Triste noche en París

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Desde el pasado viernes 13 de noviembre el mundo está conmocionado. Especialmente el mundo denominado ‘occidental’, pues el terror ha caído sin piedad sobre París. Ya no será posible en adelante mirar a esta esplendorosa urbe sin el recuerdo doloroso de esa noche, en la cual los disparos y explosiones destrozaron vidas y quisieron apagar la luz de las plazas y las calles.

Por encima del espanto es indispensable elevar el juicio y los sentidos, a fin de que este trance no produzca solo desconcierto en las riberas del Sena o en el resto del planeta. No era la primera vez que esto ocurría en la Ciudad Luz. Incluso luego del ataque fatal contra la revista Charlie Hebdo, perpetrado el 7 de enero de este año por un comando vinculado a Al Qaeda, hubo otros conatos de atentado que se quedaron a medias, o que fueron neutralizados, todo lo cual evidenció que Francia estaba plenamente en la mira.

Yihadistas diversos, no sólo pertenecientes al Estado Islámico (EI), apuntaban y apuntan hacia territorio francés al menos por dos motivos. Por un lado, porque es una de las potencias occidentales notables –al lado del Reino Unido, Alemania y Estados Unidos- y, por tanto, en el imaginario de los extremistas islámicos, forma parte de esa élite mundial que ha incursionado numerosas veces, no sólo en Oriente Medio, sino en el mundo árabe en general, o en las regiones que tienen gran población musulmana.

Para los devotos de la ‘yihad’ armada (la yihad -‘esfuerzo’ en árabe- puede ser, simplemente, la lucha por ser un buen musulmán), lo hiriente es esa presencia constante, reiterada, en zonas que ellos consideran suyos o parte de la ‘Umma’ (la comunidad de los musulmanes de todo el mundo). Dicho sentimiento, hay que decirlo, es frecuente en buena parte de estos países, pero solo minorías extremistas, como EI ó Al Qaeda, creen que hay que responder a esto con las armas de la crueldad y el crimen.

Francia, por ejemplo, no sólo forma parte de la coalición que ataca al EI en Siria e Irak; también incursionó militarmente en Mali, un país africano que no forma parte de la comunidad árabe pero cuya población es aplastantemente musulmana (90%). Lo hizo porque en el norte de ese país se desató una rebelión, inicialmente protagonizada por los tuareg (etnia nómada que vive en el desierto del Sáhara), pero que luego fue capitalizada y controlada por el grupo yihadista Ansar Dine.

Acudió en ayuda de su ex colonia y aunque la operación terminó en el 2014 (actualmente continúa, aunque ya no instalada en Mali), eso hizo que se granjeara el odio militante de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), un movimiento que opera en varios países del norte de África y controla diversos grupos. En suma, el país de Francois Hollande está en el horizonte bélico de este conglomerado de yihadistas, a los que desde hace unos meses se sumó con potencia, y sin piedad alguna, el EI.

El EI ya está escindido de Al Qaeda, desde que tomó un rumbo propio e instauró el Califato en zonas de Siria e Irak, a partir del año pasado. Aunque en el terreno de los hechos combaten –por el control de la rebelión contra el presidente sirio Bachir al Assad y el posicionamiento territorial-, sí coinciden en tener a Francia en la mira de sus odios. No era extraño, por eso, que París y otras ciudades estuvieran en riesgo. Las autoridades galas lo saben y, por ello, tienen montado hace meses un enorme aparato de inteligencia.

No vale la pena ahora lanzar críticas acerbas contra dicho cuerpo encargado de prevenir estos hechos monstruosos. Es imposible que un país, por certero que sea en sus políticas preventivas, apague totalmente la posibilidad de un ataque. Precisamente porque quienes tienen al terrorismo como método no son meros orates; más bien son personas que pertenecen a estructuras estables, bien diseñadas, que tienen objetivos políticos y son capaces, como se vio en París, de actuar de una manera muy coordinada.

Relegar al EI, que ya asumió la autoría de los ataques, únicamente a la condición de ‘desquiciado’ significa actuar con una desesperación inútil. La mayor prueba de sus propósitos políticos es que ya tienen un estado germinal, que además de contar con un ejército que sostiene enfrentamientos, administra el comercio, regula la seguridad pública y el comercio, y hasta tiene una moneda llamada ‘dinar’. Para islamistas de varias partes del mundo, incluso europeos, el Califato ya es una realidad.

