectos grandes. Ello nos exige actuar con prudencia, previsión y cautela.

Los impactos del cambio climático en el mundo y en el Perú, como por ejemplo las inundaciones recurrentes o sequías prolongadas, las heladas u olas de calor, la intensa radiación solar tan dañina para la salud humana, y los cambios bruscos de temperatura afectan sobre todo a los pobres y a las personas más vulnerables en general, como son los niños y las personas de tercera edad. Nuestra fe en el Dios Creador y Redentor nos reta a no quedar indiferentes ante esta situación. El cambio climático es una cuestión de justicia para todos los cristianos. Nuestra fe nos impulsa a actuar coherentemente a favor del cuidado de la creación a nivel personal y comunitario. A la vez, en nuestras obras e instituciones, podemos dar testimonio de ello, contribuyendo a promover prácticas ecológicamente sostenibles, como el uso responsable del agua, recurso vital y escaso; la reducción del uso desmesurado del plástico; el reciclaje; el uso de energías limpias y renovables; etc. Con estas prácticas ayudamos eficazmente a generar una mayor conciencia y sensibilidad ecológica y un verdadero desarrollo sustentable en el Perú. Asumimos nuestra responsabilidad de contribuir a proteger el clima y mitigar los efectos del cambio climático.

Es una señal de esperanza que un creciente número de parroquias, instituciones y movimentos cristianos, en diferentes regiones del país, participan en campañas de concientización y sensibilización ecológica, de reforestación, reciclaje y limpieza de las cuencas de los ríos. Muchas veces realizan estas actividades conjuntamente con instituciones educativas, municipalidades, gobiernos regionales y ONGs, dando así testimonio de una Iglesia al servicio de la sociedad y colaborando en cuidar la naturaleza y la salud de las personas.

Perú no sólo tiene una gran riqueza de flora y fauna sino también de minerales, petróleo y gas. Son conocidos los cuestionamientos serios que la extracción minera y petrolera genera, por tratarse de intervenciones definitivas en la naturaleza. La Iglesia no es antiminera, pero desde su doctrina social exige la aplicación de una serie de criterios éticos para asegurar una actividad minera que sea social y ecológicamente responsable.

Nuestro compromiso por cuidar esta parte de la creación, que es la Tierra y sus recursos vitales, y por cuidar el clima en nuestro planeta, es un servicio urgente a los pobladores de este país y a la humanidad entera. En esto se juega nuestra credibilidad como Iglesia.

Publicado en abril 2012


Birgit Weiler, HMM

Teóloga.

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