¿Hospitalidad? en la frontera sur

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“Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.”
Martin Luther King

Un día cualquiera, de una semana cualquiera, de un mes cualquiera:

09:00 a.m. – Felipe, un joven ecuatoriano de veinticinco años, llega a Tacna desde Lima. Su plan es llegar a Santiago de Chile, donde su primo le espera. Al bajar del bus, y entrar en la Terminal, decide acercarse a una tienda y preguntar cómo llegar a Arica. Ni la mujer de la tienda ni otras tres personas con las que se cruza contestan a sus preguntas. Se siente perdido y no sabe muy bien qué es lo que tiene que hacer…

09:30 a.m. – Al alcanzar el lugar donde se toman los colectivos, Felipe descubre que algunos compatriotas suyos esperan en grupos. Aunque no ha hablado con otro ecuatoriano desde que salió de Guayaquil, decide no hacerlo porque les nota bastante enfadados. Felipe intenta por más de dos horas convencer a un chofer para que le lleve a Arica, pero todos se niegan. Al final convence al conductor de un bus que, por el quíntuple del precio normal, acepta llevarle hasta el otro lado de la frontera.

01:30 p.m. – Al bajar del autobús en la frontera con Chile, y antes de llegar a la ventanilla de atención, un funcionario de la Policía de Chile aparta a Felipe de la fila y, sin darle explicaciones ni atender a sus ruegos, le conduce hasta una estancia separada del control donde le quita su pasaporte. Nadie de la fila dice nada o reacciona ante la situación, pero Felipe alcanza a escuchar que uno le susurra a otro: “Estos negros no deberían ni intentarlo”. Una hora después Felipe es obligado a subir a otro bus que le lleva de vuelta a Tacna.

03:00 p.m. – Felipe está de vuelta en Tacna. No conoce a nadie en la ciudad y no sabe qué hacer. Acude a una cabina de internet para intentar hablar con su primo pero no lo consigue, y opta por salir del terminal y encontrar un lugar donde pasar la noche. En su camino, algunas personas se le quedan mirando y otras deciden cambiarse de vereda. Se siente desesperado y completamente abrumado por la soledad y la preocupación.

07:00 p. m. – Ya es de noche y Felipe ha salido a dar un paseo e intentar cenar algo. Desde que regresó a Tacna nadie le ha dirigido la palabra. Al final se compra un sándwich y se lo empieza a comer en un banco de la Plaza de Armas. De repente, una chica se acerca y comienza a hablarle, le explica que es de Tacna pero pasó una temporada en Ecuador, por lo que ha pensado que tal vez él sea de allí. Le pregunta cómo le va y qué le ha traído a Tacna. Felipe le cuenta su historia, explica toda la rabia contenida por la situación de la frontera y la necesidad de tomar una decisión sobre cuál es el siguiente paso. La chica no puede ayudarle, pero le escucha con atención, le expresa sus mejores deseos y le da su contacto por si necesitara algo concreto con lo que ella pudiera ayudarle.

Felipe, como muchos otros migrantes ecuatorianos, colombianos, bolivianos, venezolanos, dominicanos, haitianos,… descubre en Tacna un lugar difícil, extraño y, demasiadas veces, hostil. No hay espacio para la bienvenida, las explicaciones o la información. Sin esperarlo, las miles de personas que cada año inician su viaje hacia Chile descubren que la puerta está injusta e irremediablemente cerrada –los rechazos no están basados en la ley sino en la arbitrariedad, y no existe una solución–, y que la ciudad más al sur de Perú se convierte en la etapa final de su viaje.

Es necesario un esfuerzo para entender la realidad que afrontan estos migrantes. Todos, haciendo un sacrificio económico enorme, consiguieron el dinero para llegar a su destino, donde hermanos, tíos, primos o viejos amigos podrían recibirles y ayudarles en los primeros pasos en la nueva tierra. Muchas veces ni siquiera viajan hasta Chile para quedarse, lo único que pretenden es visitar a familiares que llevan años sin ver y trabajar eventualmente en algo que les permita ahorrar un poco de dinero antes de regresar a casa.

A ninguno de ellos se les pasó por la cabeza que, en ese último control fronterizo antes de llegar, y después de haber pasado cuatro o cinco controles más a lo largo del viaje, la respuesta del funcionario de la frontera fuera tan simple y directa:

  • No, tú NO puedes pasar.
  • No, tú NO puedes continuar con tu viaje.
  • No, tú NO puedes llegar al destino con el que llevas meses soñando.
  • No, tú NO puedes reencontrarte con esas personas a las que quieres y has extrañado tanto.
  • No, tú NO puedes aspirar a una vida mejor.