Lo nuevo en este trance desgraciado es que parece que los seguidores de Al Bagdhadí, el Califa, ya han decidido no sólo fortalecer los cerca de 90 mil kilómetros cuadrados de territorio sobre los que reinan (para lo cual han montado todo una estrategia que provoca un ‘efecto llamada’ a los extremistas islámicos del mundo entero). Ahora lucen decididos a atacar a sus enemigos fuera, en su propia casa, una modalidad que más bien usa Al Qaeda, y cuya mayor expresión fue el ataque del 11 de septiembre del 2001.

Al Qaeda también aspiraría a un Califato, aunque una vez que haya logrado expulsar a las potencias occidentales de lo que considera sus territorios; el EI ya lo tiene, lo administra, en medio de una guerra pero de manera medianamente efectiva. Que salte ahora hacia otras zonas del planeta sí que es un problema que puede alterar, de manera dramática, la seguridad global. La prueba la hemos tenido en esta secuencia de atentados que ha hecho sentir que es una guerra que va en serio.

Desde otra esquina de este rompecabezas, se puede pensar que, como históricamente ha ocurrido con otros grupos armados, la sensación de que está siendo afectado militarmente incita al EI a dar un giro, mediático y militar, de gran envergadura. No le está resultando fácil mantener su utopía extremista: es atacado por los kurdos, por las potencias occidentales, por otros grupos que luchan contra Al Assad, por el propio ejército sirio. Es posible que, en este momento, le convenga un gran golpe.

Como fuere, el enfrentamiento está llegando a un punto muy preocupante: aun si los yihadistas de EI están diezmados, tienen capacidad de ataque y, para ello, ciertamente pueden contar con el apoyo de gente que va y viene de Europa hacia Oriente Medio, o de simpatizantes que viven en los mismos países a los que tiene como objetivos militares. En eso comenzaría a tener similitudes con Al Qaeda y, en suma, contribuiría a agitar el avispero mundial. La amenaza ya no se quedaría en Damasco y otros lares.

Un asunto que es esencial aclarar es si, en las masas de refugiados que están huyendo hacia Europa, van camuflados algunos yihadistas. Nada se puede descartar en un momento como el actual, pero no hay que olvidar que esas personas –pobres, demacradas, hambrientas- justamente están huyendo del EI y de sus masacres, de la guerra en Siria y de otros escenarios de horror. Ponerles ahora un estigma, al estilo de las más delirantes ultraderechas europeas, sería un acto de torpeza y de inmoralidad absolutamente repudiable.

Suena a -como ocurría en el Perú de los 80- creer que todo ayacuchano o todo sanmarquino era de Sendero Luminoso, un absurdo que causó dolor e inmensas injusticias. La mayoría de víctimas del EI, aunque ahora cueste verlo, son los propios musulmanes. Los chiís principalmente, a quienes los yihadistas suníes consideran apóstatas, aunque también suníes que no se sumen a su causa. Desde Europa y América Latina no se nota, pero para miles de fieles islámicos la existencia de este Califa es en realidad una tremenda desgracia.

De allí que en este instante terrible de la Historia convenga apostar por una solidaridad sin fronteras, sin distingos, por todas las víctimas. Nos duele París, como nos deberían doler Beirut, Faluya, Damasco, Bagdad, Tikrit, Aleppo o Mosul, la ciudad iraquí donde los yazidíes, una comunidad religiosa que hasta tienen una especie de ‘Papa’ (llamado hoy ‘Baba Sheij’) fueron masacrados por los yihadistas. No nos alcanzarían las banderitas de Facebook si además incluyéramos a las víctimas de Boko Haram.

No resulta fácil entender todo este laberinto, porque está compuesto de muchos elementos, no sólo religiosos, como la mayoría de personas cree. Allá y acullá, la gente no se está matando solamente por la defensa del Islam, o el Cristianismo. La fe extremista, si bien es parte del combustible, no es el único activador de esta violencia desgraciada. En el fondo, se trata de la incapacidad que hemos tenido, en Oriente y Occidente, de respetar territorios, formas de vida, cosmovisiones. De entendernos como humanos y, perdonen la ingenuidad, hermanos de una sociedad que sólo se salvará en el altar del entendimiento.

* Publicado en el portal ‘La Mula’ el 15/11/2015


Ramiro Escobar la Cruz

Periodista especializado en temas internacionales y ambientales. Columnista en el diario La República y colaborador en la revista Poder y, en el extranjero, con el diario El País (España) y el portal O’eco amazonia de (Brasil). Profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú – PUCP, la Universidad Peruana de CIencias Aplicadas y de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

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