Comparando la migración del continente Latinoamericano hacia Chile con los grandes fenómenos migratorios mundiales (los ya conocidos peligros de la frontera entre África y Europa, el largo camino para intentar alcanzar Estados Unidos, etc.), resulta fundamental reconocer el hecho diferenciador para entender y valorar la necesidad de una actitud basada en la Hospitalidad: ninguno de los migrantes que inician su viaje en Caracas o Cali, en Buenaventura o Guayaquil con destino a Chile, sabían que en algún momento éste se vería interrumpido. Ninguno estaba preparado para eso ni pudo prever las dificultades y los riesgos que ese hecho conllevaría en sus planes, en su bienestar, en sus derechos, e incluso en su integridad física y en su vida.

Muchas personas podrían preguntar: “¿qué tiene esto que ver conmigo?”, “¿de qué manera me afecta y por qué tendría que preocuparme?”

Como Felipe, todas esas personas rechazadas en la frontera regresan a Tacna y al resto de Perú, y somos los peruanos los que, sin haberlo elegido, tenemos que decidir entre dos opciones: (a) continuar con nuestra vida sin darnos cuenta de la necesidad de las personas que, al menos por un tiempo, se convierten en nuestros vecinos; (b) dar un paso adelante para hacernos sensibles y ejercitar (como buenamente podamos: desde nuestra familia, grupo de amigos o trabajo, desde nuestras aficiones y habilidades) la virtud de la Hospitalidad.

Ese “Deber de Hospitalidad” surge de la sencilla premisa de portarse con el otro (el visitante, el migrante, el extranjero) de la misma manera que nos gustaría que se portaran con nosotros mismos. No importan las razones que trajeron a esa persona a nuestra puerta; no importan las normas administrativas, el choque cultural o el miedo a lo desconocido que nos pueda surgir ante la posibilidad de encontrarnos con el otro. Una mirada, una pregunta, un rato de atención, una información adecuada, un espacio para hablar, una ayuda con el almuerzo o el hospedaje se convierten en actitudes de cambio profundo, una pequeña revolución en forma de ternura hacia la persona necesitada y vulnerable.

A principios de este año, la Red Jesuita con Migrantes lanzó la “Campaña por la Hospitalidad” con el objetivo de informar y sensibilizar sobre la situación de los migrantes y refugiados en el continente Latinoamericano, así como de hacer visibles los esfuerzos y compromisos de tanta gente comprometida con esta misión.

Se han dado iniciativas de todo tipo –“Abrazos Hospitalarios”, tertulias, marchas y mensajes…– pero sobre todo el esfuerzo bueno, sencillo y silencioso de tantas personas que hacen todo lo que está en sus manos para acoger y recibir a los migrantes y refugiados que están a sus puertas.

De la misma manera, el Servicio Jesuita a Migrantes Tacna se sumó a este reto, realizando talleres de sensibilización y la difusión de comunicados, siendo la actividad principal la denominada “Mochilas Hospitalarias”.

Formadas a partir de las donaciones de los tacneños, las Mochilas son una pequeña ayuda a esas personas que, como Felipe, se quedan atascadas en Tacna sin poder conseguir su objetivo de pasar a Chile. Ellas son el símbolo de acogida que la ciudad tiene con los migrantes que llegan.

Las Mochilas contienen algo de alimento, ropa de abrigo para la noche y útiles de aseo. También llevan una carta, un mensaje para que quien está en movilidad sienta el apoyo, la cercanía y la solidaridad de las personas que han querido colaborar con ellos.

Son símbolos sencillos: un saludo, una sonrisa, una conversación o una Mochila, pero son parte de un cambio fundamental que merece la pena intentarse. A través de la naturalidad de la acción hospitalaria, tanto el que llega de fuera como el que recibe al forastero, descubren un mundo nuevo en la historia del otro. La experiencia de encuentro es transformadora y la Hospitalidad pasa, de ser un deber, a ser un disfrute profundo del encuentro con el prójimo. La experiencia de Felipe (y de miles que como él recorren el continente en busca de una vida mejor) es reveladora, y el hecho de encontrar una mano amiga define su viaje mucho más que cualquier puerta cerrada.


Pedro de Castro Segalerva

Responsable de Atención Socio Pastoral, Servicio Jesuita a Migrantes – Tacna

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